Capítulo 2: Malik
Miro los papeles de divorcio que preparé mientras intento asimilar la llegada ebria de Nyxia.
Mientras estuve en Londres no mantuve el contacto. Esperé que ella se comunicara conmigo, que hiciera algún reclamo o pidiera que regresara, pero nunca lo hizo. Solo sé que se dedicó a abrir su negocio de perfumes y que le gusta salir casi todos los fines de semana con mi hermana y otras amigas.
Que yo sepa, no me ha sido infiel ni ha armado escándalos. Aun así, no podemos seguir casados limitándonos a mantener una relación que existe únicamente en los papeles. Al menos, eso me he repetido durante los últimos meses, porque no tiene sentido prolongar un matrimonio que ninguno de los dos parece interesado en construir.
No sé por qué todavía me enojo con la situación. Tal vez porque nunca deseé casarme con la prometida de mi hermano y asumir la responsabilidad después de que él huyera. Tal vez porque siempre he pensado que a Nyxia lo único que le interesa es el dinero y detesto a las mujeres que creen que todo se puede conseguir con él. Aunque, si soy sincero, tampoco tengo demasiadas pruebas para sostener esa opinión.
Aprieto la mandíbula, tomo el acuerdo de divorcio y me dirijo a la habitación.
Nyxia sigue dormida, completamente desparramada en la cama, con el cabello cubriéndole parte del rostro y un ronquido que me hace preguntarme si de verdad existe alguna posibilidad de despertarla sin tener que recurrir a medidas drásticas.
Me acerco y la muevo por el hombro.
No se inmuta.
La sacudo un poco más y entonces se mueve, haciendo que la sábana se corra. Gira sobre el colchón y deja a la vista sus largas piernas torneadas. Aparto la mirada de inmediato porque resulta incómodo verla de esa manera. Es mi esposa, pero jamás la he tocado, y llevo demasiado tiempo sin una mujer. Esa debe ser la única explicación para que ahora sea tan consciente de su presencia.
—Nyxia, despierta.
—Mmm... ¿por qué tanto grito?
Su voz sale espesa y adormilada. Respiro hondo antes de responder, recordándome que vine a resolver un asunto y no a discutir con una mujer que todavía parece estar a medio camino entre el sueño y la resaca.
—Date una ducha y hablemos.
Seguramente pondrá difícil la cuestión del divorcio porque significa que dejará de recibir el dinero que le envío todos los meses. Además, firmamos un acuerdo prenupcial y, según sus términos, a ella no le corresponde nada de mi patrimonio. Solo podría darle una compensación si yo quisiera hacerlo.
Abre un ojo y me observa durante unos segundos.
—Te pareces al hombre con el que me casé.
Paso una mano por mi cabello, intentando contener la irritación.
—Soy yo. He vuelto.
Ella se incorpora lentamente, apartándose el cabello de la cara antes de llevarse ambas manos a las sienes. Cierra los ojos y hace una mueca de dolor.
—¿Por qué?
—¿Por qué volví?
—Sí.
Aprieto los papeles que tengo en la mano.
—Porque terminé el trabajo en Londres.
Estira los brazos por encima de la cabeza y bosteza antes de dejarse caer un poco hacia atrás.
—Podrías haber esperado unas horas o un día más para volver. Así no tendría resaca.
La miro durante unos segundos, tratando de decidir si habla en serio.
—Disculpa por no haber considerado ese detalle al organizar mi regreso.
—Disculpas aceptadas.
Abro la boca para responder, pero decido que discutir con ella a estas horas sería inútil.
—Yo no estaba... Olvídalo.
Sale de la cama y trago con fuerza al verla vestida únicamente con un camisón. Anoche la ayudé a cambiarse después de que vomitara y apenas presté atención a su cuerpo porque estaba demasiado ocupado intentando que no volviera a caerse, pero ahora, con la luz del día entrando por las ventanas, resulta mucho más difícil ignorarla.
Me obligo a concentrarme en los papeles que llevo en la mano y en el motivo por el que he regresado.
—Solo dime qué quieres. Me duele la cabeza y no tengo ánimos de lidiar con esposos fantasmas.
La hostilidad con la que me habla es bastante clara y no puedo evitar sentirme irritado. Yo debería ser el hostil. Si ella no hubiera aceptado la propuesta de mi familia, no habría tenido que asumir la responsabilidad cuando mi hermano huyó. Soñaba con casarse con alguien de mi familia, lo consiguió y debería estar agradecida.
Eso es lo que pienso, aunque una parte de mí empieza a reconocer que llevo demasiado tiempo repitiéndome esa historia.
—Mejor ve a ducharte para despejarte y hablamos abajo.
—Bien.
Sin decir nada más, entra en el baño y cierra la puerta.
Salgo de la habitación obligándome a mantener la calma. Alterarme no sirve de nada y Nyxia nunca ha sido una persona fácil. Mis padres la han malcriado durante años, concediéndole todos sus caprichos para compensar su pérdida, y mis hermanos tampoco ayudaron porque siempre han hecho lo que ella quería. Ahora parece creer que el mundo entero está dispuesto a seguir sus reglas.
Regreso a la cocina y preparo café. También busco algo para desayunar. No sé por qué el ama de llaves no está aquí, pero ahora no es momento de averiguarlo.
Suena mi celular y respondo sin demasiado interés.
—¿Ya estás instalado, Mal?
Le doy un sorbo al café.
—Sí, Steffany. ¿Necesitas algo?
—¿Cómo te recibió tu esposa?
Ebria y vomitándome encima, pienso, aunque prefiero no compartir esa información.
—Estaba dormida cuando llegué y todavía no se ha levantado.
—Solo pídele el divorcio sin tantas vueltas y dejarás de estar preocupado.
Estoy a punto de responder cuando Nyxia entra en la cocina. Lleva un pantalón corto y una remera ancha, tiene el cabello suelto y todavía mojado. Se acerca a la cafetera, se sirve una taza y bebe sin apenas dirigirme la mirada.
Aparto el teléfono de mi oído durante un instante.
—¿Te importa? Estoy hablando por teléfono.
Ella arquea una ceja y vuelve a beber café.
—¿Qué tiene que ver conmigo? Si quieres privacidad, ve a otra parte. La cocina es un lugar público y tengo más derecho a estar aquí después de llevar más de un año viviendo en esta casa.
Aprieto los labios, porque no encuentro una respuesta que no termine convirtiendo una conversación sencilla en una discusión absurda.
—Tengo que colgar. Luego hablamos, Teff.
—Bien. Nos vemos.
Cuelgo y dejo el teléfono sobre la encimera.
—Yo debería ser el enojado. Tuve que casarme contigo por deber y anoche me vomitaste encima.
Ella frunce el ceño mientras sostiene la taza con ambas manos.
—¿Eras tú?
—Sí.
—Pensé que había sido un hombre producto de mi imaginación.
La miro durante unos segundos, intentando decidir si se está burlando de mí.
—¿Un hombre producto de tu imaginación?
—No estaba en condiciones de identificarlo correctamente.
—Me tranquiliza saber que al menos tienes una explicación.
Sus labios se curvan apenas antes de que vuelva a tomar café.
—Bueno, no debiste cruzarte en mi camino.
—Apenas te mantenías en pie y te desmayaste.
—Cosas que pasan cuando uno está ebrio, aunque admito que no me emborrachaba tanto desde la universidad. Las despedidas de soltera pueden ser mortales.
—Estoy al tanto de tus salidas con mi hermana. Ella no es una buena influencia. Ni siquiera sabe qué hacer con su vida.
Nyxia deja la taza sobre la encimera y me mira con evidente desaprobación.
—Tansy no es así. Trabaja conmigo y es buena con todo eso de las redes sociales, porque yo soy pésima. Me ha ayudado mucho con mi negocio, que está creciendo bastante.
No respondo y ella espera unos segundos antes de volver a beber.
—De todos modos, hay algo que quiero decirte. Sé que te negarás, pero estoy dispuesto a negociar.
Nyxia levanta la mirada.
—¿Quieres el divorcio? Si es así, me parece bien —golpea el mármol con la punta de los dedos—. Dame los papeles o puedo hablar con mi abogado... Bueno, debo conseguirme un abogado primero y luego hablar con él para el divorcio.
Me quedo callado un momento, sorprendido de que me pida el divorcio. Había esperado que se negara, que discutiera por el dinero o que intentara aprovechar el acuerdo prenupcial para conseguir algo más. En cambio, acaba de aceptar con una facilidad que me resulta inesperadamente molesta.
—Si nos divorciamos, no te pasaré más dinero y firmamos un acuerdo prenupcial donde cada uno conservaría lo suyo.
—Ya lo sé y no voy a reclamar nada. Ya es suficiente con lo que tus padres me han dado todos estos años.
La observo mientras vuelve a beber café. Siempre he pensado que el dinero era importante para ella, pero ni siquiera está intentando negociar. O sea, consiguió lo que quería de mi familia y ahora quiere divorciarse.
Aprieto un poco más la carpeta que todavía tengo en la mano. Hace unos minutos estaba convencido de que quería terminar este matrimonio. Ahora, por alguna razón que no me interesa analizar demasiado, la idea de entregarle esos papeles me resulta desagradable.
—¿Divorcio? De ninguna manera —niego con la cabeza—. Me refiero a que no necesito darte dinero porque ya tienes el tuyo propio.
Ella abre los ojos.
—¿No me ibas a pedir el divorcio?
Sí, eso era lo que pensaba hacer. Sin embargo, ahora que ella lo quiere, no estoy dispuesto a concedérselo. No es justo que sea cuando ella quiere, y esa razón me parece suficiente para justificar el cambio.
—No. Iba a decirte que no te daré más dinero mensual. Me quedaré en la ciudad, así que dejarás de ser la mujer casada con el esposo fuera del país.
Ella contrae la mirada.
—¿No quieres el divorcio?
—No —me pongo de pie y me acerco a ella—. No te será tan fácil librarte de mí, pelirroja.
Ella me señala y deja caer el dedo enseguida. Se queda pensativa y exhala con fuerza.
—¿Por qué quieres seguir casado conmigo?
—Porque sí.
Sin decir más nada, me doy la vuelta y salgo de la cocina, sintiendo una satisfacción que prefiero atribuir al hecho de haberla tomado por sorpresa.
Es verdad que no deseo seguir casado con una mujer que solo le interesa el dinero y que además amaba a mi hermano. Pero esta vez no hará las cosas a la manera de los demás, sino a la mía.
Mis padres no quieren que me divorcie, así que Nyxia no conseguirá nada con ellos. Por ahora tendrá que estar atada a mí, solo un tiempo, hasta que ella desista. Entonces le daré el divorcio para que aprenda que no siempre se puede conseguir lo que quiere cuando ella quiere.
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