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Su tío tiene el control

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Su tío tiene el control

Dante llevaba cuarenta minutos sintiendo el cañón de una pistola contra la columna, y lo que más le dolía no era eso.

Era escuchar otra vez la voz de su padre en la grabadora, desde la entrada, mientras Gianni lo sujetaba del brazo para que no entrara antes de tiempo. Esa cinta ya la había oído varias veces, y aun así le dolía igual, sobre todo ahora, con el hombre que lo había matado respirándole en la nuca.

-Qué lindo discurso -dijo Gianni, caminando despacio hacia el centro del mausoleo-. Mi hermano siempre fue dramático, señores, ya lo recordarán. Una vez me acusó de robarle un reloj que había dejado en el auto.

Algunos rieron por compromiso, pero la risa murió rápido. El anciano del bigote blanco, Don Aurelio Conti, no había apartado los ojos de la carpeta.

-Esos papeles dicen otra cosa, Gianni.

-Esos papeles los armó una muchacha que se casó con mi sobrino por una deuda. -Gianni extendió las manos, con aire paciente-. ¿De verdad vamos a creerle a la hija de un traidor?

-Ese traidor -dijo Dante, y todos se giraron hacia él- recibió un balazo para sacarme de un muelle. Tú todavía no has recibido ninguno.

Gianni sonrió.

-Dante, hijo, estás cansado. Firma lo que tienes que firmar y te llevo a descansar.

Sacó del abrigo un documento doblado en tres y una pluma de oro. Lo puso sobre la lápida, junto a la carpeta de Aitana, y le acercó la pluma con dos dedos.

-La cesión de los puertos y de todos los negocios del apellido, a favor de la familia. De mí, por supuesto, que te cuidaré como te he cuidado siempre.

-¿Y si no firmo?

-Tu suegro y la muchacha de la cabeza rapada ya están en una camioneta, camino a un lugar que no te voy a decir. -Gianni habló tan bajo que solo Dante y Aitana lo oyeron-. Mis hombres solo esperan una llamada mía.

Dante sintió a Aitana moverse a su lado. Ella dio un paso hacia delante, con la barbilla en alto y los ojos verdes ardiendo.

-Usted no va a llamar a nadie.

-¿Ah, no?

-Anoche, en el jardín de la casa de la montaña, usted dijo que la esposa de Dante era lista y que había que apartarla. -Aitana alzó la voz para que todos la oyeran-. Dijo que el collar había cumplido su función, y que el viernes Dante firmaría o no saldría vivo de esta sala. Yo estaba detrás de los arbustos, don Gianni, y no tengo ninguna razón para mentir.

El silencio fue distinto esta vez. Uno de los patriarcas se levantó del banco con un crujido, otro llevó la mano a la cintura.

Gianni dejó de sonreír.

-Una niña con una grabadora -dijo, sin levantar la voz-. Eso es lo que eres.

-Una niña que lo atrapó.

Dante tuvo que contenerse para no sonreír. Cuando Aitana lo miró, de reojo, él le sostuvo la mirada medio segundo más de lo necesario, y asintió, casi sin mover la cabeza.

-Gianni. -Su voz salió ronca, pero firme-. Voy a firmar.

-Dante... -empezó Aitana.

-Déjame.

Tomó la pluma de oro. Se inclinó sobre la lápida, con la mano libre apoyada en el mármol, y sintió el cañón de la pistola clavarse un poco más en su espalda. Gianni se había acercado a su lado, satisfecho, con el anillo de plata brillando junto al papel.

-Así, hijo. Así se hace.

-Mi padre me dijo algo en esa cinta -murmuró Dante, mirando el papel- que no entendí al principio. Que no confiara en nadie que me abrazara demasiado fuerte.

-Tu padre era un paranoico.

-Tú me abrazaste en el entierro de mi madre. -Dante levantó la vista, y por fin lo miró a los ojos-. Tan fuerte, que me dejaste sin aire.

Gianni abrió la boca para contestar.

Dante le clavó la pluma de oro en la mano, justo al lado del anillo, hasta que la punta atravesó la piel y se hundió en la madera de la lápida.

El grito de Gianni rebotó en las paredes. Dante giró sobre sí mismo, le arrebató la pistola con la otra mano y le dio un codazo en la garganta que lo dobló en dos.

-¡Disparen! -rugió Gianni, con la mano clavada al mármol y la cara roja-. ¡Mátenlos a todos!

Los hombres que había traído sacaron las armas al mismo tiempo, y los guardaespaldas de las cinco familias respondieron igual. Aitana se lanzó al suelo detrás de la lápida, y Dante cayó sobre ella, cubriéndola con el cuerpo, mientras el primer disparo estallaba contra el techo y las esquirlas de piedra les caían en el pelo.

-¡Quédate abajo! -gritó él.

-¡No me digas qué hacer!

-¡Aitana!

-¡Tú tampoco te quedas quieto!

Una bala rozó la lápida y le arrancó una astilla. Dante la agarró de la nuca, la obligó a mirarlo, y sintió que el miedo y la rabia le subían juntos por el pecho.

-Si te pasa algo -le dijo, a centímetros de su cara- quemo este país entero.

El mausoleo se llenó de humo y de gritos. Alguien volcó un banco, el anciano Conti disparaba desde detrás de una columna, y entre el humo, Dante vio cómo Gianni se arrancaba la pluma de la mano con un rugido, se llevaba la herida al pecho y retrocedía hacia el fondo, donde estaba la lápida de Carmela.

Allí, en la pared, había una puerta de piedra entreabierta que nadie había visto antes.

-Se escapa -dijo Dante.

Y salió corriendo detrás de él.