8. Fue real
Ellie MoreauTomó mi mano y me llevó al centro del salón.
No me preguntó si estaba lista. No me dio tiempo a pensar. Me puso la otra mano en la espalda, justo en la cintura, y me acercó a él. No mucho. Lo justo para que sintiera su pecho a un suspiro del mío.
—Mírame —dijo.
—Tengo que mirarte los pies para no pisarte.
—Los pies no importan. Mírame a mí.
Levanté la vista. Error. Sus ojos estaban ahí, azules, oscuros bajo la luz amarilla de las lámparas, esperándome.
Sonó el bandoneón. Y dio el primer paso.
Yo lo seguí sin pensarlo. No sé cómo. Tres meses me había costado aprender a caminar el tango con Konrad, contando en voz baja, mirándome los zapatos, pidiendo perdón cada dos pasos. Con Dominik no conté nada. No miré nada. Mi cuerpo simplemente iba hacia donde iba el suyo, como si ya supiera el camino.
Me llevaba con firmeza sintiendo una suave presión en la espalda y yo giraba. Un paso suyo hacia adelante y yo retrocedía. Se detenía de golpe y yo me detenía con él, pegada a su camisa, respirando su perfume y mierda, me estaba enloqueciendo.
—Lo haces bien —murmuró cerca de mi oído erizándome la piel.
—Porque tú me llevas.
—No. Porque confías en mí.
Quise decirle que no era cierto. Que no confiaba en él. Que un hombre que me durmió en un estacionamiento no merecía mi confianza. Pero en ese momento me hizo girar, y la falda de mi vestido se abrió como una flor, y cuando volví a sus brazos se me olvidó todo lo que iba a decir.
Bailamos ese tango. Y el siguiente. Y el otro.
No sé cuántos fueron.
En algún momento los Brunner se despidieron desde la puerta. Los novios también. Los portugueses me tiraron un beso y le dieron una palmada en el hombro a Dominik al pasar. La gente se iba.
Nosotros no.
Yo no quería parar. Me dolían los pies, tenía el pañuelo medio suelto, la cara caliente y el pulso acelerado. Y no quería parar. Era como si esa noche fuera una burbuja, y si dejaba de moverme, iba a reventar.
Cuando terminó el último tango, nos quedamos quietos en el medio del salón, respirando rápido. Su mano todavía seguía en mi espalda. La mía todavía estaba en su hombro.
Miré alrededor. Solo quedaban Berta y Konrad, sentados en dos sillas junto al tocadiscos. Berta tenía la cabeza apoyada en el hombro de su esposo. Los dos nos miraban y sonreían, con esa sonrisa de la gente que ya lo ha vivido todo.
—Deberíamos irnos —dije, sin soltarlo—. Ya es tarde.
—¿Quieres irte?
No contesté.
Konrad se levantó despacio. Buscó entre la pila de vinilos, sacó uno sin mirar la tapa, como si ya supiera cuál era, y lo puso en el tocadiscos. Bajó la aguja.
Sonó un piano. Suave. Después una voz lenta, arrastrando las palabras.
Bésame mucho.La reconocí en la primera nota. La cantaba mi mamá en la cocina cuando yo era pequeñita y ella aún estaba de pie y consciente. Nunca la había escuchado así, en un salón casi vacío, a medianoche, con un hombre como él tan cerca.
Miré a Konrad. Me guiñó un ojo, igual que su esposa, y se volvió a sentar junto a ella.
Dominik no me preguntó nada. Solo cambió la mano de lugar. La subió un poco por mi espalda y me acercó a él.
Esta vez no quedó ningún espacio.
Su pecho estaba pegado al mío. Mi mano subió sola desde su hombro hasta su nuca. La suya bajó por mi brazo hasta encontrar mi mano, y entrelazó los dedos con los míos, y los apoyó contra su pecho.
Contra su corazón.
Lo sentí latir tan fuerte y rápido. El mismo corazón que yo había sostenido con mis manos en esa vereda, cuando se estaba apagando. Ahora latía por mí. Lo sabía sin que él me lo dijera.
No era tango. Ya no había pasos, ni giros, ni reglas. Solo nos movíamos despacio, de un lado a otro, casi sin despegar los pies del suelo. Mi mejilla cerca de la suya. Su respiración en mi sien. Su perfume en todo mi sistema.
Cerré los ojos.
—Ellie —dijo, muy bajo.
—¿Qué?
—Nada. Solo quería decir tu nombre.
Me reí contra su cuello, despacio. Sentí cómo se le erizaba la piel.
La voz en el disco seguía cantando de forma lenta, pidiendo algo que yo también empezaba a querer pedir. Pensé en mi plan. En las hamburguesas. En las autopsias. En Noémie. En Bastian diciéndome que era obsesión, que era control. En todas las razones que tenía para soltarlo y bajar esa escalera corriendo.
No encontré ninguna que pesara más que su mano en mi espalda.
Abrí los ojos. Él ya me estaba mirando.
Su cara estaba tan cerca que podía contarle las pestañas. Tenía una cicatriz pequeña en la ceja que no lo había visto antes. Tenía los labios entreabiertos. Tenía los ojos oscuros, más oscuros que nunca, fijos en mi boca.
No dijo nada.
Inclinó el rostro despacio. Tan despacio que me dio tiempo de apartarme. De girar la cabeza. De decir que no.
No me aparté.
No giré la cabeza.
No dije que no.
Sus labios tocaron los míos.
Al principio fue apenas un roce. Un roce suave, como una pregunta. Se quedó ahí, quieto, esperando. Y yo cerré los ojos y le contesté.
Y entonces me besó de verdad.
Su mano subió hasta mi cara. Sus dedos se metieron en mi pelo, debajo del pañuelo, y el pañuelo se soltó y cayó al suelo, y a ninguno de los dos le importó. Me besó despacio, como si tuviera toda la noche, como si tuviera toda la vida. Yo me agarré de su camisa porque me temblaban las piernas.
Me habían besado antes. Claro que sí. Un compañero en la facultad, en una fiesta, con olor a cerveza y prisa. Un chico en Manhattan, cuando tenía diecisiete, detrás del gimnasio, que después le contó a todos. Besos que se olvidaban al día siguiente. Besos que no eran nada.
Esto no se parecía a nada.
Esto era fuego.
Sentí algo explotar dentro de mí. En el pecho, en el estómago, detrás de los ojos cerrados. Como fuegos artificiales. Uno, y otro, y otro. El suelo se movía. El salón desapareció. La música desapareció. Solo quedaba su boca, sus manos, su corazón latiendo contra mi mano, tan fuerte como el mío.
Así que esto era un beso de verdad.
Así que esto era lo que todos decían.
Veinticinco años, y era el primer beso real de mi vida.
Cuando por fin se apartó, fue apenas unos centímetros. Su frente se quedó apoyada en la mía. Los dos respirábamos como si hubiéramos corrido una maratón. Yo no podía abrir los ojos. Tenía miedo de abrirlos y que todo se acabara.
—Ellie —susurró otra vez.
Abrí los ojos.
Me estaba mirando como nunca nadie me había mirado.
—¿Sabes lo que acabas de hacer? —preguntó.
—¿Qué?
—No me apartaste.
—No.
—Ahora no te voy a dejar ir. —Me pasó el pulgar por el labio inferior, despacio—. Nunca.
Debería haberme asustado. Una mujer con sentido común se habría asustado.
Yo solo pude asentir.
La canción terminó. La aguja siguió girando en el disco, haciendo ese ruido suave de estática. Nadie se movió a quitarla.
Desde el rincón, escuché la voz de Berta, bajita, casi un suspiro.
—Konrad, ¿te acuerdas?
—Me acuerdo, mi amor —respondió él—. Como si fuera ayer.
Dominik se agachó, recogió mi pañuelo azul del suelo y me lo puso en la mano. No me lo devolvió del todo. Se quedó sosteniendo una punta, igual que sostenía mi mirada.
—Te llevo a casa —dijo.
No fue una pregunta. Nunca lo eran.
Y esta vez, no quise que lo fuera.
El camino de vuelta fue en silencio. Yo iba con el pañuelo apretado en la mano, mirando por la ventana las luces de la ciudad pasar, y no veía ninguna. Solo veía el salón y recordaba su beso.
Me toqué los labios sin darme cuenta. Todavía los sentía tibios.
Bajé la mano rápido. Él no dijo nada, pero lo vi de reojo, con los ojos fijos en la calle.
Me ardía la cara. Me ardía todo. El corazón me latía tan fuerte que tenía miedo de que él pudiera escucharlo por encima del motor. Pensé que si seguía así me iba a explotar en el pecho, y la médica en mí pensó, ridículamente, que esa sería una forma muy tonta de morir.
Frenó frente a mi edificio. Apagó el motor.
Bajó del auto, dio la vuelta y me abrió la puerta. Me ofreció la mano para bajar. La tomé. No me la soltó enseguida.
Nos quedamos ahí, en la vereda. Yo no decía nada. No podía. Tenía todas las palabras atoradas en algún lugar entre la garganta y el estómago.
—Fue una maravillosa noche —dijo él —. Una como hace tanto tiempo no tenía.
Lo miré. Lo decía en serio. Sonreí. Por primera vez desde el salón. Y enseguida negué con la cabeza, despacio, mirando el suelo.
—No debería haber sido así —declaré.
Él sonrió de lado.
—Parece que cuanto más te empeñas en alejarme, más me obsesionas.
Solté su mano. Suspiré hondo. El aire frío me llenó los pulmones y me ayudó a pensar un poco más claro. Solo un poco.
—No deseo ser la obsesión de nadie, Dominik. —Levanté la vista hacia él—. No deseo un hombre que me quiera solo para ser una más en su larga lista de interminables mujeres que pasan por su cama.
No sonrió. No dijo nada. Se quedó mirándome, serio, muy quieto.
—Y tú… —empecé.
—¿Yo qué?
Negué otra vez. Me costaba decirlo mirándolo a los ojos.
—Tú eres Dominik Lefevre. Un excéntrico millonario que siempre está buscando cosas nuevas para divertirse.
Él me miró de nuevo. Así, con esa intensidad suya que me atravesaba como si pudiera ver lo que tenía adentro de mi cabeza. Dio un paso hacia mí. No me tocó.
—No eres una cosa —dijo—. Y solo sabes de mí lo que lees en las redes. Si deseas saber algo, solo tienes que preguntar. Me tienes aquí, frente a ti, en carne y hueso.
Su voz no era dura, era baja y tranquila. Y eso lo hacía peor. Porque tenía razón, y lo sabía. Yo no le había preguntado nada. Ni en la primera cena, ni en las hamburguesas, ni esta noche. Me daba miedo preguntar. Me daba miedo que las respuestas me gustaran.
—Ese no es el punto, Dominik.
—¿Y cuál es?
Apreté el pañuelo en la mano hasta sentir las uñas en la palma.
—Solo quiero que sepas que, si piensas que yo voy a terminar en tu cama por una noche, estás perdiendo el tiempo. —Tragué saliva—. Buenas noches, Dominik. Mañana tengo que madrugar.
Pasé a su lado sin mirarlo. Caminé hacia la puerta del edificio con la espalda recta y las piernas temblando.
—Buenas noches, Ellie.
Lo escuché a mi espalda. Como si no le hubiera dicho nada que no esperara escuchar.
Subí las escaleras despacio esta vez. Sin correr. Sentía el cuerpo pesado, como después de una guardia de cuarenta y ocho horas. Entré a mi apartamento y no prendí la luz.
Fui hasta la ventana. No quería. Fui igual.
Corrí apenas la cortina.
Él seguía ahí. Recostado contra el auto, con las manos en los bolsillos, mirando hacia arriba. Hacia mi ventana. No podía verme en la oscuridad, lo sabía. Pero igual me pareció que me miraba a los ojos.
Me quedé quieta, con la mano en la cortina y el corazón en la garganta.
Pasó un minuto. Dos. Él no se movía.
Al final, se enderezó. Abrió la puerta del auto. Antes de subir, levantó la mano hacia mi ventana. Un saludo pequeño. Como si supiera exactamente dónde estaba yo.
Solté la cortina.
Me senté en el borde de la cama, todavía con el vestido azul y los zapatos puestos. Miré el pañuelo en mis manos. Lo acerqué a la cara sin pensarlo. Olía a él.
Había dicho todo lo que tenía que decir. Había sido firme. Había sido clara. Había hecho lo correcto.
Entonces, ¿por qué sentía que acababa de perder algo?
Me tapé la cara con el pañuelo y me dejé caer hacia atrás, sobre la cama.
Ay, ¿escucharon como late tambien mi corazon por Dominik? jajaja ¿que les parece este hombre? ¿realmente lo conocen?