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El desmayo

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El desmayo

Aitana despertó con la luz del sol en la cara y una mano grande sujetando la suya.

Dante estaba sentado en un sillón junto a la cama, con la camisa arrugada, los ojos enrojecidos y la barba de dos días. Tenía el aspecto de un hombre que había peleado una guerra entera sin moverse de su silla.

-¿Cuánto dormí? -preguntó ella, con la garganta seca.

-Catorce horas. -Su voz sonó ronca-. Te desmayaste en el jardín, te traje aquí, y llamé al médico que atendió a Rosa. Dijo que no era grave, pero que no le gustó tu color.

-¿Y tú dormiste?

-No.

-Dante.

-No pensaba cerrar los ojos mientras tú estabas así. -Apretó su mano-. Me dio miedo, Aitana. Más que Gianni, más que el avión, más que cualquier cosa que haya visto.

Ella lo miró un largo rato, y sonrió con ternura.

-Dante Marchetti, el hombre más temido de la ciudad, casi se desmaya de preocupación.

-No te burles.

-No me burlo. -Le acarició el dorso de la mano con el pulgar-. Me encanta.

Un golpe suave en la puerta los interrumpió. El médico, un hombre mayor con anteojos redondos y portafolio de cuero, entró con una sonrisa tranquila. Le tomó la presión, le pidió que respirara hondo, y le hizo preguntas durante largo rato. Cuando llegó a una en particular, levantó la vista hacia Dante.

-Joven, necesito quedarme a solas con la paciente unos minutos.

-No me voy.

-Dante -dijo Aitana.

-No voy a dejarte sola con...

-Dante. -Lo miró fijo-. Cinco minutos.

Él apretó los labios, miró al médico como si quisiera fulminarlo, y salió dando un portazo suave. Aitana oyó sus pasos, de un lado a otro, justo al otro lado de la puerta.

-Señora Marchetti -dijo el médico, bajando la voz-. ¿Cuándo tuvo su última menstruación?

Aitana abrió la boca, y se quedó callada. Hizo cuentas mentalmente, una, dos veces, y sintió que algo frío le bajaba por la espalda.

-Hace... más de dos meses. -Se llevó una mano al estómago, sin querer-. Pero con todo lo que pasó, la guerra, el miedo, pensé que era el estrés.

-Puede ser -concedió el médico-. Y puede que no. Le voy a pedir unos análisis de sangre, para estar seguro, y los resultados llegarán dentro de unos días.

-¿Usted cree que...?

-No creo nada hasta que lo confirme el laboratorio. -Cerró el portafolio, y le sonrió-. Pero coma tres veces al día, descanse, y no se levante de golpe.

Cuando el médico salió, Dante entró como un huracán.

-¿Qué dijo?

-Que es cansancio, y que coma más. -Aitana bajó la vista, y apretó las sábanas con los dedos-. Va a pedir unos análisis de rutina.

-¿Qué clase de análisis?

-De sangre. Nada grave.

Dante la miró un largo rato, con el ceño fruncido, y ella supo que no le había creído del todo. Pero no preguntó más. Se limitó a sentarse en el borde de la cama, y a tomarle la cara entre las manos.

-Si algo te pasa, Aitana...

-No me pasa nada.

-Si algo te pasa -repitió él-, no respondo de lo que haga.

-Lo sé.

Se asomó al pasillo y le habló a un guardia en voz baja.

-Nadie sube a esta planta sin que yo lo sepa, ni siquiera el perro. Y que la cocina prepare comida para dos, tres veces al día, a las horas que dijo el doctor.

-Sí, señor.

Volvió a la cama, y Aitana, que lo había oído todo, soltó una risita.

-Ya oíste al médico, debes comer tú también.

-Primero tú.

Veinte minutos después, estaban sentados uno frente al otro, en la cama grande, con una bandeja entre los dos y un montón de tostadas, frutas y huevos revueltos. Mathias, por supuesto, había entrado. Dormía en la alfombra, con el hueso entre las patas.

Aitana tomó el tenedor, y apenas el olor de los huevos le llegó a la nariz, dejó el plato a un lado con una mueca.

-¿No te gustan? -preguntó Dante.

-Hoy no.

-Antes los comías todos los días.

-Cosas de la panza.

Él no dijo nada, pero la miró un segundo más de lo necesario.

Esa tarde, Bruno apareció en el comedor con una libreta y cara de resignación.

-Jefe, necesito la lista definitiva para el sábado de la boda: juez, flores, carpa, música y comida para cincuenta personas.

-La comida, que la haga el restaurante del puerto -dijo Dante, sin levantar la vista de su café-. Las flores, que sean silvestres, como en los dibujos de mi madre.

-¿Y el juez?

-El que casó a Don Aurelio. Que no se retrase ni un minuto, o que se atenga a las consecuencias.

-Sí, jefe. -Bruno anotó, y levantó la vista-. ¿Algo más?

-Que el perro no se acerque a la comida.

-Eso va a ser imposible.

-Haz que sea posible.

Valentina llegó dos días después, a probarse su vestido de dama de honor, con dos cajas enormes y una sonrisa de oreja a oreja. La segunda era el vestido de novia de Aitana, que ella misma había encargado en una tienda de Puerto Belmar, como sorpresa. Se encerraron en el dormitorio durante una hora, entre telas, alfileres y espejos, y cuando salieron Aitana llevaba puesto un vestido blanco de mangas largas y espalda abierta.

-Estás hermosa -dijo ella, con los ojos húmedos-. Mi hermano se va a desmayar.

-Si se desmaya, lo levanto yo.

-Ya sé que sí. -Valentina la miró un segundo más de lo normal-. ¿Todo bien? Estás un poco pálida.

-Todo bien. -Aitana sonrió, y le apretó la mano-. Solo quiero que la boda sea perfecta.

-Mientras Dante no mate al florista, será perfecta.

Pasaron otros dos días. Aitana trabajó en el estudio de Carmela por las mañanas, aunque Dante apareció cada media hora con un pretexto distinto, y por las tardes caminó por la playa con Mathias, con la mano apoyada en la cintura de forma casi inconsciente. Dormía mucho, comía poco, y le habló a su vientre una sola vez, cuando creyó estar sola.

-No sé si estás ahí -susurró-. Pero si estás, ya te quiero.

Una de esas noches, Aitana se quedó dibujando hasta tarde en el estudio de Carmela. Dante subió con una manta sobre el brazo y un plato de fruta cortada en cuadritos, y lo dejó sobre la mesa sin hacer ruido.

-Son las once -dijo.

-Cinco minutos más.

-Dijiste lo mismo hace una hora.

-Estás espiándome.

-Estoy cuidando a mi esposa. -Le puso la manta sobre los hombros, y se sentó en el sillón enorme que había mandado instalar-. Sigue, no te molesto.

Ella siguió, pero a los diez minutos sintió su mirada en la nuca.

-No me dejas concentrarme.

-No.

-¿Y entonces por qué te quedas?

-Porque en toda mi vida nunca tuve nada que valiera la pena mirar. -Lo dijo sin sonreír, con la voz tranquila-. Ahora tengo esto.

Aitana dejó el lápiz. Cruzó el estudio, se sentó en sus piernas, y le rodeó el cuello con los brazos.

-Eso fue muy bonito, Marchetti.

-No se lo cuentes a nadie. Tengo una reputación.

-La perdiste hace mucho.

-Entonces cuéntaselo a todos. -La besó en la sien-. Pero que sepan que fuiste tú la que me la quitó.

Se quedaron así, ella con la cabeza en su hombro, hasta que el cansancio le ganó. Dante la llevó en brazos hasta el dormitorio, la dejó con cuidado entre las sábanas, y se acostó a su lado con una mano sobre su cintura, sin moverla de ahí en toda la noche. Cuando Aitana abrió los ojos de madrugada, él seguía despierto, mirándola.

-¿No duermes?

-Después. Ahora te estoy cuidando.

-¿De qué?

-De todo -dijo Dante, y le besó el pelo-. Duérmete.

El cuarto día, a media tarde, llegó un mensajero de la clínica con un sobre blanco. Marta lo recibió en la puerta, y se lo llevó a Aitana a la terraza, sosteniéndolo con dos dedos, todavía con las vendas de las muñecas.

-Es para usted, señora. Dijo que era urgente.

Aitana se incorporó. Era un sobre con el logo del médico en una esquina, y su nombre escrito a máquina.

-Los análisis -murmuró.

Dante apareció en la puerta del salón, serio de golpe, y ella sintió que se le secaba la boca. Giró el sobre entre los dedos, sin abrirlo, mirando la solapa pegada.

-¿Lo abrimos? -preguntó él.

Aitana dudó un largo segundo. Después, sin saber por qué, lo guardó en el bolsillo de su bata.

-Después de la boda.

-No me gustan los secretos.

-Ni a mí. -Le tomó la mano-. Pero quiero casarme sin sustos, y sea lo que sea, puede esperar ocho días.

Dante la miró largo rato, con el ceño fruncido. Al final asintió.

Pero mientras volvían a entrar a la casa, Aitana notó cómo él miraba el bolsillo de su bata, una y otra vez, y no dijo ni una palabra más.