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Ricardo herido

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Ricardo herido

Aitana no se quedó abajo.

Se levantó en cuanto Dante se perdió entre el humo, tomó la pistola de un guardaespaldas caído y corrió detrás de él, pegada a la pared, esquivando cuerpos y esquirlas. Una bala pasó tan cerca de su oreja que sintió el viento caliente, pero siguió.

La puerta de piedra del fondo daba a una escalera estrecha, de escalones húmedos, que bajaba hacia la oscuridad. Olía a tierra mojada y a hierro. Aitana bajó con una mano en la pared, sujetando el arma con la otra, hasta que vio una luz al final.

Era una cripta pequeña, con velas encendidas sobre una repisa y una tumba de mármol abierta en el centro. La tapa estaba corrida a un lado, y dentro, entre tela podrida y huesos amarillos, se alcanzaba a ver un cráneo con un agujero oscuro en la frente.

Aitana se tapó la boca para no gritar.

-Era la tumba de Carmela -dijo una voz detrás de ella.

Se giró de golpe.

Gianni estaba apoyado en la pared del fondo, con la mano herida envuelta en un pañuelo empapado de sangre y la pistola en la otra, apuntándole directo al pecho. Ya no sonreía. Tenía el cabello despeinado, y en los ojos grises había algo frío, sin ninguna máscara.

-Baja el arma, hija.

-No soy tu hija.

-Baja el arma o disparo.

-Entonces dispara. -Aitana levantó la pistola con las dos manos, aunque le temblaban-. Pero yo también tengo una bala para ti.

-No vas a disparar. -Gianni se rió, entre dientes, con un gesto de dolor-. Se te ve en la cara. Eres de las que se quedan temblando y piden perdón.

-Tienes razón, soy de esas. -Aitana dio un paso hacia él-. Pero también soy de las que no se mueven cuando alguien quiere hacer daño a su familia.

-Ah, ¿ahora es tu familia?

-Mi esposo. Mi padre. -Tragó saliva-. Y tú acabas de matar a la madre de uno de ellos.

Gianni inclinó la cabeza, como si de verdad lo pensara.

-Carmela era una buena mujer -dijo por fin-. Fue una pena. Pero fue ella la que se metió donde no debía, y se lo advertí dos veces. Dos veces, Aitana. Hay gente que nunca aprende.

Aitana sintió que el estómago le ardía.

-Dante tenía doce años.

-Y lo crié yo. -Gianni volvió a sonreír, pequeño, torcido-. Le di una vida. Una educación, un apellido. Y esta es mi paga.

Se oyeron pasos bajando la escalera, rápidos, y la voz de Dante rompió el aire de la cripta.

-¡Aitana!

Gianni se movió. Fue tan rápido que ella apenas alcanzó a ver su brazo girar, tomándola por el cuello y pegándola contra su pecho, con el cañón helado contra su sien.

-¡Suéltala! -Dante apareció en el último escalón, con el arma en alto y el pecho subiendo y bajando-. Suéltala ahora mismo, Gianni.

-Baja eso, muchacho.

-Te voy a abrir la cabeza.

-Pues hazlo -susurró Gianni-. Pero mira bien dónde apuntas.

Aitana sintió el cuerpo de Dante tensarse a tres metros de ella, y vio, en su cara, algo que nunca le había visto: miedo puro, sin ninguna capa encima. La pistola le temblaba en la mano.

-Dante -dijo ella, con la voz muy suave-. No pasa nada.

-Cállate.

-No me lo digas a mí, díselo a él.

Dante soltó el aire. Muy despacio, abrió los dedos y dejó caer el arma, que rebotó contra el piso de piedra.

-Eso es -dijo Gianni-. Ahora retrocede.

-Si le haces daño -dijo Dante, sin moverse- vas a desear que te hubiera matado hoy.

-Ya me dijeron eso muchas veces.

Gianni arrastró a Aitana hacia una segunda puerta, al fondo de la cripta, medio escondida detrás de las velas. Con el hombro la abrió, y un aire frío entró desde un túnel oscuro.

Entonces Aitana lo sintió, claro, en la mano que aún tenía: el peso de la pistola, olvidada contra su cadera, oculta contra el vestido. Gianni no la había desarmado.

No lo pensó. Giró la muñeca, bajó el arma y disparó contra el suelo, al lado del zapato de Gianni, y el estruendo le retumbó en los oídos. Gianni gritó, soltó el agarre un segundo, y ella se dejó caer de rodillas.

-¡Dante!

Un disparo estalló sobre su cabeza.

Aitana levantó la vista. En lo alto de la escalera, con una pistola en la mano y la camisa abierta, estaba Ricardo, jadeando, con los ojos clavados en Gianni.

-Aléjate de mi hija -dijo.

Gianni, herido en el hombro, retrocedió un paso, y apuntó con la pistola que aún sostenía.

-¡Papá, no!

El segundo disparo sonó antes de que ella terminara de gritar.

Ricardo se quedó quieto, con la boca abierta, y bajó la vista hacia su pecho, donde una mancha roja se extendía sobre la tela blanca. Después, muy lentamente, se desplomó contra la pared de la escalera.

Gianni ya corría por el túnel, y la risa le llegaba desde la oscuridad.

-¡PAPÁ!

Aitana se arrastró hasta él, le sujetó la cara con las dos manos, mientras la sangre le empapaba los dedos.