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Los pasos de Dante

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Los pasos de Dante

A las ocho en punto, Aitana bajó al comedor. Se detuvo en la puerta al ver a Camila ya sentada, en su silla, con una copa de vino en la mano y una sonrisa que no se molestaba en ocultar.

—Levántate.

Camila ni siquiera la miró.

—Inténtalo.

Aitana cruzó el comedor en tres pasos, tomó a Camila del cabello con toda la fuerza que tenía y tiró hacia atrás. La silla se fue de lado, y Camila cayó al piso con un grito que resonó en todo el salón, derramando el vino sobre el mantel blanco.

—Te dije que te levantaras.

Camila se llevó una mano a la cabeza, con los ojos llenos de una furia que no lograba convertir en palabras. En ese momento, Dante entró al comedor y se detuvo en la puerta.

No dijo nada.

Se quedó ahí, observando a Camila en el suelo y a Aitana de pie junto a la silla volteada, y algo en su silencio pesaba más que cualquier grito.

—Aitana, toma tu lugar —dijo finalmente, con voz tranquila.

Aitana enderezó la silla y se sentó, con el pulso todavía acelerado. Camila se levantó del suelo despacio, con el orgullo hecho pedazos, y sin decir una palabra fue a sentarse al otro lado de Dante, en la silla que Marta apuró a traer.

Dante no opinó nada de lo ocurrido. Tomó asiento en la cabecera, como si la escena que acababa de presenciar fuera parte del decorado de la casa, y le hizo una señal a Marta para que empezara a servir.

La cena avanzó en un silencio incómodo, roto solo por el sonido de los cubiertos y, cada tanto, por la voz de Camila.

—Qué interesante lo de hoy —dijo, mirando su copa en vez de mirar a Aitana—. Nunca había visto a nadie perder los modales tan rápido. Debe ser difícil, no haber crecido en un ambiente donde se enseñan esas cosas.

Aitana apretó el tenedor, pero no respondió. No con Dante ahí, no cuando cualquier palabra de más podía costarle algo más grande que un asiento en una mesa.

—Aunque, pensándolo bien —continuó Camila, sin dejar de sonreír—, supongo que es lo único que sabe hacer: pelear con uñas y dientes por lo que no le pertenece.

—Camila —dijo Dante, sin levantar la vista del plato.

—Solo estoy conversando, cariño.

—Come.

La orden fue corta, seca, y bastó para que Camila cerrara la boca el resto de la cena, aunque su mirada siguiera clavada en Aitana cada pocos minutos, cargada de un resentimiento que no se molestaba en disimular.

Aitana comió sin apetito, contando los minutos, sintiendo el peso de esa mirada como si fuera una mano cerrándose lentamente alrededor de su garganta. No dijo una palabra más durante el resto de la cena. No hacía falta. Ya había dicho suficiente con la silla volteada en el piso.

Cuando Dante finalmente se puso de pie, dando por terminada la cena, Aitana no esperó a que nadie dijera nada más. Se levantó, y sin mirar a Camila, subió las escaleras directo a su habitación.

Cerró la puerta detrás de sí y se apoyó contra ella un momento, dejando salir el aire que había estado conteniendo desde que Camila cayó al suelo. Se cambió de ropa y se metió en la cama, esperando que el cansancio la venciera antes de que los pensamientos lo hicieran primero.

No pasaron ni diez minutos cuando escuchó pasos pesados en el pasillo. Se detuvieron justo frente a su puerta.

Aitana contuvo la respiración, con la mirada fija en la manija.

Los pasos siguieron de largo.

Se levantó despacio y abrió la puerta lo suficiente para asomarse al pasillo. Alcanzó a ver la espalda de Dante justo cuando empujaba la puerta de la habitación de Camila y entraba, cerrándola detrás de él.