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La verdad

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La verdad

El primer disparo rompió la ventana de la sala.

Bruno tiró de Aitana al suelo antes de que ella entendiera qué pasaba. Los vidrios cayeron sobre la alfombra como lluvia, y desde la calle se oyó el motor de una camioneta frenando de golpe.

-¡Al cuarto! -gritó él-. ¡Ya!

Gatearon hasta el pasillo. Otro disparo arrancó un pedazo de pared encima de sus cabezas, y Aitana se tapó los oídos, con el corazón en la garganta.

-¿Cómo nos encontraron?

-No lo sé. -Bruno cargó el arma-. Alguien habló.

-¿Quién más sabía de este lugar?

Él no respondió. Eso fue lo que la asustó más.

Aitana corrió a la cocina, arrastrándose pegada a la pared. Abrió el mueble del fregadero, sacó la caja de herramientas y la abrazó contra el pecho. Las cintas originales seguían ahí, envueltas en la bolsa de tela.

-Tenemos que salir por atrás -dijo Bruno, jadeando-. Hay una escalera de servicio.

-¿Y si están abajo también?

-Entonces cruzamos la ventana del baño y bajamos por el techo del depósito.

Se oyó la puerta principal romperse de una patada.

Bruno la empujó hacia el pasillo y se giró para cubrirla. Disparó dos veces. Alguien gritó en la sala, y una silla cayó al piso.

-¡Corre!

Aitana corrió. Atravesó el baño, trepó al borde de la ventana con la caja pegada al cuerpo y se dejó caer sobre el techo metálico del depósito. El golpe le sacudió los huesos, pero no soltó la caja. Detrás de ella, Bruno saltó pesadamente, con una mano apretada contra el costado.

-Estás herido.

-Es un rasguño. Sigue.

Lo ayudó a bajar por un tubo oxidado hasta el callejón. Olía a pescado y a gasolina. Al fondo había un auto negro con el motor encendido, y Aitana vio a un hombre apoyado en la puerta, con un cigarrillo en la boca.

Retrocedió.

-Es uno de ellos.

-Lo sé. -Bruno respiraba con dificultad-. Tienes que irte sola.

-No pienso dejarte.

-Dante me ordenó que te cuidara a ti antes que a las cintas. -Sacó las llaves de su bolsillo y se las puso en la mano-. La moto está tres calles al norte, detrás de la panadería. Llévalas al mausoleo.

-No sé cómo llegar.

-Sí sabes. -Bruno esbozó una sonrisa torcida-. Dante te llevó al cementerio una vez, el día que te enseñó la tumba de su madre.

Aitana lo recordó de golpe. La lápida, las flores marchitas, las manos de Dante, que temblaban sin que él lo notara.

-Bruno...

-Vete, señora Marchetti.

Era la primera vez que la llamaba así. Ella apretó la caja contra el pecho, asintió y corrió.

No miró atrás cuando se oyeron los disparos.

La moto arrancó al segundo intento. Aitana nunca había conducido una, pero el miedo le enseñó rápido. Cruzó el puerto entre camiones, esquivó una barrera, tomó la avenida costera con el viento helado golpeándole la cara y los ojos llenos de lágrimas.

Llegó al cementerio San Lorenzo pasadas las doce.

Al pie de la colina, frente al mausoleo, había cinco autos negros alineados. Cinco, uno por familia. Frente a la puerta de mármol esperaban cinco hombres mayores, todos de traje oscuro, con guardaespaldas en silencio detrás de ellos. Ninguno se movía.

Aitana bajó de la moto con las piernas temblando. Tenía el vestido roto, las rodillas sangrando y la caja de herramientas aferrada con las dos manos.

Uno de los hombres, un anciano de bigote blanco, entrecerró los ojos al verla.

-¿Dónde está Dante Marchetti? -preguntó.

-No... no ha llegado.

-Dijo mediodía.

-Lo sé. -Aitana subió los escalones del mausoleo, sin soltar la caja-. Pero yo sí llegué.

Un murmullo recorrió a los cinco patriarcas. Uno soltó una risa corta.

-¿Y tú quién eres, muchacha?

-Aitana Marchetti.

-La hija de Ricardo Salvatierra. -El anciano la miró con desprecio-. La que se vendió a cambio de una deuda.

Ella sintió que el calor le subía a la cara. Pensó en Dante, atado a un destino que no iba a poder cambiar si ella se quedaba callada. Pensó en su padre, en Camila, en Bruno cubriéndola en el callejón.

Abrió la caja de herramientas. Sacó la grabadora vieja que Dante había dejado preparada, y la puso sobre la lápida de mármol.

-Me llamo Aitana Marchetti -repitió, y su voz salió firme por primera vez en todo el día-. Y esto es lo que el hombre que mató a la madre de mi esposo no quiere que ustedes escuchen.

Metió la cinta. Cinco pares de ojos la observaron.

Entonces apretó el botón de reproducir.