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El disparo

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El disparo

Nadie respiró.

El clic del seguro sonó en todo el mausoleo, y Gianni, atado a la silla, no apartó los ojos del cañón. Seguía sonriendo, pero una gota de sudor le bajaba por la sien.

-Valentina -dijo Dante, bajito-. No tienes que hacerlo.

-Lo sé. -Ella no se movió-. Por eso mismo puedo.

Aitana vio cómo le temblaban los brazos, apenas, y cómo apretaba el arma con las dos manos para sostenerla. Era una veterinaria de veintidós años, que esa misma noche había dormido a un hombre de cien kilos con una jeringa, pero esto era distinto, y todos en la sala lo sabían.

-Carmela también dudó al final -dijo Gianni, con voz suave-. Te pareces tanto a ella que casi me da pena.

-Cállese.

-Tenía tus mismas manos, y esos mismos ojos de querer parecer valiente.

-Que se calle. -Valentina respiró hondo, con los ojos llenos de lágrimas-. Rosa me dijo una vez que el que mata a un hombre atado no se libra de él, lo carga toda la vida. Y yo no pienso cargarlo a usted ni un día.

Bajó el arma, despacio, y volvió a ponerle el seguro. Se la entregó a Santino sin mirarlo, con la mano temblándole, y Santino la recibió en silencio.

La sonrisa de Gianni se fue apagando.

-Eres igual de blanda que ella.

-Mi mamá murió por usted -dijo Valentina-. Y yo voy a verlo pagar, que es distinto a matarlo.

Dante se acercó y le puso una mano en el hombro, sin decir nada. Ella se apoyó un segundo contra su brazo, solo un segundo, y después se enderezó y se secó la cara con la manga.

Gianni giró la cabeza hacia Aitana, y la miró con desprecio.

-Y tú, la lista. La que se escondió detrás de un arbusto a escuchar lo que no le tocaba. Debí cerrarte la boca el día de la boda.

-Debió intentarlo -dijo Aitana, y dio un paso al frente, sin soltar la mano de Dante-. Usted dijo que había que apartar a la esposa porque era lista, y aquí estoy, entera, y usted atado a una silla. Eso les pasa a los que subestiman a una mujer que ya no tiene nada que perder.

-Tienes mucho que perder, niña.

-Ya no. Usted me quitó a mi padre, mi casa y mi tranquilidad, y no me dejó nada con qué temerle.

-Una palabra más a mi esposa -dijo Dante, sin elevar la voz-, y no espero el veredicto.

Gianni cerró la boca. Fue la primera vez en la noche que lo hacía por miedo.

Buscó entonces con la vista a Don Aurelio, y le habló con una confianza que ya no le quedaba.

-Aurelio, tú y yo hicimos negocios durante veinte años, y nunca te fallé en un pago. Tú sabes que puedo ser útil.

-Hicimos negocios, Gianni, y en esos veinte años no me dijiste la verdad ni una sola vez. -El viejo ni se movió-. No empieces ahora.

Don Aurelio Conti se puso de pie, apoyado en su bastón, y los otros cuatro patriarcas lo imitaron uno por uno.

-Por votación unánime de las cinco familias -dijo, con la voz grave de quien ha repetido esas palabras pocas veces en su vida-, Gianni Marchetti queda condenado por traición a su sangre, por el asesinato de su hermano Marco y de su cuñada Carmela, y por el robo de lo que no era suyo. La ley es una sola, y no admite apelación.

-La ley la escriben ustedes -murmuró Gianni.

-La sentencia es la muerte. -Don Aurelio ni lo miró-. Y la ejecuta la familia ofendida, en el lugar que elija.

Todas las miradas se fueron hacia Dante.

Aitana sintió que el pecho se le cerraba. Lo había visto matar, había visto sus manos manchadas, y aun así, en ese momento, solo vio al niño de doce años que había perdido a su madre, de pie frente al hombre que lo crió. Dante no dijo nada, hasta que Bruno, con la camisa manchada de sangre seca, le tendió una pistola por la culata.

-Aquí mismo -dijo Dante.

-Dante -susurró Aitana.

-Aquí, frente a mi madre, y que ella lo vea. -Tomó el arma, la revisó con un movimiento seco, y se giró hacia los demás-. Santino, saca a mi hermana.

-No voy a ningún lado -dijo Valentina.

-Valentina.

-Quiero verlo, Dante. Lo necesito.

-No -dijo Dante, y por primera vez su voz fue casi dulce-. Ya viste lo que hacía falta ver, y lo demás no es para ti. Vete con Santino, por favor.

Ella lo miró un largo rato, y asintió. Santino la tomó del codo, y salieron juntos del mausoleo. Camila los siguió, y Marta, con las manos vendadas, miró a Aitana desde la puerta.

-Tú también, mija.

-No.

Dante se giró hacia ella.

-Aitana.

-Dijiste que yo iba a estar ahí. -Se plantó a su lado, con la barbilla en alto y las piernas temblándole-. Lo dijiste en la cripta, con los cassettes sonando, y yo no me muevo de aquí.

-No es algo que quieras ver.

-No es algo que quiera ver, pero tampoco pienso dejarte solo en esto. -Le tomó la mano libre y se la apretó-. Tú me sacaste de una casa en llamas, Dante. Ahora yo me quedo contigo en esto.

Él la miró unos segundos, con una expresión que ella no supo leer, y después asintió una sola vez.

-Entonces no cierres los ojos.

-No pensaba hacerlo.

Los patriarcas se retiraron hacia el fondo, junto a la puerta, y los guardias formaron una media luna detrás. En el centro quedaron la silla, la lápida de Carmela con la grabadora encima, y Dante frente a su tío, con el arma colgando a un costado.

Dante dejó la pistola sobre la lápida un momento, tomó la mano atada de Gianni, y le sacó del dedo el anillo de plata con la media luna. Gianni intentó cerrar el puño, pero no pudo.

-Con este anillo firmaste cada orden que me trajo hasta aquí -dijo Dante-. No te lo llevas.

Metió el anillo en el bolsillo de su camisa, junto al collar de su madre, y volvió a tomar el arma.

-Tiene derecho a sus últimas palabras -recordó Don Aurelio desde el fondo-. Es la costumbre.

-Que las diga, entonces.

Gianni levantó la cabeza, y ya no sonreía.

-Hijo, escúchame un momento, solo uno. Sé que me odias, y sé que tienes razones, pero yo te crié, yo estuve en tu graduación, en tu primer negocio, en cada cumpleaños donde Marco no se presentó. -Tragó saliva-. Soy lo único que te queda de tu padre.

-Mi padre me dejó una cinta -dijo Dante-, y ya la escuché entera.

-Dante...

-También me dejó una hermana, y una esposa que me eligió sin tener por qué. -La voz le salió baja, firme, sin una sola grieta-. No me queda nada tuyo, tío, y por primera vez en mi vida no te necesito.

Gianni lo miró con un odio tan profundo que Aitana sintió frío.

-Tu madre me escupió en la cara antes de morir -dijo, entre dientes-. Igual que tú ahora.

Dante levantó el arma.

-Mi madre no se quedó callada -dijo-. Y por eso estás tú aquí.

Aitana pensó en su padre, tendido en ese mismo suelo unas horas antes, con la camisa roja y los ojos buscándola, y no sintió ninguna pena por el hombre de la silla. Apretó la mano de Dante con todas sus fuerzas, y no cerró los ojos.

Dante disparó.

Nota de autor: Recuerden agregar a su biblioteca la nueva historia "CASADO CON MI ENEMIGA" y seguirme en redes sociales como Katiuska Briceño. pueden unirse tambien a mi grupo de whatsapp