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El amigo

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El amigo

Amaneció sin que nadie hubiera dormido.

Dante estaba sentado a la mesa de la cocina, con el collar de su madre entre los dedos y la mirada perdida en la ventana. Aitana le puso delante un plato de huevos que había preparado con una torpeza absoluta, porque Marta seguía en la clínica.

—Come.

—No tengo hambre.

—No te lo estoy preguntando. —Se sentó frente a él—. Tú me enseñaste que las órdenes no se discuten.

Una media sonrisa le cruzó la boca a Dante, la primera en horas. Probó un bocado, hizo una mueca y siguió comiendo.

—Esto está horrible.

—Gracias.

—Por eso te lo digo.

Se rieron bajito, con esa risa agotada de la gente que ya no tiene fuerzas para otra cosa. Después él volvió a mirar el collar.

—Nunca la vi enferma, ¿sabes? —dijo—. Me dijeron que había muerto de una enfermedad. Pero no recuerdo ni una sola visita al médico. Una mañana, mi padre me sentó en la cocina y dijo que se había ido. —Dio vuelta al dije—. Tenía doce años y no hice preguntas.

—Ahora puedes hacerlas.

—¿Y si no me gusta lo que descubra?

—Entonces lo vivimos juntos. —Le cubrió la mano con la suya—. No estás solo, Dante.

Él giró la mano y entrelazó los dedos con los de ella, con una fuerza que habría dolido, si ella no hubiera querido que doliera.

Un golpe seco sonó en la puerta principal.

Bruno, vendado de un costado y con dos guardias detrás, entró con la pistola baja.

—Señor. Hay un hombre en la reja. Dice que usted lo estaba esperando.

—Yo no espero a nadie.

—Dice que se llama Santino Greco.

Dante se levantó tan rápido que la silla cayó hacia atrás.

Un hombre alto, de hombros anchos y sonrisa descarada, entró detrás de Bruno con una chaqueta de cuero y dos guardaespaldas. Tenía unos años más que Dante, el cabello oscuro revuelto y una cicatriz fina sobre la ceja.

—Qué cara de entierro, hermano —dijo—. Tu jefe de seguridad me llamó a las cuatro de la mañana para decirme que estabas hecho un desastre. No pensé que fuera para tanto.

—Eres un idiota —dijo Dante, y lo abrazó con una fuerza que sorprendió a Aitana.

—Y tú, un testarudo. —Santino le dio unas palmadas en la espalda, y entonces miró por encima de su hombro—. Así que tú eres la mujer que domó a este animal.

—Cállate —dijo Dante.

—Aitana. —Ella le estrechó la mano—. No lo domé. Solo no me asusté.

Santino soltó una carcajada.

—Me cae bien.

Se sentaron alrededor de la mesa, y Dante le contó todo, sin adornos: el tío, el collar, los rehenes, la amenaza del viernes. Santino escuchó sin interrumpir, con la sonrisa borrándose poco a poco.

—Tres de las cinco familias ya aceptaron asistir a esa reunión —dijo cuando terminó—. Gianni les dijo que tú perdiste la cabeza, que mataste a Vittorio sin pruebas, y que hay que detenerte antes de que arrastres a todos a una guerra. —Se frotó la cara—. Yo dije que iría. Pensé que quería ayudarte a defenderte.

—¿Dónde es?

—En el mausoleo de San Lorenzo. —Santino lo miró con extrañeza—. ¿Por qué?

—Porque ahí está enterrada mi madre.

Santino se quedó en silencio. Se pasó la lengua por los labios y bajó la voz.

—Dante… Mi padre murió hace tres años, y antes de morir me dijo algo sobre tu madre. Me hizo jurar que no lo contaría salvo que tú lo preguntaras primero.

Aitana vio cómo Dante se ponía pálido.

—¿Qué dijo?

—Que la noche del velorio, antes de cerrar el ataúd, Gianni se quedó a solas con ella una hora entera. —Santino sostuvo su mirada—. Y que tu madre no murió como te contaron.

El collar cayó de la mano de Dante y rodó sobre la mesa.

Se levantó despacio, tomó las llaves del auto con una mano que ya no temblaba, y miró a todos con una frialdad nueva.

—Bruno, trae a los hombres que puedan caminar. Santino, tú y yo vamos al cementerio.

—¿Ahora? La reunión es el viernes.

—No pienso esperar al viernes. —Se giró hacia Aitana, con los ojos oscuros—. Voy a abrir esa tumba yo mismo.