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9. Ningun derecho

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9. Ningun derecho

Ellie Moreau

Dormí tres horas. Tal vez menos.

A las seis sonó la alarma y yo ya estaba despierta, mirando el techo. Busqué el teléfono en el bolso. El mensaje de anoche seguía ahí, sin abrir.

«Pregúntame lo que quieras. Te voy a responder todo. Menos una cosa: no voy a responder por qué no puedo dejar de pensar en ti. Eso ni yo lo sé. — D.»

Lo leí dos veces. Tres. Apreté el teléfono contra el pecho y cerré los ojos.

—Eres una tonta, Ellie Moreau —le murmuré al techo.

Me reí sola, en la cama, con el pelo hecho un nido. Qué hombre más arrogante. Y qué tonta yo por sonreír.

Llegué al hospital a las siete menos diez. No alcancé ni a dejar el bolso en el casillero cuando Selene me llamó desde la recepción.

—Ellie. Llegó esto para ti.

Un café. Grande, humeante, en un vaso negro de una cafetería que yo no conocía. Pegado a un costado, un papelito doblado.

Sin azúcar, con leche de avena. Como lo pides siempre. Desde hoy el café te lo mando yo. Nadie más. — D.

Nadie más.

Me quedé mirando esas dos palabras. Pensé en Bastian. En sus cafés de todas las mañanas, en sus chocolates. ¿Cómo sabía? ¿Cómo sabía que Bastian me traía café?

Claro que lo sabía. El hospital era suyo.

Debería haberlo tirado. Me lo tomé entero.

La mañana fue un infierno. Un accidente en la autopista trajo cuatro heridos de golpe. Un señor con una arritmia que no cedía. Una niña con fiebre alta y una madre que lloraba más que ella. Corrí de un piso a otro, de una sala a otra, sin tiempo ni para ir al baño. Firmé tantas cosas que perdí la cuenta.

Con el bolígrafo de oro. Cada vez.

A las once y media estaba en urgencias de cardiología, revisando el electro de un hombre de setenta años, cuando Noémie apareció en la puerta con cara de disculpa.

—Ellie. Tienes una paciente en ambulatorio.

—Que la vea el doctor Hant.

—Ya se lo ofrecí. —Hizo una mueca—. No quiere.

—¿Cómo que no quiere?

—Pidió que la atiendas tú. Por nombre. «La doctora Ellie Moreau», así, completo. Le dije que había otros médicos disponibles y me miró como si le hubiera ofrecido agua del grifo.

Rodé los ojos. Suspiré hondo, desde los pies.

—¿Qué tiene?

—Según ella, la presión alta.

—¿Según ella?

—Ya verás.

Terminé con el señor del electro. Le ajusté la medicación, le expliqué a su hija lo que iba a pasar, dejé indicaciones a la enfermera de turno. Recién entonces bajé a urgencias ambulatorias, con el estetoscopio colgando del cuello y el estómago vacío protestando.

Noémie me esperaba en el pasillo, frente al box cuatro.

Corrí la cortina.

Sentada en la camilla, con la espalda recta había una mujer de unos sesenta años. Elegante. Muy elegante. Traje de color crema, un collar de perlas, el pelo rubio recogido sin un solo cabello fuera de lugar. Las uñas pintadas de un rosa pálido, perfectas. Un bolso sobre las rodillas que seguramente costaba lo mismo que mi alquiler de un año.

Se le notaba el dinero hasta en las uñas.

En un box de urgencias ambulatorias de un hospital universitario, con la cortina de plástico parecía un cuadro colgado en el lugar equivocado.

—Buenos días —saludé—. Soy la doctora Moreau.

Ella levantó la vista. Me miró. De arriba abajo, igual que se mira un vestido en una vitrina.

—Oh, encantada.

Me senté en el taburete frente a ella y tomé la tablilla.

—¿Cuál es su nombre?

—Lucrecia.

Esperé. No agregó nada.

—¿Lucrecia…?

—Lucrecia está bien, querida.

Algo en su cara me resultaba conocido. No sabía qué. La forma de la barbilla, quizás. O la manera de mirar, tan directa, sin pedir permiso. Me quedé un segundo más de lo necesario mirándola, y ella sostuvo mi mirada sin pestañear.

—¿Nos conocemos? —pregunté.

—No lo creo.

—Me resulta familiar.

—Tengo una cara muy común.

No la tenía. No tenía nada común.

—Bueno. —Aclaré la garganta—. Cuénteme qué le pasa.

—La presión. —Se llevó una mano al pecho, con un gesto casi de teatro—. Esta mañana me sentí mareada. Un poco de dolor de cabeza. Palpitaciones. Mi médico dice que tengo que cuidarme mucho, que el estrés me hace daño. Y yo tengo tantas cosas en la cabeza, querida. Tantas.

—¿Toma alguna medicación?

—Algo para el colesterol.

—¿Está en tratamiento con algún cardiólogo?

—Con varios. —Agitó la mano—. Ninguno me escucha.

Le puse el tensiómetro en el brazo. Tenía la piel suave, perfumada, con un olor a flores caras. Inflé el manguito. Me puse el estetoscopio y me incliné para escuchar.

Mientras contaba, la sentí mirarme. Muy cerca. Tan cerca que veía mis pestañas, seguro. Y entonces la escuché susurrar algo, casi para sí misma.

—Eres bonita.

Levanté la cabeza.

—¿Perdón?

Ella parpadeó. Sonrió, suave, como quien sonríe a un niño que preguntó algo tonto.

—No, nada. —Se acomodó una perla del collar—. Me dijeron que eras buena doctora.

—¿Quién le dijo?

—Por ahí. La gente habla.

Solté el manguito despacio. Anoté el número.

Trece sobre ocho. Perfecta. Mejor que la mía, seguramente, después de la noche que había tenido.

Le escuché el corazón. Rítmico, tranquilo. Le miré las pupilas. Le pregunté por el mareo, por el dolor de cabeza, por la última comida. Todo normal. Una mujer de sesenta años más sana que la mitad del personal de este hospital.

—Señora Lucrecia, su presión está bien. Muy bien, de hecho.

—¿Seguro? —Frunció el ceño—. Porque esta mañana…

—Pudo ser algo momentáneo. Un poco de nervios. ¿Pasó algo que la preocupara?

Ella me miró otra vez, permaneciendo callada. Tenía los ojos claros azules.

—Sí —respondió al fin—. Algo me preocupa mucho. Pero ya se me está pasando.

No supe qué contestar a eso. Le hice algunas recomendaciones de rutina. Menos sal, caminar un poco, controlar la presión en casa por una semana. Ella asentía a todo sin escuchar nada, con los ojos fijos en mi cara.

Cuando terminé, se bajó de la camilla con una agilidad que no tenía ninguna paciente mareada. Se acomodó el saco. Tomó el bolso.

—Gracias, doctora Moreau. —Me tendió la mano. La estreché. Me la apretó un poco más de lo normal—. Eres muy amable.

—Es mi trabajo.

—Por supuesto.

Se miró el reloj. Luego me miró a mí por última vez, como si quisiera guardarse mi cara.

—Nos vemos pronto.

—Espero que no —solté sin pensar—. Quiero decir, espero que no necesite volver. Por su salud.

Soltó una risa corta, elegante, y corrió la cortina.

La vi alejarse por el pasillo. Varias enfermeras se dieron vuelta a mirarla. En la puerta de urgencias, un hombre de traje oscuro la esperaba. Le abrió la puerta.

Me quedé ahí, parada en medio del box, con la tablilla en la mano, mirando la puerta por donde se había ido.

Una mujer así no venía a un hospital público. Tenía médicos privados, clínicas privadas, seguramente un cardiólogo que iba a su casa. ¿Por qué venir aquí? ¿Por qué pedirme a mí? ¿Por qué esa forma de mirarme, como si me estuviera midiendo?

Eres bonita.

Nos vemos pronto.

—¿Y? —La voz de Noémie me hizo saltar—. ¿Qué tenía?

—Nada. Trece sobre ocho.

—Qué señora más rara. Me preguntó tres veces si tú estabas de turno. Tres. Y me preguntó si estabas casada.

Me giré a mirarla.

—¿Qué?

—Te lo juro. Le dije que no sabía. —Se encogió de hombros—. También preguntó si tenías novio.

—¿Y qué le dijiste?

—Que no. Pero que había un loco que te mandaba rosas.

—¡Noémie!

—¿Qué? Es verdad.

Me pasé la mano por la cara. Algo no encajaba. Algo me picaba en la nuca, como cuando un análisis sale raro y no sabes por qué.

A las ocho y media terminé el turno. Bastian me esperaba junto a los casilleros, con la chaqueta ya puesta y las llaves del auto girando en un dedo.

—Nada de excusas hoy, Moreau —anunció, señalándome—. Me debes una cena desde hace un mes.

—Estoy muerta.

—Por eso. Los muertos también comen.

—Eso no tiene ningún sentido médico.

—Tampoco lo tiene que no hayas comido nada desde el mediodía.

Rodé los ojos. Pero tenía hambre, y Bastian me miraba con esa sonrisa suya, tan tranquila, y después de un día como ese necesitaba algo tranquilo, no ese huracán llamado Dominik Lefevre.

—Está bien. Pero elijo yo.

—Como siempre.

Salimos juntos por la puerta principal. El aire de la noche estaba frío. Me subí el cuello del abrigo y, sin querer, miré hacia el estacionamiento.

A la izquierda. A la derecha. Hacia el lugar donde la otra noche había estado el BMW negro.

No había nada.

Solté el aire. No sabía si era alivio.

¿No quería encontrarlo?

¿O sí?

—¿Buscas a alguien? —preguntó Bastian, siguiendo mi mirada.

—No. —Me acomodé el bolso en el hombro, rápido—. A nadie. Vamos.

Me miró un segundo de más. No insistió. Bastian nunca insistía.

Me abrió la puerta de su auto, un Volkswagen viejo y azul, con el asiento del copiloto lleno de papeles que tuvo que tirar atrás de un manotazo.

—Perdón. Es mi oficina móvil.

—Es tu basurero móvil.

—Eso también.

Me reí. Me senté entre un envoltorio de chocolate y un libro de farmacología abierto por la mitad.

—¿Burger Rocco?

—No lo cambiaria por nada, tiene las mejores hamburguesas.

—Eso lo dices tú.

—Eso lo dice cualquiera que tenga paladar.

Rocco estaba en la plancha, como siempre. Cuando entramos levantó la espátula en el aire.

—¡Doctora! ¡Dos veces en una semana! —Miró a Bastian de arriba abajo. Luego me miró a mí. Luego otra vez a Bastian—. ¿Y usted, doctor? ¿Usted sí va a cenar, o también va a quedarse mirando cómo come la doctora?

Sentí la cara arder de golpe. Hasta las orejas.

Bastian frunció el ceño, confundido.

—¿Mirar? ¿Por qué iba a mirarla?

—Nada, nada. —Rocco me guiñó un ojo —. Cosas mías. ¿Lo de siempre, doctora?

—Una doble —murmuré, mirando el piso—. Solo una.

—¿Solo una? —Rocco se llevó la mano al pecho—. ¿Está enferma?

—Rocco, por favor.

Nos sentamos en la misma mesa del fondo. La misma. Me di cuenta cuando ya estaba sentada y no quise levantarme para no parecer loca. Bastian se sentó donde se había sentado Dominik. Tuve que parpadear para borrar la imagen.

—¿Qué fue eso? —preguntó Bastian, apoyándose en la mesa—. Lo de mirar.

—Nada. Rocco dice cosas raras. Es su personalidad.

—Ajá.

—En serio.

—Te pusiste roja, Ellie.

—Hace calor aquí adentro.

—Estamos a cinco grados.

—La plancha.

Me miró un momento largo. Después se rio, negando con la cabeza, y lo dejó pasar. Así era Bastian. Siempre lo dejaba pasar.

Las hamburguesas llegaron. Bastian pidió una simple con queso y se la comió en seis bocados, hablando con la boca llena de la vez que un paciente se escapó de la sala de psiquiatría disfrazado de enfermero y llegó hasta la cafetería antes de que alguien se diera cuenta.

—¡Tenía la cofia al revés! —lloraba de risa—. ¡Y nadie lo notó! ¡Le sirvieron un café!

Me reí tanto que me dolió el estómago. Tuve que taparme la boca para no escupir una papa. Él me imitó, poniendo la cara de la señora de la cafetería, y me reí más fuerte todavía. Rocco nos miraba desde la plancha, divertido.

Hablamos de todo. De la Dra. Rousseau y su manía con las gafas. Del doctor Fimn, que no conocía ni el ascensor del hospital. De la vez que a Bastian le vomitó un bebé encima en su primer día de residencia y tuvo que atender el resto del turno con una bata de maternidad rosada.

Era fácil. Todo con él era fácil.

Me sentía bien. Tranquila. Como cuando uno se pone un pijama viejo después de un día largo.

Pero en algún momento, entre una risa y otra, me descubrí mirando su mano sobre la mesa. Y no sentí nada. No sentí ese tirón en el estómago. No sentí las mariposas.

Bastian me hacía reír.

Dominik me hacía temblar.

No era lo mismo. Y me dio miedo darme cuenta de cuál de las dos cosas estaba buscando.

—¿En qué piensas? —me preguntó Bastian, de pronto serio.

—En nada.

—Mientes muy mal, Moreau.

—Pienso en que eres un buen amigo.

Algo se le apagó en los ojos. Apenas un segundo. Enseguida volvió a sonreír.

—El mejor —respondió, y le dio un trago largo a su gaseosa.

Me sentí culpable. No por él. Por mí. Porque sabía lo que él quería, y sabía que yo no podía dárselo. Pagamos a medias. Bastian insistió en pagar todo y yo le quité la billetera de la mano.

—A medias o me voy caminando.

—Eres imposible.

Me quedé quieta un segundo. Es usted imposible. Me lo dicen seguido.

—¿Ellie?

—Vamos —respondí, rápido, y salí primero.

El camino a mi casa fue corto. Bastian puso la radio en una estación de música vieja y cantó desafinando todo el trayecto. Yo me reí de él. Él se rio de sí mismo. Cuando frenó frente a mi edificio, se giró hacia mí en el asiento.

—Gracias por esta noche. —Lo decía en serio—. Hacía mucho que no te veía reír así.

—Yo también la pasé bien.

—Deberíamos hacerlo más seguido.

—Sí. —Abrí la puerta—. Como amigos.

Lo dije suave. Con cuidado. Pero lo dije. Él asintió, sin dejar de sonreír.

—Como amigos, claro. Buenas noches, Ellie.

—Buenas noches, Bastian.

Esperó a que entrara. Siempre esperaba. Escuché el motor de su Volkswagen alejarse mientras subía las escaleras.

Entré a mi apartamento. Dejé el bolso en la silla. Me saqué los zapatos a patadas en el pasillo. Caminé hasta mi habitación con los pies descalzos sobre el piso frío, desabrochándome el abrigo, pensando solo en la ducha y en la cama.

El teléfono vibró en el bolsillo.

Lo saqué. Un número que ya no era desconocido. Que ya tenía nombre.

El intenso.

Abrí el mensaje.

«No me gusta cómo te ríes con él. Tampoco que salgas a cenar con otro que no sea yo, eso merece un castigo, Doctora Moreau»

Me quedé quieta en medio de la habitación. Con el abrigo a medio sacar. Con el teléfono en la mano.

Sentí un nudo en el estómago. Uno duro, apretado, que me subió hasta la garganta.

¿Cómo sabía que me había reído?

¿Dónde estaba?

Fui hasta la ventana sin prender la luz. Corrí la cortina apenas, con dos dedos. La calle estaba vacía. Solo vi un gato cruzando.

Ni un auto negro. Ni un hombre recostado contra nada.

Pero él lo sabía. Sabía que me había reído. Sabía dónde había cenado con Bastian.

Solté la cortina como si quemara.

Me senté en el borde de la cama con el corazón golpeándome el pecho.

Escribí con los dedos temblando.

«No tienes derecho a decirme con quién salgo.»

No llegó ninguna respuesta por más que esperé, luego soltando un quejido apagué el teléfono. Lo dejé boca abajo en la mesa de luz.

Y me quedé despierta, en la oscuridad pensando en él. Solo en él.

Intenso y su segundo nombre posesivo. Dos para llevar por favor Rocco.