La llave
El Banco San Marco abría a las nueve en punto.
Dante entró por la puerta principal con el cabello revuelto, la camisa manchada de tierra y la mirada de alguien que no tenía nada que perder. Aitana iba a su lado, con una chaqueta de Santino sobre los hombros, y detrás de ellos, a una distancia prudente, dos guardias vestidos de civil.
El gerente, un hombre bajo, de lentes redondos y sonrisa nerviosa, los recibió en su despacho.
—Señor Marchetti. Qué honor. —Se limpió las manos con un pañuelo—. ¿En qué puedo servirle?
—Caja 114. —Dante puso la llave de bronce sobre el escritorio—. A mi nombre.
El gerente miró la llave durante un segundo de más.
—Claro. Por supuesto. —Carraspeó—. Debo informarle que hace un mes su tío, el señor Gianni, vino a preguntar por una caja de la familia. Se le negó el acceso, naturalmente, porque no figuraba como titular.
—Naturalmente —repitió Dante, sin expresión.
—Por aquí, por favor.
La bóveda era una sala fría, de paredes metálicas y luz blanca. El gerente abrió una puertecilla numerada, la 114, y retrocedió con una inclinación discreta.
Dante se quedó solo con Aitana frente a la caja abierta.
Dentro había tres cintas de casete, envueltas en un pañuelo de seda azul, y una fotografía en blanco y negro: una mujer joven con un niño pequeño en brazos, riendo a la cámara. Era Carmela, con Dante a los cinco años.
Dante tomó la foto con las dos manos, y durante un rato largo no dijo nada. Aitana se acercó y apoyó la cabeza contra su brazo.
—Se parece a ti —susurró ella.
—Tenía su risa. —Él se pasó el dorso de la mano por los ojos—. No me acordaba.
Santino los esperaba en el estacionamiento, con el brazo vendado por encima de la chaqueta, apoyado contra el auto. Bruno había conseguido una grabadora vieja en una tienda cercana. La encendieron dentro de la camioneta, con las ventanillas cerradas y las cintas sobre las rodillas de Dante.
Primero se oyó estática. Luego, el ruido de una puerta, pasos, y una voz de mujer, joven, clara y firme, que hizo que a Dante se le cortara la respiración.
—
Gianni. Tenemos que hablar de lo que vi en tu despacho.Aitana sintió que Dante le apretaba la mano hasta casi hacerle daño.
—
Carmela. —La voz de Gianni, veinte años más joven, sonaba cálida y tranquila—.
No es lo que piensas.—*Los papeles de Rossi. Las rutas que le entregaste. —*Una pausa—.
Voy a contárselo a Marco. Pero quiero darte la oportunidad de hacerlo tú primero.—
¿Y si te pido que no lo hagas?—
Entonces tendrás que pedírselo a tu hermano.El silencio duró varios segundos. Cuando Gianni volvió a hablar, su voz había cambiado: seguía siendo suave, pero sin nada de calidez.
—
Lo siento, Carmela. De verdad.La cinta se cortó.
Dante no se movió. Tenía la vista fija en la grabadora, con los ojos enormes y la respiración detenida. Bruno apartó la mirada. Santino se pasó una mano por el rostro, murmurando una maldición en voz baja.
La segunda cinta contenía otra grabación, años más tarde: la voz de Gianni conversando con Vittorio Rossi en un tono casual, hablando de puertos y de un hermano que
se estaba volviendo un problema . La tercera, apenas veinte segundos de la voz de Carmela, grabada para su hijo.
—*Mi amor. Si estás escuchando esto, es porque mamá no pudo contarte las cosas en persona. —*La voz se le quebró con una sonrisa—.
Quiero que sepas que fuiste lo mejor que me pasó. Y que, pase lo que pase, siempre estaré contigo.La cinta se terminó con un clic.
Dante apoyó la frente contra el respaldo del asiento delantero, y durante un largo rato nadie dijo nada. Aitana le pasó una mano por la nuca, despacio, hasta que él giró el rostro y la besó, con una desesperación callada, con los ojos cerrados y la mano de ella entre las suyas.
—Con esto lo hundimos —murmuró Santino al fin—. Delante de las cinco familias.
—Mañana. —Dante abrió los ojos, y de nuevo estaban fríos, pero ya no vacíos—. En el mausoleo de mi madre.
El teléfono de Bruno vibró en ese momento. Contestó con una mueca, escuchó, y su rostro perdió el color.
—Señor. —Bajó el aparato despacio—. Acaban de llamar de la casa de la montaña. Hubo una explosión. La casa no existe.
Dante tardó un segundo en reaccionar. Luego, muy despacio, guardó las cintas en el bolsillo interior de su chaqueta, junto a la carta de su padre, y encendió el motor.