La remodelación de la casa
Casi tres meses después, el ala nueva de la casa del acantilado ya tenía techo.
Aitana lo miraba desde la terraza, con una taza de té entre las manos y el pelo recogido con un lápiz, mientras abajo los obreros subían las últimas vigas. Era la parte que Carmela había dibujado y no alcanzó a construir, la que Marco jamás se atrevió a tocar. Y era suya. La había revisado línea por línea, con la paciencia de quien devuelve algo que nunca le perteneció.
Detrás de ella se oyeron pasos, y unos brazos fuertes le rodearon la cintura.
-Quedan doce días -susurró Dante contra su cuello.
-Llevas semanas contándolos.
-Setenta y ocho días contados, y doce por contar. -La apretó un poco más-. No pienso perder la cuenta.
Ella se rió y recostó la cabeza en su pecho. En esas semanas, Dante Marchetti había cambiado en cosas que nadie habría imaginado. Se levantaba temprano para llevarle el té a la cama, le dejaba notas en el espejo del baño, y había mandado a instalar en el estudio de Carmela un sillón enorme, solo para sentarse a verla dibujar. Seguía siendo mandón, celoso y terco, pero ahora lo era con una ternura que a Aitana le calentaba el pecho cada mañana.
-Huelo a lavanda -dijo ella, arrugando la nariz-. ¿Qué te pusiste?
-Nada. Es el jabón nuevo.
-Es demasiado fuerte.
-Se lo digo a Marta.
-No le digas nada, es que últimamente todo me huele demasiado. -Se llevó la taza a los labios, y la apartó con una mueca-. Hasta el café me da asco, y yo vivía del café.
-Entonces no lo tomes.
-Es raro, ¿no? Será el cansancio.
Dante frunció el ceño, pero no dijo nada.
El teléfono vibró sobre la mesa de la terraza, y él lo tomó con una mano, sin soltarla.
-Valentina -leyó-. Dice que Rosa ya camina sola por el departamento y regaña a las enfermeras. Que viene el fin de semana para probarse el vestido de dama de honor. Y que Santino sigue apareciendo cada dos días con una margarita distinta.
-Qué casualidad.
-Ni una palabra, Aitana.
-No iba a decir nada.
-Lo pensaste muy fuerte.
Se quedaron un rato en silencio, mirando el mar, con la costumbre cómoda de los que ya no necesitan llenar los huecos.
-Hagamos el juego de las preguntas -dijo ella-. Hace mucho que no jugamos.
-Siempre ganas.
-Porque tú haces trampa. Yo primero. ¿Qué es lo que más te gusta de esta casa?
Dante lo pensó sin apuro.
-Que aquí no tengo que mirar hacia atrás cada cinco minutos. -La miró de reojo-. ¿Y a ti?
-Que tu madre y yo, sin habernos conocido, pensamos igual sobre las ventanas.
-Eso me da un poco de miedo.
-A mí me da paz. -Sonrió-. Tu turno.
-¿Qué quieres que pase en doce días?
-Que no llueva, que Rosa no regañe a los invitados, y que no mates a nadie.
-Lo último es lo más difícil.
Aitana le dio un codazo, y él le besó el pelo.
Esa tarde decidió que era el momento de cocinar. No era la primera vez. Llevaba semanas intentando la sopa de su madre, con cilantro y limón, y cada intento había terminado peor que el anterior.
-Intento número doce -anunció, al entrar a la cocina con las mangas arremangadas.
-Es un récord -dijo Aitana, apoyada en el mesón, con los brazos cruzados.
-Esta vez va a salir.
-Eso dijiste las otras once.
Veinte minutos después, la cocina olía a quemado, Bruno asomaba la cabeza por la puerta con cara de espanto, y la sopa tenía un color que ninguna sopa debería tener. Dante, con los ojos llorosos por la cebolla y un delantal que alguien le había atado a la espalda, probó una cucharada y se quedó inmóvil.
-Es un castigo -concluyó Aitana, aguantando la risa.
-Es mi mejor intento.
-Es un crimen. -Se rió hasta que se le saltaron las lágrimas-. Pero estás hermoso con el delantal.
-No me llames hermoso.
-Hermoso, hermoso, hermoso.
Él le quitó la cuchara de la mano, la tomó por la cintura y la sentó sobre el mesón, entre dos ollas.
-Repítelo y verás lo que pasa.
-Hermoso.
La besó hasta que Bruno cerró la puerta de la cocina por fuera, sin hacer ruido.
Por la tarde llegó el contratista con sus hombres a medir la terraza del ala nueva, y Aitana bajó a recibirlo con los planos bajo el brazo. Uno de los obreros, un muchacho joven, la miró un segundo de más cuando ella se agachó a abrir el rollo sobre la mesa.
Dante lo vio desde la escalera.
Cruzó el jardín sin prisa, con las manos en los bolsillos, y se detuvo frente al muchacho, a medio metro de distancia.
-Mira los planos -le dijo, con una voz muy tranquila-. No a mi esposa.
El muchacho se puso blanco. El contratista murmuró algo, y Aitana se enderezó de golpe.
-Dante.
-Estoy hablando.
-No. -Se puso entre los dos, y le apoyó la mano en el pecho-. Estás amenazando a un hombre que trabaja para mí, en mi casa, y no te lo voy a permitir.
-Te miró.
-Me miró porque me agaché, y porque probablemente nunca vio a una mujer dirigir una obra. -Lo miró fijo, sin bajar la voz-. Si vuelves a asustar a alguien que trabaja para mí, duermes con Mathias.
Un silencio incómodo cayó sobre el jardín. Dante, con la mirada fija en ella, tardó un momento en responder.
-¿Con Mathias?
-En su cama de la cocina.
Mathias, que había aparecido sin que nadie lo notara, se sentó a los pies de Aitana y miró a Dante con una expresión de triunfo evidente.
-Está bien -dijo Dante, entre dientes-. Discúlpate con élm Mathias.
Aitana soltó una carcajada. El contratista se tapó la boca con la mano, los obreros se miraron sin entender, y Dante, derrotado, le hizo una seña al muchacho.
-Disculpa. Es mi esposa, y tengo mal carácter.
-Sí, señor. No hay problema, señor.
-Faltan doce días para la boda -murmuró Aitana, divertida.
-Doce días para que el mundo lo celebre. Para mí, lo eres desde el primer día.
Ella iba a contestarle, pero en ese momento el viento le trajo un olor agrio de cemento fresco y pintura, mezclado con el del mar, tan fuerte que sintió que el estómago se le revolvía. Se llevó la mano a la boca. Dante dejó de hablar.
-¿Aitana?
-Estoy bien, es solo que...
El jardín entero empezó a girar. Los planos se le resbalaron de las manos, el rollo de papel rodó por la hierba, y lo último que vio fue el rostro de Dante, blanco como la cal, corriendo hacia ella con los brazos abiertos antes de que todo se volviera negro.