Santino
Santino subió la escalera de incendios de tres en tres, con la pistola en la mano buena y el brazo roto latiéndole como si tuviera un corazón propio.
Los dos disparos habían salido del segundo piso. Calle Los Almendros 14 era un edificio chico, con balcones angostos y macetas viejas, y la ventana del fondo estaba abierta de par en par. Dentro se oían golpes, un vidrio rompiéndose, y una voz de mujer que no gritaba sino que maldecía, con una claridad que le puso la piel de gallina.
-¡Suéltame, imbécil!
Santino entró de un salto por la ventana.
Se encontró en una cocina pequeña, con luz amarilla y platos sucios en el fregadero. En el piso, boca abajo, había un hombre grande con chaqueta negra, inmóvil, con un extintor tirado a su lado. Y encima de él, de rodillas y con la mano levantada, una joven morena sostenía en la otra una jeringa enorme. Encima del refrigerador, con el lomo erizado, un gato los observaba a los dos.
Los dos se quedaron mirándose.
-Si das un paso -dijo ella- te clavo esto en el cuello, y te advierto que es suficiente sedante para dormir a un caballo.
-Soy Santino Greco -dijo él, levantando las manos, con la pistola colgando-. Vengo de parte de tu hermano.
-No tengo hermano.
-Eso me dijeron, y aun así estoy aquí.
Ella se puso de pie sin dejar de apuntarle, y Santino tuvo tiempo de verla bien. Tendría veintidós años, el pelo negro recogido con un lápiz, una camiseta con manchas de café y los ojos oscuros más parecidos a los de Dante que había visto en su vida. Hasta la manera de fruncir las cejas era la misma.
-Tienes un brazo roto -observó ella, sin bajar la jeringa.
-Y tú, un hombre desmayado en la cocina.
-Entró por la ventana, no por la puerta, y llevaba pistola. -Hizo una pausa-. Lo golpeé con el extintor y después con el sedante. ¿Hace falta que te cuente más?
-Con eso basta, y de verdad me cae bien tu estilo.
-No me interesa caerte bien. -Ella frunció los labios-. Quiero saber quién eres y por qué me están buscando, porque hace dos semanas alguien dejó una rosa negra en mi puerta, y anoche, en el hospital veterinario donde trabajo, un hombre preguntó por mi nombre completo.
-¿Cuál es tu nombre?
-Valeria Sosa. -Entrecerró los ojos-. ¿O prefieres el otro?
Santino sonrió despacio.
-Valentina Marchetti.
La jeringa tembló, y ella dio un paso atrás.
-Nadie me llama así desde que tenía tres años.
-Lo sé. -Santino dejó el arma sobre la mesa, con cuidado, y levantó las dos manos-. Tu hermano lleva horas buscándote, Valentina. Tiene quince minutos para que no te maten, y yo tengo la única forma de llegar a ti antes de eso.
-¿Y yo debo creerte porque me lo pides con cara de estar enfermo?
-No, tienes que creerme porque se me acaba el tiempo y el hombre del suelo no viene solo.
Como si lo hubiera invocado, el sonido de dos autos frenando en la calle subió hasta el segundo piso. Puertas que se cerraban, pasos rápidos en el portal, una voz masculina que daba una orden.
Valentina corrió hacia la ventana, apartó la cortina con un dedo y se puso pálida.
-Son cuatro.
-Perfecto -dijo Santino-. Prefiero que sean cuatro y no veinte.
-¿Esto es lo que consideras perfecto? -Ella lo miró incrédula-. ¿Cuántos años tienes, doce?
-Treinta y uno, y soy el mejor amigo de tu hermano. -Tomó el teléfono, marcó, y puso la pantalla frente a ella-. Ven, mira.
La cara de Dante apareció en la videollamada, con los ojos hundidos, el pelo revuelto y la camisa manchada. Hubo un silencio largo. Valentina dio un paso hacia el teléfono, y la jeringa se le resbaló de la mano.
-Valentina -dijo él, con la voz rota.
-No... -susurró ella-. No puede ser.
-Soy yo. Dante.
-Rosa me dijo... -Se tapó la boca-. Rosa, la mujer que me crió. Nuestro padre me dejó con ella cuando yo era una niña, y siempre me contaba que tenías una cicatriz en la ceja, de cuando te caíste del columpio. Que le dabas la mano a los perros de la calle.
Dante se llevó una mano a la ceja, donde brillaba una línea clara y vieja.
-Todavía la tengo.
Los pasos ya subían por la escalera. Santino recogió el arma y empujó la mesa contra la puerta.
-Valentina, escúchame, no tenemos tiempo. Tu hermano te quiere viva, y yo también.
-¿Y qué hago?
-Corres detrás de mí, sin parar, y no preguntas nada hasta que estemos arriba.
-¿Arriba dónde?
-En el techo, hay un helicóptero esperándonos.
-¿Un helicóptero? -Ella casi se rió-. Estás loco.
-Es posible.
Alguien golpeó la puerta con el hombro. Una vez, y la mesa saltó. Dos veces, y se partió una bisagra.
Valentina se agachó, se arrancó el collar de un tirón y lo sostuvo en la mano, como si necesitara asegurarse de algo antes de decidir. Un dije de plata en forma de sol colgaba de la cadena rota, con una raya fina, torcida, grabada en el centro.
Dante, en la pantalla, se quedó sin aire.
-Ese dije -susurró-. Lo tenía mamá, junto al de la luna.
-Nuestro padre me lo puso al cuello -dijo Valentina, con lágrimas en los ojos-. La noche que me entregó a Rosa. Rosa me contó que le dijo que algún día alguien vendría con la otra mitad.
-Yo tengo la luna.
-Entonces sí eres tú.
La puerta cayó hacia dentro con un estruendo. Santino disparó dos veces desde detrás de la mesa, y un hombre gritó. Alguien devolvió el fuego, y las balas hicieron saltar astillas de la pared.
-¡Ahora! -gritó Santino.
La tomó de la mano y corrió con ella hacia el pasillo del fondo, donde una escalera de hierro subía al techo. Valentina subió primero, descalza, con el gato en brazos, el mismo que un minuto antes miraba la pelea desde encima del refrigerador.
-¿Y ese gato? -gritó Santino.
-¡No lo dejo!
-¡Está bien, que venga!
Llegaron a la azotea, con el viento golpeándoles la cara, y a lo lejos, entre las nubes, se encendió una luz blanca que bajaba hacia ellos con un rugido de aspas.
Entonces Santino sintió algo frío contra la nuca, y una voz masculina, tranquila, detrás de él.
-Tira el arma, pistolero.