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Su hermana

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Su hermana

Dante no pensó en nada.

Salió de detrás de la camioneta corriendo, con el arma en una mano y la otra extendida hacia la avioneta, mientras las balas le silbaban por los costados. Oyó a Santino gritándole algo, oyó a Bruno ordenando fuego de cobertura, pero todo eso sonaba lejos, como si viniera de otra habitación.

Solo veía la puerta abierta de la avioneta, y la mano de Aitana aferrada al marco.

-¡Dante! -gritó ella, con el pelo atrapado en el puño de Gianni.

Una bala le rozó la oreja. Dante siguió corriendo, y disparó dos veces contra la hélice izquierda, que escupió chispas y se detuvo con un chirrido horrible. La avioneta se ladeó, giró un poco sobre la pista, y el piloto saltó por la puerta del otro lado.

Gianni maldijo en voz alta.

Dante llegó hasta el ala, saltó, y se agarró de la puerta con los dos brazos. Gianni intentó golpearlo con la culata, pero Aitana le mordió la muñeca con toda la fuerza que tenía, y el arma cayó dentro de la cabina.

-¡Maldita! -rugió Gianni.

-¡Sal de ahí! -gritó Dante, y la sacó de un tirón por la cintura.

Los dos cayeron sobre la pista, rodando en el polvo, y Dante la cubrió con su cuerpo, respirando contra su cuello.

-¿Estás bien? ¿Te hizo daño?

-Estoy bien -jadeó ella-. Estoy bien, Dante, estoy bien.

Él la apretó un segundo más, solo uno, y se levantó de un salto.

Gianni ya bajaba de la avioneta, cojeando, con la camisa abierta y la herida del hombro sangrando por entre los dedos. Había recuperado la pistola, y apuntaba directo a Aitana.

-Si ella cae -dijo, con la voz temblando de rabia-, tú caes también.

Dante levantó el arma, y los dos quedaron frente a frente, a tres metros, sin que ninguno bajara la guardia. Alrededor, el tiroteo se fue apagando de a poco. Los hombres de Gianni se rendían uno por uno, con las manos en la cabeza, mientras Santino y Bruno los rodeaban.

-Se acabó, tío -dijo Dante.

-No me llames así.

-Es lo que eres.

-Soy mucho más que eso. -Gianni escupió sangre al piso-. Soy el que te dio todo, el que te enseñó a disparar, el que te llevó al hospital cuando te rompiste el brazo. Y tú vienes aquí a apuntarme como a un perro.

-Mataste a mi madre.

-Tu madre pudo haberse quedado callada, muchacho. -Gianni sonrió, y esa sonrisa le heló la sangre a Aitana-. Carmela me debía una explicación, y se la pedí. Después de eso, la vida siguió. Tú crecías, yo te cuidaba, y todos felices.

Aitana vio cómo las manos de Dante se aflojaban un poco sobre el arma, y cómo toda la cara se le llenaba de una furia fría, ya sin ruido.

-Dilo otra vez -murmuró él.

-¿Qué?

-Dilo otra vez, y te vuelo la cabeza.

-Dante -dijo Aitana, bajito.

Él no la miró.

-Dante, no lo hagas.

-Le dije a tu padre que te cuidaría. -Su voz salió ronca-. Y a mi madre, cuando era niño, le prometí que nadie le haría daño. Ya fallé una vez.

-No fallaste -dijo ella, levantándose del suelo, con las rodillas raspadas y el vestido roto-. Fallaron todos los que debían protegerte.

Se acercó despacio, sin soltar los ojos de su espalda, y le puso una mano en el brazo que sostenía la pistola. Sintió el temblor bajo los dedos.

-Si lo matas ahora, se acaba. Pero hay cinco familias esperando saber la verdad, y una mujer en esa camioneta que casi pierde las manos por ti. -Respiró hondo-. Gianni tiene que responder delante de todos, con su nombre, con su cara, y que nadie se olvide de lo que hizo.

-Quiero que sufra.

-Va a sufrir. -Aitana le apretó el brazo-. Mucho más que con una bala.

Dante cerró los ojos un segundo. Cuando los abrió, miró a Gianni con un desprecio tan frío que hasta el viejo dio un paso atrás.

-Tienes suerte de que ella esté aquí -dijo-. Si fuera por mí, ya estarías en el piso.

-Qué dramático -murmuró Gianni.

-Átenlo -ordenó Dante, sin voltear.

Santino se acercó con dos hombres de Don Aurelio y le sujetaron los brazos. Gianni no se resistió. Dejó que lo esposaran, mirando a Dante con una sonrisa enorme, que no le cabía en la cara, y que a Aitana le dio náuseas.

-Qué tontos -dijo, mientras lo arrastraban hacia la camioneta-. Creen que ganaron.

-Cállate -dijo Santino.

-Dante, hijo, escúchame un segundo. -Se detuvo, obligando a los guardias a frenar-. Tú preguntaste por qué tu padre nunca me perdonó. ¿No quieres saber la razón?

-Ya la sé.

-Tú crees que la sabes. -Gianni inclinó la cabeza-. Pero hay cosas que Marco ni siquiera le dijo a su propia cinta. Cosas que ni Carmela alcanzó a contarte.

Aitana sintió que Dante se ponía rígido.

-No lo escuches -dijo ella.

-¿Qué cosas? -preguntó Dante.

Gianni sonrió, despacio, saboreando cada palabra.

-Tu padre sacó a tu hermana de este país la noche que tu madre murió. La mandó lejos, con otro nombre, para que yo no pudiera encontrarla. -Hizo una pausa-. Pero yo la encontré hace dos años.

El viento se detuvo. Hasta los hombres que sujetaban a Gianni se quedaron quietos.

-No tengo hermana -dijo Dante, con la voz muy baja.

-Se llama Valentina -susurró Gianni-. Y esta noche, mientras tú me traes a tu juicio de familia, hay un hombre mío sentado en la puerta de su casa, esperando una sola llamada.

Alzó el mentón hacia el teléfono que colgaba del cinturón de uno de sus guardias.

-Si esa llamada no se hace antes de medianoche, no será a mí a quien enterrarás.