Valentina
Santino no tiró el arma.
Se quedó quieto, con la pistola colgando y el cañón ajeno pegado a la nuca, y sintió que Valentina, a dos pasos, dejaba de respirar. El helicóptero bajaba despacio sobre la azotea, levantando polvo y hojas secas, y el ruido de las aspas lo cubría todo.
-Dije que la tires -repitió el hombre, más alto.
-Y yo te digo -respondió Santino, sin girarse- que si disparas, el piloto de ese helicóptero te baja de un tiro antes de que caiga mi cuerpo al piso.
-No hay ningún piloto armado.
-¿Quieres comprobarlo?
Hubo un segundo de duda. Y fue suficiente.
Valentina se agachó de golpe, como si algo la hubiera golpeado, y le clavó al hombre la jeringa gigante en el muslo, hasta el fondo. El tipo gritó, apretó el gatillo sin apuntar y la bala se perdió contra el cielo. Santino giró sobre el talón, le dio un cabezazo en plena cara, y lo escuchó caer de espaldas con un crujido de nariz rota.
-Te dije que era para un caballo -jadeó Valentina.
El hombre intentó levantarse. Dio dos pasos hacia el borde de la azotea, tambaleándose, con los ojos ya vidriosos, y se desplomó sobre el techo, inmóvil.
Santino la miró, con la manga manchada de la sangre del hombre al que le había roto la nariz.
-Eres peligrosa.
-Soy veterinaria, es distinto.
-No tanto.
El helicóptero tocó el techo. Bruno, desde la cabina, les hizo señas con las dos manos. Corrieron agachados, subieron de un salto, y el aparato se levantó otra vez antes de que la puerta terminara de cerrarse. Abajo, en la calle, se oyeron gritos y pasos, y alguien disparó contra las aspas sin acertar.
Valentina se dejó caer en el asiento, con el gato aferrado a su camiseta, temblando de miedo. Santino se quedó mirándola, sin soltar el arma.
-¿Estás herida?
-No. -Respiró hondo, y le salió una risa nerviosa-. Creo que no. ¿Tú?
-Tengo el brazo roto desde hace tres días, y un cabezazo menos en la frente.
Ella lo miró con atención, y por primera vez él sintió que lo estaba viendo de verdad.
-Gracias -dijo, bajito.
-No me agradezcas. -Santino apartó la vista, de pronto incómodo-. Las gracias dáselas a tu hermano, que lleva veinte años sin saber que existes.
A las doce menos cinco, el helicóptero aterrizó en el campo de golf contiguo al cementerio. Una camioneta negra los esperaba con las luces apagadas. Bruno bajó primero y ayudó a Valentina a bajar, y ella apretó contra el pecho al gato, con el pelo desordenado por el viento y los pies sucios.
Subieron la colina entre cinco hombres armados. Cuando llegaron al mausoleo, la puerta estaba abierta, y desde dentro salía la luz de las velas.
Dante estaba de pie en el umbral.
No dijo nada. Ni siquiera se movió, y Aitana, a su lado, vio cómo los hombros se le aflojaban como si hubiera cargado un peso invisible desde que Gianni le dijo que tenía una hermana y alguien se lo estuviera quitando de golpe. Valentina se detuvo a tres metros, con el gato en brazos, y lo miró de arriba abajo.
-Tienes la misma cicatriz -dijo ella.
-Tú tienes las mismas cejas de mamá.
-Eso me dijeron.
Dante dio un paso, y otro. Se quedó frente a ella, con las manos abiertas, sin atreverse a tocarla.
-No sé qué decir -admitió.
-Yo tampoco. -Valentina sonrió con los ojos llenos de lágrimas-. Y eso que llevo años pensando qué te diría si algún día aparecías.
-¿Qué pensabas?
-Que te iba a dar una cachetada por tardar tanto.
-Hazlo.
-No quiero. -Se secó la cara con el dorso de la mano-. Prefiero esto.
Lo abrazó con tanta fuerza que el gato maulló entre los dos. Dante cerró los ojos, hundió la cara en su pelo, y a Aitana se le cerró la garganta. Era la primera vez que veía llorar a su esposo sin ocultarlo, sin esconder la cara, sin soltar una sola de sus palabras duras. Detrás de ellos, Santino fingía mirar el techo, y Camila, apoyada en un banco, se limpiaba los ojos con la manga.
-Te prometo -murmuró Dante- que nadie volverá a acercarse a ti.
-No me prometas nada -respondió Valentina contra su hombro-. Yo ya aprendí a defenderme.
-Lo vi.
-¿Cómo que lo viste?
-Santino me mandó el video. -Dante casi sonrió-. Le clavaste un sedante a un hombre de cien kilos.
-Eran doscientos mililitros. Hice cálculos.
Aitana soltó una risa corta, sin querer, y Valentina la miró por primera vez.
-¿Y tú eres...?
-Aitana, la esposa de tu hermano.
-¿Esposa? -Valentina abrió mucho los ojos-. Rosa me contaba que de niño no le prestabas ni un juguete a nadie. ¿Cómo te aguanta esta mujer?
-Me lo pregunto todos los días -dijo Aitana, y las dos se sonrieron.
Fue entonces cuando Valentina vio la silla de hierro al fondo, a la luz de las velas.
Gianni Marchetti seguía atado, con la cabeza gacha y los labios secos. Alzó la vista, despacio, y cuando la reconoció, sonrió.
-Hola, sobrina -dijo.
Valentina se quedó helada. Dante intentó interponerse, pero ella lo rodeó, caminó hasta la silla y se plantó frente a él. Era mucho más pequeña, mucho más joven, y aun así Gianni retrocedió medio centímetro en el asiento.
-Rosa, la mujer que me crió, decía que usted vendría -dijo ella, con una voz muy tranquila-. Que algún día, cuando más tranquila estuviera, usted aparecería.
-Esa mujer siempre fue dramática.
-Rosa tenía razón.
Valentina sacó del bolsillo trasero de su pantalón algo pequeño, brillante, que Aitana no alcanzó a ver bien. Era la pistola que Santino le había dado en el helicóptero. La levantó con las dos manos, firme, apuntándole al pecho.
-Valentina -dijo Dante, avanzando.
-No te acerques.
Don Aurelio y los demás patriarcas se pusieron de pie. Los guardias llevaron la mano a sus armas, pero nadie se movió.
Gianni miró el cañón, y luego a ella, y su sonrisa se ensanchó.
-Dispara, pequeña. Termina lo que empezó Carmela.
Valentina inclinó la cabeza.
Y quitó el seguro.