LNCrawler

10. Solo ella

Dime Tu Precio 18+ — booknet.com · All chapters

10. Solo ella

Dominik Lefevre

Llevaba cuarenta y tres días sin tocar a una mujer.

Los conté. No porque quisiera, sino porque mi cuerpo me lo recordaba cada noche. Cuarenta y tres días desde el infarto. Cuarenta y tres días desde que unos ojos color miel me miraron en esa vereda y me obligaron a seguir respirando.

Antes de eso, nunca había pasado más de una semana solo. Nunca lo había necesitado. Las mujeres llegaban, se quedaban una noche, se iban por la mañana o esa misma noche. Nadie esperaba nada más que mi polla y dinero, autos, joyas. Así funcionaba desde hacía cinco años. Desde Séverine.

Después de ella, ninguna mujer volvió a provocarme ganas de algo más. Ninguna. Ni siquiera de quedarme a desayunar.

Hasta ahora.

Pensé que sería fácil. Que Ellie iba a caer como caían todas. Unas flores, una cena, un poco de insistencia. Había esperado tenerla en mi cama a la segunda semana. Por eso no busqué a nadie más. Para qué. Ya venía ella.

Pero no vino.

Me rechazó las rosas. Me rechazó las cenas. Me llevó a comer hamburguesas para espantarme. Me hizo bailar tango. Me besó en medio de un salón y después me dijo, en la puerta de su edificio, que estaba perdiendo el tiempo.

Más de un mes detrás de ella. Y lo único que tenía era un beso.

Un beso que no me dejaba dormir.

Para las siete de la tarde estaba a punto de explotar. Tenía el cuerpo tenso, la cabeza llena de ella, las manos que no sabían dónde ponerse. Necesitaba sacármela de adentro. Aunque fuera una noche.

Así que hice lo que siempre hacía.

Llamé a Aurélie.

Modelo de veinticinco años. Piernas largas, pelo negro hasta la cintura, una boca que sabía exactamente qué hacer. De todas las mujeres que pasaban por mi vida, ella era la más exclusiva. La única que había llamado más de tres veces. Nunca preguntaba nada. Nunca pedía nada más que dinero. Llegaba, se iba, y a la mañana siguiente le llegaba algún obsequio en la puerta de su casa.

—Dominik —ronroneó al teléfono—. Pensé que te habías muerto.

—Casi.

—¿En serio?

—Te espero en el de Champel. A las nueve.

—Ahí estaré.

El departamento de Champel era uno de los tres que tenía para eso. Para esas noches. Muebles caros, sábanas de seda, una vista linda, nada personal. Ni una foto. Ni un libro. Nada que dijera quién era yo.

A mi penthouse no llevaba a nadie, nunca. Ese lugar era mío. Mi santuario. Ninguna mujer había pisado esa alfombra desde que lo compré. Ni siquiera Séverine, porque cuando lo compré, ella ya se había ido.

Aurélie llegó a las nueve y cinco, con un vestido rojo pegado al cuerpo y un abrigo de piel sobre los hombros. Lo dejó caer al piso en cuanto cerré la puerta.

—Te extrañé —susurró, enredándome los brazos al cuello.

No contesté. Solo la besé.

La besé como siempre la besaba. Fuerte y rápido, con prisa. Ella me respondió igual, me empujó contra la pared, me desabrochó la camisa. Sentí sus uñas largas bajando por mi pecho. Por la cicatriz pequeña que me había dejado el cateterismo.

Me aparté un poco.

—¿Qué es eso? —preguntó, tocándola.

—Nada.

—¿Te operaron?

—Aurélie. No viniste a hablar.

Sonrió y se bajó el cierre del vestido y lo dejó caer.

Ahí estaba. El cuerpo que antes me encendía en dos segundos. Perfecto, trabajado y bronceado hasta el último centímetro. Lo miré y no pasó nada.

La volví a besar. Le recorrí la espalda con las manos. La llevé a la cama. Esperé que mi cuerpo hiciera lo que siempre hacía. Lo que había hecho cien veces, con ella, con otras, sin pensar.

Nada.

Le miré la cara, tenía las pestañas postizas, los labios hinchados que no era natural. El perfume, demasiado fuerte que me sofocaba. Todo me pareció de plástico. Y sin querer, pensé en otra boca. Una boca con mostaza en la comisura. Una risa fuerte sin censura. Un pañuelo azul cayendo al suelo. Unos dedos agarrados de mi camisa porque le temblaban las piernas.

Me senté en el borde de la cama.

Aurélie se incorporó sobre un codo.

—¿Qué te pasa?

—Nada.

—Dominik. —Se acercó por detrás, me pasó la mano por el hombro—. Eso no es nada. Eso es… nunca te había pasado.

—Estoy cansado.

—¿Cansado?

—Estrés, el trabajo. Tuve un mes difícil.

—Ah. —Me besó la nuca—. Déjame ayudarte.

Me levanté antes de que pudiera seguir. Fui hasta la ventana. Me abroché la camisa botón por botón, mirando las luces de la ciudad.

No podía ser.

No podía ser que mi propio cuerpo se negara a estar con otra mujer. No podía ser que fuera por ella. Por una doctora que comía hamburguesas con las manos y dormía con calcetines distintos. Que ni siquiera me había dejado tocarla más allá de un beso.

Bajé la vista.

—Maldito hijo de perra traicionero —murmuré entre dientes.

—¿Qué dijiste?

—Nada.

El teléfono vibró en mi bolsillo. Lo tomé sin mirar, era Luka.

—Señor.

—¿Qué pasa?

—La doctora salió del hospital hace media hora. —Una pausa—. No salió sola.

Me quedé quieto.

—¿Con quién?

—Con el doctor Fleming, fueron a cenar.

Fleming. Bastian Fleming. El de los cafés, el de los chocolates, el que la miraba en la cafetería como un perro mira la puerta esperando a su dueño.

—¿A dónde?

—A la hamburguesería, la de la otra noche.

Algo se me revolvio en el estomago. Algo caliente que me subió hasta la cara. La misma hamburguesería. La misma mesa, seguro, donde le limpié los labios.

Ahora estaba ahí con él.

—Te envío algo —agregó Luka.

Me llegó un video corto. Grabado desde afuera, a través del vidrio sucio del local. Se veía la mesa del fondo. Se veía a Fleming, hablando con las manos, haciendo una cara ridícula. Y se la veía a ella.

Riéndose.

Echando la cabeza hacia atrás. Tapándose la boca con la mano. Riéndose con todo el cuerpo, con los ojos cerrados, como no se había reído nunca conmigo.

Lo vi una vez, dos, tres veces.

Apreté el teléfono hasta que me crujieron los dedos.

—Síguelos —le ordené a Luka —. Cuando salgan de ahí, quiero saber a dónde van. Si él la lleva a su casa, quiero saber cuánto tiempo se queda. Si sube, quiero saberlo. Si la toca, quiero saberlo.

—Señor…

—¿Escuchaste lo que te dije?

—Sí, señor.

—Y que no te vea. Ninguno de los dos.

Colgué.

Aurélie me miraba desde la cama cara de no entender nada.

—¿Quién es? —preguntó.

—Nadie.

—No pareces alguien que habla de nadie.

La miré mal y ella se calló.

Busqué su vestido en el piso y se lo dejé sobre la cama y le alcancé el abrigo de piel.

—Vístete. Te llevo a tu casa.

—¿Ahora?

—Tengo cosas que hacer.

—¿Me llamaste para coger y resulta que ahora tienes algo que hacer?

—Aurélie.

Suspiró hondo y se levantó para vestirse en silencio, despacio y parecía ofendida. Yo esperé junto a la puerta con las llaves en la mano. En el ascensor no dijo nada, en el auto tampoco. Cuando frené frente a su edificio, se quedó un momento con la mano en la manija.

—Es una mujer, ¿verdad?

No contesté.

—Buenas noches, Aurélie. Te llamo en otra ocasión.

—Mándame un auto nuevo—respondió, bajándose—. Por hacerme perder el tiempo.

Cerró la puerta de un golpe.

Manejé sin rumbo. No tenía nada que hacer. Era mentira. Lo único que tenía era a ella metida en la cabeza, riéndose en ese video, con otro.

Paré en un semáforo y lo volví a ver.

¿Qué tenía ese tipo que no tuviera yo? Un sueldo de médico que yo lo gano en media hora. Chistes malos.

Y aun así ella se reía con él.

Conmigo no se reía así. Conmigo se ponía roja. Conmigo temblaba. Conmigo apretaba los labios y fruncía el ceño y me miraba como si yo fuera un peligro.

Tal vez lo era.

¿Qué más tenía que hacer? Le había comprado un hospital para que ella no se fuera. Le había mandado rosas hasta que no le quedó dónde ponerlas. Le regalé un bolígrafo con su nombre. Hice el ridículo en pilates. Le bailé tango. La besé.

Y ella seguía diciéndome que no.

Cualquier otra ya estaría en mi cama. Cualquier otra ya habría caído hace semanas.

Pero ella no era cualquier otra.

Y yo lo sabía desde el primer día. Por eso estaba así. Por eso mi cuerpo no respondía a nadie más.

El teléfono vibró de nuevo.

«Salieron. Él la llevó a su casa, bajó del auto y ella subió sola. Él se fue.»

Solté el aire. No me había dado cuenta de que lo estaba aguantando.

No subió.

Pero ella se había reído con él. Y eso me quemaba más que cualquier otra cosa.

Le escribí sin pensar.

«No me gusta cómo te ríes con él. Tampoco que salgas a cenar con otro que no sea yo, eso merece un castigo Doctora Moreau.»

Su respuesta tardó.

«No tienes derecho a decirme con quién salgo.»

Me quedé mirando la pantalla. Tenía razón. No tenía ningún derecho. Ni uno.

Todavía.

El semáforo se puso en verde. Los de atrás tocaron bocina, pero aun así me moví.

Me quedé ahí, con las manos en el volante porque lo único que quería hacer era zurrar ese culo por torturarme así, por ponerme así, por llevarme la contraria y porque tenía razón, no tenía ningún derecho sobre ella.

Todavia.