El cementerio
El cementerio de San Lorenzo ocupaba la cima de una colina, rodeado de cipreses altos y de una reja de hierro que el tiempo había llenado de óxido. A esa hora de la mañana, con la niebla pegada al suelo y el primer sol todavía escondido detrás de las montañas, parecía un lugar que nadie había visitado en años.
Dante detuvo la camioneta a doscientos metros de la entrada, con el motor apagado. Aitana, sentada a su lado, no había dicho una palabra desde que salieron de la casa de la montaña.
—Todavía puedes quedarte en el auto —dijo él, sin mirarla.
—No.
—Aitana.
—Dijiste que no ibas a estar solo en esto. —Ella le tomó la mano—. Yo tampoco pienso estarlo.
Dante apretó los dedos entre los suyos, con una fuerza silenciosa, y asintió.
En el asiento de atrás, Santino sacó un par de guantes de cuero del bolsillo y se los puso con una calma exagerada.
—Si en algún momento van a decirse algo romántico, avísenme —murmuró—. Me bajo y cuento los cipreses.
—Cállate —dijeron Dante y Aitana al mismo tiempo.
Santino sonrió, satisfecho, y abrió la puerta.
Entraron por una portilla lateral que el sepulturero, un hombre encorvado de manos temblorosas al que Santino había despertado a las cinco de la mañana con un sobre grueso, les dejó abierta sin hacer preguntas. Bruno iba delante, con el costado vendado y la mano firme sobre el arma. Detrás, cuatro guardias se repartieron entre las lápidas, avanzando agachados.
—Hay hombres de Gianni aquí —susurró Bruno, deteniéndose junto a una cruz de piedra—. Dos junto a la entrada principal. Uno cerca de la capilla.
—Son cuatro —corrigió Aitana, casi sin voz.
Todos se giraron hacia ella.
—Hay otro arriba, en el techo de la capilla. —Señaló con la barbilla—. Se movió hace un momento. Vi el brillo de un cañón.
Bruno entrecerró los ojos y soltó un murmullo de sorpresa.
—Tiene razón.
Santino la miró con una ceja levantada y una sonrisa de aprobación genuina.
—Me cae cada vez mejor.
Se repartieron en silencio. Santino trepó por la parte trasera de la capilla con la agilidad de quien lo había hecho cientos de veces, y un segundo después un cuerpo cayó pesadamente sobre el pasto, sin ruido. Bruno y dos guardias se ocuparon de los hombres de la entrada. El último, el que vigilaba cerca de la capilla, apenas alcanzó a girar la cabeza cuando Dante le puso el cañón de la pistola en la nuca.
—No te muevas —dijo, con una voz que Aitana jamás había escuchado, bajísima y letal—. ¿Cuántos más?
—N-ninguno. Solo nosotros. —El hombre temblaba—. Don Gianni dijo que nadie vendría hasta el viernes.
—Se equivocó.
Dante lo golpeó en la sien con la culata. El cuerpo cayó como un saco.
—Vamos —dijo, guardando el arma.
El mausoleo de la familia Marchetti estaba al fondo del cementerio, al final de un sendero de grava gris, rodeado de rosales secos. Era una construcción pequeña, de mármol claro, con una puerta de bronce y un nombre grabado sobre el dintel:
Familia Marchetti . Más abajo, una placa más nueva, con letras doradas casi borradas por la lluvia.
Carmela Marchetti. Amada esposa y madre.Dante se detuvo frente a la placa. Aitana lo vio cerrar los puños a los costados, con la mandíbula tan apretada que un músculo de la mejilla le temblaba.
—Si quieres que lo hagamos nosotros… —empezó Santino, con voz suave.
—No. —Dante dio un paso hacia adelante—. Es mi madre.
La puerta estaba cerrada con un candado grueso, que Bruno forzó con una palanca en dos golpes secos. El bronce rechinó al abrirse, y de adentro salió un aire frío, con olor a piedra húmeda y a flores marchitas.
Entraron los cuatro. Era un espacio estrecho, con dos nichos a cada lado y un altar pequeño al fondo. En uno de los nichos, una losa de mármol sellada con cemento llevaba el nombre de Carmela. En el de al lado, el de su padre, intacto, con una foto desteñida de un hombre serio.
Aitana se fijó en algo: la losa de Carmela tenía grietas recientes en el cemento, rascadas y vueltas a rellenar con prisa, con una capa más clara que el resto.
—Alguien abrió esto —susurró.
—Hace poco —confirmó Santino, pasándole un dedo por el borde—. Y lo cerraron mal.
Dante sacó el cuchillo de su cinturón. La mano le temblaba apenas, algo que solo ella, tan cerca, alcanzó a ver. Aitana se puso a su lado y le apoyó una mano en la espalda, sin decir nada.
Él respiró hondo, introdujo la hoja en la grieta y empezó a hacer palanca. El cemento se desmoronó en pedazos, y la losa, pesada, empezó a moverse.
Afuera, entre los cipreses, un motor rugió a lo lejos.
—Señor —murmuró Bruno desde la puerta, con el arma en alto—. Vienen autos.
—¿Cuántos?
—Más de tres.
Dante no se detuvo. Con un último empujón, ayudado por Santino, la losa se deslizó con un chirrido de piedra contra piedra, y el interior del nicho quedó descubierto, oscuro y silencioso.
Dentro, apenas visible bajo la luz que entraba por la puerta, se distinguía el borde de un ataúd de madera clara.
Dante levantó la tapa.