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El anillo

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El anillo

Rosa los echó antes de que cayera la tarde.

-Váyanse a descansar, que yo aquí tengo mis macetas, mi fiebre y mi cama, y no necesito público -dijo, con un pañuelo de lunares todavía apretado en la cabeza-. Y si de verdad quieren ayudarme, mándenme a una enfermera que no hable mucho.

Dante contrató a dos esa misma tarde, con turnos de día y de noche, y un médico que prometió volver en la mañana. Valentina decidió quedarse tres días más en Puerto Belmar, y Santino, con una excusa sobre el brazo y la carretera, anunció que esos tres días se quedaría también, en un hotel a dos cuadras.

-Qué casualidad -murmuró Aitana, al subir al auto.

-Ni una palabra -respondió Dante.

-No he dicho nada.

-Lo pensaste muy fuerte.

Durante el trayecto de vuelta, Aitana lo miró varias veces de reojo. Dante mantenía las dos manos en el volante, con la vista fija en la carretera.

-¿Estás bien? -preguntó ella al fin.

-Conocí a la mujer que crió a mi hermana, descubrí que mi madre era arquitecta, y que la casa donde dormí anoche es suya. -Respiró hondo-. No sé cómo estoy.

-Podemos parar un rato.

-No. Quiero ver esa casa con otros ojos.

Ella le tomó la mano libre, y él se la llevó a los labios sin quitar la vista del camino.

Regresaron al acantilado cuando ya oscurecía. El ama de llaves les abrió la puerta, y Mathias pasó entre las piernas de los dos, directo a la cocina, donde Bruno lo esperaba con un hueso del tamaño de su cabeza. Aitana no esperó a quitarse el abrigo. Sacó el plano de la bolsa, lo extendió sobre la mesa del comedor, y lo miró durante un largo rato, con el dedo siguiendo cada línea.

-Es esta casa -dijo al fin-. Mira, el vestíbulo, la escalera de piedra, los ventanales hacia el mar. Hasta la pared que quería derribar está dibujada aquí.

-No es una pared, es un muro de carga.

-Tu madre ya lo sabía, y por eso lo puso ahí. -Sonrió, con los ojos húmedos-. Tenía mucho más talento que yo.

-No lo creo.

-Dante, mira esto.

Señaló un rectángulo al final del segundo piso, al extremo del pasillo, marcado con una sola palabra en letra pequeña: estudio. Dante frunció el ceño.

-Ahí no hay nada. Hay una puerta que siempre estuvo cerrada, y Marta nunca encontró la llave.

Aitana lo miró, y luego miró la llave de bronce que él tenía todavía en el bolsillo.

Subieron juntos. El pasillo del segundo piso estaba a oscuras, y al fondo, en efecto, había una puerta de madera oscura que Aitana no recordaba haber visto bien. La llave entró sin esfuerzo, giró con un chasquido seco, y la puerta se abrió hacia dentro con un olor a madera y tinta que le erizó la piel.

Era una habitación amplia, con un ventanal que daba al mar y la luna entrando a chorros. En el centro había una mesa de dibujo inclinada, con lápices alineados en un vaso de vidrio, reglas, escuadras, y una silla de cuero con el respaldo gastado. En las paredes, sujetos con alfileres, colgaban decenas de bocetos de casas, de balcones, de escaleras, algunas a medio terminar.

Dante se quedó en el umbral, sin entrar.

-Marco la dejó así -susurró Aitana-. Con todo en su lugar.

-Mi padre odiaba el desorden.

-No es orden, Dante, es cariño.

Aitana se acercó a una de las paredes, y se detuvo frente a un boceto de un jardín con un banco bajo un árbol grande, y la figura de un niño dibujada con cuatro trazos, subido a una rama.

-Mira, Dante, eres tú.

-Es el jardín trasero de la mansión. -Él se acercó, y su voz se hizo más baja-. Ahí me llevaba cuando se escondía de mi padre para dibujar. Me subía al árbol, y me decía que desde arriba se veían mejor las casas del futuro.

-¿Y las veías?

-Una vez creí ver esta.

Él cruzó la habitación despacio, como si caminara sobre vidrio, y tocó con dos dedos el borde de la mesa. Después levantó un lápiz, uno de los gastados, con la marca de unos dientes en la madera, y se quedó mirándolo.

-Se mordía el lápiz cuando pensaba -dijo, con una voz que Aitana apenas reconoció-. Yo lo hago también, y nunca supe de dónde lo había sacado.

Aitana no le contestó. Se acercó a la mesa, y vio un sobre blanco apoyado contra el vaso de lápices, con una línea escrita a mano: Para Dante, y para quien lo acompañe.

-Es la letra de tu padre -dijo.

Dante lo miró un largo rato sin tocarlo. Aitana se lo alcanzó, y él negó con la cabeza.

-Léelo tú. No me siento capaz.

Ella abrió el sobre, con cuidado, y leyó en voz alta, despacio.

Hijo:

Si estás aquí es porque Gianni ya no puede hacerte daño, y porque mi hermano al fin pagó por lo que hizo. Perdóname por no habértelo dicho en vida. Esta casa es de tu madre, y la construí con sus planos, sin cambiarle una sola línea. No la cuides como un museo, vívela. Que haya ruido, y perros, y platos rotos.

Y si encontraste a alguien que te haga reír, no la sueltes, Dante. Yo solté a tu madre demasiado tarde, y no pude arreglarlo después.

Tu padre.

Aitana terminó de leer, y el silencio llenó el estudio. Dante estaba de espaldas, con una mano apoyada en el ventanal, y sus hombros subían y bajaban sin que hiciera ningún ruido. Ella dejó la carta sobre la mesa, se acercó por detrás, y lo abrazó por la cintura, con la mejilla pegada a su espalda.

-No tienes que decir nada.

-Mi padre me dejó esta casa, y mi madre la dibujó -dijo él, con la voz rota-. Y yo traje aquí a la mujer que no sabía que necesitaba.

-Me elegiste sin saberlo.

-Te elegí sabiéndolo, Aitana, y me costó semanas aceptarlo. -Se giró, y le tomó la cara entre las manos-. Escúchame bien. Esta mesa, esta habitación, esta casa, son tuyas. Termina lo que mi madre no alcanzó a terminar.

-Dante...

-No te lo pido, te lo ordeno. -Y sonrió, apenas, por primera vez en mucho tiempo.

Ella se rió, con la cara mojada, y se secó con el dorso de la mano.

Detrás de ellos se oyó un golpeteo de uñas en el piso. Mathias había subido sin permiso, con el hueso entre los dientes, y se detuvo en la puerta, mirando a Dante. Lo pensó un momento, avanzó, dejó el hueso a los pies de él, y se sentó a su lado con la lengua afuera.

-¿Qué hace? -preguntó Dante.

-Te está regalando su hueso.

-No lo quiero.

-Dante.

-Está bien. -Se agachó, tocó el hueso con dos dedos como si pudiera morderlo, y le rascó una oreja al perro, muy rápido-. Una sola vez, y no se lo cuentes a nadie.

-Tu secreto está a salvo.

Se acercó a la mesa de dibujo, apartó los lápices con cuidado, y abrió el último cajón. Adentro había una cajita de terciopelo azul, y dentro de ella, un anillo sencillo de oro con una piedra pequeña. Debajo, doblada en dos, una nota con la letra de Marco: Para la mujer que elija mi hijo.

Aitana se quedó sin aire.

-Es el anillo de mi madre -dijo Dante, que se había acercado sin hacer ruido-. Me contó una vez que mi padre se lo regaló con el primer dinero que ganó.

-Dante, esto es para...

-Es para ti.

Ella levantó la vista, y vio que él había dejado de sonreír. Tenía la misma expresión que en el muelle, cuando le dijo que no pensaba perderla, pero ahora sin una pizca de miedo.

-Aitana Salvatierra -dijo, despacio-. Llegaste a mi casa por una deuda, y te quedaste por una razón que ninguno de los dos supo explicar. Cásate conmigo otra vez, sin contrato, frente a la gente que nos quiere. Una boda de verdad.

-Dante...

-Y antes de que contestes, escucha esto: no acepto un tal vez. -Su voz bajó, ronca, posesiva-. Desde la primera noche eres mía, y quiero que el mundo entero lo sepa.

Ella sonrió entre lágrimas, y levantó la hoja inclinada que cubría el tablero, sin saber por qué. Debajo había otro boceto, mucho más pequeño, hecho en tinta azul, de una habitación luminosa con una cuna, una mecedora y una ventana hacia el mar. En la esquina, con la letra fina de Carmela, se leía: Para cuando Dante tenga hijos.

Los dos se quedaron mirándolo en silencio.

-Sí -dijo Aitana, al fin, con la voz temblorosa-. Me caso contigo. Pero con una condición.

-Dila.

-Quiero casarme aquí, cuando esta casa esté terminada, con el ala que dibujó tu madre. Tres meses, y ni un día más.

Dante la miró un largo segundo.

-Noventa días -dijo-. Los voy a contar uno por uno.

Tomó el anillo de la caja, le levantó la mano izquierda, y se lo puso en el dedo. Le quedaba perfecto.

Mathias, desde la alfombra, soltó un ladrido corto, como si pidiera la palabra.

-Tú no estás invitado todavía -le advirtió Dante.

El perro se tumbó con un suspiro, y Aitana se rió tanto que tuvo que apoyarse en la mesa de dibujo.