Camila
Aitana bajó descalza, con el pijama corto que había elegido a propósito. La camiseta de tirantes le dejaba los hombros al descubierto y el pantalón apenas le cubría la mitad del muslo. No le importaba lo que pensaran los guardias. Después de la noche anterior, ya no le quedaban ganas de aparentar nada.
Llegó al final del pasillo cuando escuchó una risa femenina en la sala.
Se detuvo.
Una mujer estaba de pie junto a Dante. Vestido negro ajustado, tacones altos, cabello perfecto y labios rojos. Tenía una mano apoyada en el antebrazo de él con una naturalidad que a Aitana le revolvió el estómago.
—Dante, cariño —decía la mujer con voz dulce—, no me digas que sigues viviendo en esta casa tan fría. Necesitas que alguien te recuerde cómo se vive de verdad.
Dante no sonrió. Solo contestó con voz neutra:
—Camila. No sabía que vendrías hoy.
—Mi padre quiere cerrar el tema de los puertos, así que aproveché para quedarme unos días.
Fue entonces cuando Camila giró la cabeza y vio a Aitana.
La miró de arriba abajo con lentitud deliberada. Los ojos se detuvieron en el cabello suelto, en la camiseta corta, en las piernas desnudas y en los pies descalzos. Una sonrisa pequeña y cruel se le dibujó en la boca.
—Oh. —Hizo una pausa—. ¿Y esto qué es?
Dante contestó sin mirar a Aitana:
—Mi esposa.
Camila arqueó una ceja, como si la palabra le resultara graciosa.
—¿Tu esposa? —repitió—. Vaya, Dante… no sabía que te habías conformado con tan poco.
Aitana sintió el calor subirle al rostro, pero no bajó la mirada.
—Y yo no sabía que en esta casa se recibía a cualquiera sin avisar —respondió con voz firme.
El silencio que siguió fue breve, pero tenso.
Camila soltó una risa corta.
—Camila Rossi. Hija de Vittorio Rossi. Quizá ese apellido no te diga nada… pero en este mundo abre puertas que el tuyo ni siquiera conoce.
—Aitana Marchetti —contestó ella, usando el apellido a propósito—. Y esta es mi casa. Así que la puerta que deberías conocer es la de la salida.
Camila se giró hacia Dante, esperando que él la corrigiera. Él solo miró su reloj.
—Marta te acomodará en la habitación de invitados —dijo con tono plano—. Tengo trabajo.
Se alejó hacia su oficina sin mirar a ninguna de las dos.
Camila esperó a que sus pasos desaparecieran. Después volvió la vista a Aitana, ya sin ninguna sonrisa.
—No sé qué le prometiste para que te pusiera ese apellido —dijo en voz baja—, pero no te equivoques. Dante no ama a nadie. Y mucho menos a alguien que baja a la sala en pijama como si fuera una sirvienta.
Aitana dio un paso adelante.
—Bajo como me da la gana. Porque, a diferencia de ti, yo vivo aquí.
Camila entrecerró los ojos y luego sonrió de nuevo, fría.
—Disfruta mientras puedas. Porque en cuanto el negocio de mi padre esté cerrado… esta casa va a volver a ser exactamente como era antes de que tú aparecieras.
Subió las escaleras con los tacones resonando en el silencio.
Aitana se quedó quieta en el centro de la sala, con el pijama corto pegado a la piel y la certeza de que la guerra dentro de esa casa acababa de empezar.