3. Nunca acepto un no
Ellie MoreauDos días después, tuve que quedarme hasta tarde por una cirugía de emergencia. Eran las diez de la noche cuando por fin pude dirigirme al estacionamiento. Estaba cansada, solo pensaba en llegar a casa y dormir.
Nunca vi venir lo que pasó después. De repente, sentí que alguien me cubría la nariz y la boca con un pañuelo. Intenté gritar, forcejear, pero el olor dulzón comenzó a entrar en mi sistema y todo se volvió negro.
Cuando abrí los ojos, me encontraba en una habitación que no reconocía. Era espaciosa, lujosa, con una cama enorme en la que estaba recostada. Me levanté de golpe, el pánico se apoderó de mí. ¿Dónde estaba? ¿Qué había sucedido?
Y entonces lo vi. De pie junto a la ventana, observándome con esos ojos azules que había visto 4 semana atrás, estaba él. Alto, de cabello negro, piel blanca, un físico envidiable. Y esa mirada… seria, intensa, imposible de olvidar.
—¿Qué quiere de mí? —pregunté, poniéndome en alerta, lista para huir o pelear si era necesario.
—Doctora Moreau —dijo con una voz profunda, casi hipnótica—. Le envié veinte ramos de rosas, la invité a almorzar conmigo más de diez veces, le pedí que me llamara nueve veces. Pero no accedió a ninguna de mis solicitudes. No me quedó otra más que comprar el hospital para que no se fuera lejos de mí y tuve que traerla a la fuerza. Solo quería agradecerle personalmente.
Tragué saliva. Debería estar aterrorizada. Debería gritar, correr, pedir ayuda. Pero en lugar de eso, me encontré cautivada por sus ojos y su gruesa voz. ¿Qué me estaba pasando?
—No tenga miedo, por favor —continuó—. No le haré daño. Acepto que este método no fue el mejor, pero, ¿qué opciones me dio?
—Usted está loco —logré decir al fin—. Déjeme ir.
Él sonrió, y esa sonrisa lo hizo ver aún más irresistible.
—Déjeme presentarme formalmente —dijo, acercándose unos pasos—. Soy Dominik Lefevre, y quiero que acepte cenar conmigo. Luego, la llevarán a su casa.
Debería haber gritado. Debería haber exigido que me devolviera a mi apartamento en ese mismo instante, amenazado con llamar a la policía, con denunciarlo por secuestro. En cambio, me quedé sentada en el borde de esa cama enorme, con los brazos cruzados y la espalda recta, decidida a no ceder ni un centímetro.
—No voy a cenar con usted —declaré intentando mostrarme decidida—. Lléveme a mi casa ahora mismo.
—No.
Así, sin más. Ni una disculpa, ni una explicación. Solo esa negativa seca, dicha con la misma tranquilidad con la que alguien comenta el clima.
—Esto es secuestro, señor Lefevre. Puedo denunciarlo.
—Puede hacerlo —admitió, sin inmutarse, sin dar un paso atrás—. Después de la cena.
—No entiende lo que es no, ¿verdad?
—Entiendo perfectamente el no. —Se acercó despacio, sin prisa, como si tuviera todo el tiempo del mundo—. Simplemente no pienso aceptarlo. En mi vocabulario no existe esa palabra.
Me levanté de la cama, buscando la puerta con la mirada, calculando distancias, posibilidades. Él no se movió para detenerme, pero tampoco se apartó de mi camino.
—Puede intentar irse —dijo, con esa calma exasperante—. La puerta no está cerrada. Pero antes quiero que sepa algo: voy a seguir insistiendo. Mañana, pasado mañana, la semana que viene. No me voy a cansar, doctora Moreau. Se ahorraría tiempo si aceptara ahora.
—Es usted un demente.
—Me lo dicen seguido. —sonrió de nuevo y que, para mi propia frustración, hizo que algo en mi estomago comenzara a revolotear.
Me quedé ahí, de pie, midiendo mis opciones. Podía irme, sí. Pero algo en su insistencia, en esa certeza inquebrantable de que volvería a buscarme sin importar cuántas veces le dijera que no, me dijo que negarme esta noche solo pospondría lo inevitable. Y, para ser sincera conmigo misma, había una parte de mí, pequeña y vergonzosa, que quería quedarse.
—Una cena —cedí finalmente, señalándolo con un dedo—. Solo una. Y después me lleva a casa y no vuelve a acercarse a mí ni al hospital.
—Una cena y no hago promesas que no pueda cumplir, como sabrá, ese hospital ahora me pertenece y todo lo que hay dentro —declaró provocándome un escalofrío.
Me condujo hasta un comedor privado, todo mármol oscuro y velas ya encendidas, como si hubiera sabido, con esa arrogancia suya, que terminaría aceptando. Nos sentamos uno frente al otro. Un hombre de chaqueta blanca sirvió el vino y desapareció sin decir una sola palabra.
Fue entonces cuando empecé a notar cosas que hubiera preferido no notar. La manera en que sostenía la copa, girando el vino despacio antes de beber. Esa sonrisa rara, que aparecía y desaparecía como si no supiera bien qué hacer con ella, y que transformaba por completo la dureza de su rostro. Tuve que obligarme a mirar mi propio plato más de una vez.
—Cuénteme algo de usted —dijo, apoyando los codos en la mesa, fijando sus ojos en los míos con una atención que me incomodaba y me halagaba a partes iguales—. Quiero saberlo todo.
—¿Y cómo sé que ya no sabe todo de mí? —lo miré con desconfianza. —Un hombre que compra hospitales para no perder de vista a alguien bien podía tener un expediente completo sobre mi vida.
Él soltó una carcajada, una risa corta y ronca que erizó cada vello de mi piel.
—Sé su dirección, su número de residente, el nombre de su hermana en Manhattan y que tu cuñado es el gran Danilo Brown —Contó cada dato con la misma tranquilidad con la que hubiera recitado el menú—. Pero no sé qué le gusta. No sé cuál es su comida favorita, ni su color favorito. Eso no existe en ninguna base de datos. Lo único que sé con certeza es que está soltera y que no tengo competencia.
Rodé los ojos, aunque una parte de mí, traicionera, quiso reírse. Él volvió a soltar una carcajada al verme la cara.
—Eso es perturbador, ¿sabe?
—Es información. —declaró sin la menor culpa—. Y pienso usar toda la que tenga a mi alcance para conocerla.
—Entonces empecemos por algo que no esté en ningún expediente. —Tomé la copa de vino, más para tener algo que hacer con las manos que por ganas de beber—. ¿Por qué compró el hospital? ¿Simplemente para impresionarme?
—No, en absoluto, tengo otras maneras de impresionar —sonrió levemente y no sé porque mi rostro comenzó arder —. Es para asegurar que usted se quedara exactamente dónde estaba. Verá, no podía permitir que se fuera un año a otra ciudad. Y yo no tengo paciencia para esperar algo que ya decidí que es mío.
—Yo no soy suya, señor Lefevre.
—Dominik —corrigió, sin alterar el tono—. Y eso lo decidiré yo, con el tiempo.
Debí sentir indignación. Sentí, en cambio, que mi corazón daba un tropiezo torpe contra las costillas.
—¿Siempre habla así? ¿Como si todo estuviera ya decidido?
—Solo cuando estoy seguro. —Giró la copa despacio, sin apartar los ojos de mí—. No pierdo tiempo en cosas de las que dudo.
—Qué cómodo. Decidir por los demás sin preguntarles.
—No dije que no fuera a preguntarle. —Bajó la mirada a su copa sin borrar su media sonrisa —. Dije que no aceptaría un no como respuesta final. Son cosas distintas.
—Para usted, tal vez.
—Para mí, sin duda. —volvió a clavar su penetrante mirada en mí—. Dígame algo, doctora Moreau. Cuando tiene un paciente al borde de la muerte, ¿se detiene a preguntarle si quiere que lo salve?
La pregunta me tomó desprevenida.
—Eso es distinto. Es mi trabajo.
—Es exactamente lo mismo. —declaró—. Usted vio algo que valía la pena salvar y no le pidió permiso a nadie para intentarlo. Yo hago lo mismo. Solo que lo que decidí salvar, esta vez, es a mí mismo. Y usted es la única forma que conozco de hacerlo.
Me quedé sin palabras un momento, algo que no me pasaba con frecuencia.
—Eso no es un cumplido, es una advertencia.
—Es ambas cosas. —Bebió un trago corto—. Le sugiero que aprenda a distinguirlas conmigo, porque no pienso suavizarlas por usted.
Fruncí el ceño al verlo llevarse la copa a los labios otra vez.
—No debería estar bebiendo alcohol. Tuvo un infarto hace apenas cuatro semanas.
—¿Lo ve? Se preocupa por mí.
—No es preocupación, es sentido común médico —repliqué, aunque el calor en mis mejillas me delataba—. Cualquier doctor le diría lo mismo.
—Cualquier doctor no está sentado frente a mí esta noche. —Dejó la copa sobre la mesa, sin beber, sin apartar los ojos de los míos—. Usted sí.
—Eso no cambia el hecho de que el alcohol es lo último que necesita ahora.
—Tiene razón. —Empujó la copa unos centímetros —. Ahí la tiene. Contenta.
—No se trata de que yo esté contenta.
—Se trata exactamente de eso, doctora Moreau.
—Es usted un demente.
—Ya me lo ha dicho hoy. Dos veces. —no parpadeó al mirarme de esa forma tan intensa que me obligó a tragar grueso—. Empieza a sonar a costumbre.
—¿Y qué se supone que haga yo con esa confesión? ¿Sentirme halagada o llamar a la policía?
—Las dos cosas parecen razonables. —no apartaba la mirada de mí y tenia ese azul imposible que me costaba sostenerle la mirada—. Curioso que no haya hecho ninguna de las dos.
—Todavía es temprano.
—Lo dudo. —tamborileó los dedos sobre la mesa—. Si hubiera querido irse, doctora Moreau, ya lo habría hecho. Se quedó porque quiso quedarse. Eso también es información.
Sentí el calor subirme al cuello.
—Me quedé porque no me dio muchas opciones.
—Le di una puerta abierta y un auto esperando afuera. —Su voz no se alteró—. Usted eligió la mesa.
No supe qué responder a eso, porque tenía razón, y odiaba que la tuviera.
—¿Siempre analiza así a la gente? ¿Como si fueran piezas de un tablero?
—Solo con la gente que me interesa. —Ladeó ligeramente la cabeza, estudiándome—. Con el resto, ni me molesto.
—Qué suerte la mía.
—La suerte no tiene nada que ver. —su mirada se oscureció—. Llevo semanas pensando en usted. Eso no es suerte. Es algo inevitable.
El comentario me dejó sin aire un segundo, y odié que mi cuerpo reaccionara antes que mi cabeza.
—No me conoce, señor Lefevre.
—Todavía no. —Hizo una pausa breve —. Pero tengo toda la intención de hacerlo, y usted no parece tan decidida a impedírmelo como afirma.
—Es usted muy seguro de sí mismo.
—Es mi sello personal. Y además... —nos sostuvimos la mirada por unos segundos—. Es lo único que me queda después de un infarto. La certeza de que no pienso desperdiciar el tiempo que me sobra fingiendo que no sé lo que quiero.
Aparté la mirada hacia mi plato, fingiendo un interés que no sentía, porque si seguía mirándolo un segundo más iba a olvidar por completo que debería estar furiosa.
Cenamos casi en silencio después de eso. Él no dejó de mirarme ni un segundo, como si memorizara cada gesto mío, cada vez que llevaba el tenedor a mi boca, cada vez que apartaba la mirada incómoda. Yo, en cambio, no sabía absolutamente nada de él más allá de lo que salía en las noticias, y no se lo pregunté. No porque no sintiera curiosidad, sino porque preguntar se sentía como abrir una puerta que después no podría cerrar.
Una hora despuesCuando el auto me dejó frente a mi edificio, él bajó a abrirme la puerta, algo que dudé que hiciera jamás por nadie.
—Voy a volver a buscarla —dijo, sin preguntar y obviamente sin pedir permiso.
—No he dicho que sí a nada más, señor Lefevre. Solo quería una cena, ya lo tuvo.
—Dominik. —Sostuvo mi mano un segundo más de lo necesario—. Y no necesito que diga que sí todavía. Solo necesito que no diga que no.
Lo dejé allí. Subí a mi apartamento con el corazón latiéndome tan fuerte como debió latir el suyo aquella tarde en la calle. Me tiré en la cama sin cambiarme, mirando el techo, preguntándome en qué me había metido y ¿Por qué yo? ¿Qué es lo que ese hombre quiere de mí?
Dominik LefevreAdrian me esperaba sentado en mi propio despacho, con esa cara que ponía cuando ya sabía todo antes de que yo se lo contara. Mi hermano siempre tuvo ese don: enterarse de mis errores antes de que yo mismo los cometiera.
—Me dijeron que sacaste a una mujer del hospital a la fuerza —dijo, sin levantarse—. Dime que es mentira.
—No la saqué a la fuerza. La invité a cenar. Y le prohibiré a Luka que te cuente mis cosas.
—Con cloroformo, Dominik.
Me serví un whisky que no pensaba tomar, solo para tener algo que hacer con las manos.
Adrian se levantó, y por primera vez en mucho tiempo vi algo en su cara que no era diversión ante mis excesos, sino preocupación.
—Compraste un hospital entero, Dominik. Por una mujer que conoces hace un mes. ¿Cuándo fue que perdiste la cordura?
—¿Cuándo la tuve? —bromeé sonriendo. Mi hermano me arrebató en vaso de mi mano—. No espero que lo entiendas, Adrian, no te metas en mis asuntos.
—Lo que entiendo es que despues de tu infarto te has vuelto loco. ¿Por qué estas interesado en una mujer que vive una vida tranquila ayudando a los demás, sin molestar a nadie? Dominik, hay mujeres por montones, mujeres que con un poco de dinero te abrirán las piernas sin pedirte nada más. Deja de joderle la vida a esa doctora, porque tú solo juegas y deshechas.
La pregunta me molestó más de lo que hubiera admitido en voz alta. Porque tenía razón. Había pasado los últimos diez años coleccionando noches, coleccionando mujeres que se iban de mi cama sin dejar ni una huella, y nunca, ni una sola vez, había sentido algo parecido a lo que sentía cada vez que pensaba en esa pequeña doctora.
—Esta vez no voy a dejarla ir —dije, y ni yo me lo creía —. No me importa lo que haya sido antes o lo que hacía.
—Eso dijiste, más o menos, de la mitad de tus conquistas.
—Pero… nunca compré un hospital por ninguna de ellas.
Adrian no tuvo respuesta para eso. Se quedó mirándome un largo rato, y cuando por fin habló, suspiró resignado.
—No hay cosa que desearía más en este mundo que mi hermano mayor sentara cabeza, se enamorara de una mujer y formara una familia. Pero sé que eso no sucederá, porque sucedió solo una vez y…
—Cállate Adrian, por favor y ve a trabajar. Tráeme los informes de la ganadera que te he pedido ayer, mis asuntos personales solo son míos y de nadie más. Si yo me quiero coger a esa doctora y despacharla después, es mi puto problema, no te afecta a ti en nada.
Adrian negó agitando la cabeza. —Solo espero que esa mujer te ponga los pies en la tierra y seas tú quien suplique por ella.
Sonreí cruzándome de brazos. —Morirás esperando que eso suceda, hermano. Ninguna mujer me hará rogar, nadie se resiste a Dominik, nadie es inmune a mí.
No escupas hacia arriba Domink porque te caerá en la cara. Pero, este hombre, que miedo jajajaja