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Las mascaras se caen

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Las mascaras se caen

Dante abrió los ojos y la pistola ya estaba en su mano.

—Cierra la puerta, tío.

Gianni obedeció sin prisa. Dejó la bandeja sobre la cómoda, con el mismo cuidado con que habría servido el té en una tarde cualquiera, y se giró con las manos a la vista.

—No hace falta apuntarme, hijo. Tú no vas a disparar.

—Ponme a prueba.

Aitana se sentó en la cama, con su propia pistola en las manos y el pulso desbocado. Gianni la miró un segundo, casi con admiración.

—Lista. Se lo dije a quien debía. —Volvió a Dante—. Tu mujer sospechaba de mí desde la taza. ¿Cuándo te lo dijo?

—Esta tarde.

—Y montaste una trampa con una mujer disfrazada. —Sacudió la cabeza, con algo parecido al orgullo—. Tu padre habría hecho lo mismo. Era demasiado confiado, pero cuando dejaba de serlo, era brillante.

—Cállate.

—No lo niegues, Dante. Te enseñé yo.

Dante apretó el arma. A Aitana le pareció que le temblaba apenas el pulso, la única grieta en su rostro.

—Dime que no fuiste tú.

—No voy a insultarte con una mentira. —Gianni se encogió de hombros—. Fui yo. El que habló con Vittorio hace quince años. El que movió el dinero desde Fénix. El que ordenó lo del hotel esta noche. Y el que abrió la tumba de tu madre y te mandó su collar.

Silencio absoluto.

—¿Por qué? —La voz de Dante sonó irreconocible—. Era tu hermano.

—Tu padre quería sacar a la familia de los puertos, Dante. Cerrar los negocios sucios, volverse legal. —Gianni habló con un desprecio sereno—. Yo llevaba veinte años sosteniendo ese imperio. No iba a verlo convertirse en una empresa de flores.

—Lo mataste por dinero.

—Por poder. Es distinto. —Sonrió con tristeza—. Y tú, mi muchacho, vas a ser quien me lo entregue.

—Antes te mato.

—Piénsalo con calma. —Gianni miró el reloj—. A estas horas, tus invitados de la casa del lago llevan dos horas con mis hombres. ¿Recuerdas quién sugirió esa casa? —Hizo una pausa suave—. Ricardo y la hija de Vittorio están vivos. Pero si me pasa algo, o si el viernes no firmas la cesión de los puertos delante de las familias, dejarán de estarlo.

Aitana sintió que se le helaba la sangre.

—Mi padre… —susurró.

—Está bien, querida. Y seguirá estándolo mientras tu marido sea sensato.

Dante no bajó el arma, pero Aitana vio cómo la mano se le tensaba hasta el temblor.

—¿Y mi madre? —preguntó, con la voz rota—. ¿Por qué el collar?

Algo oscuro cruzó el rostro de Gianni. Por primera vez desde que había entrado, la calma se le quebró un segundo.

—De eso, hijo, hablaremos el viernes. —Retrocedió hacia la puerta—. No lo intentes. La casa está rodeada, y tus hombres, los pocos que quedan, ya están desarmados.

Salió con paso tranquilo. Desde la ventana, Aitana lo vio subir a un auto negro que esperaba junto a la reja, escoltado por otros dos, que se perdieron en la oscuridad de la montaña.

Dante bajó la pistola despacio y se dejó caer sentado sobre la cama, con la cabeza entre las manos. Aitana lo abrazó por detrás, sin una sola palabra.

El teléfono vibró sobre la mesa de noche.

Un video, sin remitente.

En la imagen, Ricardo y Camila estaban sentados espalda con espalda en el suelo de una cabaña, atados con cuerdas gruesas. Camila tenía un moretón nuevo en la mejilla, y a Ricardo le sangraba el labio.

—Hija —dijo Ricardo, mirando a la cámara con ojos cansados—. Estamos bien. No hagas nada que…

Alguien le tapó la boca con la mano. Camila levantó la cabeza, con un coraje que nadie le conocía, y habló rápido, sin respirar:

—Dante, el viernes no es en ningún salón. Es en el cementerio. En la tumba de tu…

El video se cortó.