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La cinta

Comprada Por Mi Enemigo 18+ — booknet.com · All chapters

La cinta

La cinta crujió un segundo, y enseguida se oyó la voz de Marco Marchetti, grave y tranquila, llenando el mausoleo como si él mismo estuviera parado entre los cinco hombres.

"Si alguien escucha esto, es porque ya no estoy y porque mi hermano consiguió lo que buscaba."

Nadie se movió. El anciano del bigote blanco dejó de golpear el bastón contra el mármol, y uno de los guardaespaldas dio un paso al frente, como si quisiera apagar la grabadora, pero su jefe lo detuvo con un gesto.

"Gianni lleva dos años moviendo dinero a mis espaldas, por una empresa que no existe. Cuando le pregunté, me abrazó y me dijo que yo veía enemigos donde no los había. Esa noche entendí que el enemigo dormía en mi casa."

Aitana apretó los puños detrás de la espalda para que no vieran cómo le temblaban. Sentía los ojos de los cinco clavados en ella, y también el sudor frío bajándole por el cuello, pero no apartó la mano de la grabadora.

"Carmela encontró los papeles. Me lo dijo anoche, llorando. Si le pasa algo a ella, o a mí, quiero que mi hijo sepa que no fue un accidente, y que no confíe en nadie que lo abrace demasiado fuerte."

La cinta terminó con un golpe seco. El silencio que siguió duró lo suficiente para que Aitana oyera el viento moviendo las hojas secas afuera.

-Eso lo pudo grabar cualquiera -dijo uno de los patriarcas, un hombre calvo, de traje gris perla-. Una voz se imita, señora.

-Claro que se imita. -Aitana abrió la caja de herramientas y sacó una carpeta gruesa-. Por eso traje esto.

La dejó sobre la lápida, y las hojas se desparramaron frente a ellos. Transferencias mensuales, firmas, sellos de bancos extranjeros, todos con el mismo destino, una empresa llamada Fénix Capital.

-Quince años de dinero saliendo de las cuentas de Vittorio Rossi hacia un mismo lugar -dijo, señalando cada página-. Pueden pedirle a sus contadores que lo revisen esta misma tarde. Y cuando lo hagan, van a encontrar el nombre de quien cobraba.

-¿Y cuál es ese nombre? -preguntó el anciano.

Aitana respiró hondo.

-Gianni Marchetti.

El murmullo estalló de golpe. Dos de los hombres se pusieron de pie, otro maldijo en voz baja, y el calvo se acercó a la carpeta, pasando las hojas con los dedos temblorosos, mientras sus guardias se miraban entre sí, inquietos.

-Es el tío de Dante -dijo alguien-. Es un hombre de respeto.

-Es un asesino -respondió Aitana, y su voz resonó contra las paredes de piedra-. Mató a la madre de mi esposo cuando Dante tenía doce años, y desde entonces se sentó a su mesa todos los años a preguntarle cómo estaba.

Nadie respondió. Por primera vez desde que llegó, Aitana sintió que el aire de ese lugar se inclinaba de su lado, y estuvo a punto de creer que lo había logrado.

Entonces se oyeron pasos en la entrada.

Primero fueron dos, lentos, con el tacón de un zapato caro golpeando el mármol, y detrás venían otros más, de varios hombres a la vez. Los guardaespaldas de los patriarcas se llevaron la mano a la chaqueta, pero nadie sacó nada.

La puerta del mausoleo se abrió de par en par, y la luz gris del mediodía dibujó una silueta alta en el umbral.

Era Gianni Marchetti, con el abrigo negro bien planchado, el cabello plateado peinado hacia atrás y una sonrisa amable, la misma que Aitana le había visto en la mesa del desayuno. A su lado caminaba Dante.

Tenía la camisa sucia, un corte sangrando en la ceja y la mirada fija en el suelo, como alguien que se obliga a no reaccionar. No llevaba esposas, pero Aitana vio la manera en que Gianni mantenía la mano derecha metida en el bolsillo del abrigo, pegada a su espalda.

-Buenos días, señores -dijo Gianni, quitándose los guantes con calma-. Perdonen la tardanza, mi sobrino y yo tuvimos que resolver un asunto de familia.

Dante la miró. Fue solo un segundo, pero en esa mirada ella entendió todo lo que no podía decirle delante de los demás: que estaba vivo, que no se rendía, y que no se le ocurriera moverse.

-Aitana. -La voz de Gianni sonó casi cariñosa, y se detuvo a pocos pasos de ella-. Qué sorpresa verte aquí, hija, y con tanto entusiasmo.

-No me llames hija.

-Como quieras. -Sus ojos grises bajaron hacia las hojas esparcidas sobre la lápida, hacia la grabadora, y se quedó mirando ese aparato un largo momento-. Veo que has estado ocupada.

Levantó la mano libre, y tres de los hombres que venían detrás de él cerraron la puerta del mausoleo.

El golpe retumbó en la piedra, y el cerrojo se trabó por fuera.