6. Ahuyentar al intenso
Dominik LefevreLuka estacionó frente a la casa de mis padres pasadas las ocho. Me quedé un momento dentro del auto, con la mano apoyada en el muslo, maldiciendo en silencio. Me dolía todo. Músculos que ni sabía que tenía.
—¿Necesita ayuda para bajar, señor? —preguntó Luka, mirándome por el retrovisor.
—Ni se te ocurra.
Bajé despacio. Muy despacio.
Mi madre nos había citado a los tres con un mensaje de dos líneas:
Necesito verlos esta noche. Es sobre mi salud. Con Lucrecia Lefevre eso podía significar cualquier cosa. Desde un resfriado hasta una uña rota.
Adrian ya estaba en la sala, hundido en el sofá, con el teléfono en la mano. Ni levantó la vista cuando entré. Demian estaba sentado en el sillón de cuero, recto, con el saco todavía puesto. Venía directo del Tribunal Federal, se notaba. Mi hermano mayor era uno de los jueces más respetados de Suiza. También el más temido. Decían que los abogados preferían enfrentarse a cualquier otro magistrado antes que a él. Que no sonreía nunca, ni cuando absolvía.
Era cierto. Yo tenía treinta y cuatro años y lo había visto sonreír tres veces.
Mi padre, Aurèle, leía el periódico junto a la chimenea, como si nada de esto tuviera que ver con él.
Me senté al lado de Adrian. El sofá era demasiado bajo y se me escapó un quejido.
—¿Y a ti qué te pasa? —preguntó sin despegar los ojos de la pantalla.
—Nada.
Mi madre apareció en la puerta con una bata y un pañuelo en la mano. Caminó hasta el centro de la sala con pasos lentos, como si le pesara el cuerpo, y se sentó frente a nosotros con un suspiro largo.
—Hijos míos, me alegra que hayan podido venir —empezó
—¿Teníamos otra opción? —pregunté y mi madre me calcinó con la mirada.
—Me hice unos análisis.
Silencio.
—Salieron alterados.
—Define alterados —dijo Demian.
—El colesterol. Y el azúcar. —Se llevó el pañuelo al pecho—. El médico dijo que debo cuidarme. Que el estrés me hace daño.
—¿Qué médico?
—El doctor Kessler.
—Kessler te dijo en marzo que el colesterol estaba en el límite. —Demian cruzó las piernas—. Y en marzo también nos citaste.
Mi madre lo ignoró.
—Y yo pensé… ¿qué es lo que más me estresa en esta vida? No verlos. Tres hijos y los veo cada muerte de obispo. Por eso quiero que vengan todos los domingos. Almuerzo familiar. Sin excusas. Es lo mínimo que pueden hacer por una madre enferma.
—Mamá, tienes el colesterol alto, no una enfermedad terminal —dijo Adrian, todavía con el teléfono.
—Para ti todo es poco, Adrian.
Miré a Demian. No había parpadeado en cinco minutos.
—Oye —le dije a Adrian en voz baja—, ¿está respirando?
—Creo que está dictando sentencia mentalmente.
—¿Contra quién?
—Contra todos nosotros. Sin derecho a apelación.
Adrian se rio. Demian giró la cabeza hacia nosotros, lento.
—Si van a hablar de mí, háganlo más alto. Por lo menos que sea divertido.
—¿Ves? Está vivo —dijo Adrian.
—Por desgracia —respondió Demian, y volvió a mirar al frente.
Mi madre continuó otro rato. Que le costaba dormir. Que le dolía la cabeza. Que las madres no son eternas. Mi padre pasó una página del periódico sin inmutarse para nada.
Demian miró su reloj. Fue el primero en levantarse. Se abotonó el saco y se inclinó para besar a mi madre en la mejilla.
—Madre, te amo —dijo—. Pero no tengo tiempo para tus enfermedades autoinventadas.
Mi madre jadeó. Se llevó la mano al pecho, esta vez de verdad.
—¡Demian! ¡Soy tu madre!
—Por eso te lo digo con cariño. A cualquier otro lo habría condenado por falso testimonio.
Mi padre levantó el periódico un poco más, pero alcancé a ver cómo se le movía el bigote. Estaba aguantándose la risa.
Demian se detuvo en la puerta.
—Mañana tengo audiencia a las siete. El domingo lo veremos. —Y sin girarse—: Dominik, siéntate derecho. Das pena.
La puerta principal se cerró.
Yo apoyé las manos en el sofá para levantarme. Apenas. Los muslos me ardían, el abdomen también. Me quedé a medio camino, encorvado como un viejo.
Adrian dejó por fin el teléfono y arrugó el ceño.
—En serio, ¿qué te pasa?
Giré la cabeza para mirarlo.
—¿Acaso Luka no te puso al tanto?
—No. Aún no hemos hablado.
—Qué raro —dije.
Adrian y Luka hablaban más de mí que yo mismo. Él lo sabía. Yo también.
Terminé de ponerme de pie y respiré.
—¿Es tu corazón de nuevo, Dominik, te sientes mal? —preguntó papá ahora si se mostraba preocupado.
—Fui a pilates —respondí.
Adrian me miró como si le hubiera dicho que me hice monje.
—¿Tú? ¿Pilates?
—Si, ¿Qué, no puedo ir a pilates? Es bueno para el corazón, ¿no lo sabían?
—Ella va a pilates, ¿cierto? —preguntó.
Adrian echó la cabeza hacia atrás y soltó una carcajada.
—Fuiste detrás de la doctora —dijo, casi sin aire—. Dominik Lefevre en una colchoneta. Dios mío.
—¿Doctora? —mi madre se interesó. Oh no. Se había enderezado en el sillón. El pañuelo ya no estaba en su pecho—. ¿Qué doctora?
Adrian me miró. Yo lo miré a él. Tarde.
—Nadie, mamá.
—Nadie no hace que mi hijo vaya a pilates.
—Un pasatiempo.
Adrian hizo un gesto con la mano, algo así como
sí, claro , y mi madre lo vio.
—Quiero conocerla.
—No.
—Quiero saber si es tan hermosa como mi Séverine.
Ese maldito nombre.
Adrian dejó de sonreír. Mi padre dobló el periódico sin terminar de leerlo.
Yo me quedé quieto. El dolor de las piernas desapareció. No sentí nada más que ese calor frío subiéndome por la nuca, el mismo de siempre. Cinco años y todavía bastaba con escucharlo. Séverine. Su risa en el pasillo de mi casa.
Apreté la mandíbula hasta que me dolieron los dientes. En el pecho, justo donde me habían puesto el stent, algo se tensó. Me llevé la mano ahí sin darme cuenta.
—Dominik —dijo Adrian, bajito.
Bajé la mano.
—Deja de mencionar a esa mujer, mamá. —Mi voz salió baja, muy baja—. Hazme el favor.
—Hijo, yo solo…
—Ella ya no es nada tuya. Y dejó de ser mía el día que se fue.
Mi madre abrió la boca. La cerró. Por una vez, no dijo nada.
Nadie dijo nada.
Me acerqué a ella, despacio, porque no podía ir de otra forma, y le di un beso en la frente.
—Me voy. Avísame lo que sea. Sabes que siempre estoy pendiente de si se les ofrece algo.
Salí sin esperar respuesta. Afuera, el aire frío me golpeó la cara y lo agradecí. Luka me abrió la puerta del auto.
—¿Todo bien, señor?
—Adrian ya sabe lo del pilates.
Luka no dijo nada. Pero bajó la mirada reprimiendo una sonrisa.
Me dejé caer en el asiento y cerré los ojos. Todavía tenía el nombre pegado en la garganta. Hacía años que no dejaba que nadie se acercara lo suficiente como para poder irse. Y ahora estaba yendo a clases de pilates detrás de una mujer que ni siquiera contestaba mis mensajes.
Mi madre no iba a soltar el tema. La conocía. Y no pensaba dejar que se acercara a Ellie.
***
A las diez de la mañana ya había leído el mismo informe tres veces. No recordaba ni una línea.
Me dolía la espalda. Me dolían las piernas. Me dolía hasta sentarme en mi propia silla. Dos días después de esa clase, y el cuerpo seguía cobrándomela.
Pero no era eso lo que no me dejaba trabajar.
Era ella.
Su coleta balanceándose cada vez que giraba la cabeza. Su forma de contar en voz baja durante los ejercicios, moviendo apenas los labios. La mirada que me lanzó cuando la instructora me dijo, delante de todos, que así no se respiraba. Esa mirada. Mitad lástima, mitad diversión.
Y cómo, al terminar la clase, se acercó a la recepción a firmar su asistencia. Buscó en su bolso y sacó un bolígrafo de plástico, de esos que regalan en las farmacias. Tenía la tapa mordida. No escribía. Lo sacudió dos veces, lo probó en la palma de su mano y al final tuvo que pedir uno prestado.
Una médica. Con un bolígrafo roto.
Tomé el teléfono.
—Luka.
—Señor.
—Llama a Vautier. Dile que necesito un bolígrafo.
Hubo un silencio corto al otro lado.
—¿Un bolígrafo, señor?
—Único. Que no exista otro igual. Con incrustaciones de oro. Y su nombre grabado, también en oro. Ellie Moreau. Completo.
—¿Para cuándo?
—Para ayer.
—Entendido. ¿Algo más?
Lo pensé un segundo.
—Que sea liviano. Lo va a usar todo el día.
—Sí, señor.
Colgué justo cuando se abrió la puerta. Adrian entró sin tocar, como siempre, con dos cafés en la mano y cara de haber escuchado más de lo que debía.
—¿Vautier? —dijo, dejándome uno de los cafés sobre el escritorio—. ¿Llamaste a tu joyero?
—Buenos días a ti también.
—¿Le vas a pedir matrimonio?
Se rio antes de que pudiera contestar.
—No.
—¿Entonces?
—Un bolígrafo.
Adrian dejó de reírse. Me miró. Esperó que siguiera, que fuera una broma. No siguió nada.
—Un bolígrafo —repitió.
—Con su nombre.
—Con su nombre. —Se dejó caer en la silla frente a mí—. Dominik, compraste un hospital. Un hospital entero. Y ahora le vas a regalar un bolígrafo. Tu escala de regalos no tiene ningún sentido.
—Tiene todo el sentido.
—Explícamelo, porque desde aquí parece que estás enloqueciendo.
Tomé el café. Estaba caliente. Me quemé la lengua y no me importó.
—El hospital no se lo regalé a ella. Lo compré para que no se fuera. Es distinto.
—Ah, bueno. Mucho más sano.
—El bolígrafo sí es para ella. —Dejé la taza sobre el escritorio—. Un médico firma todo, Adrian. Recetas, historias clínicas, altas, órdenes. Todo el día. Lo más valioso que tiene un médico en el bolsillo es su bolígrafo. Y el de ella está roto. Tiene la tapa mordida.
Adrian se quedó callado. Ladeó la cabeza.
—¿Cómo sabes que tiene la tapa mordida?
No contesté.
—Dios mío. —Se pasó una mano por la cara—. Te fijaste en la tapa de su bolígrafo.
—Me fijo en todo.
—Eso ya lo sé. Ese es el problema.
Se levantó y caminó hasta el ventanal. Estuvo un rato mirando la ciudad, con el café en la mano, sin decir nada. Adrian no se callaba nunca. Cuando lo hacía, era porque estaba pensando algo que no me iba a gustar.
—¿Sabes qué va a pasar? —dijo al fin—. Te lo va a devolver.
—Puede ser.
—Te va a devolver un bolígrafo de oro con su nombre grabado. ¿Y qué vas a hacer? ¿Comprar la fábrica de bolígrafos?
—No me lo va a devolver.
—¿Por qué estás tan seguro?
Me recosté en la silla. La espalda me reclamó el movimiento, pero no me importó.
—Porque es médica. Y un médico no tira un buen bolígrafo. —Hice una pausa—. Lo va a guardar en el bolsillo de su bata. Lo va a sacar veinte, treinta veces al día. Cada receta. Cada firma. Va a tener mi regalo en la mano todo el día, y va a pensar en mi todo el tiempo.
Adrian se giró despacio.
—Eso es lo más enfermo y cursi que te he escuchado decir en toda tu vida.
—Gracias.
—No era un elogio.
—Para mí sí.
Negó con la cabeza, se acabó el café de un trago y caminó hacia la puerta. Antes de salir, se detuvo.
—Mamá me llamó anoche.
—¿Y?
—Quiere saber el nombre de la doctora. —Me miró por encima del hombro—. No se lo di. Todavía.
—No se lo vas a dar.
—Tranquilo. —Sonrió—. Pero si Luka sabe, Luka habla. Y ya sabes con quién habla Luka.
Salió riéndose.
Me quedé solo otra vez, con el informe abierto y sin leer. Luego escribí un mensaje y lo borré. Lo escribí otra vez.
«Hoy te llega algo. No lo devuelvas. — D.»
Lo envié.
La respuesta tardó cuatro minutos.
«Si es otro ramo de rosas, lo regalo a los pacientes.»
Sonreí.
«No son rosas.»
Esta vez no contestó.
Pero tampoco dijo que no.
Ellie MoreauAl dia siguienteNoémie volvió de sus vacaciones más bronceada, más descansada y con cinco kilos de chocolate de Grecia.
—Porque estaba en oferta —me dijo, dejando dos barras sobre la bandeja—. No me juzgues. Cuéntame todo.
Estábamos en la cafetería, en la mesa del rincón, la que nadie quería porque daba a la pared. A nosotras nos gustaba justamente por eso. Nadie escuchaba.
—¿Todo qué?
—Ellie. —Me apuntó con el tenedor—. Me fui tres semanas. Vuelvo y el hospital tiene dueño nuevo, tú ya no te vas a Lugano, y las enfermeras de pediatría dicen que llegaron tantas rosas a tu nombre que tuvieron que usar los floreros de la capilla.
Suspiré. Tomé mi sándwich. Lo dejé otra vez.
Y le conté.
Le conté del hombre en la calle, del infarto, de sus ojos azules. De las rosas. Del chófer esperándome a la salida. Del pañuelo en el estacionamiento.
—Espera. —Noémie dejó el tenedor—. ¿Te durmió?
—Con cloroformo.
—¿Y lo denunciaste?
—No.
—¿Por qué no?
Me encogí de hombros. No tenía una respuesta que sonara bien en voz alta.
—Porque después me invitó a cenar.
—Ellie.
—Ya sé.
—No, no sabes. —Se inclinó sobre la mesa—. ¿Y después?
Le conté de la cena. De los mensajes que llegaban a cualquier hora. Del hospital.
—¿Lo compró? —Noémie abrió tanto los ojos que pensé que se le iban a salir—. ¿Este hospital? ¿Dónde estamos sentadas?
—Para que no me fuera a Lugano.
Se quedó callada un momento. Luego miró alrededor, a las paredes, a las mesas, a la señora de la caja, como si todo de pronto le perteneciera a otra persona.
—Estoy comiendo en el comedor de tu novio.
—No es mi novio.
—Todavía.
—Noémie.
—Sigue, sigue.
Le conté lo del pilates. Noémie se tapó la boca con la mano para no reírse fuerte.
—No te creo.
—Te lo juro.
—¿Un magnate haciendo pilates por ti?
—No lo hizo por mí. Lo hizo para vigilarme.
—Lo hizo por ti, Ellie.
No quise discutirle eso.
Mi teléfono vibró sobre la mesa. Lo di vuelta sin pensar.
«Sigo sin poder sentarme. Espero que estés contenta. — D.»
Me mordí el labio. No sirvió de nada. La sonrisa se me escapó igual.
—¿Por qué sonríes así? —preguntó Noémie.
Giré el teléfono y se lo mostré.
Ella se acercó a la pantalla. Leyó. Luego miró el nombre del contacto, arriba de todo.
—¿Es ese? —Levantó una ceja—. ¿Por eso su nombre dice «El intenso»?
Solté una carcajada. Varias personas se giraron a mirarnos.
—Sí. Es él.
—¿Y por qué sonríes así? —Dejó el teléfono sobre la mesa, despacio—. Me estabas diciendo que vas a hacer de todo para que piense que eres una loca y se aleje de ti.
—Ujum —dije, mordiendo mi sándwich.
—Me dijiste que en la próxima cena le ibas a hablar de autopsias.
Seguí masticando. Noémie me miró con los ojos entrecerrados.
—No pareces una mujer que esté sufriendo por eso.
Tragué. Tomé un poco de agua. Miré la pared.
—Estoy sufriendo mucho.
—Se nota. —Noémie apoyó la barbilla en la mano—. Estás roja.
—Es la calefacción.
—No hay calefacción.
No le contesté. Volví a mirar el mensaje.
«Estiramiento de isquiotibiales, treinta segundos cada pierna. Y agua. Mucha agua.»
Lo envié. Noémie se asomó por encima de la mesa para leerlo.
—¿Le estás dando indicaciones médicas?
—Es mi paciente.
—No es tu paciente. Solo lo salvaste.
—Es lo mismo —respondí.
La respuesta llegó en menos de un minuto.
«¿Eso significa que te preocupas por mí?»
Bloqueé la pantalla y di vuelta el teléfono.
—No le vas a contestar —dijo Noémie.
—No.
—Porque vas a hacer que piense que estás loca.
—Exacto.
—Y que se aleje.
—Ujum.
Noémie tomó una de sus barras de chocolate, la abrió y partió un pedazo.
—Ellie, cariño. —Me lo puso en la mano—. La loca aquí no vas a parecer tú.
Noémie terminó su chocolate, yo terminé mi sándwich sin sentirle el gusto, y a la una en punto subimos juntas a la recepción del tercer piso para retomar el turno.
Selene estaba detrás del mostrador, con los auriculares puestos y un montón de expedientes a un lado. Cuando me vio, se los quitó y se agachó a buscar algo debajo del escritorio.
—Ellie, espera. —Sacó una caja negra, alargada, delgada, con un pequeño sello dorado en la tapa—. Esto llegó para ti. Lo trajo un hombre hace media hora. No quiso dejar nombre.
No necesitaba nombre.
Tomé la caja. Pesaba poco. Noémie se pegó a mi hombro.
—Ábrela.
—Aquí no.
—Ábrela, Ellie, o la abro yo.
Selene también se había inclinado sobre el mostrador. Suspiré, levanté la tapa, y me quedé quieta.
Sobre un fondo de terciopelo negro había un bolígrafo. Delgado, oscuro, con finas líneas de oro que lo recorrían de punta a punta, como venas. En el centro, grabado en letras doradas, estaba mi nombre.
Ellie Moreau.Completo. Sin error. Con la misma letra elegante con la que venían las tarjetas de las rosas.
—Dios mío —susurró Noémie. Tenía los ojos abiertos de par en par—. Ellie. Eso es oro.
—No sabemos si es oro.
—Es oro. Mi abuela era joyera. Eso es oro.
Dijo Selene y se tapó la boca con las dos manos.
Debajo del bolígrafo había una tarjeta pequeña, blanca. La saqué con cuidado.
Para las manos que me devolvieron la vida. Que no firmen nunca más con algo que no las merezca. — D.Sentí que se me calentaba la cara. El pecho. Hasta las orejas. Quería estar enojada. Tenía todas las razones para estar enojada. Pero lo único que pude hacer fue pasar el dedo, despacio, sobre las letras de mi nombre.
—Vaya, vaya.
La voz de Bastian me hizo saltar. Cerré la caja de golpe, pero ya era tarde. Estaba parado a mi lado, con una carpeta bajo el brazo, mirando la tapa como si fuera un expediente con malas noticias.
—Bastian…
—Déjame ver. —Me quitó la caja de las manos, la abrió y soltó una risa corta, sin nada de gracia—. Un bolígrafo de oro. Con tu nombre. Qué romántico.
—No es…
—Primero rosas. Después un hospital entero. Ahora esto. —Cerró la caja y me la devolvió—. Dile a tu admirador que la próxima vez te regale un estetoscopio de diamantes. Así combinas.
—Bastian, no digas eso.
—¿Por qué no? —Se encogió de hombros—. Seguro con ese bolígrafo tus recetas salen más bonitas. Las mías salen con tinta normal. Qué vergüenza para el hospital de tu novio.
—No es mi novio.
—Claro. —Me miró un segundo, uno solo, y vi algo en sus ojos verdes que me dolió más que el sarcasmo.
Se fue por el pasillo sin esperar respuesta. Noémie, Selene y yo nos quedamos en silencio.
—Uf —dijo Noémie al fin—. Está celoso.
Me quedé mirando el pasillo por donde se había ido. Bastian siempre había sido bueno conmigo. Siempre. Me traía café sin preguntar, me cubría cuando me dormía en la sala de guardia, se reía de mis chistes aunque fueran malos. Y yo nunca pude darle lo que él quería. No quería que sufriera por mi culpa.
—Oye. —Noémie me tocó el brazo—. No es tu culpa que otro hombre esté loco por ti.
—No está loco por mí. Está loco a secas.
—Ujum. —Me imitó, con la boca llena de una sonrisa—. ¿Y qué vas a hacer con eso?
Miré la caja en mis manos.
—Devolverlo.
—Ellie.
—Lo voy a devolver.
—Claro que sí.
Una hora después tenía que firmar un alta médico. Busqué en el bolsillo de mi bata. Encontré el bolígrafo viejo, el de la tapa mordida. Lo sacudí. Lo probé en la esquina del papel.
No escribía.
Me quedé mirándolo. Después miré la caja.
Noémie no dijo nada. No hizo falta. Solo cruzó los brazos y esperó.
Suspiré, abrí la caja otra vez y saqué el bolígrafo. Era liviano. Mucho más liviano de lo que parecía. Se acomodaba en mis dedos como si lo hubieran hecho para ellos.
Firmé.
La tinta salió suave, negra, perfecta.
—Solo hasta que consiga otro —dije.
—Por supuesto —respondió Noémie.
Lo guardé en el bolsillo de mi bata, justo sobre el corazón.
Y durante toda la tarde, cada vez que lo saqué para firmar algo, no pude dejar de pensar en él. Y me odiaba por eso porque se supone que quería ahuyentarlo.
¿Ustedes creen que lo va a ahuyentar en verdad?