5. Una clara señal
Dominik LefevreSubí al auto y cerré la puerta quedándome medio desconcertado. Luka arrancó sin preguntar nada, como hacía siempre al principio, dándome esos primeros minutos de silencio antes de decidir si valía la pena arriesgarse. No aguantó mucho.
Me miró por el retrovisor.
—¿Y bien, señor? ¿Hubo algún avance?
No respondí enseguida. Miraba la calle, el edificio de Ellie empequeñeciéndose detrás de nosotros, pensando en cómo decir lo que tenía que decir sin que sonara tan absurdo como en realidad sonaba.
—Me invitó a ir a pilates.
Luka abrió los ojos de par en par, tanto que por un segundo temí que se olvidara de mirar la carretera.
—¿A pilates, señor?
—Sí, Luka, a pilates. Lo oíste, no me hagas repetirlo. Si te vas a reír, ríete de una vez.
Se aclaró la garganta, disimulando mal la sonrisa que ya se le escapaba por las comisuras.
—¿Y qué piensa hacer?
—Pues asistir. Es mi oportunidad para acercarme a ella. Me ejercito todo el tiempo, pilates es como ir al gimnasio, Luka. Como salir a correr, tú lo haces siempre.
—Sí, pero creo que el pilates se aleja un poco de eso.
—No, Luka, es lo mismo. Además, no voy a hacer pilates. Solo voy a quedarme ahí, esperándola a que termine. Luego, puede que la invite a mi casa, y quién sabe, quizás pronto termino con esta obsesión.
—¿Obsesión?
—No creerás que la quiero para casarme, ¿verdad? Es solo una obsesión, Luka. Me gusta, es una mujer sumamente hermosa y atractiva, pero ya sabes que solo cometí ese error una sola vez.
Luka no dijo nada de inmediato. Condujo un par de cuadras en silencio, y cuando volvió a hablar, sin ningún rastro de burla.
—Con todo respeto, señor, usted compró un hospital entero por esa mujer. Y ahora va a ir a pilates para verla estirar en una colchoneta. Perdóneme, pero eso no suena a una obsesión pasajera.
—Es exactamente lo que es.
—Si usted lo dice.
—Lo digo.
Me quedé mirando por la ventana. Luka giró en la primera esquina sin decir nada, dejándome solo con mis pensamientos por un momento, como si supiera que necesitaba ese silencio antes de hablar otra vez. Fue él quien lo rompió.
—¿Y a qué hora es lo de pilates, señor?
—A las siete de la tarde.
Se rió por lo bajo, esa risa que se guardaba para cuando pensaba que yo no lo notaba, aunque siempre lo notaba. Llevaba quince años conduciéndome, quince años viéndome entrar y salir de la vida de mujeres que ni siquiera me molestaba en recordar al día siguiente. Tenía derecho a reírse.
—Nunca lo había visto así, señor. Si me permite decirlo.
—No te permito nada, pero lo vas a decir de todas formas.
—Así es.
Miré por la ventana.
—Compró un hospital entero —dijo Luka, con cuidado, como quien camina sobre hielo delgado—. Y ahora va a ir a pilates. Perdóneme, pero esto no suena a usted.
—No lo es.
—¿Y eso le preocupa?
No respondí de inmediato. Adrian me había hecho la misma pregunta la noche anterior, con menos delicadeza. Yo le había dado una respuesta fácil, una que sonaba convincente si no se la pensaba demasiado. A Luka no podía darle la misma.
—Me preocuparía si me preocupara —dije al fin—. Y no me preocupa. Eso es lo raro.
—Ya veo.
—No, no ves nada, solo estás siendo educado.
Volvió a reírse, esta vez sin disimulo.
—Eso suena a que no le importa si dice que no.
—No me importa lo que diga. Me importa lo que haga. Y hasta ahora, cada vez que ha dicho que no, ha terminado haciendo lo contrario.
Luka no dijo nada por un rato. Cuando volvió a hablar, su voz había perdido el tono de burla.
—Señor, con todo respeto. La última vez que se obsesionó así con algo, terminó en el hospital. Literalmente.
—Esto es distinto.
—Eso mismo dijo de la fusión con la naviera. Y de la adquisición en Singapur. Y terminó sin dormir tres semanas.
—Esto es distinto, Luka —sentencié para que no siguiera.
Lo dije más fuerte de lo que pretendía, y en el espejo vi que él levantaba las cejas, pero no insistió. Sabía cuándo detenerse. Era una de las razones por las que seguía a mi lado después de tantos años; sabía leer el límite exacto antes de cruzarlo, algo que yo mismo no siempre lograba.
Me quedé mirando el teléfono, la pantalla apagada, resistiendo el impulso de escribirle algo ahora mismo. Ya le había dicho que la vería en la tarde. No necesitaba nada más. Cualquier palabra de más solo le daría otra razón para dudar, y yo no quería darle razones. Quería darle certezas.
—Luka.
—¿Señor?
—Consígueme la dirección exacta del estudio. Y averigua si tiene alguna clase privada disponible a esa hora.
—¿Va a comprar el horario completo?
—Voy a asegurarme de que, si ella entra a las siete, yo también pueda entrar a las siete. Eso es todo.
—Eso es comprar el horario completo, señor.
No respondí. Miré por la ventana otra vez, y por primera vez en mucho tiempo, sentí la impaciencia por que llegara la hora.
A las siete en punto estaba frente a su edificio, y cuando la vi bajar sentí que el aire se me iba de los pulmones de una forma que nada tenía que ver con mi corazón enfermo. Llevaba unas mallas negras y una sudadera holgada que de alguna manera lograba verse mejor en ella que cualquier vestido de gala que hubiera visto en mi vida. Yo me había puesto un pantalón deportivo negro y una playera gris, lo más cercano a "casual" que tenía en el clóset.
Ella se quedó mirándome un segundo de más. Lo noté. Sonreí, porque sabía exactamente el efecto que causaba.
—Buenas tardes, Ellie.
Me acerqué y dejé un beso en su mejilla, despacio, sintiendo cómo se tensaba apenas un poco bajo mis labios.
—¿Te gusta lo que ves? —le susurré al oído.
Se sonrojó, y por un instante valió la pena cada minuto que había pasado organizando esta encerrona.
Cuando llegamos al estudio parecía un lugar mágico, con esa luz tenue que supongo debía inspirar paz interior. La instructora era una mujer delgada de rulos oscuros, saludó a Ellie con familiaridad.
—Traje compañía —le dijo Ellie, señalándome con la cabeza, casi disculpándose.
La instructora me miró de pies a cabeza sin ningún disimulo, y se sonrojó. Sonreí de medio lado, apenas, lo justo. No podía evitarlo; llevaba toda la vida acostumbrado a esa reacción y a estas alturas ya ni me molestaba en fingir.
Ellie me dijo algo en voz baja que no alcancé a escuchar bien.
—No —respondí, tranquilo—. Yo quiero verte hacer pilates. Miraré desde aquí, no voy a molestar.
—Oh, no, querido. —La instructora se acercó, sin dejarme terminar—. ¿Cómo te llamas?
—Dominik Lefevre. Un placer.
—Wow, Dominik, se nota que te ejercitas. Esto no será nada para ti. Ven, vamos a trabajar ese core.
Y antes de que pudiera decir una sola palabra, me arrastró hasta una colchoneta en primera fila, mientras Ellie se tapaba la boca para disimular la sonrisa que ya no podía disimular.
No podía dejar de mirarla. Sonreía, de verdad sonreía, sin esa cautela que le veía siempre y pensé que valdría la pena repetir esto todos los días de mi vida solo por volver a verla así.
Entonces empezamos, y ahí terminó toda mi dignidad.
—Posición de tabla —anunció la instructora, como si fuera lo más natural del mundo.
La sostuve sin problema. Hasta ahí, bien. Diez años de gimnasio no habían sido en vano.
—Ahora, levanten la pierna derecha y sostengan.
La levanté. La sostuve. Empecé a temblar.
—Respiren desde el diafragma.
No sabía que tenía diafragma hasta ese momento, y en cuanto lo encontré, deseé no haberlo hecho.
A los diez minutos ya estaba negociando directamente con Dios. Le prometí donaciones a la iglesia que ni siquiera pisaba, le prometí ser mejor persona, le prometí dejar de comprar hospitales si me sacaba de esa colchoneta con algo de dignidad intacta.
—Un poco más, Dominik, tú puedes —me animaba la instructora, sin piedad, mientras yo sentía que el abdomen se me estaba separando del resto del cuerpo y mi dignidad se arrastraba por el piso como un trapeador.
Caí. La primera vez, intenté disimularlo como si hubiera sido parte del ejercicio, peinándome el pelo con los dedos con una calma que estaba muy lejos de sentir. Ellie, dos colchonetas más allá, no dijo nada, pero la vi morderse el labio para no reírse.
—Otra vez, arriba —dijo la instructora, implacable, como si mi sufrimiento le diera vida mientras la mia acababa cada segundo que pasaba.
Volví a caer. Esta vez ni me molesté en disimular.
—¿Todo bien por allá, señor Lefevre? —preguntó Ellie, con una dulzura tan falsa que resultaba deliciosa.
—Perfectamente —mentí, con la voz entrecortada, sintiendo que cada músculo de mi cuerpo se había puesto de acuerdo para traicionarme al mismo tiempo—. Esto no es nada comparado con una sala de juntas.
—Claro que no.
Cuando por fin llegamos a los estiramientos finales, yo ya no sentía las piernas y sospechaba seriamente que mi core, ese que tanto presumía tener, había decidido abandonarme en algún punto entre la posición del perro boca abajo y la tabla lateral. Ellie, en cambio, se movía con una gracia exasperante, como si el ejercicio no le costara absolutamente nada, como si no acabara de verme sudar la camiseta entera intentando sostener una postura que una niña de ocho años hubiera dominado sin esfuerzo.
Al terminar la clase, me acerqué a ella cojeando disimuladamente.
—¿Y bien? —preguntó, con esa sonrisa que ya empezaba a ser mi perdición—. ¿Qué tal estuvo señor Lefevre?
—Espectacular —dije, sosteniéndome apenas de la pared.
—Me alegro, esto solo fue un calentamiento, para la próxima clase ya estará familiarizado con todo.
—¿Calentamiento? —solté como un quejido al sentir un estirón debajo de la rodilla.
—Claro. Pero si no puedes, no te preocupes, esto no es para débiles.
—¿Débiles? Creo que usted no me conoce, doctora Moreau.
Ella soltó una carcajada, la primera que le escuchaba de verdad, sin cautela, sin guardia. Y pensé que, si esto era lo que tenía que pasar para volver a escuchar ese sonido, entonces con gusto volvería a morir un poco.
Luka detuvo el auto frente al edificio de Ellie y apagó el motor sin que se lo pidiera. Él sabía leer los silencios mejor que nadie. Sabía que esa noche no iba a bajar rápido, que algo me tenía clavado en el asiento mirando esa fachada gris como si escondiera algo que necesitaba descifrar.
Ellie desabrochó el cinturón, pero no abrió la puerta. Se quedó ahí, con las manos sobre las rodillas, mirando hacia adelante.
—Gracias por traerme —dijo, aunque no sonó como una despedida.
—Puedo subir contigo un momento.
No fue una pregunta.
—Dominik…
—Un momento —repetí, más bajo—. Nada más.
Se mordió el labio. La vi debatirse, calcular, buscar una razón para negarse que sonara convincente incluso para ella misma. No la encontró.
—Solo un momento —accedió—. Mañana entro temprano al hospital.
Bajé del auto antes de que pudiera arrepentirse. Le abrí la puerta, y cuando pasó a mi lado, sentí ese perfume suyo, nada que costara una fortuna, y aun así me provocaba algo que no sabía explicar.
Subimos las escaleras en silencio. Ella dos escalones adelante, yo detrás, con la vista clavada en su espalda, en la forma en que sus dedos apretaban el pasamanos cada vez que sentía que yo la miraba demasiado.
—Puedo sentir tus ojos en mi trasero—dijo, sin darse vuelta.
—No es cierto, soy un caballero, jamás haría eso.
Soltó una risita. La oír reír tantas veces hoy que ya me estaba acostumbrando.
Se detuvo frente a su puerta y buscó las llaves en el bolso, pero antes de meter la llave en la cerradura, se giró hacia mí.
—¿Te sientes bien? —preguntó, y su voz cambió por completo. Ya no era la mujer que se debatía entre aceptarme y correr. Era la doctora preocupada.
—Estoy bien.
No le dije que las piernas me temblaban. No le dije que tenía un tic nervioso en el ojo izquierdo que no lograba controlar, que llevaba media hora respirando distinto solo por tenerla tan cerca.
Ella entrecerró los ojos, sin creerme del todo.
—Mentiroso.
—Doctora paranoica.
—Soy una doctora preocupada, es todo—corrigió, aunque una sonrisa pequeña le traicionó la seriedad—. Pilates sería bueno para ti, ¿sabes? Aumenta la resistencia, mejora la frecuencia cardíaca. No es de alto impacto, así que podrías practicarlo sin ningún problema.
—¿No es de alto impacto? —repetí con media sonrisa y la mirada fija en la suya.
Ellie tardó un segundo en entender. Cuando lo hizo, soltó una carcajada, y mi pecho palpitó más rápido—Eres imposible. Pasa. Un momento, ya te lo dije.
—Un momento —repetí yo también.
Entré detrás de ella.
El lugar era pequeño. Un sofá gastado en una esquina, una cocina diminuta separada apenas por una barra, libros de medicina apilados sobre una mesa que no combinaba con nada más en la habitación. Una manta doblada sobre el respaldo, una taza sola en el fregadero. Nada de mármol. Nada de vistas a ningún horizonte que valiera la pena fotografiar. Nada que yo hubiera reconocido como un hogar en toda mi vida.
Pensé en Danilo Brown. En que su cuñado era un magnate de Manhattan con más ceros en su cuenta de los que la mayoría podía contar, y que con una sola llamada podría haberla instalado en cualquier penthouse de Ginebra con vista al lago. Y, sin embargo, ahí estaba ella, en cuarenta metros cuadrados, moviéndose por su propio espacio con la misma soltura con la que se movía en un quirófano.
—Siéntate donde quieras —dijo desde la cocina, sacando dos vasos de un estante—. No tengo nada elegante que ofrecerte. Agua o agua.
—Agua está bien.
Me quedé de pie junto al sofá, sin sentarme, mirando ese pequeño universo suyo como si fuera un país extranjero cuyo idioma no hablaba. Yo nací en cuna de oro. Crecí acumulando fortuna antes de aprender a sumar, rodeado de gente que hablaba de dinero como quien habla del clima, gente para la que un lugar como este ni siquiera existía en el mapa. Nunca había puesto un pie en un sitio así. Nunca había tenido motivos.
Ellie volvió con los dos vasos, me entregó uno y se quedó parada frente a mí, más cerca de lo que el tamaño del living exigía.
—Estás mirando mi departamento como si fuera un experimento científico —dijo, ladeando la cabeza—. ¿Tan mal se ve?
—No. —Y era cierto—. Solo es distinto a todo lo que conozco.
—Bienvenido al mundo real, Lefevre.
Sonreí, y ella lo notó, porque bajó la mirada un segundo antes de volver a subirla, como si necesitara recomponerse antes de sostenerme la vista otra vez.
Ellie Moreau era la primera persona que me sacaba de mi mundo sin siquiera proponérselo. Y me incomodaba, sí. Sentía el peso de cada objeto ajeno a mí, cada detalle que no podía comprar ni controlar. Pero era una incomodidad que, por alguna razón que todavía no quería examinar demasiado de cerca, no tenía ninguna intención de dejar ir.
—Tienes dinero, podrías vivir mejor que esto —solté. Y ella sonrió apenas apretando su vaso de agua.
—No, mi cuñado tiene dinero, mi hermana lo tiene, yo no tengo nada, solo soy una doctora residente que está empezando a ser independiente.
—Pero estoy seguro que estas aquí gracias a tu cuñado —ella clavó su mirada en mí.
—Si, tienes razón, pero no abusaré de su generosidad, me ha apoyado a cumplir mi sueño de ser doctora, pero jamás aprovecharía.
Me quedé mirándola por unos segundos. —Ya quedan pocas personas como tú —y era cierto, yo no estaba acostumbrado a la modestia, a las mujeres desinteresadas, las mujeres que pasaban por mis manos exigían dinero, cosas materiales costosas, Ellie definitivamente salía de mis estándares. Entonces ¿Qué carajos es lo que me atrae de ella?
—No, señor Lefevre, aun habemos muchas personas así, simplemente que usted no está acostumbrado a salir al mundo real. Su vida y la mía están muy separadas.
Me acerqué más a ella, atraído por ella, por esa luz que parecía irradiar. Ella se tensó a mi lado.
—Me gustas mucho Ellie, no sé que tienes, pero me gustas mucho.
Poco a poco fui pegando mi rostro al suyo y pensando que por fin iba a probar esa preciosa boquita, sentí algo frio traspasar mi pantalón.
—Ay, Dominik, cuanto lamento —dijo Ellie poniéndose de pie con una mirada maliciosa. La condenada me había derramado su vaso de agua en mi entrepierna.
Me levanté soltando un gruñido. —Supongo que esta es la señal de que debo irme.
Ella apretó sus labios entre sí. —Buenas noches Ellie Moreau.
—Buenas noches Dominik.
Veremos si Dominik aun tiene fuerzas para continuar detras de Ellie. jaja ¿que piensan ustedes?