Su muerte
-Papá, mírame, no cierres los ojos, mírame a mí.
Aitana tenía las manos metidas en el pecho de Ricardo, apretando con todas sus fuerzas, pero la sangre seguía saliendo entre sus dedos, tibia y espesa, empapándole las mangas del vestido. En la escalera de la cripta ya no se oían disparos, solo gritos lejanos y el eco de pasos que bajaban corriendo.
-No... no te asustes, hija -dijo Ricardo, con una sonrisa débil que no le llegó a los ojos-. Duele menos de lo que pensé.
-No hables, vas a gastar fuerzas.
-Ya no me quedan para gastar.
-¡Cállate! -La voz se le quebró-. Ya viene alguien, vamos a llevarte a un hospital, vas a ponerte bien, te lo prometo.
Ricardo le tomó la muñeca con una mano que ya temblaba. La miró un largo rato, como si quisiera memorizarle la cara, y por primera vez en semanas no había miedo en su mirada, solo cansancio.
-Perdóname, Aitana.
-Ya lo hice.
-Quiero oírtelo decir otra vez.
Ella respiró hondo, con la garganta ardiendo, y se inclinó hasta apoyar la frente en la suya.
-Te perdoné, papá, desde hace tiempo, por lo que hiciste hace quince años, y también te perdono por lo que hiciste hoy. Te pusiste delante de mí, sin pensarlo.
-Debí hacerlo antes.
-Lo hiciste cuando importaba.
Se oyeron pasos rápidos en la escalera, y Dante apareció en el umbral con el arma colgando de la mano y la cara blanca. Se quedó quieto un segundo, mirando la sangre en el piso, la mancha oscura sobre la camisa de Ricardo, y a Aitana arrodillada con los hombros temblando.
Después se agachó a su lado sin decir nada.
-Dante -susurró Ricardo, con los ojos entrecerrados-. Ven.
-Estoy aquí.
-Tengo algo que decirte. Escucha bien, porque no lo voy a repetir.
Dante se inclinó hasta casi tocarle la boca con la oreja. Aitana vio cómo él cerraba los ojos, y cómo el pulso le saltaba en el cuello, mientras Ricardo hablaba bajito, con la voz rota.
-Camila me soltó en el lago, mató a un guardia con el cuchillo de la cocina, no lo supo hacer mejor. Corrimos por el bosque hasta que Santino nos encontró en la carretera. Pero antes... antes de irnos oí a Gianni hablar por teléfono con el piloto.
-¿Qué piloto?
-Tiene una avioneta lista en la pista vieja de Campo Seco. Sale esta noche, apenas oscurezca, y no va a esperar a nadie.
Dante abrió los ojos.
-¿Estás seguro?
-Lo dijo dos veces. -Ricardo tosió, y un hilo de sangre le bajó por la barbilla-. Se va del país, Dante, con todo el dinero de Fénix. Y si lo dejas ir, no vuelves a verlo.
-No lo voy a dejar ir.
-Lo sé. -Una sonrisa pequeña le cruzó la cara-. Por eso te lo digo.
Se quedó callado un instante, buscando aire. Aitana le acarició el pelo, y sintió la frente fría y húmeda bajo los dedos.
-Dante -dijo Ricardo, más bajo-. Tu padre y yo éramos amigos. De los de verdad, antes de todo esto. Nunca te dije que lo quería.
-Lo sé.
-Cuídala. No porque te lo pida, sino porque no vas a encontrar a nadie que se le parezca.
-Lo sé -repitió Dante, y la voz le salió áspera-. Eso lo sé desde hace tiempo.
Ricardo giró la cabeza hacia su hija. Los ojos se le llenaron de lágrimas, y levantó la mano para tocarle la mejilla, pero no alcanzó, y la mano le cayó sobre el pecho.
-Aitana -dijo-. Mi niña valiente.
-Papá...
-Tu madre estaría orgullosa. Tienes... sus ojos.
-Quédate conmigo, por favor, no me dejes sola.
-No estás sola. -Miró a Dante, y de nuevo a ella-. Ya no.
Cerró los ojos despacio, y por un segundo ella creyó que se había dormido. Siguió apretándole el pecho, contando en voz alta, llamándolo, hasta que sintió que bajo su mano ya no había nada que latiera.
El silencio de la cripta se le metió en los oídos.
-Papá -dijo, otra vez, bajito-. Papá.
Dante le puso una mano en el hombro, pero ella se la quitó de un manotazo.
-No me toques.
-Aitana.
-¡No me toques! -Se levantó de golpe, con las manos manchadas, y retrocedió hasta chocar con la pared de la cripta-. Se murió por mí, Dante, por mí, y yo estaba ahí, y no pude...
-Hiciste todo lo que se podía.
-¡Eso no sirve de nada!
Él no discutió. Se levantó despacio y caminó hasta ella, sin pedirle permiso, y la abrazó con tanta fuerza que ella dejó de respirar un momento. Aitana golpeó su pecho una vez, dos, tres, hasta que las fuerzas se le acabaron, y se quedó agarrada a su camisa, llorando sin ruido.
-Escúchame -murmuró él contra su pelo-. Gianni va a pagar cada gota de esta sangre, lo juro por mi madre, y tú vas a estar ahí cuando pague.
-Quiero verlo caer.
-Lo vas a ver.
-No quiero que muera rápido.
-No va a morir rápido.
Se oyeron pasos en la escalera, y Camila apareció en el umbral, jadeando, con el pañuelo de la cabeza torcido y las manos llenas de tierra. Miró a Ricardo en el piso y se llevó la mano a la boca.
-Llegué tarde -dijo.
-Lo ayudaste a llegar hasta aquí -respondió Aitana, secándose la cara con el dorso de la mano-. Gracias.
Camila negó con la cabeza, con los ojos llenos de lágrimas, y miró a Dante.
-Hay algo más. Acabo de hablar con Bruno por radio, y no sabe cómo decírtelo.
-Dilo.
-La clínica del doctor Ferri, donde estaba Marta. -Camila tragó saliva-. Está en llamas, y no encuentran a Marta.
Dante se quedó completamente quieto.
En ese momento, el teléfono de Dante empezó a sonar dentro de su bolsillo, con un número desconocido. Él lo sacó, miró la pantalla, y contestó sin decir una sola palabra.
Del otro lado se oyó la risa tranquila de Gianni.
-Tengo a la señora de las manos vendadas -dijo-. Campo Seco, antes del anochecer, tú solo. Si veo a alguien más, empiezo por los dedos que le quedan.