Acorralado
Aitana no pudo dormir.
Se quedó tumbada en la oscuridad, mirando el techo, escuchando cada sonido de la casa como si pudiera decirle algo sobre lo que estaba pasando en la habitación de al lado. Cada crujido de madera, cada murmullo lejano, le apretaba el pecho un poco más. Se tapó la cara con la almohada para no escuchar, pero eso tampoco funcionó. Los minutos se convirtieron en horas, y la rabia que había empezado como una brasa pequeña fue creciendo hasta que las manos empezaron a temblarle sin que pudiera controlarlas.
Al amanecer, se levantó de la cama de un salto, con el corazón golpeándole tan fuerte que le dolía.
Caminó descalza por el pasillo, casi corriendo, hasta detenerse frente a la puerta de la habitación de invitados. No lo pensó y empujó la puerta con las dos manos, con tanta fuerza que esta chocó contra la pared.
Dante giró la cabeza de golpe, con la camisa a medio abotonar y el cabello revuelto. Se quedó paralizado, con la boca entreabierta, como si el aire se le hubiera atascado en la garganta al verla ahí.
Camila salió del baño en ese momento, envuelta en una toalla, con el cabello mojado pegado a los hombros. Al ver a Aitana en la puerta, no se sobresaltó. Sonrió.
—Buenos días —dijo, con una calma que era peor que cualquier grito—. ¿Necesitabas algo?
A Aitana le temblaron los puños a los costados del cuerpo.
—¿Para esto me trajiste a tu casa? —La voz le salió rota, quebrada de rabia—. ¿Para que te viera revolcándote con esta zorra?
—No seas vulgar —respondió Camila, ajustándose la toalla con una lentitud deliberada—. Algunas cosas simplemente no cambian, cariño. Por más que te empeñes en firmar papeles con su apellido.
—¡Cállate! —gritó Aitana, dando un paso hacia ella.
—Aitana. —Dante finalmente encontró la voz, dando un paso hacia adelante, con las manos abiertas—. Espera.
—¿Esperar qué? —Se giró hacia él con los ojos llenos de lágrimas que se negaba a dejar caer—. ¿A que me expliques por qué hueles a ella? ¿A que me digas que no significó nada, cuando yo lo estoy viendo con mis propios ojos?
Dante no dijo nada. Y ese silencio, más que cualquier palabra, terminó de romperle algo por dentro.
—No te atrevas a tocarme —le dijo, retrocediendo cuando él dio otro paso—. No te atrevas.
Salió de la habitación sin esperar respuesta, bajando las escaleras a toda velocidad, con los pies golpeando cada escalón. Cruzó la casa vacía, empujó las puertas de cristal del jardín y salió al aire frío de la madrugada, sintiendo el pasto húmedo bajo sus pies descalzos, temblando de frio o de rabia, ya no sabía distinguir cuál.
Detrás de ella, en el pasillo del segundo piso, Dante golpeó el marco de la puerta con el puño, con tanta fuerza que el sonido retumbó por toda la casa.
—Maldita sea.