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La muerte de Gianni

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La muerte de Gianni

Cuando el eco del disparo se apagó, el único ruido en el mausoleo fue el de la cinta girando sobre la lápida.

Dante bajó el brazo, despacio, y se quedó mirando el cuerpo de su tío sin parpadear. Aitana no soltó su mano, ni siquiera cuando sintió que los dedos de él se aflojaban, y que el arma caía al piso con un golpe seco.

-Se acabó -dijo ella.

-No siento nada.

-Te va a llegar, y cuando llegue, yo voy a estar.

Él la miró por primera vez desde el disparo, con los ojos secos y enrojecidos, y la abrazó tan fuerte que ella apenas pudo respirar. No dijo una sola palabra, y no hizo falta. Detrás de ellos, Don Aurelio hizo una seña a sus hombres, y dos de ellos se llevaron la silla con el cuerpo cubierto por una manta.

-El asiento de los Marchetti en la mesa de las cinco familias queda vacante -dijo el viejo, con el bastón apoyado en el suelo-. Y te corresponde a ti, muchacho, si lo quieres.

-Lo hablamos después -respondió Dante, sin soltar a Aitana-. Ahora tengo que enterrar a mi suegro.

El sol salía detrás de la colina cuando bajaron el ataúd. No había flores, ni sacerdote, ni música, solo seis personas de pie alrededor de un hoyo abierto bajo un árbol viejo, y una pala clavada en la tierra húmeda.

Marta estaba en primera fila, con las manos vendadas cruzadas sobre el vientre y la cara hinchada de llorar. A su lado, Camila, con un pañuelo en la cabeza, sostenía un ramo de margaritas que había conseguido quién sabe dónde. Santino, con el brazo todavía en cabestrillo, mantenía a Valentina junto a él, y ella llevaba al gato dormido contra el pecho. Bruno cerraba el círculo, con la cabeza gacha.

Marta dio un paso al frente antes que nadie, con la voz ronca por el humo.

-Ricardo se equivocó muchas veces, y las pagó todas de una sola vez, con lo único que no se puede devolver. -Miró el ataúd-. Descansa, viejo terco. Tu niña quedó en buenas manos.

Camila dejó las margaritas sobre la madera, y se limpió la cara con el pañuelo.

-Me curó el hombro sin conocerme -dijo, en voz baja-. Es lo único bueno que alguien hizo por mí en meses.

Aitana se adelantó hasta el borde y se quedó mirando la madera clara.

-Papá -empezó, y la voz se le quebró.

Dante se puso a su lado, sin tocarla, para que ella supiera que estaba ahí.

-Papá, me enseñaste a andar en bicicleta y también a perdonar, y las dos cosas me costaron raspones. -Respiró hondo-. Te perdoné desde hace tiempo, pero necesito que lo sepas ahora que ya no me puedes contestar. Cuidaste de mí hasta el último segundo, y no te importó el precio.

Santino se acercó con algo en la mano.

-Estaba en el bolsillo interior de su chaqueta, Aitana -dijo, bajito-. Tiene tu nombre.

Era un sobre arrugado, manchado en una esquina de sangre seca. Aitana lo tomó con los dedos temblorosos, lo abrió, y leyó en silencio. La letra de su padre era torpe, apurada, como escrita en un auto en movimiento.

Hija,

Si lees esto es porque no alcancé a decírtelo yo. Te debía una vida tranquila y te di una deuda, y no hay palabras que arreglen eso. Pero quiero que sepas que cuando firmaste con ese hombre no vi a una víctima, vi a la mujer más valiente que conozco. Dante es el hombre que yo no tuve el valor de ser. Si algún día te hace llorar, pégale con lo que tengas a mano, y si no te alcanza, avísale a tu padre, que desde donde esté le va a jalar los pies por las noches.

Te quiere, papá.

Aitana soltó una risa corta, mojada, y se tapó la boca con la mano. Dante, que había leído por encima de su hombro, bajó la cabeza.

-Eso último me lo merezco -admitió.

-Ya lo creo que sí.

Se agachó, tomó un puñado de tierra y lo dejó caer sobre el ataúd. Después lo hicieron Marta, Camila, Santino, Valentina y Bruno, uno por uno, y por último Dante. Él se quedó un momento con la tierra en la mano, mirando el ataúd.

-Su hija está a salvo, señor Salvatierra -dijo, muy bajo-. Se lo juro por mi madre, y nadie le va a volver a poner una mano encima.

Dejó caer la tierra. Aitana no le preguntó nada, solo le apretó la mano, y se quedaron mirando cómo los hombres de Bruno cubrían la tumba.

Esa tarde, Dante manejó solo, sin escoltas, con Aitana en el asiento del copiloto. Los demás se habían quedado en la ciudad, con Valentina, Marta y Camila a salvo en una casa de Don Aurelio, y por primera vez en semanas no había ninguna camioneta negra detrás.

-¿Cuándo fue la última vez que dormiste una noche entera? -preguntó ella, con la cabeza apoyada en la ventanilla.

-Cuando tenía doce años.

Aitana giró la cabeza, y él mantuvo los ojos en la carretera, como si hubiera dicho algo sin importancia.

-Esta noche vas a dormir -dijo ella.

-Ya veremos.

-¿A dónde vamos?

-A una casa.

-¿Otra?

-Tengo cuatro más, tú ya conoces la primera. -La miró de reojo-. Esta no la conoce nadie, ni siquiera Gianni, y es donde nunca va a entrar la guerra.

La casa apareció después de una curva, sobre un acantilado, con paredes blancas, ventanales enormes, y el mar abierto a sus pies. Aitana abrió la puerta del auto y se quedó de pie en la grava, con el viento moviéndole el pelo.

-Es preciosa.

-Es tuya. -Dante cerró su puerta y le puso una llave en la palma-. Haz con ella lo que quieras, derríbala o rediséñala entera, no me importa. Yo solo pido una cosa.

-¿Cuál?

-Que sea el lugar donde me esperes.

Aitana apretó la llave y lo miró un largo rato, con los ojos todavía rojos.

-Eso lo puedo hacer.

Entraron juntos, y un ama de llaves los recibió en el vestíbulo con una reverencia. Aitana recorrió la sala con la vista, los techos altos, las paredes blancas, la escalera de piedra, y sin darse cuenta empezó a calcular.

-Esa pared sobra -murmuró, señalando la que separaba el comedor-. Si la derribas, la luz del mar llega hasta la entrada.

-Hazlo.

-Dante, ni siquiera sabes cuánto cuesta.

-No me importa lo que cuesta, me importa que tengas ganas de hacerlo. -La miró de lado-. Hace mucho que no te veía mirar algo así. Dante se despidió de la empleada con un gesto y subió con Aitana hasta el dormitorio principal, luego se detuvo en la puerta.

-Descansa, tengo que resolver lo de los puertos y llamar a algunos abogados. Estaré en el despacho, al final del pasillo.

-¿No vas a dormir?

-Cuando termine.

-Dante.

-Descansa, Aitana. -Le besó la frente, y se fue.

Ella se quedó sola en el cuarto, y por primera vez en semanas no tuvo que pensar en nadie. Se acercó a la ventana que daba al camino de entrada, abrió las cortinas, y se quedó mirando cómo una camioneta negra subía por la colina levantando polvo.

Se detuvo frente a la puerta. Bruno bajó del asiento del conductor, abrió la puerta trasera con una sonrisa que Aitana nunca le había visto, y de adentro salió disparado algo grande, peludo y feliz, que corrió en círculos por el jardín ladrando como un loco.

A Aitana se le cayeron las cortinas de las manos.

-No puede ser -susurró.

El perro levantó la cabeza hacia la ventana, y la vio.

Aitana salió del dormitorio corriendo, bajó la escalera de dos en dos, y gritó con toda la voz que tenía:

-¡MATHIAS!