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Las grabaciones

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Las grabaciones

-Voy solo -dijo Dante, y apagó el teléfono de Bruno.

-No -respondió Aitana.

Los dos hombres se giraron hacia ella. Bruno bajó la vista, incómodo, y Dante frunció el ceño como hacía siempre que alguien le llevaba la contraria.

-No es una discusión.

-Claro que lo es. -Ella se plantó frente a él-. Si llegas con las cintas originales, Gianni las toma, los mata a los tres y mañana nadie sabe nada. Esas cintas son lo único que tenemos.

-Entonces dime qué hago. ¿Dejo morir a tu padre?

-Haz copias.

El silencio fue corto. Bruno levantó la cabeza.

-Hay una grabadora doble en el armario del fondo -dijo-. Santino la usaba para eso. Tardamos dos horas.

-Gianni va a notar la diferencia -objetó Dante.

-No si no tiene tiempo de escucharlas. -Aitana tomó una de las cintas-. Quiere las originales porque tiene prisa. Si hubiera podido, ya habría ido por ellas. Eso significa que mañana no puede perder ni un minuto, porque a mediodía están reunidas las cinco familias.

Dante la observó como si la viera por primera vez.

-¿Cuándo pensaste todo esto?

-Mientras tú escuchabas a tu padre. -Se encogió de hombros-. Alguien tenía que usar la cabeza.

Trabajaron hasta las tres de la madrugada. Bruno copiaba, Dante rotulaba cada cinta con la letra de su padre y Aitana separaba los originales en una bolsa de tela, que luego escondió dentro de una caja de herramientas vieja, bajo el fregadero.

-Solo nosotros tres sabemos dónde están -dijo Dante al terminar-. Si algo sale mal, Bruno, las llevas al mausoleo.

-Sí, jefe.

-Y la proteges a ella antes que a las cintas.

-Dante...

-Es una orden. -La miró-. No voy a discutir esto también.

Antes de salir, a las cinco, la tomó por la cintura y le besó la frente, un gesto tan simple que a Aitana se le cerró la garganta.

-Si no vuelvo...

-Vuelves.

-Aitana.

-Vuelves -repitió ella, y le metió algo en el bolsillo de la chaqueta. Era el pañuelo blanco que él le había dado la noche de la boda y que ella nunca devolvió-. Para que tengas una razón.

Dante lo apretó en el puño. Después se fue, sin mirar atrás, y la puerta se cerró con un clic.

La casa del lago amanecía gris. Una niebla baja cubría el agua y se pegaba a las ventanas, y en el muelle no había ni un solo guardia. Eso fue lo que más inquietó a Dante mientras caminaba por el sendero de grava con la bolsa en la mano.

La puerta se abrió sola antes de que él tocara.

Gianni Marchetti estaba sentado en el sillón de la sala, con una taza de café en la mano y las piernas cruzadas, como un tío que espera a su sobrino para desayunar. Tenía el cabello plateado bien peinado y los ojos grises, tranquilos, y el anillo de la luna brillaba sobre la taza.

-Llegas puntual -dijo-. Tu padre también lo era.

-Suéltalos.

-Primero las cintas.

Detrás del sillón, dos hombres sostenían a Ricardo y a Camila de pie. Ricardo tenía la cara hinchada. Camila lo miró y negó con la cabeza, apenas, un gesto pequeño que Dante entendió demasiado tarde.

-Las cintas, hijo.

Dante levantó la bolsa. Gianni hizo una seña, uno de sus hombres la tomó y sacó una cinta. La examinó con cuidado, la leyó en voz alta.

-"Marco, mayo." -Gianni sonrió-. La letra de tu padre. Qué detalle.

-Ahora los dejas ir.

-Claro. -Gianni dejó la taza sobre la mesa-. Pero antes, quiero que escuches algo.

Sacó un pequeño reproductor del bolsillo, lo encendió y puso la cinta. La voz de Marco llenó la sala, clara, tranquila, diciendo el nombre de Gianni.

Dante contuvo el aliento. Todo iba bien, tenía que ir bien.

Entonces Gianni apagó el aparato.

-Es bueno -dijo-. Muy bueno. Salvo por un detalle: mi hermano nunca decía "mayo" así, con la o tan abierta. Eso es una voz copiada de otra grabación.

El corazón de Dante se detuvo.

-Sabía que traerías copias. -Gianni se puso de pie, sin prisa-. Porque eres hijo de Marco, y Marco siempre dejaba un respaldo. Lo que no sabías, muchacho, es que yo también.

Su teléfono sonó sobre la mesa. Lo contestó con una sonrisa tranquila, escuchó unos segundos y miró a Dante.

-Perfecto. -Colgó-. Mis hombres ya están en el puerto. Tu esposa y tu perro guardián están por darnos las originales.

Dante dio un paso hacia él, pero tres armas lo apuntaron a la vez.

-Y ahora, hijo -dijo Gianni, quitando el seguro de su pistola-, vamos a hablar de lo que le pasó a tu madre.