La lapida
Durante un largo momento nadie respiró.
Dentro del ataúd había restos antiguos envueltos en lo que alguna vez fue un vestido azul. No había cabello, ni rostro; solo huesos, un par de zapatos viejos y una tela deshilachada que alguien había acomodado con cuidado. En el cuello no había nada.
El collar ya no estaba.
Dante cayó de rodillas junto al nicho. Aitana lo vio abrir la boca, y vio cómo el sonido que salió de él no era una palabra, sino algo roto y viejo, un llanto de niño de doce años guardado durante veinte.
—Mamá —dijo—. Mamá.
Aitana se arrodilló a su lado y lo abrazó por los hombros. Él se aferró a su brazo con una fuerza que le dolió, y ella no se movió.
Santino, a un paso, se había quitado el abrigo para sostener la linterna, con la mandíbula tensa.
—Dante —dijo, bajito—. Mira el cráneo.
Aitana levantó la vista con esfuerzo. Sobre la sien izquierda de los restos había un agujero pequeño, redondo, con los bordes quebrados hacia adentro.
—Un balazo —murmuró Santino—. Murió de un balazo, hermano.
Dante cerró los ojos.
—Me dijeron que había muerto en su cama —susurró—. Por una enfermedad.
—Lo siento.
—Gianni lo sabía. —Abrió los ojos, y en ellos había algo que Aitana no había visto ni siquiera en la peor de sus furias—. Me abrazó la noche del funeral, y lo sabía.
Un golpe seco sonó afuera. Luego un disparo, y otro más.
—¡Señor! —gritó Bruno desde la puerta—. ¡Están aquí!
Aitana se incorporó de golpe. Y al hacerlo, su mirada recorrió el interior de la tapa del ataúd, que había quedado abierta hacia ellos. Algo no encajaba: el forro de tela blanca, cosido a mano alrededor de los bordes, tenía una costura distinta en una esquina, más tosca, con otro hilo.
—Dante. Aquí.
Lo señaló con el dedo. Él se levantó, con los ojos aún húmedos, y metió dos dedos entre la tela y la madera. Cuando los sacó, sostenían una cajita metálica envuelta en tela encerada, del tamaño de una mano.
Dentro había un sobre amarillo, doblado dos veces, y una llave pequeña de bronce con un número grabado:
114 .
Dante abrió el sobre con dedos torpes y leyó en voz alta, mientras los disparos se acercaban:
—
Hijo mío. Si lees esto es porque algún día alguien se atrevió a abrir a tu madre. Escribo esta carta la noche del velorio, mientras la casa duerme, porque sé que no tendré otra oportunidad.La voz se le quebró. Aitana le puso una mano en la espalda.
—
Tu madre no murió de ninguna enfermedad. La mataron. No tengo pruebas, pero sé quién fue, y lo tengo sentado en mi mesa cada noche, llamándome hermano. —Dante tragó—.
Ella descubrió que Gianni vendía información a nuestros rivales. Le dio la oportunidad de confesarlo antes de decírmelo a mí. Esa fue su condena.Un estruendo sacudió la puerta del mausoleo. Bruno respondió con tres disparos secos.
—
La llave que te dejo abre la caja 114 del Banco San Marco, a tu nombre. Solo tú podrás abrirla. Tu madre guardó allí lo que necesitas para destruirlo. Perdóname por no habértelo dicho en vida. Eres mucho más fuerte de lo que yo fui. Tu padre.Dante dobló la carta con las manos temblando, y la guardó junto al pecho.
—Señor —gritó Bruno—. Tenemos que irnos. ¡Ya!
—Hay una escalera detrás del altar —dijo Santino, empujando una piedra suelta en la pared del fondo—. Una puerta vieja. Da al osario.
Dante se giró hacia el ataúd. Con una ternura infinita, acomodó los restos de su madre y cerró la tapa. Apoyó la frente sobre la madera un segundo.
—Voy a volver por ti —susurró—. Y cuando vuelva, él ya no estará.
Tomó la mano de Aitana, y ella notó que había recuperado la firmeza.
—No la habría podido abrir sin ti —dijo, en voz baja.
—Lo sé.
—Vámonos.
Cruzaron la puerta secreta con Santino delante, y Bruno cubriendo la retirada con una última ráfaga que hizo retroceder a los hombres de Gianni. Corrieron por un pasillo oscuro, de piedra húmeda, que olía a siglos. Un disparo rebotó contra la pared, y Santino soltó un gruñido y se agarró el brazo.
—¡Es un rasguño! —gritó, sin dejar de correr—. ¡Sigan!
Salieron por una reja al pie de la colina, justo cuando la primera camioneta de Gianni doblaba la curva. Subieron al auto de Bruno, que arrancó levantando una nube de tierra.
—¿Adónde? —preguntó Bruno, mirando por el espejo.
Dante apretó la llave en la mano, con los nudillos blancos.
—Al Banco San Marco.