#1
CUATRO AÑOS DESPUÉSRHETT CLARKMiro al horizonte como desde los últimos años, esperando ver la silueta que solía ver corriendo o simplemente yendo al paso de las libélulas, girando su hermoso cabello rojo y soltando risas escandalosas mientras gritaba mi nombre.
Sonrío con desgano; sé que no debería estar pensando en ella. Se marchó sin intentar explicarse. Asumió la responsabilidad y, aunque mi corazón me grita todos los días que pude haber cometido un error, las evidencias y los testigos muestran lo contrario.
Me retiro el sombrero y sacudo esos pensamientos con rabia.
Han pasado cuatro años, ya hice una vida y quizás ella, que tenía su as bajo la manga, también hizo la suya.
«Si no lo hubieras arruinado, estarías aquí, viéndome arar la tierra, corriendo a mi lado. Estaríamos…»
Interrumpo el pensamiento. ¿Por qué demonios no la he olvidado después de cuatro años?
—Ya deberías irte a casa. Has pasado el día entero aquí. Tu esposa y tu hijo te esperan —escucho ese tono condescendiente de todos los días.
Idris deja el lazo a un lado del poste y me señala con la barbilla hacia el camino. Me calzo el sombrero y sacudo el polvo de las caballerizas que se había quedado en las yemas, el mismo que irónicamente ella me habría limpiado al llegar a casa como años atrás.
—No es mi esposa —reniego. El resto me lo trago con el amargo recuerdo de esa noche.
Rousse Calloway merece mi desprecio, aun cuando no consigo que sea así. Esa tarde bebí de más por sus mentiras y el resultado es que ahora tengo una familia.
—Es el lugar que ella se da —insiste Idris—; de todos modos tienen un hijo. Ya deberías haber aceptado tu papel. ¿O sigues pensando en ella?
Bajo la mirada. Golpeo la tierra con la punta de la bota. Esa noche en la que bebí de más sigue ahí, convertida en un niño que Leadhy usa como si fuera un sello que nos une. Noche que no recuerdo en absoluto, pero eso no borra que ocurrió.
Los mismos cuatro años intentando convencerme de que hice lo correcto para no sentir que el sentimiento que arrastro desde su desaparición es el que tiene la razón. Año tras año he venido padeciendo mi indecisión, esa corazonada que deja pesadillas, que impide muchas noches dormir, que me grita que debí creerle.
Era mi mejor amiga, debía conocerla. Pero por el otro lado están las evidencias, los testigos y una herencia recuperada que me genera amargura, la amargura de sentir algunas veces que le fallé.
—En ese caso te quedas solo. Nos vemos mañana. Y no te quedes a dormir con los caballos.
Idris ríe por lo bajo, palmea el cuello de su caballo y se aleja.
Lo sigo con la mirada hasta que se pierde en la distancia. Entonces camino unos metros más, hasta la distancia justa desde la que se ve el rancho viejo, el de Rousse, la propiedad que le dio mi padre y donde vivió hasta antes de mudarnos a la hacienda grande.
Nadie entra desde que ordené cerrarlo, aunque más de una tarde me he quedado aquí, con la rienda en la mano, midiendo el umbral que no me atrevo a cruzar.
Suelto el aire. Me devuelvo hacia las caballerizas y decido ir a ver a mi madre.
La brisa de la tarde no alcanza a calmar lo que traigo encima. La expresión de Rousse aquella noche vuelve siempre, el modo en que me escupió a los pies, la pregunta que no insistí en hacer. A veces se me escapa una sonrisa torcida al recordar cómo decía que me amaba, sin temor a alzar la voz; le encantaba gritarlo como si fuera lo más simple del mundo.
Ni siquiera el hijo que tengo me demuestra ese cariño. Lástima saber que fue actuado.
Entre pensamientos llego al portón de la hacienda. Ato el caballo. No hay empleados a la vista y entro.
Mi madre suele pasar las tardes entre compras, novelas o el teléfono. Como ha estado indispuesta, lo más seguro es encontrarla en el segundo nivel, en el cuarto de ocio que le hice construir. Desde que papá falleció, quedó muy afectada.
Me quito el sombrero para llamar, pero la mano se me queda en el aire.
Las voces no son amables, a pesar de que parecen muy unidas; hoy no se escuchan como eso.
—Ay, por favor, suegrita. No te hagas la víctima, no seas hipócrita. Solo pido lo que acordamos. Me pediste que aceptara que tu hijo se casara con esa mujer y acepté —ese tono afilado de Leadhy llega inconfundible.
Desde que se vino de Australia, negada a aceptar nuestra ruptura, han conservado tal complicidad que escucharles el tono ahora resulta preocupante.
—No actúes como si hubieras hecho un sacrificio —responde mi madre—. Aceptaste el plan porque no amas a Rhett tanto como a su dinero. Así que deja de presionarme. Si él no quiere casarse contigo, es que no eres lo bastante buena para convencerlo. Yo no puedo hacer nada si esa campesina aún ocupa el lugar que quieres en su vida.
—No me estás entendiendo, Belice. No te estoy pidiendo un favor. Ya me cansé de ti y de todo esto. Quiero que convenzas a Rhett de casarse conmigo y regresar a Australia.
—Como yo de ti, querida. No seas patética —suelta acompañado de una risita—. No eres más que una vulgar y trepadora. Se entiende por qué Rhett no se ha casado contigo.
Siento el impulso de abrir de una vez, pero no lo hago. Quiero oír hasta dónde llegan o cuál es el motivo por el que se quitan las máscaras.
—Bien. ¿Así que quieres hacerme hablar? ¿Tienes el descaro de acusarme de vulgar? No tienes integridad para hablarme así. ¿Crees que no sé tu sucio secreto?
Mi madre se ríe como si tuviera el control, arrogante y altiva.
—No sabes nada de mí. Lárgate. Tu presencia me enferma, Leadhy.
Se escuchan pasos, pero luego el silencio que intenta hacerme abrir; sin embargo, retoman a tiempo.
—Sé que Rhett no es tu hijo, querida —suelta Leadhy y el golpe es directo al corazón.
El silencio que vuelve me permite oír mi propia respiración.
—No seas patética. No sé de qué hablas. Rhett es mi hijo —la voz de mi madre pierde el filo.
—No, querida, claro que no lo es —continúa Leadhy—. Sé que solo eres su madrastra. Sé de tus planes y de toda tu vida, que lo planeaste todo y esperaste impaciente. Sé que finges, pero… —hace una pausa y escucho esa risa burlona tan propia de ella, que hace que me mantenga anclado esperando escuchar más—. Belice, querida Belice, verás, sé mucho más de lo que crees, como el que su padre fue un asesino a causa tuya y que por eso no te dejó nada. Sí, sé la verdad. Sé que el padre de Rhett mató al padre de la campesina, que le dejó la herencia y las tierras como compensación por el daño que le causó, que la adoptó por culpa; al descubrir quién eras tú realmente, descubrió que aquel hombre no era tu amante como tú se lo hiciste creer, porque fingiste que te había obligado, pero fue otro en realidad.
Siento que las palabras me llegan con retraso y apoyo la mano en la puerta, dispuesto a empujar, a obligarla a repetirlo, pero me contengo.
—Cállate. No vas a arruinar mis planes. No vas…
—Cállate tú, Belice —su tono se vuelve firme, habla con desprecio—, entiéndelo, estás en mis manos. ¿Crees que Rhett te perdonará tus mentiras y tu plan para despojar a la campesina de todo? —escucho su risa breve y llena de ironía—. Sí, fuiste muy paciente, esperaste la muerte de tu marido y elaboraste el plan. Debo admitir que fue bueno: la manipulación de Rhett, tu trato conmigo para que aceptara alejarme. —Su voz arrastra las últimas palabras con la diversión de quien cree tener el control—. Eres toda una actriz, pero lo descubrí todo y, adivina qué… voy a usarlo a mi favor. Ya me cansé de esperar, he perdido cuatro años, callé por conveniencia, pero también quiero lo que me corresponde: o convences a Rhett de casarse conmigo o le diré la verdad —su tono no suena a negociación—, que inventaste todo, que esas pruebas las creaste tú, que la campesina no tenía idea de nada y que tú le hiciste creer que Rhett la amaba igual que ella lo hacía. Siempre supiste que ella lo veía mucho más que como amigo, cultivaste esa ilusión y la apuñalaste elaborando todo ese sucio plan…
Tiro la puerta de una patada.
Las palabras siguen rebotando en mi mente. ¿Todo fue un plan? ¿Mi padre dejó huérfana a Rousse? ¿La herencia era para compensar el daño que yo tripliqué?
—¡Mi amor! Ayúdame. Tu madre quiere hacerme daño. —Leadhy corre y se cuelga de mi brazo.
Me sacudo con tanta fuerza que la mando a un lado.
Camino hacia Belice. Ella retrocede, temblorosa, como si ya anticipara mi reacción.
—Rhett, hijo, cariño, todo lo que dijo esa mujer es mentira. Yo soy tu madre, cielo. Me conoces, sabes que yo jamás…
—¡Cállate! —escupo con desprecio.
—Rhett, amor. No lo es. Descubrí la verdad y puedo mostrártela. No es tu madre. Ella empujó a tu padre a dejar huérfana a Rousse. Él la crió cuando entendió lo que había hecho. Por eso le dejó todo y tu madre lo descubrió y planeó todo.
Aprieto los puños. Las sienes me laten violentamente.
La sujeto de las muñecas.
—¿Es cierto? ¿Rousse nunca fue amante de mi padre?
Lo veo en sus ojos antes de que abra la boca. El recuerdo de mis desprecios —Rousse de rodillas, sus lágrimas, su intento por entender mis actitudes— se me viene encima y me ciega.
—¿Cómo pudiste? —la sacudo—. ¿Quién eres? ¿Con qué derecho?
—Ella no se merecía nada. Tu padre la crio durante años, le compensó su error. Tuve que soportarla. Solo quería que tú tuvieras lo que te correspondía, que…
La lanzo a un lado. Me vuelvo hacia Leadhy.
—¿Dónde están esas evidencias?
—Se las dio a su amante, pero tengo copias. Iba a decírtelo, amor…
La tomo de la muñeca y la saco a rastras.
En el patio está Chad, uno de los más antiguos y leales empleados.
—Llama al alguacil. Que arresten a esa mujer que dice ser mi madre.
—Señor, pero…
—Sin peros. Hazlo. Si escapa, tú me respondes por ello.
A Leadhy la subo al caballo delante de mí. Galopo hasta la otra hacienda con los dientes apretados y el viento golpeándome la cara, ignorando las justificaciones que ella intenta hacerme creer.
Mi corazón retumba como si gritara: "Te lo dije". Esas dudas que siempre estuvieron ahí ahora son una dolorosa certeza. La herí, lastimé y perdí a mi mejor amiga, a la única mujer digna de ser mi esposa.
Me niego a aceptarlo. ¿Por qué no le creí? ¿Por qué ignoré que nos conocíamos desde niños?
Bajo a Leadhy de un tirón y la obligo a entrar, a buscarme esas evidencias que dice tener.
—Solo recuerda, por favor, que soy la madre de tu hijo —me dice extendiéndome una caja—. Si no te lo dije antes, fue porque no quería lastimarte.
Miro la caja de madera que extiende hacia mí; la mano me pesa tanto como la realidad. El rostro de Rousse está presente, sus lágrimas, el cómo me recordó una de mis promesas esa vez mientras repetía todo.
«Mentiroso, eres un mentiroso, Rhett Oliver Clark. Dijiste que siempre ibas a protegerme, Rhett; tú dijiste que nunca dejarías que nadie me hiciera llorar, que nadie me haría daño».
Recuerdo las lágrimas empapando sus mejillas, pero también su determinación al no insistir en su inocencia ni excusarse.
La caja se me cae, se abre y todas las evidencias se esparcen. Mis rodillas se doblan ante un recorte de periódico.
El día que mi padre la dejó sin padre, pero también el mismo día que la adoptó.
—No, no, no —me llevo las manos a la cabeza—. ¿Qué hice?