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Aita de Rehén

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Aita de Rehén

-Voy solo.

-No.

-Aitana, acabas de enterrar a tu padre con las manos...

-Todavía no lo he enterrado, y no te estoy pidiendo permiso. -Aitana se plantó frente a él, en medio del estacionamiento del cementerio, con la ropa manchada y los ojos hinchados-. Si vas solo, Gianni te mata y se lleva a Marta igual. Lo vimos hoy. Cada vez que uno de nosotros va sin plan, alguien muere.

Dante la miró un largo rato. Detrás de ellos, Santino Greco, con el brazo en cabestrillo, fingía revisar el cargador de su pistola para no meterse. Bruno, con una venda manchada alrededor de las costillas, miraba al suelo.

-Gianni dijo solo -repitió Dante.

-Gianni dice muchas cosas.

-Tiene a Marta.

-Y la va a tener hasta que se dé cuenta de que no tiene nada con qué amenazarnos. -Aitana levantó la barbilla-. Dime una cosa, ¿cuánto tiempo le queda antes de que despegue esa avioneta?

-Unas cuatro horas.

-Entonces tenemos tiempo para hacer esto bien.

-Aitana...

-Escúchame, por favor. -Le tomó la cara con las dos manos, sin importarle que Santino y Bruno miraran-. Sé que quieres matarlo con tus manos, y yo también quiero verlo caer, pero no sirve que mueras tú en el intento. Lo prometiste en la cripta, dijiste que yo iba a estar ahí.

Dante cerró los ojos un segundo. Cuando los abrió, algo en su cara había cedido.

-Dime tu plan.

Ella sonrió apenas, con los labios temblando.

-Voy contigo, de frente, por la pista, como si hubiéramos venido a entregarnos. Gianni nos va a ver llegar y va a pensar que ganó, que estamos solos. Mientras tanto, Santino y Bruno rodean el hangar con los hombres de Don Aurelio, que ya ofreció todos los que hicieran falta.

-Eso es una locura -dijo Santino.

-Es una carnada -corrigió Aitana-. Y las carnadas funcionan.

-¿Y quién te protege a ti? -preguntó Bruno.

-Dante.

Santino levantó las cejas, y miró a su amigo.

-Tu esposa acaba de darte órdenes delante de tus hombres.

-Ya lo vi -dijo Dante, sin quitarle los ojos de encima a ella-. Y no pienso discutirlo.

-Primera vez en tu vida.

-Cállate, Santino.

Dante tomó la mano de Aitana y la apretó contra su pecho, justo donde el corazón le latía fuerte y rápido.

-Escucha bien lo que te voy a decir. Si algo sale mal, si Gianni levanta un arma hacia ti, no pienso pensar, ni calcular, ni esperar. Voy a matarlo ahí mismo, y a quien se me ponga delante también.

-Lo sé.

-Eres lo único que tengo, Aitana. Y no me voy a quedar sin ti.

Ella no respondió, pero se puso de puntitas y le dio un beso corto en la boca, de esos que se dan sin pensar. Detrás de ellos, Camila carraspeó, mirando al cielo.

El atardecer en Campo Seco era caluroso. La pista vieja se encontraba entre campos secos, con una avioneta blanca de dos hélices parada al final, y a la derecha un hangar de láminas oxidadas con la puerta entreabierta. No se veía a nadie, solo el viento levantando polvo y el zumbido de un motor encendido.

Dante frenó la camioneta a cien metros de la avioneta, y Aitana se bajó primero. Caminaron juntos, sin armas a la vista, con las manos abiertas.

-Ahí -susurró ella.

Gianni salió del hangar, caminando despacio, con el brazo herido en un cabestrillo improvisado y la otra mano apoyada en el hombro de Marta. La mujer venía pálida, con el uniforme gris sucio de hollín, y las dos manos vendadas hasta las muñecas. Tenía un hilo de sangre seca en la ceja, pero mantenía la cabeza en alto.

-Qué puntuales -dijo Gianni-. Qué obedientes. ¿Ves, Dante? Así se hace una familia.

-Suéltala -dijo Dante.

-Claro que sí. -Gianni sonrió-. En cuanto me des lo que me prometiste en el mausoleo.

-No prometí nada.

-Pero vas a firmar. -Sacó el mismo papel doblado, manchado con la sangre de su propia mano-. Aquí. Ahora. Y la señora Marta se va con ustedes.

-Dante, no -dijo Marta, con voz ronca-. No firmes nada, mijo.

-Cállate -le dijo Gianni, sin mirarla.

Aitana dio un paso adelante.

-Tengo una propuesta mejor.

-Aitana -advirtió Dante.

-Déjame hablar. -Miró a Gianni, a los ojos grises que tanto se parecían a los de su esposo-. Quieres un rehén, ¿verdad? Alguien por quien Dante no pueda disparar. Marta no te sirve, es vieja y está herida, y a él se le rompe el corazón, pero no lo detiene.

Gianni se quedó mirándola con interés.

-¿Y tú sí?

-Yo soy su esposa.

-Aitana, no -dijo Dante, entre dientes.

-Cambia a Marta por mí.

-¿Estás loca? -rugió él-. ¿Qué estás haciendo?

-Confía en mí -susurró ella, sin mirarlo.

Gianni soltó una risa corta, encantada.

-Mira nada más. Mi sobrino casó con una mujer de verdad. -Empujó a Marta hacia delante-. Ven, hija. Despacio.

Aitana empezó a caminar. Sintió la mirada de Dante clavada en la nuca, sintió el viento seco pegándole el vestido a las piernas, el olor a combustible, el latido en las orejas. Cuando pasó junto a Marta, la mujer le apretó el antebrazo con los dedos vendados, y le susurró sin mover los labios.

-El hangar. Tiene doce hombres adentro.

Aitana no cambió la cara. Siguió caminando hasta quedar frente a Gianni, y él le puso la pistola contra las costillas, sonriendo.

-Buena niña.

Entonces se oyó un disparo en lo alto del hangar, y el cristal de la cabina de la avioneta explotó en mil pedazos.

-¡Ahora! -gritó Dante.

Gianni giró la cabeza, y Aitana aprovechó ese segundo para clavarle el codo en la herida del hombro. Él rugió de dolor, la pistola se le desvió, y el disparo perforó el suelo a un metro de su pie.

Los hombres salieron del hangar disparando, y desde los campos, la gente de Don Aurelio abrió fuego al mismo tiempo. Dante corrió hacia Marta, la cubrió con su cuerpo y la arrastró detrás de la camioneta.

-¡Aitana! -gritó.

Pero Gianni ya la había agarrado del pelo, y la arrastraba hacia la avioneta, con la pistola apuntándole a la cabeza.

El motor rugió, las hélices empezaron a girar, y la avioneta se movió despacio por la pista, con la puerta abierta, hacia el horizonte.