La sentencia
A las diez de la noche, el mausoleo San Lorenzo parecía un tribunal.
Habían movido los bancos para formar un semicírculo frente a la lápida de Carmela, y en el centro, atado a una silla de hierro, con el hombro vendado y la camisa sucia, estaba Gianni Marchetti. Los cinco patriarcas ocupaban sus lugares, con sus guardaespaldas detrás, y nadie hablaba. Sobre la lápida, la vieja grabadora giraba despacio, y la voz de Marco llenaba la sala por segunda vez.
"Si mi hermano llega a leer esto, que sepa que lo perdoné muchas veces. La última fue la peor."
Aitana, de pie junto a Dante, sintió que a él se le endurecía el brazo bajo sus dedos. Desde que habían vuelto de Campo Seco no se había separado de ella ni un metro, y tampoco había mirado el reloj, aunque lo llevaba clavado en la cabeza. Faltaban dos horas.
La cinta terminó. Don Aurelio Conti apoyó las dos manos en el bastón, y habló sin levantar la voz.
-Gianni Marchetti, has escuchado la voz de tu hermano, has visto los papeles y has oído a esta muchacha repetir lo que dijiste en el jardín. ¿Tienes algo que decir antes de que votemos?
Gianni levantó la cabeza. Tenía el cabello pegado a la frente por el sudor, pero seguía sonriendo, como si todo aquello fuera una reunión de negocios que se había alargado.
-Sí. Que ninguno de ustedes es mejor que yo.
Un murmullo recorrió el semicírculo.
-Don Aurelio, usted vendió armas a mi hermano durante diez años y nunca preguntó de dónde salía el dinero -siguió Gianni, mirando uno por uno-. Y usted, Ferrante, firmó los papeles de los puertos del sur sabiendo que eran falsos. Yo solo fui más honesto con mis ambiciones.
-Basta -dijo Dante.
-Hijo, déjame terminar, que es mi derecho.
-Tú no tienes derechos aquí.
Se oyó el chasquido de un encendedor, y Camila, apoyada contra la pared del fondo, bajó la vista. Santino se movía inquieto junto a la puerta, con el brazo en cabestrillo y la mirada fija en el celular. A las diez y cuarto, Bruno se acercó a Dante y le habló al oído.
-Rastreamos el número que usó para llamarte, jefe. Era un teléfono desechable, sin nombre, y ya está apagado.
Dante apretó el puño, y Aitana lo sintió contra su costado.
-Gianni -dijo él, caminando despacio hacia la silla-. Dime el nombre del hombre que está con mi hermana.
-No tengo ninguna hermana que te importe, muchacho.
-Dime el nombre.
-Y si te lo digo, ¿qué me das? -Gianni inclinó la cabeza-. ¿La vida? ¿Un avión? ¿Una isla en el Caribe?
-Una muerte rápida.
Gianni rió, bajito, y negó con la cabeza.
-No me conoces tanto como crees. Prefiero morir despacio a salvarme por un favor tuyo.
Dante se agachó frente a él, hasta quedar a la altura de sus ojos grises, y habló tan bajo que solo los más cercanos alcanzaron a oírlo.
-Si le pasa algo a mi hermana, tío, no habrá juicio, ni votación, ni sentencia. Voy a quedarme contigo en este cuarto, a solas, hasta que desees haber muerto en el avión.
Por primera vez, la sonrisa de Gianni vaciló un segundo.
Aitana lo vio, y entendió que era la única grieta que tendría. Se alejó sin que nadie lo notara, rodeó el semicírculo por detrás de los guardias, y se detuvo junto al abrigo negro que habían quitado a Gianni al atarlo, tirado sobre un banco. Metió las manos en los bolsillos con el corazón latiéndole en las orejas.
Un encendedor de plata. Un rosario. Una llave pequeña.
Y en el bolsillo interior, doblada en cuatro, una fotografía.
La sacó despacio. Era una joven de unos veinte años, morena, de cejas gruesas y ojos oscuros, sentada en el escalón de una tienda con un gato anaranjado en brazos. Detrás de la foto, escrita con tinta azul, había una dirección: calle Los Almendros 14, segundo piso, Puerto Belmar.
-Dante -dijo, y su voz cortó la sala.
Todos se giraron. Aitana alzó la fotografía, y vio cómo Dante se ponía de pie despacio, como si de pronto le pesaran los huesos.
-Tiene tus cejas -susurró ella.
Él cruzó el mausoleo en tres pasos y le quitó la foto de las manos. La miró en silencio. Los dedos le temblaron una sola vez, y después los apretó con tanta fuerza que el papel se arrugó.
-¿Dónde queda Puerto Belmar? -preguntó, sin mirar a nadie.
-A tres horas en auto, jefe -dijo Bruno.
-Faltan menos de dos.
-En helicóptero son cuarenta minutos -dijo Don Aurelio, y todos lo miraron-. Tengo uno en el campo de golf, a diez minutos de aquí. Y un piloto de confianza.
-Yo pilotaré -dijo Santino, quitándose el cabestrillo de un tirón-. Aprendí a los diecinueve, y todavía conservo la licencia.
-Con un brazo roto no.
-Con el brazo malo no necesito volar, necesito solo la mano derecha.
Dante lo miró un largo segundo.
-Voy contigo.
-No -dijo Aitana.
Él se giró hacia ella, con una mirada que ya no admitía nada, y ella se acercó hasta quedar frente a frente.
-Si te vas, Gianni se queda con las familias y sin ti aquí no hay sentencia, y mañana cualquiera lo suelta con un abogado. Necesitan verte votar. -Le tomó la cara con las dos manos-. Santino la va a traer, Dante, y yo me quedo a tu lado.
-Es mi hermana.
-Lo sé, y por eso confío en tu mejor amigo, que lleva veinte años cuidándote la espalda.
Dante cerró los ojos un instante. Cuando los abrió, miró a Santino.
-Tráemela viva.
-Con mi vida, hermano.
Salieron corriendo por la puerta del mausoleo, con cuatro hombres de Bruno detrás, y el ruido de sus pasos se perdió en la noche. Dante volvió hacia el semicírculo, con la foto arrugada en el puño, y se detuvo frente a Gianni.
-Ahora sí hay votación -dijo.
Don Aurelio se puso de pie.
-Quienes estén a favor de condenar a Gianni Marchetti, que levanten la mano.
Cinco manos subieron al mismo tiempo.
Gianni cerró los ojos, y por primera vez dejó de sonreír del todo. A las once y media, mientras el último patriarca firmaba el acta, el teléfono de Dante empezó a vibrar sobre la lápida.
Era Santino. Dante contestó con la voz seca.
-¿La tienes?
-Llegué, hermano. Estoy en la calle. -Se oía el viento, y a lo lejos, un perro ladrando-. Hay un hombre entrando por la escalera de incendios. Subo.
-Santino...
Dos disparos estallaron al otro lado de la línea, y la llamada se cortó.