Mathias
Dante estaba de pie frente al escritorio, con tres teléfonos sonando y dos abogados hablando a la vez, cuando oyó el grito.
-¡MATHIAS!
Colgó sin despedirse. No lo pensó, ni lo dudó, porque ese nombre lo conocía de memoria desde el día que Aitana lo usó para provocarlo en el despacho de la otra casa. Había pasado semanas ardiéndole por dentro, sin que él quisiera preguntar, y ahora ese hombre estaba ahí, en su casa más segura, la que no conocía nadie.
Abrió el cajón, sacó la pistola, y le quitó el seguro mientras cruzaba el pasillo.
-¿Dónde está? -le rugió a un guardia que se le cruzó en la escalera.
-¿Quién, señor?
-Ese hijo de puta.
Bajó los escalones de tres en tres, con el arma a la altura del pecho. Se imaginaba a un hombre de su edad, bien vestido, con esa cara de cretino que tienen los exnovios de las películas, y sabía exactamente dónde le iba a poner la primera bala. Había tolerado la deuda de Ricardo, la traición de Gianni y la guerra con cinco familias, pero no pensaba tolerar a un ex en su vestíbulo.
Llegó al último escalón.
Y se quedó quieto.
En el centro del vestíbulo, sobre el piso de mármol, estaba su esposa sentada con las piernas abiertas, riendo y llorando al mismo tiempo, abrazada a un perro enorme, grisáceo, con una oreja caída y la lengua afuera. Lo abrazaba con los dos brazos, le besaba el hocico, la frente, las orejas, y el animal respondía lamiéndole la cara entera con una felicidad tan indecente que a Dante le dio vergüenza ajena.
-Mi bebé -decía ella, con la voz rota-. Mi bebé hermoso, pensé que te había perdido, pensé que no volvía a verte nunca.
Bruno, parado junto a la puerta, se miraba los zapatos con una concentración sospechosa. A su lado, el guardia que había salido corriendo detrás de Dante se mordía el labio con tanta fuerza que le temblaban los hombros.
Dante bajó el arma, despacio.
-Aitana.
Ella levantó la cabeza, con el pelo revuelto y la cara mojada, y lo miró como si recién lo viera.
-Dante, mira, es Mathias.
-Lo noto.
-Estaba en la casa de seguridad de Bruno desde el incendio. Me dijo que me tenía una sorpresa, pero no pensé que...
-¿Mathias es un perro? -dijo Dante.
-Mi perro, desde que tengo quince años.
-Yo te amenacé con matar a tu padre -empezó él, y se detuvo, porque la cara le empezaba a arder- si volvías a decir ese nombre en mi casa.
Aitana lo miró un segundo, sin entender. Después abrió la boca, la cerró, y soltó una carcajada tan fuerte que el perro ladró dos veces.
-¿Pensaste que era un hombre?
-Lo dijiste para provocarme.
-Lo dije para provocarte, sí, pero tú nunca preguntaste quién era.
-Me dejaste creer que era tu ex.
-No te dejé creer nada, lo creíste solo. -Ella se secó las lágrimas con el dorso de la mano, todavía riendo-. Eres el hombre más temido de la ciudad, y saliste corriendo con una pistola para matar a un labrador.
-Es un cruce -murmuró Bruno, sin levantar la vista.
-Cállate, Bruno.
-Sí, jefe.
Dante guardó el arma en la espalda del pantalón, sintiendo las orejas rojas, y los guardias desaparecieron de la sala sin que nadie se lo pidiera. Mathias, entonces, lo miró por primera vez. Se quedó quieto, ladeó la cabeza, y soltó un gruñido bajo.
-Me está gruñendo -dijo Dante.
-No le caes bien todavía.
-Eso se puede arreglar.
Aitana abrazó otra vez al perro, enterrando la cara en su pelo, y Dante sintió algo muy parecido a los celos recorrerle el estómago. Llevaba una hora esperando, y quizás semanas, a que ella lo mirara así, con los ojos brillantes y los labios húmedos y esa sonrisa entera, y ahora se la estaba regalando a un animal que ni siquiera sabía quién era él.
Ahí mismo, de pie frente a los dos, Dante decidió que ese perro no le caía bien.
-Suéltalo.
-No.
-Aitana.
-Llevo semanas sin verlo, Dante, déjame.
-Y yo llevo semanas sin tocarte como quiero. -Se acercó, y bajó la voz para que solo ella oyera-. Me juraste que ibas a estar donde yo te esperara, y llevo una hora esperando mientras tú besas a un perro delante de mis hombres.
Ella levantó la vista, con las mejillas encendidas.
-¿Estás celoso de Mathias?
-Estoy celoso de todo lo que reciba más de tus besos que yo.
Mathias gruñó otra vez, más fuerte, y Aitana volvió a reírse. Se puso de pie, le dio una última palmada en el lomo, y le hizo una señal a Bruno.
-Llévalo a la cocina, y dale algo de comer. Lo que quiera.
-Lo que quiera -repitió Bruno-. Entendido, señora.
El perro se fue con él, moviendo la cola, y miró a Dante por encima del hombro con una expresión que a él le pareció claramente burlona.
Cuando la puerta de la cocina se cerró, el vestíbulo quedó en silencio.
Dante la tomó por la cintura y la levantó del suelo sin esfuerzo. Ella le rodeó las caderas con las piernas y el cuello con los brazos, mientras su risa se apagaba hasta quedar en una respiración corta.
-Ya aclaré lo del perro -dijo él-. Ahora aclara lo mío.
-¿Qué cosa?
-Si estás en esta casa porque no tienes otro lugar, o porque quieres.
Aitana le acarició la nuca con los dedos, y lo miró con los ojos verdes muy abiertos.
-Quiero, Dante. Hace semanas que quiero.
Él subió las escaleras sin soltarla, y ella le fue besando el cuello a cada escalón, hasta que Dante tuvo que detenerse en el pasillo, apoyado contra la pared, con la respiración rota.
-Si sigues así, no llegamos a la cama.
-Entonces apúrate.
Empujó la puerta del dormitorio con el hombro. La luna entraba por el ventanal, y el mar sonaba muy abajo, contra las rocas. La dejó sobre la cama, despacio, como quien suelta algo muy frágil, y se quedó mirándola desde arriba.
-Te lo prometí en el despacho, ¿te acuerdas?
-Que ibas a poseer mi alma entera -susurró ella.
-Hoy voy a empezar.
La besó con una lentitud que ella no le conocía, sin prisa, como si tuviera toda la vida por delante, y ella le correspondió con la misma fuerza de aquel primer beso. Sus manos le recorrieron la espalda, lo atrajeron, le desabrocharon los botones uno a uno, y él dejó que lo hiciera. Después fue él quien bajó el cierre de su vestido, muy despacio, besándole la piel que iba quedando al descubierto, el hombro, la espalda, el hueco entre las costillas.
Aitana se cubrió el pecho con los brazos, de pronto tímida.
-No te escondas -dijo él, con la voz grave, pegada a su oído-. Quiero verte entera.
-Me da vergüenza.
-A mí me da rabia que alguna vez te hayan hecho creer que no eras hermosa.
Le apartó los brazos con suavidad, y la miró. Se quedó tanto tiempo en silencio que ella empezó a temblar, y entonces Dante se inclinó y le besó la clavícula, el cuello, el borde de la oreja.
-Eres lo más hermoso que he visto en mi vida, Aitana. Y eres mía.
Ella soltó un suspiro largo, y se arqueó contra él. Dante bajó por su cuerpo con la boca, sin apurarse, como quien descubre un lugar que quiere recordar para siempre. Le besó el vientre, las caderas, y al llegar a las rodillas se detuvo. Todavía tenía las marcas rojas de la pista de Campo Seco.
-Aquí te caíste por mí -murmuró, rozándolas con los labios.
-Me caí porque me sacaste de un avión.
-Es lo mismo. -Levantó la vista, con los ojos oscuros-. Voy a pasarme la vida pagándote cada raspón.
Aitana se llevó una mano a la boca para ahogar un gemido cuando él volvió a subir, y entonces, cuando por fin se acomodó sobre ella, sintió que algo en su cuerpo se ponía rígido. Dante se quedó quieto.
-Aitana.
-Estoy bien.
-Mírame. -Le tomó la cara con las dos manos-. ¿Nunca...?
Ella apartó los ojos, roja hasta las orejas.
-Nunca, nadie. Estaba esperando, y ni siquiera sabía a quién.
Dante cerró los ojos un segundo. Cuando los abrió, tenía una expresión que ella no supo descifrar, mezcla de ternura y de una posesión tan honda que le dio vértigo.
-¿Soy el primero?
-Eres el único.
-Dios. -Le besó la frente, los párpados, la boca-. Entonces voy a hacerlo despacio, Aitana. Tan despacio que lo vas a recordar toda tu vida, y si te duele, me lo dices y paro, aunque me muera.
-No pares.
-Aitana.
-No pares, Dante, por favor.
Entró en ella con una lentitud que le costó cada músculo del cuerpo. La sintió contener el aire, aferrarse a sus hombros con las uñas, y se quedó inmóvil, besándole las lágrimas que se le escaparon, susurrándole que ya pasaba, que era suya, que no había nadie más en el mundo. Hasta que fue ella quien buscó su boca, y empezó a moverse contra él, primero tímida, luego con más fuerza.
-Dante -gimió contra su cuello-. Dante...
-Dilo otra vez.
-Dante.
-Otra vez. -Su voz salió ronca, quebrada-. Quiero que esta casa entera te oiga decir mi nombre.
Ella lo dijo, una y otra vez, mientras el placer le subía por el cuerpo en oleadas, y los dos se perdieron en un ritmo que ya no controlaba ninguno. Las sábanas se arrugaron, y en algún momento Aitana gritó su nombre y se aferró a él con todo el cuerpo, temblando. Dante la siguió un instante después, con la frente pegada a la suya y el nombre de ella en la boca.
Después, durante mucho tiempo, no se oyó nada, salvo el mar.
Aitana yacía con la cabeza sobre su pecho, el pelo revuelto sobre su piel, y los dedos dibujando círculos sobre su corazón, que todavía latía desbocado. Dante le acariciaba la espalda, despacio, sin decir nada.
-¿Estás bien? -preguntó al fin.
-Estoy perfecta.
-No me mientas.
-Es verdad. -Levantó la cara, con los ojos brillantes-. Me dolió un poco al principio, pero nada comparado con lo demás. Fue... -Se mordió el labio-. No tengo palabras.
-Yo tampoco. -Dante tragó saliva-. Pensé que iba a poseerte, y fuiste tú la que me quitó todo. No me queda nada que no sea tuyo.
Ella se quedó mirándolo, con los labios entreabiertos, y le dio un beso corto, suave.
-Te quiero, Dante.
Él se quedó quieto. Era la primera vez que se lo decía, así, sin disfraz, y a él se le cerró la garganta.
-Repítelo.
-Te quiero.
-Otra vez.
-Te quiero, te quiero, te... -se rió-. ¿Vas a hacerme repetirlo toda la noche?
-Toda la vida, si puedo.
Al otro lado de la puerta se oyó un raspón de uñas, y un gemido largo, lastimero. Dante cerró los ojos.
-Ese perro me odia.
-Está celoso -dijo Aitana, riéndose contra su pecho-. Es un perro sensible.
-Es un obstáculo.
-Es de la familia.
Dante gruñó algo ininteligible y la apretó más fuerte. Pero el teléfono vibró sobre la mesa de noche, y esta vez ni él pudo ignorarlo. Era Valentina.
Contestó en voz baja, con una mano todavía en el pelo de Aitana.
-Dime.
-Perdona la hora. -La voz de su hermana sonaba agitada, con un motor de fondo-. Voy camino a Puerto Belmar con Santino, Rosa me llamó con fiebre, y no quiere esperar a que amanezca. Dice que tiene algo que Marco le dejó para ti.
-¿Qué cosa?
-No me lo quiso decir. Solo repitió que no piensa morirse sin dártelo.
Nota de autor: Amixlectoras. No olviden agregar y leer la nueva historia CASADO CON MI ENEMIGA. signme en redes y unanse al grupo d ¿e whatsapp.. L@s quiero