La casa del acantilado
Aitana despertó con el sol en la cara y la cama vacía a su lado.
Dante estaba de pie junto a la ventana, ya vestido, con el teléfono en la mano.
-¿Qué pasó? -preguntó ella, incorporándose con la sábana apretada contra el pecho.
-Rosa amaneció peor, con más fiebre, y no deja de pedir que vaya. Valentina y Santino ya están con ella. -La miró-. Salgo en diez minutos.
-Entonces yo salgo en nueve. -Ya estaba buscando su ropa-. Voy contigo.
-Aitana, deberías descansar.
-Y tú deberías aprender que no me voy a quedar. -Lo miró con las cejas levantadas-. No vas a ir solo a conocer a la mujer que crió a tu hermana.
Dante no discutió. Había aprendido, en pocas semanas, cuándo una discusión estaba perdida de antemano.
Al abrir la puerta del dormitorio, encontró a Mathias tumbado en el pasillo, con el hocico pegado a la rendija, y la cola golpeando el piso apenas lo vio salir. Después, al ver quién era, dejó de mover la cola y soltó un gruñido bajo.
-Buenos días a ti también -dijo Dante.
-Mathias, déjalo pasar -pidió Aitana desde la cama, riéndose-. Es de la familia.
El perro lo pensó un largo segundo, y se hizo a un lado con la lentitud de quien hace un gran favor.
El viaje duró tres horas. Mathias iba atrás, con la cabeza asomada entre los asientos, y de vez en cuando le soplaba aire caliente en la nuca a Dante, que mantenía la vista en la carretera y no decía nada. Aitana había apoyado los pies sobre el tablero, y miraba el mar desaparecer entre los cerros.
-Lo encontré al lado de la carretera cuando tenía quince años -dijo de pronto-. Estaba flaco, lleno de garrapatas, con una pata herida, y nadie lo quería. Mi papá dijo que no, que ya teníamos suficientes problemas, y yo lloré dos días seguidos hasta que cedió.
-Se parece a ti.
-¿A mí?
-Ibas a salir con la tuya de cualquier forma, así que mejor que cediera. -La miró de reojo-. ¿Y por qué Mathias?
-Era el nombre del protagonista de un libro que me encantaba, un arquitecto ciego que reconstruía su ciudad de memoria. -Aitana sonrió, mirando por la ventana-. Tenía quince años, y quería ser como él.
-¿Y tú, nunca tuviste un perro?
-Tuve un escolta que ladraba -dijo Dante-, pero creo que no cuenta.
Ella se rió tan fuerte que Mathias levantó las orejas, y por primera vez en todo el viaje el perro apoyó el hocico en el hombro de Dante, solo un segundo, antes de volver a su asiento.
Dante se quedó callado un rato, con las manos firmes en el volante.
-Mi madre dibujaba casas -dijo al fin.
Aitana giró la cabeza, sorprendida. En todas las semanas que llevaba con él, Dante no había hablado de su madre sin que la voz se le endureciera.
-¿Casas?
-En servilletas, en el borde de los periódicos, en las cartas que no mandaba. Me acuerdo de que cantaba bajito mientras lo hacía, y nunca terminaba una, siempre la dejaba a medias. -Hizo una pausa-. Yo tenía ocho años y le preguntaba por qué no las acababa. Me decía que algunas casas se terminan solas.
-Qué bonito.
-No lo entendí hasta ahora. -Y no dijo más.
A mediodía llegaron a Puerto Belmar. La calle Los Almendros 14 tenía las mismas macetas viejas y los balcones angostos, y en la entrada, apoyado contra la pared con el brazo en cabestrillo, los esperaba Santino, con cara de no haber dormido.
-Valentina está arriba, con la señora -dijo, antes de que le preguntaran-. Y no me dejó entrar.
-¿Cómo que no te dejó?
-Dijo que yo olía a pólvora, y que su "madre" necesitaba aire limpio.
Aitana se rió, y Mathias, que se había soltado de la correa, subió la escalera como un rayo.
El departamento del segundo piso olía a manzanilla y a ropa limpia. Rosa estaba sentada en una cama estrecha, con tres almohadas a la espalda, un pañuelo de lunares en la cabeza y las mejillas encendidas de fiebre. Era una mujer de unos setenta años, pequeña y firme, con manos de campesina y unos ojos negros que se clavaron en Dante apenas cruzó la puerta.
Valentina, sentada a su lado, se puso de pie de un salto.
-Rosa, mira, este es...
-Ya sé quién es, niña, no estoy ciega. -La mujer lo recorrió de arriba abajo-. Eres idéntico a tu madre cuando se enojaba, con ese mismo ceño. Acércate, que no muerdo.
Dante se acercó, y se arrodilló junto a la cama, sin que nadie se lo pidiera. Rosa le puso una mano seca sobre la mejilla.
-Veinte años esperando este día -dijo, con la voz quebrada-. Marco me lo prometió, y se murió sin verlo.
-Gracias por cuidarla -dijo Dante.
-No me des las gracias, muchacho, que me la dejaron como paga de una deuda. -Rosa sonrió-. Pero me alegro de haber cobrado, porque no pude haber tenido mejor hija.
Valentina se tapó la cara con las manos, y Santino, desde la puerta, fingió estar muy interesado en el estado de la pared.
-Y tú, el del brazo roto -dijo Rosa, sin mirarlo-, siéntate, que me mareas de verte ahí parado.
Santino obedeció al instante, en el borde de una silla, y Valentina bajó la cara para esconder una sonrisa. Aitana se dio cuenta, y se mordió la lengua para no decir nada.
Rosa señaló entonces con el mentón la cómoda junto a la ventana.
-Segundo cajón. Hay una caja de madera, con una cinta roja.
Aitana la sacó, y se la entregó a Dante. Era una caja pequeña, vieja, con el barniz gastado por los años.
-Tu padre me dijo que solo te la diera el día que Gianni muriera -explicó Rosa-. Y como ya lo sé por la televisión, supongo que ya puedes abrirla.
Dante deshizo el nudo con dedos que no le obedecían del todo. Adentro había una llave de bronce, y debajo, doblado en cuatro, un papel grueso, amarillento. Lo desdobló sobre las rodillas. Aitana, mirando por encima de su hombro, contuvo el aliento.
Era un plano, dibujado a mano con tinta azul, de una casa blanca sobre un acantilado, con ventanales enormes frente al mar. En la esquina inferior, con letra fina y elegante, decía: Carmela Ruiz de Marchetti, arquitecta.
-Mi madre no era arquitecta -susurró Dante.
-Tu madre fue la mejor que tuvo esta ciudad, hijo, aunque tu padre le prohibió firmar con su apellido de soltera. -Rosa cerró los ojos-. Y esa casa la mandó construir Marco para ella, después de enterrarla, siguiendo uno por uno los planos que ella dejó.
Aitana levantó la vista del papel, muy despacio, y se encontró con la de Dante. Los dos pensaban lo mismo.
-¿Dónde queda? -preguntó él, con la voz casi inaudible.
-Frente al mar, mijo, en un acantilado. -Rosa abrió un ojo-. Dormiste ahí anoche.
Nota de autor: Ahhhh. se acerca el final, dejen sus comentarios, Amixlectoras y no olviden leer la nueva historia CASADO CON MI ENEMIGA y seguirme en redes