la boda por amor
El sábado amaneció despejado, sin una sola nube, y con el mar tan quieto que parecía pintado.
Aitana se miró en el espejo del dormitorio, y no se reconoció. Llevaba un vestido blanco, sencillo, de mangas largas y espalda abierta, que Valentina había conseguido en Puerto Belmar, y el pelo recogido con una cinta de seda. En el dedo, el anillo de Carmela brillaba con una luz discreta. Le quedaba perfecto.
-Estás hermosa -dijo Valentina, detrás de ella, con los ojos húmedos-. Mi hermano se va a morir de la impresión.
-Jajaja.
-Ya sé que sí. -Valentina se llevó la mano al cuello, desabrochó una cadena fina y se la colocó a Aitana alrededor del cuello-. Algo prestado.
Era el dije de plata en forma de sol.
-Valentina, no puedo...
-Es solo por hoy. Dante lleva la luna, y yo el sol. -Sonrió-. Quiero que esta vez estén juntos en una boda.
Aitana la abrazó, y sintió cómo Valentina se aferraba a ella con fuerza, como alguien que apenas está aprendiendo lo que significa tener una familia.
-Y esto me lo dio mi hermano a las seis de la mañana, con cara de no haber dormido -añadió Valentina, sacando una nota doblada en cuatro-. Me hizo jurar que te la daba antes de salir.
Era la letra apretada de Dante.
Hoy te voy a esperar en el altar, y es la primera vez en mi vida que espero algo sin miedo. Camina despacio, que yo no me muevo de ahí.Aitana la leyó dos veces, y la guardó dentro del ramo.
Marta, en la puerta, con un vestido azul oscuro y las manos ya casi sanas, se secó los ojos con un pañuelo.
-Tu padre habría estado tan orgulloso.
-Lo sé -susurró Aitana, y le mostró un pequeño reloj de bolsillo que llevaba escondido en el ramo-. Lo traje conmigo.
Era el de Ricardo. Marta asintió sin poder hablar, y le ofreció el brazo.
Mientras tanto, en la terraza, Dante daba vueltas con las manos en los bolsillos, frente a un altar de madera blanca cubierto de flores silvestres. Había unas cincuenta sillas con vista al mar, y los invitados llegaban en pequeños grupos. Don Aurelio Conti, con traje oscuro y bastón. Camila, con el pañuelo de seda en la cabeza y la espalda recta. Rosa, en una silla de ruedas empujada por Santino, con un sombrero de paja y una expresión de duquesa.
-Estás pálido -dijo Santino, al acercarse.
-No estoy pálido.
-Estás verde. -Santino sonrió-. Nunca te vi así ni cuando Gianni te apuntó con un arma.
-Eso era más fácil.
-Si te desmayas, apunto al aire para que parezca parte de la ceremonia.
-Cállate, Santino.
-Te quiero, hermano.
Dante lo miró de reojo, con la comisura de los labios temblando.
-Yo también.
Sonó una guitarra, y todos se pusieron de pie.
Aitana apareció al final del pasillo de flores, del brazo de Marta, con el vestido moviéndose con el viento, y delante de ella caminaba Mathias, con un cojín de terciopelo atado al lomo y dos anillos sujetos con una cinta. Dante olvidó cómo se respiraba.
Era la mujer más hermosa que había visto en su vida, y era suya.
Mathias avanzó con mucha solemnidad hasta la mitad del pasillo, y entonces se detuvo. Miró a Aitana, miró el altar, y se sentó en medio de la alfombra, sin intención de moverse.
Un murmullo recorrió las sillas. Marta contuvo una risa. Aitana se tapó la boca con la mano.
-Mathias -susurró.
El perro no se movió.
Dante dio un paso al frente, se agachó, y chasqueó los dedos.
-Ven aquí.
Mathias lo miró durante un largo segundo, con la lengua afuera. Después se levantó con calma, caminó hasta él, y soltó el cojín a sus pies. Se sentó a su lado, con la cabeza erguida, como un escolta que ha completado una misión importante.
La terraza entera estalló en aplausos.
-Ya somos familia -murmuró Dante, rascándole la oreja.
Aitana llegó al altar con los ojos brillantes, y él le tomó la mano antes de que dijera nada. El juez, un hombre mayor y de voz serena, esperó a que se acallaran las risas.
-Estamos aquí reunidos para unir a Dante y a Aitana, que ya se casaron una vez, pero esta vez por voluntad propia.
-Más o menos -murmuró Aitana.
-Más o menos -concedió el juez, sonriendo-. Si alguien se opone, que hable ahora.
Dante giró lentamente la cabeza hacia los invitados.
-Si alguien se opone -dijo, con una voz muy tranquila-, que hable ahora, o que pida perdón después.
Nadie respiró. Rosa soltó una carcajada seca desde su silla de ruedas.
-Continúe, señor juez -dijo Dante.
Los votos fueron sencillos. Aitana habló primero, con la voz temblando al principio y cada vez más firme.
-Dante, entré a tu vida por una deuda, y pensé que iba a odiarte hasta el último día. Me equivoqué. Me enseñaste que se puede amar a un hombre difícil, terco, mandón y celoso. -Un par de risas se oyeron entre los invitados-. Prometo discutir contigo cuando te equivoques, que será seguido, quedarme a tu lado cuando todo se complique, y pelear contigo todas las veces que haga falta. Prometo no soltarte nunca.
Dante tardó en hablar. Tenía un nudo en la garganta, y la mano de ella apretada en la suya como único ancla.
-Aitana, nunca supe vivir sin una guerra. Me enseñaron a no confiar, a no necesitar a nadie, a no pedir nada. -Respiró hondo-. Y entonces llegaste tú, con tu voz fuerte, tus ojos verdes, y esa manera de desafiarme que me volvía loco. Me salvaste sin pedírmelo, me enseñaste a vivir, y me diste una casa donde no entra la guerra.
Se detuvo, y la miró directo a los ojos.
-Te amo. Te amo, y no hay nada en este mundo que me importe más. Mientras yo respire, nadie va a tocar a mi esposa, a mi familia, ni a la vida que construyamos. Eres mía, y yo soy tuyo, y esta vez es para siempre.
Aitana soltó un sollozo, y se echó a reír al mismo tiempo. Marta lloraba sin disimular. Valentina se había aferrado al brazo de Santino, que miraba el cielo con demasiado interés.
Intercambiaron los anillos. El juez los declaró marido y mujer, y Dante la tomó por la cintura y la besó como si no hubiera nadie más en la terraza.
Al caer la tarde, cuando la música cambió a un vals lento, Dante le tendió la mano.
-Una pieza -dijo-. Y después no te suelto.
-No sé bailar.
-Yo tampoco. -La atrajo hacia sí, con una mano en su espalda-. Solo sígueme.
Se movieron despacio, bajo las luces que empezaban a encenderse, y ella apoyó la mejilla en su pecho. Dante le habló al oído, tan bajo que nadie más oyó.
-Hace unos meses, un hombre te compró con una deuda. Hoy te elijo yo, y te elegiría mil veces más.
-¿Aunque sea una testaruda?
-Sobre todo por eso. -Le besó la sien-. Nunca me dejes ser el hombre que era antes de ti.
-Nunca.
-Júramelo.
-Te lo juro, mafioso.
Dante sonrió contra su pelo, y siguió bailando.
Después hubo un banquete largo, y un brindis de Don Aurelio por "los Marchetti, que por fin tienen un motivo para sonreír". Camila se acercó a Aitana cuando la mayoría bailaba, con una copa en la mano y una maleta pequeña esperando junto a la puerta.
-Me voy mañana -dijo-. Lejos, a empezar de cero.
-¿Estás segura?
-No. -Sonrió con tristeza-. Pero Dante me lo ofreció, y creo que mi padre ya no me va a perseguir. -Le tendió la mano-. Gracias por detenerlo aquella vez. Sin ti, yo no estaría aquí.
Aitana ignoró la mano y la abrazó.
-Escríbeme.
-Lo voy a hacer.
Cuando Camila se alejó, Aitana sintió que el calor de la terraza se le subía a la cabeza. Se apoyó en una mesa, con la copa de agua temblándole en la mano, y respiró hondo.
-Mija -dijo una voz aguda a su lado.
Rosa estaba ahí, en su silla de ruedas, con el sombrero ladeado y los ojos muy atentos.
-Tienes la cara de mi hermana cuando esperaba a su primer hijo, y esa cinturita no está igual que cuando te conoci. Y no es por la comida o por el vino, porque llevas toda la fiesta con agua.
Aitana abrió la boca, y no le salió nada.
-Rosa -murmuró.
-¿Para cuándo es el bebé? -preguntó la anciana, sin bajar la voz.
La música se cortó en seco. Dante, que bailaba a unos metros con Valentina, se giró lentamente, y la miró.