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1. Lo que deseo lo obtengo

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1. Lo que deseo lo obtengo

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Ellie Moreau

Ginebra - Suiza

Siete años. Siete largos años lejos de mi familia para cumplir mi sueño. Cuando terminé la escuela de medicina con honores, jamás imaginé que mi camino me llevaría hasta Suiza, a más de seis mil kilómetros de los que amo, haciendo lo que me apasiona: salvar vidas.

Ya van diez meses desde que comencé mi residencia en el Hospital Universitario Saint-Bernard en Ginebra. Diez meses de guardias interminables, de aprendizaje constante, de caer exhausta en mi pequeño apartamento solo para volver a empezar al día siguiente. Y no lo cambiaría por nada.

Hoy el cielo suizo brillaba con ese azul imposible que todavía me sorprende. Caminaba hacia el hospital para mi turno de 48 horas que comenzaba a la una de la tarde, con un café recién comprado en la mano y el teléfono en la oreja. La voz familiar de Juliette, mi hermana mayor, me traía pedacitos de Manhattan hasta Ginebra.

—Los niños preguntan por ti todos los días, Ellie —me decía con ese tono que usaba desde que era pequeña, mitad reproche, mitad adoración. Ella siempre fue como una madre para mí, la amo tanto, todo se lo debo a ella, a mi Juls —. Y Danilo está planeando una barbacoa épica para su cumpleaños. Dice que su pequeña doctora debería estar presente.

Sonreí mientras daba un sorbo a mi café. Danilo, el esposo de mi hermana, había sido más padre para mí que mi propio padre biológico. Siempre apoyándome, siempre creyendo en mí. Sin Danilo venir hasta Suiza a cumplir mi sueño no hubiera sido posible. Danilo se encargó de pagar toda mi carrera, nunca jamás me hizo faltar nada estando aquí. Tenía, es más tengo una tarjeta bancaria la cual puedo disponer para todo lo que yo necesite. Lo uso siempre para mis gastos, pagar mi departamento. Pero jamás abusé y no lo haré. Apenas termine mi residencia y pueda ejercer mi profesión y ganar dinero se lo devolveré todo, aunque él siempre echa una carcajada cuando le digo eso. Sé que Danilo tiene tanto dinero que para él lo que me da no significa nada, pero me siento en deuda con él y con mi hermana. De alguna manera se los voy a retribuir todo lo que me han dado.

—No prometo nada, hermana —le respondí, esquivando a un grupo de turistas que fotografiaban todo a su paso—. Con mi residencia, no sé si mi jefa me dará permiso.

Escuché a Juliette quejarse al otro lado de la línea, algo sobre que trabajaba demasiado, que la vida no era solo medicina, que me estaba perdiendo momentos importantes… las mismas preocupaciones de siempre. Reí suavemente mientras cruzaba la calle.

—Jules, sabes que lo intenta…

Mis palabras quedaron suspendidas en el aire. A unos metros de mí, un grupo de personas se aglomeraba en la acera. Un hombre gritaba desesperado: “¡Un médico! ¡Ayuda, un médico!”

Sin pensarlo, sin colgar, metí el teléfono en el bolsillo de mi abrigo. El café cayó olvidado en alguna parte mientras mis piernas se movían por instinto.

—¡Abran paso! ¡Soy médico! ¡Abran paso! —grité, empujando entre la multitud.

En el centro del círculo de curiosos, un hombre de unos treinta años yacía en el suelo. Traje caro, piel pálida y sudorosa, una mano aferrada al pecho. Reconocí los signos inmediatamente. “Infarto”

Me arrodillé junto a él, comprobando sus constantes vitales. Pulso débil e irregular. Respiración entrecortada.

—Señor, soy la Dra. Moreau —le dije, manteniendo la voz suave mientras aflojaba su corbata—. Está teniendo un infarto. Voy a ayudarlo, pero necesito que intente mantener la calma.

Sus ojos, llenos de pánico, se fijaron en los míos. Asintió levemente.

Con tecnicas que había practicado mil veces, lo coloqué en posición adecuada y comencé las maniobras de primeros auxilios. Saqué el teléfono y colgué la llamada con Juliette para marcar emergencias. Mientras explicaba la situación al operador, seguía vigilando al paciente, hablándole, manteniéndolo consciente.

—Quédese conmigo —le repetía—. Respire conmigo. La ayuda viene en camino.

Un hombre vestido de negro, que se identificó como su chófer, se acercó temblando.

—Es el Sr. Lefevre —me informó—. Por favor, sálvelo.

No le respondí. Toda mi atención estaba en el paciente, en contar los segundos, en mantener su corazón funcionando hasta que llegara la ambulancia.

Cuando finalmente escuché las sirenas, sentí un alivio momentáneo. Los paramédicos llegaron y rápidamente les puse al tanto de la situación.

—Voy con ustedes —les dije, y no era una pregunta sino como una afirmación, mientras subían al Sr. Lefevre a la camilla.

El chófer intervino:

—A la Clínica Prairie Clinic, por favor. Es privada, él es paciente allí.

Durante el trayecto en ambulancia, mantuve la calma exterior que me habían enseñado en la facultad, aunque por dentro mi corazón latía casi tan erráticamente como el del Sr. Lefevre. El hombre no me soltaba la mano, la apretaba fuerte y mu pulso se aceleraba. No era la primera vez, esto no era nuevo para mí, pero por algún motivo estaba muy nerviosa y no quería que este hombre muriera.

Al llegar a la clínica privada, un equipo médico nos esperaba en la entrada. Corrimos por pasillos impecables hasta llegar a urgencias. Mientras trasladaban al paciente, me acerqué a uno de los médicos.

—Posible infarto de miocardio —le expliqué rápidamente—. Encontré al paciente en la vía pública, inicié RCP básica y monitoreé sus signos vitales en la ambulancia. Soy la doctora Ellie Moreau, residente en Saint-Bernard.

El médico asintió, estrechando brevemente mi mano.

—Gracias, colega. Nos encargaremos desde aquí.

Y con eso, el Sr. Lefevre desapareció tras las puertas de urgencias.

Me quedé allí, de pie, con la adrenalina aun corriendo por mis venas. Sentía algo extraño en el pecho, preocupación, pero tambien la satisfacción de haber actuado correctamente. No podía apartar la mirada de aquellas puertas batientes.

Mi teléfono comenzó a vibrar insistentemente en mi bolsillo. Al sacarlo, vi el nombre de Juliette en la pantalla. Casi había olvidado nuestra conversación interrumpida.

—¡Ellie! ¡Por Dios! ¿Estás bien? —sonaba alarmada—. De repente dejaste de hablar y luego colgaste y no contestabas…

—Lo siento, Jules —respondí, pasándome una mano por el cabello despeinado—. Un hombre tuvo un infarto frente a mí en la calle. Tuve que atenderlo, llegó la ambulancia y… bueno, acabo de dejarlo en una clínica privada.

Hubo un breve silencio al otro lado de la línea.

—Mi heroína de siempre… ¿Está bien el hombre?

—Eso espero —respondí, mirando nuevamente hacia las puertas de urgencias—. Hice todo lo que pude.

Mientras me alejaba lentamente de la clínica, con el teléfono aún en la oreja y la voz de mi hermana recordándome que tenía un hogar al otro lado del océano, supe que estaba exactamente donde debía estar. Aquí, en Suiza, salvando vidas, había encontrado mi camino.

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Dominik Lefevre.

Nunca me siento primero. Esa es una regla que no está escrita en ningún manual de negocios, pero que aprendí antes de cumplir veinticinco años: el que se sienta último, controla la sala. Así que dejé que los tres hombres de Tokio ocuparan sus lugares en la mesa de mi oficina en Ginebra, dejé que acomodaran sus carpetas, sus teléfonos, sus gestos de cortesía y solo entonces caminé hasta mi silla y me senté.

—Señor Lefevre —comenzó Hiroshi Tanaka, el que hablaba por los otros dos, aunque no el que decidía. Eso también lo sabía—. Agradecemos que nos reciba personalmente.

—No hago excepciones para negocios de doscientos millones de dólares —respondí—. Los hago para negocios de mil millones.

Tanaka sonrió, incómodo. El hombre a su derecha, Watanabe, el verdadero dueño del capital, no sonrió en absoluto. Ese era el que me interesaba.

Puse sobre la mesa una sola hoja. Ni carpeta, ni presentación, ni gráficos. Una hoja.

—Aquí está mi oferta. La misma que les envié hace tres semanas. No ha cambiado ni un dólar.

—Señor Lefevre, entendemos su posición, pero el consorcio necesita ajustar los términos de participación. Un cuarenta y cinco por ciento para su grupo es…

—Es generoso —lo interrumpí—. Y lo saben, o no estarían aquí, en mi ciudad, en mi oficina, con vuelos de catorce horas encima.

Silencio. El silencio es un arma que casi nadie sabe usar, porque casi nadie soporta estar dentro de él. La gente lo llena con palabras, con explicaciones, con debilidad. Yo aprendí a vivir ahí dentro, cómodo, mientras el otro se hunde.

Watanabe fue el primero en moverse, aunque no habló. Sacó su teléfono, revisó algo, lo guardó de nuevo. Un gesto pequeño. Un hombre nervioso finge no estarlo revisando el teléfono.

—El terreno en Ginza no es sencillo de conseguir —declaró en un francés cuidado que no esperaba de él—. Hay otros interesados.

—No hay otros interesados. —Abrí un cajón y saqué una segunda hoja, esta sí, con membrete de su propio banco en Osaka—. Hay un préstamo vencido de ciento veinte millones que su consorcio necesita refinanciar antes de fin de año, y solo tres entidades en el mundo están dispuestas a hacerlo en los términos que ustedes necesitan. Yo controlo dos de ellas.

Tanaka palideció. Watanabe no. Eso confirmó lo que ya sospechaba: Watanabe ya lo sabía, y había venido de todos modos, apostando a que yo no lo usaría. Se equivocó. Yo siempre uso todo lo que tengo.

—Esto no es una negociación honesta —expresó en voz baja.

—Esto es exactamente una negociación honesta. —Me incliné hacia adelante—. Les estoy diciendo, con total transparencia, qué cartas tengo. La deshonestidad sería dejarlos creer que tienen opciones que no tienen.

Alguien menos entrenado se hubiera levantado de la mesa en ese momento, por orgullo, por dignidad. Watanabe no lo hizo. Se quedó ahí, midiéndome, y en sus ojos reconocí algo que veo pocas veces: un hombre que entiende que acaba de perder, y que decide perder con elegancia en lugar de perder dos veces.

—Cuarenta y cinco por ciento —repitió, despacio—, y ¿qué obtenemos nosotros a cambio de renunciar a diez puntos más de lo que planeábamos ceder?

Ahí estaba. La verdadera pregunta, después de veinte minutos de teatro necesario.

—Mi nombre en la fachada del hotel más alto de Ginza. —Saqué del bolsillo interior de mi chaqueta una piedra pequeña, envuelta en tela negra, y la deposité sobre la mesa sin abrirla—. Y un diamante de once quilates, color D, pureza interna sin inclusiones visibles ni siquiera bajo lupa de diez aumentos, para que su esposa lo use en la inauguración y toda Tokio hable de que Watanabe cerró trato con Lefevre. Eso vale más de lo que están perdiendo en el porcentaje. El prestigio no se refinancia en un banco. Se construye en momentos como este.

Fue Tanaka quien tomó la piedra, la desenvolvió, la sostuvo contra la luz. La ambición brilló en su cara con más fuerza que el diamante. Watanabe, en cambio, seguía mirándome a mí. Entendía que el diamante no era el regalo. El regalo era que yo hubiera sabido, con meses de anticipación, exactamente qué necesitaría ofrecerle para que aceptara perder con orgullo.

—Cuarenta y cinco por ciento —dijo Watanabe finalmente, extendiendo la mano—. Trato hecho, señor Lefevre.

Le estreché la mano. Firme, breve, sin formalismos innecesarios. Los negocios no se sellan con afecto, se sellan con respeto, y el respeto solo nace del miedo bien administrado.

Firmaron los documentos veinte minutos después, mientras yo observaba de pie junto a la ventana, la ciudad de Ginebra extendida abajo como si también me perteneciera. En cierto modo, cada trato como este la hacía un poco más mía.

Cuando se fueron, Luka apareció en la puerta con mi abrigo.

—¿Cómo salió, señor?

—Como siempre sale. —Me puse el abrigo—. Ellos creyeron que venían a negociar. Yo ya había decidido el resultado antes de que aterrizara su avión. Y todo lo que yo deseo, lo obtengo a cualquier precio, porque Luka, todos tienen un precio.

Bajé de mi oficina en el ultimo piso del edificio, crucé el umbral de las puertas de cristal apenas ni unos cuantos pasos dirigiendome detras de Luka hacia mi auto cuando sentí el dolor, fue como un relámpago que atravesó mi pecho. Bajé del edificio. Un segundo estaba caminando hacia mi auto después de la reunión con los inversionistas, sintiéndome satisfecho por haber cerrado otro trato, y al siguiente, sentí como si un puño invisible estrujara mi corazón. Intenté respirar, pero el aire no llegaba a mis pulmones. El dolor se extendió hacia mi espalda, y luego, como un cuchillo al rojo vivo, bajó por mi brazo izquierdo.

—No… ahora no —pensé mientras mis rodillas cedían bajo mi peso, no caí al suelo porqué Luka me sostuvo. —¡Señor! —exclamó.

Adrian me lo había advertido. Mi hermano menor, siempre preocupado por mi salud, repitiendo como un disco rayado: «Dominik, el trabajo no lo es todo. Necesitas descansar, cuidar tu corazón» Pero yo nunca escuché. ¿Para qué? El trabajo era mi vida, mi identidad. Sin él, ¿quién era yo?

Lo último que recuerdo fue un rostro, unos ojos intensos que me miraban mientras unas manos presionaban mi pecho con ritmo constante.

Y luego, el sonido de la ambulancia, un rostro, unos ojos, unas manos suaves que sujetaban mi mano y luego oscuridad.

Dos días después

El pitido incesante de las máquinas fue lo primero que escuché. Abrí los ojos lentamente, la luz blanca del techo me cegó por un momento. Sentía la boca seca, como si hubiera tragado arena. Giré la cabeza ligeramente y vi dos figuras en batas blancas al pie de mi cama, hablando en voz baja.

—Los valores están estabilizándose, pero necesitará seguimiento constante —decía una voz que no reconocí.

—Conozco a este testarudo desde hace quince años —respondió otra voz, esta sí familiar—. Si sobrevive a esto y no cambia sus hábitos, no llegará a los cincuenta.

Intenté hablar, pero solo salió un gemido ronco. Ambos médicos se volvieron hacia mí, y reconocí el rostro del Dr. Gabriel Mercier, mi médico de cabecera desde que me mudé a Bruselas. Sus ojos, detrás de sus gafas de montura fina, se iluminaron con alivio.

—¡Dominik! Bienvenido de vuelta al mundo de los vivos —dijo acercándose a mi lado y ajustando algo en el gotero—. Nos has dado un susto de muerte.

—¿Qué… pasó? —logré articular.

El Dr. Mercier me miró con alivio y luego con reproche.

—Lo que pasó, mi querido amigo, es exactamente lo que te he estado advirtiendo durante los últimos tres años. Infarto agudo de miocardio. Tu corazón literalmente se rebeló contra tu estilo de vida.

Intenté incorporarme, pero un dolor agudo me lo impidió.

—Quieto —me ordenó—. Has estado inconsciente dos días. La operación fue un éxito, pero necesitas reposo absoluto.

—¿Operación?

—Angioplastia coronaria. Tenías una arteria completamente bloqueada. De no ser por la rápida intervención, no estaríamos teniendo esta conversación.

Un recuerdo borroso cruzó mi mente. Unos ojos. Una voz suave.

—Tuviste suerte, Dominik —continuó el Dr. Mercier mientras revisaba los monitores—. Si esa joven doctora no hubiera estado allí, si no hubiera actuado tan rápido… bueno, digamos que los ángeles de la guarda existen, y el tuyo pasaba por ahí.

Mientras él seguía hablando sobre los cambios drásticos que tendría que hacer en mi vida, sobre dietas, ejercicio y reducción del estrés, mi mente solo podía concentrarse en ese rostro borroso que recordaba vagamente.

—Un ángel —susurré interrumpiéndolo.

El Dr. Mercier se detuvo y me miró confundido.

—¿Qué dijiste?

—¿Quién es ella? —pregunté, ignorando su confusión.

—¿Oíste algo de lo que te dije, Dominik? —preguntó con exasperación.

Negué lentamente con la cabeza.

—Quiero saber quién es la mujer que me salvó.

El Dr. Mercier suspiró profundamente, pero una pequeña sonrisa apareció en su rostro.

—Se llama Ellie Moreau, es médico residente del hospital Saint-Bernard —respondió sin remedio—. Pero, Dominik, la próxima vez, dudo que alguien pueda salvarte si sigues así.

“Ellie Moreau”, repetí su nombre en mi mente mientras cerraba los ojos, intentando recordar con más claridad su rostro. Por primera vez en años, algo más allá del trabajo ocupaba mis pensamientos.