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2. Nuevo dueño

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2. Nuevo dueño

Ellie Moreau

Había pasado una semana desde aquel día. Una semana en la que no pude sacarme de la cabeza aquellos ojos azules que me miraron con desesperación mientras yo presionaba su pecho con todas mis fuerzas. Una semana preguntándome si aquel hombre, Lefevre, habría sobrevivido.

Las probabilidades estaban a su favor. Llegamos rápido al hospital, la ambulancia tardó apenas siete minutos, y yo no dejé de realizar la reanimación cardiopulmonar ni un segundo. Pero en medicina, las certezas absolutas no existen.

Ese pensamiento ocupaba la mitad de mi mente, mientras la otra mitad se debatía con la noticia que la Dra. Rousseau me había dado esa mañana: me trasladarían a Lugano para hacer residencia allí por un año. El Hospital Universitario de Lugano era excelente, no podía negarlo, pero dejar Bruselas, aunque fuera temporalmente, no me entusiasmaba. Pero esa era mi vida ahora, me iba donde me necesitaban.

—Solo será un año, Ellie —me había dicho la Dra. Claire Rousseau con esa sonrisa que siempre me tranquilizaba—. Eres excelente, tienes un futuro brillante. El director del hospital te quiere en su plantel de médicos. Al volver del Lugano podrás formar parte de nuestro equipo y seguir con tu especialización.

Sus palabras deberían haberme animado, pero mientras me sentaba en el banco del jardín del hospital, con mi café ya frío entre las manos, no podía evitar sentir cierta melancolía.

—¿Pensando en el significado de la vida, Moreau? —La voz de Bastian me sacó de mi ensimismamiento.

Levanté la vista para encontrarme con sus ojos verdes y esa sonrisa que iluminaba todo el hospital Saint-Bernad. El Dr. Bastian Fleming extendió su mano y me ofreció un pequeño chocolate envuelto en papel dorado.

—Para alegrar tu día —dijo mientras se sentaba a mi lado.

—Gracias —respondí, tomando el dulce—. Lo necesito.

—¿Es por lo de Lugano? —preguntó, mirando hacia el edificio del hospital—. Todo el mundo está hablando de ello.

—Las noticias vuelan —suspiré, desenvolviendo el chocolate—. Sí, me voy al terminar el mes.

Bastian guardó silencio por un momento, y luego soltó una risa sin humor.

—¿Sabes? Serán los doce meses más largos de mi vida —confesó, mirando sus manos—. Una verdadera tortura sin ti por aquí.

—No exageres —le di un pequeño empujón con mi hombro—. Apenas notarás mi ausencia. Tendrás tantas emergencias que cuando quieras darte cuenta, ya estaré de regreso. Y vendrán nuevas residentes a ocupar mi lugar.

—Te equivocas, Ellie —su voz se volvió seria de repente—. Notaré cada minuto. ¿Quién me traerá café cuando tengamos guardia? ¿Quién me regañará cuando me olvide de actualizar los expedientes? ¿Quién se reirá de mis chistes malos?

—Bastian…

—Lo sé, lo sé —me interrumpió, recuperando su sonrisa, —. Soy patético. Pero es la verdad. Este lugar no será lo mismo sin ti.

Siempre había sabido que yo le gustaba a Bastian. Sus indirectas eran cada vez menos indirectas, pero nunca me había presionado, nunca había cruzado esa línea que separaba la amistad de algo más. Y yo se lo agradecía, porque, aunque lo apreciaba enormemente, no podía corresponderle. Le tenia un afecto fraternal.

El resto del día transcurrió en una nebulosa de consultas, análisis y rondas. Cuando por fin terminé mi turno, la curiosidad pudo más que yo. Marqué el numero de la clínica privada Prairie Clinic

—Oh, el Sr. Lefevre fue dado de alta ayer —me informó la recepcionista—. Afortunadamente, se recuperó muy bien.

Una sonrisa de alivio se dibujó en mi rostro. Había sobrevivido. Mi intervención había valido la pena. Con ese pensamiento reconfortante, volví a casa, sintiéndome un poco más ligera.

Dos días después, mientras me preparaba para mi turno, una enfermera entró en el vestidor con un enorme ramo de rosas rojas.

—Dra. Moreau, esto es para usted —dijo, extendiendo el ramo hacia mí.

Lo tomé, confundida, buscando una tarjeta. La encontré entre los tallos:

“Para mi ángel”, decía simplemente. Sin firma.

Ese fue solo el primero. Durante la siguiente semana, llegaron ramos similares, todos con mensajes breves y enigmáticos, todos sin firmar.

“Gracias por darme una segunda oportunidad”, “Mi corazón late por ti, literalmente”, “Cada latido te lo debo a ti”.

El misterio me intrigaba y, debo admitirlo, me halagaba. Pero también me inquietaba. ¿Quién podía ser? Aunque una idea cruzaba mi mente y solo sonreía negando para borrar esa idea de mi mente.

La respuesta llegó una noche, cuando salía del hospital. Un hombre de traje se acercó a mí. Lo reconocí de inmediato: el chófer que acompañaba al Sr. Lefevre el día de su infarto.

—Dra. Moreau —me saludó con una leve inclinación—. El Sr. Lefevre desea hablar con usted, para agradecerle personalmente. Si pudiera acompañarme…

—Lo siento, pero no —respondí firmemente—. Agradezco su intención, pero no iré a ningún lado. Dígale al Sr. Lefevre que acepto su agradecimiento, pero que no es necesario más que eso. Es mi deber como médico ayudar y salvar a las personas.

El hombre asintió, respetuoso, y se marchó sin insistir.

Al día siguiente, llegó otro ramo, el más grande hasta ahora. Esta vez, la tarjeta era más explícita: “Dominik Lefevre” y un número de teléfono, seguido de “Por favor, llámame”. Mi corazón dio un vuelco confirmando que definitivamente no estaba tan errada de mis pensamientos y si, era el hombre que había salvado.

Pero no llamé. No porque no sintiera curiosidad, sino porque algo en toda esta situación me parecía… excesivo. Nadie envía veinte ramos de rosas a una médica por hacer su trabajo.

Bastian, por su parte, no ocultaba su molestia cada vez que llegaba un nuevo ramo.

—Parece que tienes un admirador bastante persistente —comentó en tono ácido mientras yo recibía otro arreglo floral.

—Es solo un paciente agradecido —respondí, intentando restarle importancia.

—Claro, porque todos los pacientes agradecidos convierten el hospital en una floristería —replicó con sarcasmo.

Tres semanas después…

Nada seguía igual. Dormía mal, sobresaltada por cualquier ramo de flores que veía en un escaparate. Revisaba el teléfono más veces de las que quería admitir sin saber por qué. Y en dos días más debía presentarme en el Hospital Universitario de Lugano para comenzar mi residencia, lejos de Ginebra, lejos de todo lo que había pasado.

Estaba guardando mis cosas del casillero cuando la Dra. Rousseau me interceptó en el pasillo.

—Ellie, ¿tienes un minuto? Necesito verte en mi oficina.

Algo en su tono, hizo que el estómago se me encogiera. La seguí en silencio hasta su despacho, y cerró la puerta detrás de nosotras con un cuidado que no era habitual en ella.

—Siéntate —me dijo, señalando la silla frente a su escritorio.

—Me está asustando, Dra. Rousseau.

—Tengo noticias. —Se acomodó las gafas, era un gesto que hacía siempre antes de decir algo importante—. El hospital ha sido comprado. Ha cambiado de dueño.

Parpadeé, sin entender del todo el peso de lo que eso significaba.

—¿Y eso qué significa para nosotros? —pregunté un tanto preocupada.

—Para ti, significa que ya no irás a Lugano —respondió, y sonrió—. De hecho, ya figuras en la nómina de médicos contratados. Felicidades, Ellie. Ya eres parte oficial del plantel médico de este hospital.

Me quedé sin palabras. Literalmente. Abrí la boca dos veces sin que saliera ningún sonido, intentando procesar lo que acababa de escuchar.

—¿Cómo…? —logré decir—. ¿Cómo es posible? Yo no pedí ningún traslado de vuelta, no hablé con nadie sobre esto.

—No lo sé —admitió la doctora, y por la forma en que evitó mi mirada un segundo, supe que no estaba siendo del todo sincera, o que quizás ella misma tampoco entendía—. El director solo me dijo que la orden vino de arriba. Que no había más datos que dar. Pero es oficial, está firmado, está en el sistema. Felicidades otra vez.

—Pero alguien tuvo que autorizarlo. Alguien tuvo que decidir que yo, específicamente, me quedara.

—Ellie. —La Dra. Rousseau se inclinó hacia adelante, y por un momento pareció que iba a decir algo más, algo que no estaba en su libreto—. Llevo veinte años en este hospital. He visto reestructuraciones, fusiones, cambios de directorio. Nunca, en veinte años, había visto que un nuevo propietario pidiera, por nombre, que se cancelara el traslado de una residente específica el mismo día en que se firmó la compra.

El silencio que siguió se sintió como una acusación.

—¿Está insinuando algo? —pregunté, aunque ya sabía, con una certeza que me heló la sangre, exactamente qué estaba insinuando.

—No insinúo nada. —Se enderezó, recuperando su tono de siempre—. Solo te digo que es inusual. Muy inusual. Y que si tienes alguna razón para sospechar por qué alguien haría eso, tal vez deberías pensarlo con calma.

—No tengo idea, doctora, si bien le he comentado a mi hermana, mi cuñado jamás haría eso.

Ella se encogió de hombros. —Podrías preguntar, tal vez ellos sepan. De cualquier forma, eso ya es irrelevante, me alegra que te quedes, en verdad, eres muy buena doctora, mejor que muchos médicos antiguos ya aquí, eres apasionada, te gusta lo que haces y eso vale mas que cualquier cosa.

Salí de esa oficina con las piernas temblando, no de miedo exactamente, sino de esa mezcla extraña entre indignación y halago. No quiero creer que Danilo haya comprado el hospital para que yo no me fuera de Ginebra, llamaré a Juliet para preguntarle. Luego un nombre me vino a la mente y un escalofrío recorrió mi cuerpo. Sacudí mi cabeza eliminando ese pensamiento de mi mente.

Encontré a Bastian en la cafetería, revolviendo un café que hacía rato debía estar frío.

—Te ves pálida —dijo apenas me vio, apartando una silla para mí—. ¿Pasó algo?

—No voy a Lugano.

Levantó las cejas, sorprendido.

—¿Y eso es malo?

—El hospital cambió de dueño. El nuevo dueño pidió, específicamente, que yo me quedara. —Me dejé caer en la silla—. Bastian, alguien está moviendo hilos que ni siquiera puedo ver.

Su expresión cambió.

—¿Los ramos de rosas? —preguntó, bajando la voz—. ¿El hombre que salvaste?

No respondí, pero mi silencio fue respuesta suficiente.

—Ellie. —Se inclinó hacia mí, y por primera vez en meses de trabajar juntos le vi una expresión que no reconocí—. Un hombre no compra un hospital entero por una mujer. Esto no es un capricho romántico, es obsesión. Deberías tener cuidado. —No puedes estar seguro que haya sido el, probablemente sea mi cuñado, ya que mi hermana estaba un poco preocupada por mi cambio de ciudad cuando se lo comenté.

—Bueno, llámala y pregúntale.

—Pero si no fue tu cuñado y si fue ese hombre —hizo una pausa y un escalofrío recorrió mi espalda. —Escúchame. No sé quién es ese hombre ni qué pretende, pero nadie normal gasta lo que sea que cueste un hospital para que una mujer no se vaya de la ciudad. Eso no es amor, Ellie. Eso es control. Es obsesión.

Quise decirle que estaba exagerando, que seguramente había una explicación razonable, que los hombres ricos hacían ese tipo de cosas todo el tiempo sin que significara nada siniestro. Pero en el fondo, en un lugar que no quería mirar de frente, sabía que Bastian tenía razón. Y, para mi propia vergüenza, esa certeza no me asustó tanto como debería haberlo hecho.

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Dominik Lefevre

El director del hospital se llamaba Henri Duval. Llevaba veinte minutos hablando de presupuestos, de junta directiva, de "estas cosas no se deciden de la noche a la mañana". Yo no había dicho una palabra en quince de esos minutos.

—Señor Lefevre, entiendo su interés, pero el Saint-Bernard no está en venta. Es una institución con historia, con...

—Todo está en venta, señor Duval. —Dejé la carpeta sobre su escritorio, cerrada. Ni siquiera la había abierto—. La pregunta nunca es si vende. Es cuánto le cuesta seguir diciendo que no.

Se rió, incómodo. Ese tipo de risa que la gente usa cuando no sabe si debe seguir de pie o sentarse.

—Con todo respeto, no funciona así.

—Funciona exactamente así. —Me serví agua de la jarra que tenía sobre la mesa, despacio, dejando que el silencio hiciera su trabajo antes que yo—. Su hospital pierde dinero hace tres años. Su ala de investigación está a seis meses de cerrar por falta de fondos. Y su hija está en lista de espera para una plaza en Cardiología en Zúrich, una plaza que, curiosamente, esta mañana se abrió.

Duval dejó de sonreír.

—¿Cómo sabe usted eso?

—Sé todo lo que necesito saber antes de sentarme en una mesa, señor Duval. Es la única forma en que gano.

No le grité. No golpeé la mesa. No necesité hacerlo. Simplemente puse sobre el escritorio una segunda carpeta, esta sí abierta: la oferta, casi el doble de lo que valía el hospital en papel, y una cláusula que él no había pedido pero que yo ya había decidido que existiría.

—Artículo doce —le dije, señalando sin mirar—. La plantilla médica actual permanece. Ningún despido. Ninguna residente reasignada sin mi autorización directa.

—Eso es extrañamente específico para una adquisición hospitalaria.

—Me gusta ser específico. —Cerré la carpeta yo mismo—. Tiene hasta mañana a las nueve. Después de eso, la oferta baja un diez por ciento por cada día que me haga esperar, y su hija pierde la plaza.

No era una amenaza. Nunca amenazo. Solo describo lo que va a pasar.

Duval firmó a las ocho y cuarenta de la mañana siguiente.

En el auto, Luka me miraba por el retrovisor con esa cara que pone cuando quiere preguntar algo y no se atreve.

—Dilo —le dije.

—Compró un hospital entero, señor. Por una cláusula de una sola persona.

—Compré exactamente lo que quería comprar. —Miré por la ventana, la ciudad pasando gris y ordenada, tan lejos de lo único que en ese momento me importaba—. La diferencia entre un capricho y una certeza, Luka, es que el capricho se olvida. Yo no he dejado de pensar en ella ni un solo minuto desde que desperté en ese hospital.

No dijo nada más. Sabía, como todos los que trabajan para mí, que cuando decido algo, ya no es una decisión. Es un hecho consumado que el resto del mundo todavía no conoce.

Ellie Moreau no sabía que ya era mía desde el momento en que sus manos tocaron mi pecho para mantenerme con vida.

Solo era cuestión de que ella también lo supiera y lo aceptara. Será mejor para todos. No soy un hombre de mucha paciencia.

Uff que hombre mas intenso, él va a por todo. ¿Creen que Ellie caerá? ¿Qué les parece el personaje de Dominik, intenso no?