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Capítulo 10: Malik

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Capítulo 10: Malik

Llevo la mano a la cabeza y cierro los ojos, sintiendo que un camión me pasó por encima. El sonido insistente de mi celular solo consigue aumentar el dolor que tengo detrás de los ojos, así que lo tomo de la mesa y respondo únicamente para conseguir que deje de sonar.

—¿Quién habla?

—Malik, soy Steffany… ¿Estás bien?

¿Estar bien?

Pasé casi una hora intentando convencer a un guardia de seguridad de que no era un pervertido y evitando que llamara a la policía, mientras mi esposa me ignoraba por completo y se marchaba con otro hombre. Si Guido no hubiera intercedido por mí, ahora estaría en la comisaría intentando demostrar mi inocencia, probablemente con la misma ropa y el mismo olor que tengo ahora. No sería precisamente la mejor manera de empezar una mañana.

—Sí. ¿Necesitas algo?

—Quería saber a qué hora te veo para ultimar los detalles del proyecto.

Me siento en el sofá y, en ese momento, veo a Guido aparecer con una taza en la mano. Por el olor, asumo que contiene café. Lo necesito tanto que ni siquiera pregunto si puedo tomarlo. Miro la hora y extiendo la mano hacia la taza.

—No lo sé. Haz lo que tengas que hacer por tu cuenta. Yo revisaré mi parte y el lunes nos juntamos. Te aviso por la tarde o hablamos directamente el lunes, porque me tomaré el día.

—¿Estás enfermo? ¿Necesitas que vaya?

Cierro los ojos y doy un sorbo al café. El calor me baja por la garganta y durante unos segundos consigo olvidar el martilleo que tengo en la cabeza.

—No, Steffany. Enfócate en tu trabajo y no te preocupes por mí. Hablamos en la tarde o nos vemos el lunes. Buen fin de semana.

Cuelgo sin esperar respuesta y dejo el teléfono sobre la mesa.

—Fuiste bastante brusco con Steffany.

Bebo otro poco de café antes de mirar a Guido.

—Odio cuando se ponen insistentes y tengo que repetir las cosas. Si no fuera una buena arquitecta, ni siquiera tendría contacto con ella.

Guido se queda mirándome unos segundos, con una expresión que me hace sospechar que está a punto de decir algo que no quiero escuchar.

—¿Ah, sí?

—Sí.

Miro alrededor y recién entonces reparo en el lugar donde estoy. Reconozco el sofá, la mesa de centro y los cuadros que Guido insiste en conservar desde hace años. Nunca he entendido su apego a ellos, pero después de verlos tantas veces supongo que ya forman parte de la casa y que ninguno de los dos tiene intención de iniciar una guerra por decoración.

—¿Por qué estoy en tu casa?

Guido toma asiento en el sofá pequeño frente a mí y no aparta la mirada.

—Porque anoche, después de salvarte de mi guardia, te pusiste a beber mientras maldecías a tu esposa por haberte puesto en esa situación y te lamentabas porque creías que se había ido con otro hombre.

Niego con la cabeza y termino el café, disfrutando de los últimos tragos antes de devolverle la taza.

—¿Y te parece poco?

Mi amigo deja escapar una risa.

—Fue astuta.

Lo miro con desconfianza.

—¿Por qué siento que me culpas y eres su porrista personal? Siempre pareces dispuesto a defenderla.

Guido se acomoda en el sofá y cruza una pierna sobre la otra antes de responder.

—Porque creo que has sido injusto con ella y entiendo que esté enojada. Por más interesada que sea y por mucho que te moleste que amara a tu hermano, no merecía ser abandonada el día de la boda e ignorada durante un año mientras tenía que lidiar sola con los rumores y los chismes.

Hace una pausa y me observa con atención. Conozco esa expresión. Guido disfruta tener razón, pero cuando se trata de mi vida sentimental parece disfrutarlo todavía más.

—Tampoco me parece justo que sigas reteniéndola solo por orgullo herido. Ella fue más que amable y paciente durante todo este tiempo, pero todo tiene un límite.

Paso una mano por mi cabello y dejo escapar el aire lentamente. Quiero rebatirlo, llevarle la contraria y encontrar cualquier argumento que me permita demostrar que está equivocado, pero no puedo hacerlo porque, en el fondo, sé que tiene razón.

No tenía derecho a enfadarme porque ella hubiera elegido a mi hermano y solo se hubiera casado conmigo por obligación. Podría haberse negado a la boda, pero también podría haberlo hecho yo. No sé por qué acepté en su momento.

Durante mucho tiempo me convencí de que lo había hecho por la familia, por evitar un escándalo y porque era lo que todos esperaban de mí. Ahora, sentado en el sofá de Guido con un dolor de cabeza insoportable y vestido con la ropa de ayer, ya no sé si alguna de esas razones fue realmente suficiente.

—No sé qué hacer.

—Dale el divorcio y deja que cada uno viva su vida.

Cierro la mano alrededor del teléfono que todavía sostengo y siento que los dedos se me tensan.

—No es el momento.

Guido arquea una ceja.

—¿No es el momento? Te gusta mentirte, Mal.

—Guido…

—Ya te lo dije, puedes engañar a quien quieras menos a mí—se acomoda mejor en el sofá y me observa con una tranquilidad que me irrita todavía más—. Si sientes algo por ella, intenta conquistarla en lugar de llevarle la contraria y fastidiarla cada vez que tienes oportunidad.

Frunzo el ceño.

—Ella ama a mi hermano.

—¿En serio sigues creyendo eso? —no respondo porque no tengo una respuesta que no suene a excusa—. Él la abandonó hace más de un año. No sé si todavía lo ama, y tampoco creo que tú tengas derecho a decidirlo por ella. Aunque así fuera, eso no significa que no pueda enamorarse de otra persona. Él no está, tú sí, pero si sigues poniendo el orgullo por encima de todo y aferrándote al pasado, no vas a avanzar. Tampoco conseguirás que ella se acerque a ti. Lo único que puedes conseguir es que termine alejándose para siempre y llegue a odiarte. ¿Es eso lo que quieres?

Aprieto los labios.

—Anoche se pasó de la raya.

Guido se ríe y niega con la cabeza.

—Todavía estás pensando en eso.

—¿Qué se supone que significa?

—Que no sé si te molesta la jugada que te hizo o que se fuera con otro hombre. Por lo que dijiste anoche, sospecho que la segunda opción te afectó bastante más.

Frunzo el ceño.

—¿De dónde sacas esas conclusiones?

—De lo que decías. No parabas de hablar de que te había hecho quedar como un idiota, de lo descarada que había sido al bailar con otro y de que después se había ido con él. También pasaste bastante tiempo diciendo que querías encontrar al italiano para matarlo, aunque considerando la cantidad de whisky que habías bebido, supongo que en realidad no habrías podido encontrar ni tu propio coche.

Lo miro fijamente.

—Maldito italiano.

Guido vuelve a reírse mientras se pone de pie.

—No se fue con el italiano ni con ningún hombre.

Bajo las manos y abro los ojos, intentando procesar lo que acaba de decir.

—¿Cómo sabes?

—Revisé las cámaras antes de irme del bar. Se fue sola en un taxi después de hablar con uno de mis guardias.

Lo miro durante unos segundos.

—¿Y tú sabes esto desde anoche?

—Sí.

—¿Y no se te ocurrió decírmelo antes?

Guido me mira con una expresión de absoluta tranquilidad.

—Anoche estabas ocupado terminándote media botella de whisky y explicándome por qué querías matar a un hombre al que ni siquiera conoces. No encontré un momento adecuado para interrumpirte.

Cierro los ojos y me paso una mano por la cara.

—Maldito italiano. —repito.

—Ni siquiera estaba con ella.

—Ya lo sé.

—Parece que necesitas que te lo recuerde.

—Guido.

Se ríe otra vez y vuelve a caminar hacia la cocina.

Siento que algo dentro de mí se afloja, aunque todavía no quiero reconocer por qué. Durante toda la noche estuve convencido de que Nyxia se había marchado con ese italiano que ni es guapo. Construí mi enfado alrededor de esa idea, alimentándolo cada vez que recordaba su sonrisa, el baile y la manera en que había decidido provocarme. Ahora resulta que se fue sola.

Toda la rabia que había acumulado desde anoche pierde sentido y, en su lugar, aparece una sensación incómoda que prefiero no identificar.

Me pongo de pie e ignoro el dolor de cabeza. Alzo un brazo y arrugo la nariz.

—Tomate la aspirina. —dice, colocándola en mi mano.

—Huelo muy mal.

Guido asiente.

—Sí.

—Podrías fingir un poco de consideración.

—Podría, pero llevas un rato criticando a todo el mundo y todavía no me has agradecido que te evitara la comisaria. Creo que ya hice suficiente por ti esta mañana.

—¿Por qué huelo mal?

—Tal vez porque alguien te derramó una bebida encima cuando nos estábamos yendo.

Ruedo los ojos.

—Por supuesto. El broche de oro para cerrar una noche espantosa.

—Ve a ducharte y te prestaré algo de ropa para que puedas irte. Sé cómo eres.

—Gracias.

Asiente y camino hacia el pasillo, pero antes de entrar al baño escucho que vuelve a hablar.

—Y mientras te bañas, piensa bien qué vas a hacer con Nyxia, porque si sigues declarándole la guerra y saliendo a cenar con Steffany, puedes olvidarte de ella.

No respondo y entro al baño, cerrando la puerta detrás de mí.

Mientras me quito la ropa, no puedo dejar de pensar en lo que acaba de decirme. La idea de que Nyxia pueda alejarse de mí definitivamente me incomoda mucho más de lo que estoy dispuesto a admitir.

¿Acaso existe una posibilidad para ella y para mí después de todo lo que ha pasado?

Me miro en el espejo y apoyo las manos sobre el lavabo. Tal vez nunca debí irme después de la boda. Podría haber esperado unos días más, llamarla de vez en cuando, visitarla o pedirle que fuera a Londres para pasar tiempo juntos.

El día de la boda estaba nerviosa, pero también parecía dispuesta a conocerme. Incluso habló de la noche de bodas. No sé si lo dijo en serio o estaba bromeando, pero lo cierto es que tenía una oportunidad y decidí marcharme.

Por más que amara a Axel, él se fue y la decepcionó. Eso no significa que ella tenga que amarlo para siempre. Una persona puede volver a enamorarse.

La idea me hace tragar saliva.

Tal vez el problema nunca fue que ella amara a mi hermano. Tal vez el problema fue que yo no soportaba que no me mirara a mí.

Tal vez la rabia que sentía porque ella quería a Axel y no a mí me nubló el juicio. Necesitaba convencerme de que Nyxia no era una mujer decente porque era mucho más fácil aceptar una derrota si podía culparla por ella.

La traté como si tuviera que pagar por no haberme elegido y ahora no sé qué hacer con la posibilidad de que todavía pueda tener alguna oportunidad.

Después de ducharme y vestirme con la ropa que Guido dejó para mí, tomo mi celular y busco el número de Nyxia. Lo observo durante unos segundos antes de presionar llamar.

Ella responde después de varios tonos.

—Hola.

Su voz suena adormilada y puedo imaginarla despertándose de mala gana para contestar.

—Nyxia, soy yo. Debemos hablar porque no podemos seguir en esta guerra fría. Hay que poner límites y definir algunas cosas, así que no huyas.

Ella guarda silencio.

—¿No estás enojado por lo de anoche? —pregunta finalmente—. ¿Quieres saber cómo la pasé con Massimo?

Cierro los ojos y me paso una mano por la frente.

—Sé que no estuviste con él. Habla en serio por un momento.

Escucho su suspiro al otro lado de la línea.

—Tengo que trabajar, pero puedes pasar sobre la una por mi tienda o podemos hablar por la noche.

—Por la noche, en casa.

—Bien, y espero que sea sobre el divorcio. Nos vemos.

Cuelga sin decir nada más y me quedo mirando la pantalla del teléfono antes de guardarlo en el bolsillo.

No tengo idea de qué voy a decirle. Siempre creo tener claro lo que quiero decirle, pero después Nyxia hace o dice algo y consigue que vuelva a cuestionarme todo. Esta vez, sin embargo, necesito llegar a esa conversación con algo más que orgullo y reproches. Necesito saber qué quiere ella y necesito ser sincero sobre lo que me pasa.

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Bueno, veremos si Malik reacciona o sigue en modo tonto, pero al menos sabe Nyxia no se deja.

Disfruten el capítulo.

Besos. Lirio