Prólogo
PRÓLOGORHETT CLARKSe queda sentada al borde de la cama. En el espejo noto y analizo sus gestos, como cada día desde mi regreso, descubriendo la mujer en la que se ha convertido. Ya no es mi mejor amiga, ya no es la chiquilla a la que le hice promesas, aunque nunca fueron de amor.
Ahora es una mujer, aunque a sus 22 años aún conserva esa apariencia inocente. Pensar eso me molesta. Sé bien que de inocente no tiene nada.
Noto que me observa. La boca se curva con una dulzura que no le llega a los ojos. La conozco desde que era una niña de trenzas y rodillas raspadas. Jamás habría creído que esa misma niña pudiera llegar a ser tan astuta.
—Amor, ¿vienes a cenar conmigo hoy? —se acerca y se cuelga de mi cuello. Aparto sus manos antes de que vuelva a buscar mis labios y disimulo el gesto fingiendo que me acomodo la camisa—. Tengo algo muy, muy importante que decirte.
—Si alcanzo a llegar, me cuentas. Debo irme.
Esquivo el beso que pretende darme; cada vez cuesta más hacerlo. Pero no puedo permitirme que me enrede al igual que a mi padre. Salgo acelerando los pasos, el mismo mecanismo que uso desde que la convertí en mi esposa, a la espera de que el tiempo sea preciso para actuar.
No quiero que me alcance con el tupper envuelto en servilletas que ella misma bordó. Me lo prepara todas las mañanas desde que volví con un solo objetivo: quitarle la máscara y dejarla en la calle.
—Amor, espera —camina con prisa, tratando de alcanzarme.
Ya estoy dentro del auto cuando la oigo. Corre descalza sobre la grava. Sonríe mientras me tiende el bolso que ella misma cosió, el de las costuras imperfectas que antes me parecían un detalle tierno.
Lo miro. Quisiera decirle lo mucho que desprecio que siga fingiendo. Que ya sé que de aquella chiquilla que solía ser mi mejor amiga, a la que prometí tatuarme una libélula, ya no queda nada.
—Gracias —suelto, seco.
Se inclina. Yo giro el rostro y uso la bolsa como escudo, fingiendo que la acomodo con cuidado. La misma bolsa que tiraré en la primera curva.
—Te amo muchísimo, Rhett. Con todo el corazón. Mi amor es tan enorme como estas tierras —abre los brazos hacia los potreros, como si el gesto bastara para convencerme de algo que sé que es falso. No contesto. Giro la llave.
Ella apoya las palmas en el techo del auto.
—Espera… ¿Estás molesto conmigo? Sé que ya me dijiste que la gente cambia, pero quisiera que vuelvas a ser mi mejor amigo. ¿Sabes algo? Creo que Diosito me escuchó; siempre soñé con ser tu esposa, vamos a tener muchos hijos y a ser muy felices.
Aprieto los dientes y luego fuerzo una sonrisa. Claro que iba a cambiar. ¿Cómo no, sabiendo en lo que se convirtió?
Siempre fue la niña a la que mi padre le tendió la mano cuando se quedó sin familia. La quise como se quiere a una hermana menor. Ella supo usar esa bondad. Y el hecho de que yo estuviera en otro continente fue clave para conseguir su objetivo. Ahora entiendo por qué mi padre me envió tan lejos.
—No es eso, hermosa.
Saco la mano y le rozo la mejilla. Disimulando el rechazo que siento hacia ella, pero que cuesta desde que la convertí en mi esposa, bebí de más y terminé consumando el matrimonio que solo debía ser un plan.
—Todo cambiará pronto.
—Está bien. Solo recuerda que te amo. Que estaré esperando; te va a encantar saber lo que tengo que decirte.
Asiento con la cabeza. En otro tiempo habría preguntado. Ahora nada de lo que salga de esa boca importa.
Arranco. En el retrovisor la veo quedarse en el patio, pequeña contra la casa. Rasgos suaves, cuerpo frágil, esa aura de quien no haría daño ni a una mosca. Quien la conoce por primera vez pensaría que es un ángel, pero en esta hacienda sabemos lo que es.
Dejo la hacienda donde vivimos y tomo el camino hacia la de mi madre. Allí me ocupo de mi trabajo de siempre, el que nunca me vi haciendo. Debería estar dedicado a la medicina veterinaria, y no a las cosechas, ganado y siembras, pero me ayuda. Allí termino de afilar el plan.
Todo pasa demasiado lento. Documentos, firmas y revisiones que no se llevan la ansiedad por la llamada del abogado. La incertidumbre se me instala en el pecho. Intento no pensar en Rousse en la cama de mi padre. Cada vez que lo hago, me paso el dorso de la mano por la boca, lleno de asco al saber que también se entregó a mí.
El aroma de un perfume conocido llega antes que su dueña.
Levanto la vista.
—Hasta me percibes antes de cruzar la puerta. ¿Cómo puedes estar casado con ella si aparentemente me amas a mí?
Leadhy se acerca con esa lentitud estudiada de quien espera que le corran la silla. Se acomoda en el borde del escritorio que perteneció a mi padre, tan cerca que su muslo roza el mío.
—Me encontré con tu madre. Me dijo que estabas aquí. Rhett, estoy aburrida. ¿Cuándo se acaba esto?
Analizo la pregunta y no contesto. Ella se desliza un poco más.
—Si no hubiera sido por esa mujer y por recuperar lo que es tuyo, tú y yo estaríamos juntos. Te echo de menos. ¿Tú no?
Sujeto la muñeca antes de que me roce la cara. Hace mucho que lo que creí que sentía dejó de tener esa fuerza.
—Ya basta.
No le importa. Se inclina. Aparto el rostro. Entonces se sienta en mis piernas.
—¿Por qué me rechazas si ella no significa nada?
Me sujeta el mentón.
—Sabes por qué me casé con ella. Para quitárselo todo. Para hacerla pagar. No la amo. Pero eso no significa que voy a estar con otra estando casado…
El ruido estrepitoso que se escucha interrumpe mi hablar. La aparto de un movimiento y salgo al pasillo.
Mis pasos se detienen al ver a Rousse. Está ahí, temblando y con el rostro confundido, las lágrimas corriendo por su suave piel. A sus pies, el tupper abierto, la cena esparcida, flores y platos de vidrio hechos trizas. Vino a cenar aquí. Por un segundo siento algo parecido a pena. Luego lo recuerdo: finge. Ella solo finge.
—Tú… ¿Tú no me amas? —la voz se le vuelve frágil—. ¿Por qué te casaste conmigo si no me amas, Rhett?
Da un paso. El vidrio cruje bajo sus pies. ¿Por qué demonios tiene la costumbre de quitarse los zapatos para entrar a cualquier lugar? Se detiene. Quiero acercarme. Leadhy me sujeta el brazo.
—Ya basta, amor. Dile la verdad. Dile que no la amas. Que eras feliz en Australia conmigo. Que yo iba a ser tu esposa. Que volviste solo para recuperar lo que tu padre le dejó por ser su amante. Dile que te casaste con ella para quitarle la herencia.
Rousse se queda quieta, como si las palabras le llegaran con retraso, pero sin dejar de mirarme.
—Rhett —balbucea—. ¿Por qué ella dice eso?
—Basta de teatro. Sé lo que tenías con mi padre. Sé que te dejó las haciendas, el dinero, todo, porque eras su amante.
Niega con la cabeza y sacude las manos rápido, como si le faltaran palabras para defenderse.
—No. Rhett, no sé de qué hablas. Yo quería mucho a tu padre; él…
—Claro que lo querías. Lo suficiente para que te dejara heredera. Y ahora vuelves a fingir, como siempre.
—¡No estoy fingiendo! Tú me conoces, tú…
Leadhy le arroja los papeles a los pies.
—Si no finges, fírmalos. Devuélvele a Rhett lo que es suyo.
Rousse me mira como si acabara de entender un idioma que no conocía. Leadhy entrelaza sus dedos con los míos.
—Nunca te ha amado. Se casó contigo para recuperar la herencia. Yo soy a la que ama. Él ya tenía todo listo: la cesión, el divorcio, y sacarte de su vida. ¿de verdad pensaste que podría amarte?
Las piernas de Rousse ceden. Cae de rodillas, solloza, mientras me mira, enumerando las promesas que hice antes de irme, las que creyó que le cumpliría al proponerle matrimonio.
Leadhy me aprieta el brazo cuando nota mi intención de acercarme para ayudarla; parece demasiado afectada para solo fingir.
—Solo actúa. Ya conoces su manera de chantajear.
No oigo el resto. No dejo de mirarla. Las lágrimas le recorren la cara y se le meten en la boca.
—Firma y déjanos ser felices —Leadhy le tiende el bolígrafo—. Nos habríamos casado si no fuera porque debía sacrificarse casándose contigo.
—Basta.
Aparto a Leadhy de un empujón. Esto no es asunto suyo. Ella se planta delante de mí y empieza con las mismas frases de siempre: que nos amamos, que no quiere esperar, que esto ya duró demasiado.
La voz de Rousse nos interrumpe.
—Dime dónde y los firmo.
Se levanta con una fuerza que no tenía hace un minuto. Recoge los papeles, entra al despacho y firma uno tras otro donde Leadhy le señala. Yo la miro y reconozco a la mujer que creía desconocer. Esta sí es quien solía ser mi amiga. De repente aparece una duda que no debería estar ahí.
¿Por qué firma tan rápido? ¿Por qué suelta lo único que, según mi madre, le importaba, por lo que fingía amarme y por lo que fue amante de mi padre?
Suelta el bolígrafo. Se limpia la cara con el dorso de las manos. Me dirige una sonrisa pequeña, casi burlona. No dice nada. Intenta pasar a mi lado.
La sujeto del brazo.
—¿Qué era eso tan importante que querías decirme?
Me mira con el desprecio que yo tanto he disimulado, sin lágrimas. Se sacude como si le quemara el contacto, escupe a mis pies y sigue caminando, pero luego se detiene, sin volverse a mirarme, y dice:
—Borra mi existencia de tu vida; yo haré lo mismo. Te enterraré a ti y todas tus mentiras y te prometo que llegaré a odiarte tanto, que hasta respirar el mismo aire que tú será algo imposible.
Me quedo con un hueco en el pecho que no se siente a victoria. Un año deseando este momento y ahora no se siente como esperaba. Seis meses de matrimonio. Dos noches que no debieron ocurrir. Desprecios calculados y mentiras tras mentiras con un solo objetivo: recuperarlo todo.
Ahora lo tengo, pero también un dolor que no esperaba sentir, que no fue calculado.
La veo alejarse sin volver la cabeza. Ya no veo a la mujer que vine a destrozar. Veo a la chica que creció a mi lado, la que todos los días de este año me dijo que me amaba y que se sentía afortunada de ser mi esposa.
Doy un paso. Extiendo la mano con el propósito de detenerla. Aún hay cosas que quiero saber.
—Lo conseguimos, amor. Lo conseguimos. Recuperaste todo y estás libre.
Leadhy se me lanza encima y me envuelve empalagosa. La aparto con brusquedad y me agacho, cogiendo un trozo de vidrio con la sangre de Rousse, viendo la cena esparcida, sintiendo en mi pecho un dolor agudo.
Si hice lo correcto, ¿por qué no lo siento así?