El resultado
Nadie en la terraza se movió.
Dante cruzó la pista de baile con pasos lentos, sin apartar los ojos de Aitana, y los invitados se abrieron a su paso como si lo hubiera ordenado. Se detuvo frente a ella. Rosa, en su silla de ruedas, se acomodó el sombrero con una sonrisa satisfecha.
-¿Es verdad? -preguntó él, en voz baja.
-Lo sospechaba -dijo Aitana, con las manos temblando sobre el vestido-. El médico me hizo una pregunta hace unos días, y no quise decírtelo hasta estar segura. He tenido náuseas, mareos, me desmayé en el jardín... pero no estaba segura.
-¿Hace días? -La voz de Dante sonó baja, casi dolida-. Y no me dijiste nada.
-Quería que lo supieras bien, no con un susto.
-Señora. -La voz de Marta sonó a su espalda, tímida y firme a la vez. Había dejado el pañuelo, y tenía las mejillas coloradas-. Hace una semana dejé una caja en el baño de su dormitorio, en el cajón de abajo. Por si acaso.
Aitana se quedó mirándola con la boca abierta.
-¿Una caja de qué?
-De lo que usted está pensando, mija. -Marta bajó la vista-. Es que usted dejó de comer huevos, y a mi edad una se da cuenta de esas cosas.
Valentina se tapó la boca para no reírse. Santino, a su lado, se atragantó con el vino. Y Dante, sin decir una palabra, tomó a Aitana de la mano y se dio la vuelta hacia la casa.
-Dante, los invitados...
-Que esperen.
La llevó escaleras arriba, sin soltarla, y no se detuvo hasta llegar al baño del dormitorio principal. Abrió el cajón de abajo, sacó una cajita blanca que parecía haber estado esperando ahí desde hacía días, y se la puso en las manos.
-Hazlo.
-¿Vas a quedarte?
-No pienso moverme de aquí.
Aitana lo miró, entre el miedo y la risa, y cerró la puerta del baño tras ellos.
Fueron los tres minutos más largos de su vida. Dante caminaba de un lado a otro del baño, con las manos en la nuca, y miraba su reloj cada diez segundos. Aitana, sentada en el borde de la tina, sostenía la prueba sin atreverse a mirarla.
-Faltan dos minutos.
-Ya lo sé, Dante.
-Me estás mirando fijo.
-Te miro porque tú paseas como un tigre en una jaula.
-Los tigres no se ponen nerviosos.
-Este sí.
Afuera, Mathias rascaba la puerta, y su gemido se oía hasta dentro. Dante se pasó la mano por la cara.
-Si es negativa, seguimos igual y no pasa nada -dijo, de pronto, con la voz ronca-. Y si es positiva, igual, ¿entiendes? Igual. Solo quiero que lo sepas.
Aitana levantó la vista. En los ojos oscuros de él había un miedo que jamás había visto, un miedo distinto al de la guerra, más hondo.
-Dante.
-Dime.
-Mira la prueba.
Él se agachó, tomó el pequeño objeto de plástico de sus manos, y lo giró hacia la luz. Hubo un silencio largo. Aitana vio cómo la expresión de su marido cambiaba en cámara lenta, de la tensión a la incredulidad, y de la incredulidad a algo que no tenía nombre.
Dos rayas, firmes y rosadas.
-Positiva -susurró Dante.
-¿Estás seguro?
-Dos líneas. Aitana. -La voz se le quebró-. Son dos líneas.
Ella se tapó la boca con las dos manos y rompió a llorar. Dante se arrodilló frente a ella, en el piso de baldosas, y apoyó la frente en sus rodillas. Los hombros le temblaban. Aitana le acarició el pelo, riendo y llorando a la vez, y entonces él levantó la cabeza, con los ojos enrojecidos.
-Voy a ser padre.
-Vas a ser padre.
-Voy a... -Se detuvo, tragó saliva, y le puso las dos manos sobre el vientre, con una delicadeza que no parecía suya-. Escúchame bien, hijo, o hija, o quien seas. Tu madre es la mujer más valiente que existe, y yo soy el hombre más afortunado. Nadie va a tocarte ni a ti ni a ella, mientras yo respire. Ni la guerra, ni el miedo, ni la muerte.
-Dante...
-Es una promesa. -Levantó la vista hacia ella-. La más importante que haré en mi vida.
Aitana se inclinó y lo besó, despacio, con la cara mojada, y se quedaron así un largo rato.
-El sobre -dijo ella, al separarse.
-¿Qué sobre?
-El de la clínica. Lo guardé en el bolsillo de la bata.
Fue hasta el armario, buscó entre la ropa, y volvió con el sobre blanco. Lo abrió con dedos que ya no temblaban, y leyó en voz alta la línea que importaba: resultado positivo, embarazo confirmado. Dante tomó el papel, lo leyó dos veces, y lo dobló con cuidado, como si guardara un tesoro.
-Lo vamos a enmarcar -dijo.
-Dante, es un análisis médico.
-Lo vamos a enmarcar.
Aitana se rió tanto que tuvo que sentarse otra vez en la tina.
-El cuarto de tu madre -dijo, cuando recuperó el aliento-. El que dibujó para tus hijos. Ya sé cómo voy a terminarlo.
-No me lo cuentes todavía. -Dante le tomó la cara con las dos manos-. Hazlo con tus manos, en esa mesa. Y cuando esté listo, que sea el bebé el primero que lo vea.
Ella asintió, sin poder hablar.
Aitana tomó el ramo que había dejado sobre el lavabo, sacó de entre las flores el reloj de bolsillo de su padre, y lo apretó entre los dedos.
-Papá va a ser abuelo -susurró-. Y se lo va a perder.
-No se lo pierde. -Dante cerró su mano sobre la de ella-. Va a estar en cada cosa que le cuentes a este niño, y en el nombre, si tú quieres.
-Ricardo suena a viejo.
-Entonces el segundo nombre.
Ella sonrió, con los ojos húmedos.
-Lo voy a pensar.
-Piénsalo con calma. -La besó en la frente-. Tenemos todavia tiempo pára decidirlo.
-¿Y si es niña?
-Entonces va a tener cuatro guardias hasta los treinta.
-Dante.
-Hasta los cuarenta. -Hizo una pausa-. Negociable.
Cuando salieron del baño, Mathias saltó sobre ellos con tal alegría que casi los tira a los dos. Dante lo sostuvo con un brazo, resignado, y le rascó la cabeza.
-Escúchame bien, perro. Vas a tener un hermano o hermana, y vas a cuidarlo.
Mathias ladró una sola vez, como aceptando un cargo oficial.
Bajaron juntos la escalera, de la mano, hasta la terraza, donde los invitados seguían esperando en silencio absoluto. Don Aurelio, Marta, Valentina, Santino, Bruno, Rosa, todos con la misma cara de intriga. Dante se detuvo en el último escalón, rodeó la cintura de Aitana con el brazo, y levantó la voz.
-Habrá un Marchetti más.
Por un segundo no se oyó nada. Después la terraza entera estalló. Marta rompió a llorar. Bruno aplaudió con las dos manos en alto. Valentina corrió a abrazar a Aitana, gritando algo que nadie entendió, y Santino, riendo, levantó una copa.
-¡Por el próximo mafioso de la familia!
Don Aurelio golpeó el piso con el bastón, y la terraza se calmó.
-Muchacho, el asiento de los Marchetti en la mesa sigue vacío. -Lo miró de frente-. ¿Qué piensas hacer con él?
Dante lo pensó un segundo, con la mano de Aitana apretada en la suya.
-Dejarlo vacío unos años, Don Aurelio. Mi esposa y yo tenemos una casa que terminar. -Sonrió de lado-. Cuando mi hijo crezca, él decidirá si lo quiere.
El viejo soltó una carcajada, y levantó su copa.
-Brindo por eso.
-O la próxima mafiosa -dijo Valentina.
-Dios nos ayude -murmuró Dante.
-Mañana mismo empiezo con el caldo de pollo -anunció Marta, secándose los ojos-. Con cilantro y limón, como lo hacía la señora Carmela.
-Yo puedo ayudarte -dijo Dante.
-Prefiero que no, joven.
-Me ofendes.
-Se lo digo con cariño. -Marta le dio una palmada en el brazo-. Pero la sopa es cosa seria.
Rosa, en su silla de ruedas, se cruzó de brazos con aire de triunfo.
-Se los dije.
En medio del alboroto, Valentina se separó de Aitana, y se encontró de frente con Santino, que se había acercado a felicitarla. Se quedaron un segundo demasiado cerca, con la copa de él a medio camino.
-No me mires así -dijo ella.
-¿Así cómo?
Valentina abrió la boca para responder, pero no le salió nada. Santino, que siempre tenía una réplica lista, bajó la copa despacio, y por primera vez en su vida no supo qué decir.
Dante los vio desde lejos, con Aitana apoyada en su pecho. Sonrió, y le susurró al oído:
-Creo que ahí viene otra historia.
-Que se las arreglen solos -dijo Aitana, riendo.
-Eso es lo que dijiste de nosotros.
-Y tenía razón.
-Casi siempre la tienes. -Dante le puso la mano sobre el vientre, y la dejó ahí, quieta, como si ya pudiera sentir algo-. Hace un año yo no creía en nada, y hoy tengo una esposa, una casa con ventanas hacia el mar, un perro que me desprecia y un hijo en camino. No sé qué hice para merecerlo.
-Dejaste que te quisieran.
-Fue lo más difícil que hice en mi vida.
-Y lo más bueno.
Él la miró un largo momento, con esa expresión que solo ella conocía, y bajó la voz.
-Te amo, Aitana Marchetti.
Y la besó, mientras el sol se hundía en el mar y la música volvía a sonar.
FIN
Final