7. Tango
Ellie MoreauSalí del hospital pasadas las ocho. El sol ya se había metido, me dolían los pies. Me dolía la espalda. Tenía hambre desde las cinco y solo había comido media barra del chocolate griego de Noémie.
Metí la mano en el bolsillo de mi abrigo para buscar las llaves y mis dedos rozaron el bolígrafo. Lo había pasado de la bata al abrigo sin pensarlo. Sin pensarlo, me repetí.
Y entonces lo vi.
Estaba en el estacionamiento, a unos metros de la salida, recostado contra un BMW negro que brillaba más que todos los autos alrededor juntos. Pantalón de vestir gris oscuro. Camisa celeste, con las mangas dobladas hasta los codos. Las piernas cruzadas, una sobre la otra, y las manos en los bolsillos, como si estuviera esperando el autobús y no a una mujer que no le había contestado un solo mensaje en toda la tarde. ¿Nunca tiene frio este hombre?
Me vio. Y sonrió.
Algo se me movió en el estómago. Algo pequeño, tonto, con alas. Me detuve en seco.
No. No, no, no.
Eso era hambre. Tenía que ser hambre.
—Doctora Moreau —dijo, sin moverse del auto.
—¿Qué hace aquí?
—Esperándote.
—Eso ya lo veo. —Crucé los brazos.
Miró su reloj.
—Salió treinta minutos después de su hora.
Enarqué una ceja. —¿Dónde está su chófer?
—Le di la noche libre a Luka.
—¿Y eso por qué?
—Porque quería manejar yo. —Se apartó del auto, despacio, y caminó hacia mí—. Y porque no quería testigos si me decías que no otra vez.
Se detuvo frente a mí. Demasiado cerca. Olía a limpio, a hombre de dinero y a peligro, podía notarlo, en su mirada. Tuve que levantar un poco la cabeza para mirarlo.
Las mariposas otra vez. Todas juntas.
Me aparté un paso.
—¿Qué quiere, señor Lefevre?
—Dominik.
—¿Qué quiere, señor Lefevre?
Sonrió de lado.
—Cenar contigo.
—Ya cenamos.
—Eso fue hace muchos días. La gente cena todos los días, Ellie.
Mi nombre en su boca sonaba bien. No me gustó que sonara así. No me gustó que me gustara.
—Estoy cansada.
—Lo sé. Tuviste dos cirugías y una guardia larga.
—¿Cómo sabe…? —Me callé. Claro que lo sabía. El hospital era suyo—. No importa.
—Estás cansada y tienes hambre —siguió—. No comiste nada desde el mediodía.
—¿También sabe eso?
—No. Pero te sonó el estómago hace un momento.
Me puse roja. Lo sentí subir desde el cuello hasta las orejas. Él tuvo la decencia de mirar hacia otro lado un segundo, pero cuando volvió a mirarme, estaba sonriendo otra vez.
Tenía que decir que no. Tenía que subirme a un taxi e irme a mi casa, comerme un yogur vencido y dormir. Eso tenía que hacer.
Pero entonces pensé en Noémie en la cafetería. En mi plan. En las autopsias, los gatos imaginarios. En la cara que iba a poner él cuando se diera cuenta de que yo no era ningún ángel, que era una mujer rara, desordenada y complicada, y que no valía la pena perder el tiempo detrás de mí.
Era la oportunidad perfecta.
—Está bien —dije.
Él parpadeó. Creo que no se lo esperaba.
—¿Está bien?
—Acepto. Pero solo porque me muero de hambre.
—Me sirve.
—Y elijo yo el lugar.
Eso sí le borró un poco la sonrisa.
—Tengo una reserva en…
—Elijo yo, o me voy a mi casa.
Me miró un largo rato. Luego fue hasta el auto y me abrió la puerta del copiloto.
—Tú mandas.
—Eso no es cierto —murmuré, subiendo.
—Esta noche sí.
Adentro, el auto olía aún mejor, mierda. Me acomodé en el asiento con el bolso sobre las piernas, bien derecha, como si fuera a una entrevista. Él subió del otro lado con un quejido que intentó disimular.
—¿Le duele?
—Nada.
Giré la cabeza hacia la ventana tan rápido que casi me doy contra el vidrio.
Le di la dirección. Era un local pequeño a quince minutos del hospital, en una esquina, con un letrero de neón al que le faltaban dos letras.
Burger Ro . Antes era
Burger Rocco . Nadie sabía qué había pasado con las otras letras.
Cuando estacionó enfrente, Dominik se quedó mirando el letrero.
—¿Aquí?
—Aquí.
—¿Estás segura?
—Las mejores hamburguesas de Ginebra.
—No sabía que Ginebra tenía hamburguesas.
—Porque usted come en restaurantes donde el plato trae tres hojas y una salsa en forma de lágrima.
Me miró. Me pareció que se iba a reír, pero no. Solo bajó del auto, dio la vuelta y me abrió la puerta otra vez.
Había cuatro mesas y un televisor viejo pasando un partido de fútbol. Rocco, que sí existía y tenía un bigote gigante, me saludó desde la plancha.
—¡Doctora! ¿Lo de siempre?
—Doble, por favor. —Miré a Dominik de reojo—. Dos dobles. Con todo. Y papas grandes.
Rocco miró a Dominik de arriba abajo, la camisa, el reloj, los zapatos y supo que el estaba muy fuera de lugar.
—¿Y el señor?
—Nada, gracias —dijo Dominik.
—¿Nada? —Levanté las cejas—. ¿No va a comer?
—No como estas cosas.
—Ah, cierto. —Me senté en la mesa del fondo y apoyé los codos—. Tiene el corazón de un hombre de ochenta años.
—Tengo el corazón de un hombre que casi se muere en la calle —me corrigió, sentándose frente a mí con cuidado—. Y que una doctora muy terca salvó.
—No soy terca.
Rocco trajo la bandeja. Dos hamburguesas dobles, gordas, chorreando queso, con mostaza y kétchup saliéndose por los costados. Una montaña de papas. Una gaseosa grande.
Dominik miró la bandeja. Después me miró a mí.
—¿Vas a comer las dos?
—Claro.
—¿Sola?
—¿Ve a alguien más que me ayude?
No esperé respuesta. Tomé la primera hamburguesa con las dos manos y le di un mordisco enorme. De esos que no se dan en público. De esos que se dan cuando nadie mira. El queso me quedó colgando de la barbilla. Lo junté con el dedo y me lo llevé a la boca.
Esperé ver asco en su cara. Una mueca. Algo.
No había nada de eso.
Estaba apoyado en el respaldo de la silla, con los brazos cruzados, mirándome. Y sonriendo. Pero no era una sonrisa de burla. Era como si estuviera viendo algo que le gustaba mucho.
Seguí comiendo. Me chupé los dedos, uno por uno, con ruido. Mastiqué con la boca un poco abierta. Me reí de algo que pasó en el partido, fuerte, y casi escupo una papa.
Él seguía sonriendo.
Esto no estaba funcionando.
Tenía que subir el nivel.
—¿Sabe qué hice ayer? —dije, con la boca medio llena.
—Cuéntame.
—Estuve en una autopsia.
—Ajá.
—Un hombre de sesenta años. Lo encontraron tres días después de morir. —Tomé una papa y la mojé en kétchup—. ¿Sabe lo que pasa con un cuerpo después de tres días?
—Supongo que me lo vas a contar.
—Se hincha. Mucho. Por los gases. Y cuando uno abre el abdomen…
Hice un gesto con las manos, como una explosión pequeña. Me metí la papa en la boca.
—El olor no se va en días. Se te mete en el pelo. En la ropa. En la piel. Ayer me bañé dos veces y todavía lo sentía.
Lo miré fijo, esperando.
Dominik apoyó el codo en la mesa y la barbilla en la mano.
—¿Y qué más?
—¿Cómo que qué más?
—Me estás contando. Sigue.
Me quedé con la boca abierta. Cerré la boca. Tomé aire.
—Bueno. —Agarré la segunda hamburguesa—. Otra vez tuvimos que sacar un hígado entero. ¿Sabe cuánto pesa un hígado? Un kilo y medio. Lo tuve en las manos. Estaba tibio todavía. Y resbaloso. Casi se me cae.
—Qué miedo.
—Y los ojos. —Me incliné sobre la mesa—. Después de muerto, los ojos se ponen opacos, como de vidrio sucio. A veces se quedan abiertos. Y uno tiene que cerrarlos con los dedos, así.
Le hice el gesto en el aire, muy cerca de su cara. Él ni parpadeó.
—Tienes buenas manos para eso —dijo.
—¿Me está escuchando?
—Cada palabra.
—¿Y no le da asco?
—No.
—¿Nada?
—Nada.
Le di otro mordisco a la hamburguesa, frustrada. Mastiqué fuerte. La mostaza se me salió por un costado y la sentí en la comisura del labio.
Iba a limpiarme con la servilleta. No llegué.
Dominik estiró la mano por encima de la mesa y me pasó el pulgar por la comisura de la boca. Despacio. Muy despacio. Sentí su dedo tibio contra mi piel y me quedé quieta, con la hamburguesa a medio camino.
Luego se llevó el pulgar a la boca. Y lo limpió.
Sin dejar de mirarme.
El mundo se detuvo un segundo. El ruido de la plancha, el partido, la voz de Rocco hablando por teléfono, todo desapareció. Solo quedaban sus ojos azules y ese calor que me subió desde el estómago hasta la cara, y que no tenía nada que ver con la comida.
—Pensé que no comía estas cosas —logré decir. Mi voz sonó rara.
—No las como.
—Eso era mostaza.
—Eso era tuyo. —Se recostó otra vez en la silla—. Es distinto.
Bajé la mirada al plato. Me temblaban un poco las manos. Las mariposas ya no eran mariposas. Eran pájaros. Una bandada entera.
No. No. No. Tenía un plan.
Tragué. Dejé la hamburguesa. Me limpié las manos con la servilleta, esta vez sí, y lo miré de frente.
—Mire, señor Lefevre. Voy a ser sincera con usted.
—Por favor.
—Yo no soy lo que usted cree.
—¿Y qué creo yo?
—Que soy un ángel. Me lo puso en las tarjetas. «Para mi ángel». —Negué con la cabeza—. No soy ningún ángel. Soy desordenada. Hablo de cadáveres mientras como. Me como dos hamburguesas dobles sola. Duermo con calcetines distintos. Tengo el refrigerador lleno de cosas vencidas. Me olvido de pagar las cuentas. Lloro con las películas de perros. Y cuando me enojo, grito.
—No te he visto gritar.
—Porque no me ha hecho enojar lo suficiente.
—Me esforzaré.
—¡Eso! —Lo señalé—. Eso no es normal. Usted no es normal. Y yo tampoco. Estoy un poco loca, ¿sabe? No muy bien de la cabeza. Soy tóxica. Muy tóxica.
—¿Tóxica cómo?
La pregunta me tomó por sorpresa.
—Bueno… —Busqué algo. Cualquier cosa—. Soy celosa. Muy celosa. Reviso teléfonos.
—El mío no tiene clave.
—Y… soy controladora.
—Compré un hospital para que no te fueras a Lugano.
Abrí la boca. La cerré.
—Esto no es una competencia.
—No. —Sonrió—. Pero si lo fuera, iría ganando yo.
Me dejé caer contra el respaldo de la silla, derrotada. Tomé una papa fría, la miré y la volví a dejar.
—Entonces dígame —dije, cruzando los brazos—. ¿Quién en su sano juicio querría estar cerca de una mujer así?
Dominik no contestó enseguida.
Solo sonrió.
Una sonrisa lenta. Se inclinó hacia adelante, apoyó los antebrazos en la mesa de plástico, y me miró como nadie me había mirado nunca. Como si yo fuera lo único en ese local. En esa ciudad. En el mundo.
—Yo —dijo.
Una sola palabra.
—Usted no está en su sano juicio.
—No. —Negó despacio—. Desde que abrí los ojos en esa clínica y lo primero que pensé fue en ti, no.
No supe qué decir. Tenía la garganta cerrada.
—Viniste aquí a espantarme —siguió, en voz baja—. Lo sé. Pediste dos hamburguesas para que pensara que eres un desastre. Me hablaste de hígados para que me diera asco. Me dijiste que estás loca para que me fuera corriendo.
—No es cierto.
—Ellie.
—…Un poco cierto.
Se rio, fue una risa corta.
—Lo único que conseguiste es que ahora sé cuál es tu comida favorita. Que te ríes fuerte. Que te chupas los dedos. Que cuando te pones nerviosa hablas de cadáveres. Y que duermes con calcetines distintos.
—Eso último no tenía que saberlo.
—Ya lo sé. —Se encogió de hombros—. Y no lo voy a olvidar.
Me miró las manos.
—Espero te haya gustado tu regalo —suspiré.
—Eso, Dominik —ahora ya lo llamaba por su nombre porque iba en serio.
—Deja de enviarme regalos costosos, ¿un bolígrafo con oro? ¡Dios Mio, Dominik, eso no!
El solo sonrio. —Pequeños detalles, los hombres debemos ser detallista con las damas.
—Las flores están bien, pero lapiceras de oro, no.
—Pero te gustó —no fue una pregunta.
—Es útil —intenté sonar indiferente. —Los bolígrafos son como tesoros para los doctores.
—Lo sé, por eso te regalé uno con tu nombre, todos sabrán que es tuyo.
Nos miramos por largos minutos hasta que… Rocco vino a retirar la bandeja. Miró los platos vacíos y me guiñó el ojo.
—¿Todo bien, doctora?
—Todo bien, Rocco.
—¿Y el señor? ¿Seguro que no quiere nada?
Dominik sacó la billetera y dejó un billete sobre la mesa. Demasiado grande. Rocco abrió los ojos.
—Ya tuve lo que vine a buscar —dijo Dominik.
Me miró a mí mientras lo decía.
Salimos al frío de la noche. El letrero de neón zumbaba sobre nuestras cabezas. Me abrí el abrigo porque tenía calor, y era mentira, porque estaba helando.
Me abrió la puerta del auto. Otra vez.
El camino a mi casa fue en silencio. Yo miraba por la ventana y él manejaba, y de vez en cuando sentía sus ojos en mí, y yo fingía no sentirlos, y él seguro sabía que yo fingía.
Frenó frente a mi edificio. No apagó el motor.
—Gracias por mirarme cenar —dije medio sonriendo.
—Fue la mejor cena de mi vida.
Me giré a mirarlo. No estaba bromeando. Tenía la cara seria, los ojos fijos en mí, las manos quietas sobre el volante.
—Mi plan no funcionó, ¿verdad? —pregunté.
—No.
—¿Nada?
—Nada. —Hizo una pausa—. Pero puedes seguir intentándolo. Todas las noches que quieras.
Todas las noches que quisiera.
Bajé del auto. Él también bajó, despacio, con ese quejido que ya no intentaba esconder, y dio la vuelta hasta quedar frente a mí. Yo tenía las llaves en la mano. Podía irme. Tenía que irme.
Pero entonces se me ocurrió.
—¿Te gusta bailar?
Dominik levantó una ceja.
—Tengo dos pies izquierdos —declaró.
Sonreí. No pude evitarlo. Era perfecto. Un hombre que no podía sentarse por una clase de pilates, que tenía el orgullo del tamaño de un hospital, dando vueltas torpes en una pista delante de un montón de desconocidos. Se iba a sentir ridículo. Se iba a cansar. Y se iba a ir.
—Los viernes voy a practicar bailes de salón —dije—. ¿Me acompañas?
Me miró un largo rato. Creo que se dio cuenta. Creo que siempre se daba cuenta.
—¿Hay algo que no hagas? —preguntó, sonriendo.
—Muchas cosas. —Me encogí de hombros—. Pero esto sí lo hago.
—¿Y qué sería eso? ¿Otra clase?
Tragué saliva. Pero mis palabras salieron antes de que pudiera detenerlas.
—Sería una cita.
Él no dijo nada. No sonrió más. Solo me miró a los ojos, muy quieto, como si quisiera guardarse ese momento en algún lugar donde nadie pudiera quitárselo.
Y asintió.
—El viernes a las ocho —le dije.
Me di la vuelta y caminé hacia la puerta del edificio sin esperar respuesta. Lo dejé ahí, parado en la vereda, junto a su auto, bajo la luz de la farola.
No miré atrás. Pero tampoco escuché el motor hasta que la puerta se cerró detrás de mí.
Subí las escaleras de dos en dos. Entré a mi apartamento y me apoyé contra la puerta, con el corazón latiéndome en la garganta.
Sería una cita.Lo había dicho yo. Nadie me obligó. Nadie me durmió con un pañuelo.
Me tapé la cara con las manos.
—Es parte del plan —dije en voz alta —. Es parte del plan.
ViernesMe cambié de vestido cuatro veces.
El primero era demasiado corto. El segundo, demasiado serio, como para ir a un funeral. El tercero tenía una mancha de café que no recordaba. El cuarto era el azul, el holgado, el que me llegaba justo a las rodillas, con volados en la falda, mangas cortas y cuello redondo. El que me había regalado Juliette dos navidades atrás y que nunca me había puesto porque nunca tenía a dónde ir.
Me até el pelo en una cola alta con un pañuelo del mismo azul. Me puse los zapatos de tacón bajo, los de baile, los que ya tenían la suela gastada de tantos viernes.
Me miré al espejo.
—Es parte del plan —le dije a mi reflejo.
Mi reflejo no me creyó.
A las ocho menos cinco bajé las escaleras. A las ocho en punto abrí la puerta del edificio.
Él ya estaba ahí.
Recostado contra el BMW, como la otra noche. Pero esta vez todo de negro. Pantalón negro, camisa negra, los primeros botones abiertos. El pelo peinado hacia atrás. Las manos en los bolsillos.
Me detuve en el último escalón. Tuve que agarrarme de la baranda.
Nadie tenía derecho a verse así un viernes a las ocho de la noche. Nadie.
Él levantó la vista y me vio. Se enderezó despacio. Y mientras yo caminaba hacia él, lo escuché murmurar un:
—Wow.
Sentí el calor subirme a la cara. Hice como que no lo había oído. Seguí caminando, con la cabeza en alto, aunque me temblaban las rodillas.
—Hola —saludé.
Él no contestó. Solo me miraba. De arriba abajo, sin prisa. El pañuelo. El vestido. Los zapatos. Otra vez mi cara. Con esos ojos azules tan fijos que me dieron ganas de esconderme detrás de algo.
—¿Qué? —pregunté.
—Nada.
—Me está mirando raro.
—Te estoy mirando. —Hizo una pausa—. Eres simplemente hermosa.
El estómago se me dio vuelta. Así, sin aviso. Como en una montaña rusa cuando baja de golpe.
—Gracias —murmuré, mirando al suelo—. Tú también… estas bien.
—¿Bien?
—Aceptable.
Sonrió. Me abrió la puerta del auto.
—Voy a aceptar aceptable.
El salón de baile quedaba en el segundo piso de un edificio antiguo en la ciudad vieja, encima de una panadería. Subimos por una escalera de madera que crujía a cada paso. Dominik subía detrás de mí, y yo sentía su mirada en la espalda como una mano.
—¿Todavía te duelen las piernas? —pregunté, sin darme vuelta.
—Un poco.
—Entonces esto te va a doler más.
—Lo sé.
—¿Y aun así aceptaste?
—Tú me invitaste.
Llegamos arriba. El salón era grande, con piso de madera clara, espejos en una pared entera y ventanales altos que daban a los techos de la ciudad. Del techo colgaban lámparas viejas de luz amarilla. En un rincón había un tocadiscos y una pila de vinilos.
Ya había seis parejas. Los Brunner, que llevaban cuarenta años casados y todavía se tomaban de la mano. Los dos hermanos portugueses que venían sin pareja y bailaban entre ellos. Una pareja joven que se iba a casar en diciembre y estaba aprendiendo el vals para la boda. Y otras tres que ya conocía de vista.
—¡Ellie!
Berta cruzó el salón con los brazos abiertos. Tenía sesenta años, el pelo blanco cortito, los labios pintados de rojo y una falda negra que se movía con cada paso. Detrás venía Konrad, su esposo, alto y delgado, con bigote gris y un chaleco de cuadros.
—¡Un mes! —Berta me abrazó fuerte—. Un mes sin venir. Pensé que nos habías abandonado.
—El trabajo, Berta. Perdón.
—Siempre el trabajo. —Konrad me dio un beso en cada mejilla—. Te extrañamos, niña.
Los Brunner me saludaron desde el fondo. Uno de los portugueses me tiró un beso. Sentí una emoción linda en el pecho. Hacía mucho que nadie me extrañaba en ningún lugar que no fuera un hospital.
Berta se giró hacia Dominik. Lo miró de pies a cabeza, igual que él me había mirado a mí en la vereda.
—¿Y este caballero?
—Dominik Lefevre —se presentó él, extendiendo la mano.
Berta se la estrechó. No la soltó enseguida.
—Encantada, Dominik. —Luego me miró a mí por encima de su hombro y me guiñó un ojo. Un guiño lento, nada disimulado.
Me puse roja otra vez. Iba a terminar la noche con la cara del color de un tomate.
—Es… un amigo —dije.
—Claro que sí, querida.
—De verdad.
—Por supuesto.
Konrad se rio bajito y se fue hacia el tocadiscos.
Berta dio dos palmadas en el aire. Todos se callaron.
—Bueno, mis amores. —Levantó los brazos—. Hoy es noche de tango.
Se escuchó un murmullo en el salón. Los novios se miraron asustados. Los Brunner sonrieron.
Yo miré a Dominik.
Tango. Justo tango. El baile más difícil de todos. El que a mí me había llevado tres meses aprender a caminar sin pisar a nadie. Con piernas adoloridas, con dos pies izquierdos, con ese orgullo suyo tan grande.
Iba a ser un desastre. Un desastre precioso.
Casi me dio pena por él.
Casi.
—No te preocupes —le dije en voz bajita acercándome—. Es normal que la primera vez salga mal. A todos les pasa.
—¿A ti te pasó?
—Pisé a Konrad seis veces.
—Voy a intentar no pisarte.
—No me va a pisar a mí. —Sonreí—. Berta siempre baila con los nuevos para enseñarles los pasos básicos.
Él miró a Berta. Después me miró a mí.
—Entiendo.
—Tranquilo. Ella tiene mucha paciencia.
Berta ya venía hacia nosotros, con los brazos extendidos.
—Dominik, querido. Ven. Tú serás mi pareja esta noche, así te muestro algunos pasos. Ellie, tú baila con Konrad.
Konrad me ofreció la mano. Yo la tomé, pero no me moví. Quería ver. Quería ver a Dominik Lefevre, a este hombre intenso, tropezándose con sus propios pies en medio de una pista.
Me quedé a un costado. Crucé los brazos. Preparé mi mejor cara de doctora comprensiva.
—Pon la mano aquí —le decía Berta, acomodándole la mano en su espalda—. La otra, así. No me aprietes mucho. El tango se trata de…
Konrad bajó la aguja sobre el disco.
Sonó el bandoneón.
Y todo cambió.
Dominik no esperó a que Berta terminara de explicar. Se enderezó. Algo en su cuerpo se transformó, como si de golpe fuera otra persona. Los hombros hacia atrás. La barbilla alta. La mano firme en la espalda de ella.
Dio el primer paso.
Y Berta se fue con él.
La llevó por el salón como si no pesara nada. Pasos largos, lentos y seguros. Luego rápidos. Luego se detuvo de golpe, y ella se detuvo con él, pegada a su pecho. La hizo girar. Una vez. Dos. La inclinó hacia atrás, casi hasta el suelo, sosteniéndola con un solo brazo, y la levantó otra vez sin esfuerzo, como si fuera una pluma.
Berta tenía sesenta años y se reía como una muchacha.
Él no se reía. Tenía la cara seria, concentrada, los ojos entrecerrados. Cada movimiento era magistral. Cada pausa, a tiempo. Las piernas de ella se enredaban con las de él y se desenredaban en un segundo tan rápidas como limpias. Había algo en la forma en que la guiaba, en cómo la sostenía y la soltaba, que era… no sabía qué palabra usar.
Sensual. Esa era la palabra. Y me dio vergüenza pensarla.
El salón entero se había detenido. Los Brunner ya no bailaban. Los novios estaban con la boca abierta. Uno de los portugueses se había llevado la mano al pecho. Konrad, a mi lado, se había olvidado de que estaba sosteniendo mi mano.
Y yo…
Yo tenía la boca abierta. Literalmente. Me di cuenta porque sentí el aire frío en los dientes.
La cerré.
Se me volvió a abrir.
Dominik llevó a Berta hasta el centro del salón y la hizo girar una última vez. Ella dio vueltas y vueltas y terminó en sus brazos, con una pierna estirada hacia atrás y la cabeza en su hombro, justo cuando sonaba la última nota.
Silencio.
Un segundo. Dos.
Y después, aplausos. Todos. Los Brunner, los novios, los portugueses gritando «¡Bravo!», Konrad silbando con dos dedos en la boca.
Berta se enderezó, con el pelo blanco despeinado y las mejillas rojas, y se abanicó la cara con la mano.
—Dios santo —dijo, sin aliento—. Dos pies izquierdos, ¿eh?
Dominik la soltó con cuidado. Le hizo una pequeña reverencia. Y luego giró la cabeza.
Me buscó.
Me encontró.
Yo seguía ahí, parada a un costado, con los brazos caídos y la mano de Konrad olvidada en la mía.
Cruzó el salón hacia mí despacio. Sin quitarme los ojos de encima. Konrad me soltó la mano y se apartó un paso, sonriendo, como si supiera algo que yo todavía no.
Dominik se detuvo frente a mí.
—Me mentiste —le dije medio enojada.
—No.
—Me dijiste que tenías dos pies izquierdos.
—Y los tengo. —Se encogió de hombros—. Nunca dije que no supiera usarlos.
—Eso es trampa.
—Tú me trajiste a una clase de baile para que hiciera el ridículo. —Levantó una ceja—. ¿Quién hizo trampa primero?
No tuve respuesta. Él lo sabía.
—¿Dónde aprendiste? —pregunté.
—Mi madre. —sonrió levemente —. Nos obligó a los tres desde niños a ir a sus clases de baile de salón. Demian lo odiaba. Adrian se escapaba. Yo me quedaba.
—¿Por qué?
—Porque me encantaba verlos bailar —se acercó completamente a mí para susurrarme al oído algo que me erizó la piel completamente. —El baile de salón, es uno en donde los cuerpos se confiesan lo que las bocas callan. Es hacer el amor a la vista de todos, sin que nadie se dé cuenta. Es el único lugar donde puedes hacerle el amor a una mujer sin tocarla… y dejarla temblando igual.
Me alejé de él y lo miré a los ojos, el también y sentí algo en mi bajo vientre y sabia que era. Podré ser virgen, pero sé muy bien lo que significa.
Konrad bajó otra vez la aguja. Empezó otro tango, más lento que el primero.
Dominik me extendió la mano.
—Ahora te toca a ti.
El tango que Dominik bailó con Berta es: LIBERTANGO. A. PIAZZOLLA. Si desean ver una partecita del baile vayan a ver mi historia en Instagram @ida.Gonz.autora