4. Una oportunidad
Ellie MoreauA la mañana siguiente llegué al hospital con apenas tres horas de sueño y la cabeza llena de preguntas sin respuesta. No le conté a nadie lo que había pasado, ni siquiera a Juliette, aunque me llamó dos veces esa mañana preguntando por qué sonaba tan distraída.
—Estás rara desde hace días —me dijo Bastian, apareciendo a mi lado en el pasillo con dos cafés, uno de los cuales me tendió sin preguntar—. ¿Pasó algo?
—Solo estoy cansada.
Me miró un momento más de lo necesario, como si no me creyera del todo, pero no insistió. Bastian nunca insistía, y por primera vez esa discreción suya me pesó como una acusación silenciosa.
En la sala de médicos, dos enfermeras comentaban en voz baja, y alcancé a escuchar un nombre que hizo que el café se me atragantara.
—Dicen que el nuevo dueño del hospital es Dominik Lefevre —susurraba una de ellas—. El magnate del petróleo. Compró todo el edificio de la noche a la mañana.
—Mi prima trabajó para él en Bruselas —agregó la otra—. Dice que es imposible, que ninguna mujer le dura más de una noche. Que ni se molesta en recordar sus nombres.
Sentí que el suelo se movía bajo mis pies. No porque no lo supiera, él mismo me lo había confirmado la noche anterior, sino porque escucharlo de boca ajena lo volvía real de una manera distinta.
Un mensaje llegó a mi teléfono en ese instante. Un número desconocido.
«Anoche no fue suficiente. Cena, mañana, a las ocho. No es una pregunta. — D.»Debería haberme sentido furiosa por su arrogancia. En cambio, sentí ese mismo cosquilleo traicionero en el estómago y ahí estaba esa pregunta.
¿Qué quería de mí? ¿Sería yo, de verdad, distinta a todas las demás? ¿O solo la última obsesión de un hombre que coleccionaba mujeres como quien colecciona victorias?
—¿Quién se cree este tipo? ¿Qué yo seré una más de su larga lista de amantes? Que se joda —dije, guardando el teléfono en el bolsillo de mi chaqueta, y salí a comenzar mi recorrido con el doctor Fimn.
Fimn era nuevo, trasladado de Zúrich la semana anterior, pero dicen que es un médico excepcional y todavía no conocía el hospital tan bien como yo. Me alegró tener algo en lo que concentrarme que no fuera un mensaje firmado con una sola letra.
—Habitación 304 —dijo, revisando la carpeta mientras caminábamos—. Post operatorio, apendicectomía. Estable.
Asentí, fingiendo una atención que no sentía del todo. Recorrimos habitación tras habitación, y por un par de horas casi lo logré: casi olvidé el mensaje, la cena impuesta, esa sonrisa que no debería seguir apareciéndome en la cabeza.
Casi.
—¿Todo bien, doctora Moreau? —preguntó Fimn frente a la puerta de la 310—. Está distraída.
—Solo cansada —mentí, la misma mentira que le había dado a Bastian, a mi hermana, a mí misma.
Al salir esa tarde, un auto negro esperaba estacionado justo frente a la entrada, donde no se permitía estacionar. Reconocí el vehículo antes de ver al chófer bajar a abrirme la puerta.
—Doctora, permítame llevarla a su casa.
—Yo no pedí transporte —dije, sin acercarme.
—El señor Lefevre insistió —respondió, con la misma calma imperturbable de su jefe—. Dijo que caminar sola de noche no es seguro.
—Camino sola todas las noches.
—Ya no.
Dos palabras, y apreté mis dientes entre sí.
—Dígale a su jefe —contesté, sin subir— que decidir por mí no es cuidarme. Es solo otra forma de no escucharme. Y no necesito trasporte, que envíe transporte a su abuela.
El chófer no discutió. Cerró la puerta y se fue, y yo caminé a casa con el frío calándome los huesos, preguntándome si Dominik recibiría el mensaje que quería enviarle, o si, como con todo lo demás, lo tomaría solo como un obstáculo más.
El teléfono vibró antes de que llegara a mi puerta.
«Lo escuché.»«No cambia nada. Mañana, a las ocho.»Debería haber sentido rabia. En cambio, contra toda lógica, sonreí.
—Es un maldito idiota —dije entrando a mi edificio esa noche.
No fui a la cena. Por supuesto que no iría.
Tenía guardia de cuarenta y ocho horas desde las siete de la mañana, y no existía hombre en el mundo, por rico o insistente que fuera, capaz de sacarme de un hospital en medio de un turno así. Se lo hubiera dicho si él me hubiera preguntado. No lo hizo. Solo asumió que iría, como asumía todo lo demás, y a las ocho en punto lo dejé esperando seguramente.
Apagué el teléfono después del tercer mensaje. No los leí.
La noche avanzó entre historias clínicas y una intoxicación etílica en la 212 que me tuvo ocupada más de lo que hubiera querido. Para las nueve, ya había olvidado la cena, o al menos me había convencido de que lo había hecho.
—Doctora Moreau, la necesitan en urgencias —dijo una enfermera, asomándose a la sala de médicos—. Herida cortante en la mano.
Bajé sin apurarme demasiado, todavía con la cabeza en el paciente de la 212. Pero en cuanto entré, la temperatura de la sala parecía bajar de golpe.
Allí estaba él, sentado en la camilla con la manga de la camisa arremangada, y apretaba un pañuelo blanco ya manchado de rojo contra la palma de su mano.
Jadeé, sin poder evitarlo.
—Buenas noches, doctora Moreau —dijo, con esa calma que ya empezaba a reconocer como su forma de estar furioso—. Si Mahoma no va a la montaña, la montaña va a Mahoma.
—¿Qué hace usted aquí, señor Lefevre?
—Me corté la mano. Vine a que me curaran.
—¿En un hospital público?
—Es mi hospital. Puedo venir las veces que quiera.
Negué con la cabeza, más para mí misma que para él, y me acerqué a examinarlo. No dije nada sobre la cena. Él tampoco. Pero ese silencio entre nosotros decía más que cualquier reclamo que pudiera haberme hecho.
Le tomé la mano, apartando el pañuelo con cuidado. El corte no era profundo, una línea limpia a lo largo de la palma, del tipo que se hace un hombre que agarra un vaso demasiado fuerte y lo rompe sin darse cuenta. O un corte que el mismo provocó. No pregunté cómo había pasado. No necesitaba preguntar.
—Va a necesitar puntos —dije, buscando el kit de sutura sin levantar la vista—. No muchos. Cuatro, quizás cinco.
—Lo que usted diga, doctora.
Empecé a limpiar la herida, y sentí su mirada fija en mi cara, no en mis manos, todo el tiempo. La sentía como una presión, algo que se enredaba entre mis costillas y me robaba el aire de a poco.
—Quédese quieto —dije, aunque él ni se había movido.
—Estoy quieto.
—Su pulso no.
—Es usted quien tiembla, doctora —susurró casi ronco.
—¿Esta nerviosa?
—¿Por qué lo estaría?
—Por mí.
Solté un jadeo irónico. —Se cree demasiado.
—No, no me creo, lo soy.
No respondí a eso. Pero noté que su respiración, igual que la mía, se había vuelto más rápida. Terminé de limpiar la herida y tomé la aguja, y cuando volví a acercarme, él giró la mano dentro de la mía, y dejó su palma abierta contra la mía un segundo de más.
—Me dejó plantado —dijo, en voz tan baja que casi no lo escuché.
—Tenía guardia.
—Pudo avisar.
—Se lo dije, señor Lefevre. Antes. Le dije que no prometía nada.
—Dominik.
No respondí. Seguí trabajando, aunque mis manos ya no estaban tan firmes como me hubiera gustado. Él no apartó la mirada ni una sola vez, y cuando terminé el último punto y até el nudo, levanté la vista sin pensarlo, y ahí estaba su cara, demasiado cerca de la mía, más cerca de lo que cualquiera de los dos había planeado.
—Ellie —dijo, y fue la primera vez que usó mi nombre así, sin apellido, sin título, como si me conociera de toda la vida.
No me moví. No sé si por sorpresa o porque, en el fondo, tampoco quería moverme. Su mano libre subió despacio, rozando mi mejilla, y sentí que el resto del hospital desaparecía, que solo existíamos esa camilla, esa luz demasiado blanca, y la distancia cada vez más pequeña entre su boca y la mía.
—Doctora Moreau, la sala tres pregunta si puede firmar el alta de… —La voz de la enfermera se cortó a mitad de frase.
Me aparté tan rápido que casi tiro la bandeja de instrumentos.
—Ya voy —dije, sin mirar a nadie en particular, con el corazón golpeándome el pecho como si acabara de correr una maratón.
La enfermera desapareció, incómoda, porque claro que lo vio y yo terminé de vendar su mano en silencio, sin volver a mirarlo a los ojos, aunque sentía los suyos clavados en mí todo el tiempo.
—Puede irse —dije al fin, guardando el instrumental tardando más de lo debido—. Vuelva en una semana para retirar los puntos.
—¿Con usted?
—Con quien esté de turno.
Se bajó de la camilla despacio, y antes de salir se detuvo junto a mí, tan cerca que volví a sentir esa electricidad recorrerme entera.
—La próxima vez que me deje plantado, doctora Moreau —dijo—, no voy a cortarme solo la mano.
Lo miré fijamente y tragué grueso.
Y se fue, dejándome ahí, con las manos todavía temblando y la certeza incómoda de que, si la enfermera no hubiera aparecido, no sé lo que hubiera pasado. Nos hubiéramos besado. Dios Mio. ¿Qué me está pasando?
Salí del hospital al tercer día de guardia, cansada, con ganas de un café antes de llegar a casa. Y una cama para dormir doce horas seguidas. Pensé en la cafetería de siempre, a dos cuadras, pedir mi café favorito y caminar hasta casa. No llegué a cruzar la calle.
Ahí estaba, recostado contra su auto, con una caja de café y panecillos en las manos.
Suspiré y me acerqué. Ya no tenía fuerzas para seguir esquivándolo. Y él tenía la resistencia de un elefante.
—Cuidas de todos —dijo—. Pero ¿quién cuida de ti?
La pregunta me apretó la garganta. Nadie me lo preguntaba nunca.
—No necesito que nadie cuide de mí.
—Mentirosa. Todos necesitamos. —Me tendió el vaso y la caja de panecillos—. Espero que te guste.
Lo tomé y bebí. Sabía exactamente cómo lo tomaba.
—De verdad debería tener miedo de usted por saber mis gustos.
—¿Y tiene miedo?
—Debería.
—Esa no fue mi pregunta.
—No. No me da miedo. Y eso es peor —sonrió y en verdad que esa sonrisa comenzaba a provocarme cosquillas demasiado seguidas.
—Ellie. Déjame llevarte a tu edificio. Seguro estás muerta de cansancio.
—¿No dejarás de insistir, cierto?
Negó con la cabeza, con esa media sonrisa suya tan seductora.
Suspiré, cansada.
—A mi casa. A ningún otro lado —advertí.
—Desde luego —dijo, y abrió la puerta del auto.
Me subí con la caja en las piernas. Él se sentó a mi lado, y el auto arrancó en silencio.
—Come algo —dijo, señalando la caja—. Pregunté cuántas horas dura tu turno. Llevas dos días sin dormir bien.
—Claro que preguntaste, lo raro seria que no —respondí.
—Come, Ellie.
Saqué un panecillo y le di un mordisco, solo para no obedecerlo en silencio. Él miraba por la ventana, sin insistir más.
—¿Siempre eres así? —pregunté después de un rato—. ¿Tan mandón?
—Nunca he tenido que serlo. Nunca había querido algo lo suficiente como para insistir.
No supe qué decir. Terminé el panecillo mientras el auto avanzaba, y me quedé mirando por mi propia ventana hasta que llegamos.
Se detuvo frente a mi edificio. Bajó, rodeó el auto y me abrió la puerta.
—¿Por qué Dominik? —fue la pregunta que ya no soportaba tener atorado en la garganta. Tenia las manos en los bolsillos y se acercó unos pasos a mí.
—No lo sé, pero nunca tuve esta necesidad de buscar la atención de alguien. Y tu me haces rogar, me rechazas, dices no a todo lo que te ofrezco. Generalmente las personas solo quieren complacerme y no llevarme la contraria, pero tú, solo juegas con mi cordura.
—Dominik —susurré cuando sujetó mi barbilla.
—Dame una oportunidad, solo quiero eso.
—¿Y si después de eso no me gusta lo que encuentro?
—Prometo dejarte en paz —elevé una ceja.
—¿De verdad? —pregunté intrigada.
—Lo juro. Dame la oportunidad de que mis intenciones son buenas.
Suspiré hondo. —¿Te gusta el pilates? —pregunté sonriendo y él elevó una ceja.
—¿pilates? —asentí.
—Voy a pilates hoy de siete a ocho de la tarde, ¿me acompañas? —sonrío.
—Si, seguro, nunca he ido a uno, podría acompañarte.
—Trae ropa cómoda —dije. —Hasta la tarde, Dominik y gracias por el café.
Lo dejé allí en jaque. —veremos si quieres formar parte de mi vida Dominik.