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El video

Comprada Por Mi Enemigo 18+ — booknet.com · All chapters

El video

El refugio de Bruno era un departamento sin nombre en un edificio viejo del puerto, con las ventanas tapadas y una sola lámpara encendida en la sala.

Aitana llevaba media hora sentada en el sofá, con la chaqueta de Dante sobre los hombros y el olor a humo todavía pegado al cabello. Él no había dicho una palabra desde que subieron. Se encerró en el cuarto del fondo con las cintas, y desde entonces solo se escuchaba el clic de una grabadora vieja, el zumbido de la cinta y una voz de hombre que hablaba bajo.

Ella se levantó. Tocó la puerta una vez y entró sin esperar respuesta.

Dante estaba sentado en el borde de la cama, con los codos sobre las rodillas y la carta de su padre abierta junto a él. La grabadora seguía girando sobre la mesa.

-Te dije que no entraras -dijo, sin mirarla.

-Y yo no te hice caso. -Aitana cerró la puerta-. Llevas una hora escuchando lo mismo.

-Es la voz de mi padre.

Lo dijo tan bajo que ella casi no lo oyó. Se acercó y se sentó a su lado, sin tocarlo.

-¿Qué dice?

-Dice que Gianni era su socio. Que confiaba en él más que en nadie. -Dante apretó la mandíbula-. Dice que si algún día le pasaba algo, yo no debía buscar al que gritara más fuerte, sino al que más lloró en el funeral.

La cinta crujió. Se oyó a Marco reír, una risa corta, cansada, y luego una frase que Dante detuvo con el dedo.

-¿Sabes qué es lo peor? -dijo-. Que lo quise. A Gianni. Me llevaba a la escuela cuando mi padre no podía. Me enseñó a disparar.

-Dante.

-Estuvo en el entierro de mi madre. Me puso la mano en el hombro. -Su voz se quebró por primera vez frente a ella-. Y yo le agradecí.

Aitana no dijo que lo sentía, porque sabía que él lo odiaría. Le tomó la mano, esa mano grande y áspera que había visto cerrarse en un puño tantas veces, y la sostuvo entre las suyas hasta que dejó de temblar.

-No tenías cómo saberlo.

-Debí saberlo.

-Tenías doce años. -Ella lo obligó a mirarla-. Un niño no tiene que sospechar de quien lo abraza.

Dante la miró un largo rato. Tenía los ojos rojos y la barba de dos días, y aun así seguía pareciendo el hombre más peligroso que ella conocía. Solo que ahora ya no le tenía miedo.

-Tengo miedo -admitió él.

-¿De Gianni?

-De que mañana todo salga bien y tú te vayas.

Aitana se quedó quieta. Afuera pasó un camión por la avenida y los vidrios vibraron un segundo.

-¿Por qué me iría?

-Porque ya no habrá deuda. -Dante soltó una risa seca-. Ni padre que salvar, ni enemigo que enfrentar. Solo yo, y tú sabes muy bien qué clase de hombre soy.

-Sé qué clase de hombre fuiste conmigo al principio. -Ella le sostuvo la mirada-. Y sé qué clase de hombre se metió a una casa en llamas para sacarme.

-Eso no cambia lo que hice.

-No. Pero tampoco borra lo que haces ahora. -Aitana se acercó un poco más-. Si quisiera irme, ya me habría ido, Dante. Tuve el hospital, tuve la calle, tuve el auto. Y volví a tu lado todas las veces.

Él tragó saliva. Alzó la mano despacio, como si le diera miedo romper algo, y le apartó un mechón de la cara.

-Dilo otra vez -pidió.

-No me voy a ir.

Dante la besó. No fue brusco ni dominante, como las otras veces, sino lento y casi desesperado, con la frente pegada a la suya cuando se separaron un segundo para respirar.

-Dime que mañana vas a hacer lo que yo te diga -murmuró él.

-No.

-Aitana.

-Voy a hacer lo que sea mejor para los dos. -Sonrió contra su boca-. Es distinto.

Él soltó un suspiro que casi fue una risa, y ella sintió que algo pesado se aflojaba por fin en su pecho. La apretó contra sí, con una mano en su nuca, como si quisiera memorizar cada latido.

Ninguno escuchó los pasos en el pasillo hasta que golpearon la puerta con dos nudillos.

-Jefe. -Era la voz de Bruno, tensa, sin aliento-. Tiene que ver esto.

Dante se puso de pie de inmediato, con la mano ya en la espalda, donde guardaba el arma. Abrió la puerta de un tirón.

Bruno le tendía su teléfono con el brazo rígido. En la pantalla había un video. Ricardo, atado a una silla, con el labio partido y la camisa manchada, miraba directo a la cámara. A su lado, Camila, con la cabeza rapada y los ojos hinchados, sostenía un periódico del día.

Una voz de hombre, serena y conocida, habló fuera de cuadro.

-Buenas noches, hijo. Mañana al amanecer, en la casa del lago, tú solo y con las cintas. Si veo a un solo hombre más en el camino, empiezo por la muchacha.

La cámara giró hacia la mano que sostenía una pistola.

En el dedo brillaba un anillo de plata con una luna.

Aitana sintió que el piso se movía bajo sus pies.

El video terminó con un grito de Camila, y la pantalla quedó negra.