Defendiendola
Camila bajó a media tarde, ya cambiada, con un vestido distinto al de la mañana y el maquillaje retocado. Encontró a Aitana en la sala, sentada con un libro que en realidad no estaba leyendo.
—Una cosa antes de que se me olvide —dijo, deteniéndose junto al sillón—. Esta noche voy a cenar con Dante. Solos. Tenemos que hablar del acuerdo de mi padre con calma, y esas cosas no se discuten con público.
—Dante cena conmigo todas las noches —respondió Aitana, cerrando el libro—. Eso no ha cambiado porque tú estés aquí.
—Va a cambiar hoy. —Camila sonrió, esa sonrisa que ya no lograba engañar a nadie—. No te lo estoy preguntando, solo te estoy avisando.
Aitana se puso de pie, sin dejar que la voz le temblara.
—Escúchame bien tú a mí. Puedes tener su cama, puedes tener su pasado, puedes tener todo lo que él te haya dado antes de que yo existiera. Pero esa mesa es mía, y esta noche, como todas las noches, me vas a ver sentada en ella.
—Qué patética. —Camila soltó una risa corta—. Defendiendo un lugar en la mesa como si fuera un trono. Eres solo la forma en que un hombre le paga una deuda a otro, cariño. Nada más.
—Entonces dime una cosa. —Aitana dio un paso hacia ella, sin apartar la mirada—. Si soy tan poca cosa, ¿por qué llevas un par de horas aquí peleando por un lugar que, según tú, no vale nada?
Camila apretó la mandíbula, y por un segundo algo real, sin máscara, cruzó por su rostro.
—Porque tú no sabes lo que es que te reemplacen —dijo, con la voz más baja, más filosa—. Y yo no pienso quedarme a ver cómo pasa otra vez.
—Yo tampoco pienso quedarme a ver cómo tú decides mi lugar en mi propia casa.
Camila levantó la mano sin previo aviso y la cerró alrededor de la muñeca de Aitana, apretando con fuerza.
—Cuídate esa boca, niña. No sabes con quién estás jugando.
—Y tú no sabes con quién te estás metiendo. —Aitana no bajó la mirada, aunque los dedos de Camila le dejaran la piel marcada—. Suéltame, o te juro que lo próximo que va a doler es a ti.
—¿Qué está pasando aquí?
La voz de Dante cortó el aire antes de que Camila pudiera responder. Ella soltó la muñeca de inmediato, pero el daño ya estaba hecho: él había visto exactamente lo que necesitaba ver, su mano cerrada sobre la piel de Aitana.
—Nada, cariño, solo hablábamos de la cena de esta noche —dijo Camila, recomponiendo la sonrisa demasiado tarde.
Dante caminó hacia ellas despacio, sin prisa, como si cada paso fuera una advertencia por sí solo.
—La tocaste. —Su voz bajó de volumen, y eso fue peor que si hubiera gritado—. Con tus propias manos, la tocaste.
—Dante, no seas ridículo, apenas fue...
—Escúchame bien, porque no lo voy a repetir. —Se detuvo frente a ella, cerrando la distancia hasta que Camila retrocedió un paso, algo que no había hecho desde que llegó—. Ella respira porque yo lo permito. Tú vas a vivir bajo la misma regla, así que elige con mucho cuidado la próxima vez que decidas ponerle una mano encima. Porque si lo haces, no me importa de quién seas hija. Te mato a ti, y si tu padre tiene algo que decir al respecto, lo mato a él también.
Camila palideció, pero se recompuso rápido, tragándose el orgullo herido.
—Entendido —murmuró, sin la arrogancia de minutos atrás.
—Sube. —Dante ni siquiera la miró al decirlo—. Y no vuelvas a bajar hasta que yo te llame.
Camila subió las escaleras en silencio, sin los tacones golpeando con furia esta vez, sino con un cuidado nuevo, casi temeroso.
Dante se giró hacia Aitana y le tomó la muñeca donde segundos antes habían estado los dedos de Camila, examinándola con un cuidado que no encajaba con nada de lo que había mostrado hasta entonces.
—¿Te lastimó?
—Estoy bien.
—No te pregunté eso. —Su voz sonó más baja, más cerca, casi rozándole el oído—. Te pregunté si te lastimó, y vas a contestarme la verdad, porque no vuelvo a hacer esta pregunta dos veces.
Algo en el tono la hizo temblar, y no de miedo.
—Un poco —admitió, sin apartar la mirada—. Pero no tanto como le va a doler a ella la proxima vez que me ponga una mano encima.