LNCrawler

#2

Domando Su Corazón — booknet.com · All chapters

#2

Wickenburg, Arizona.

RHETT CLARK

Esparzo todas las evidencias y me dejo caer sobre ellas.

Las fotos de Belice y sus amantes, las cartas de mi padre intentando justificarse con Rousse, el testamento, los recortes de periódicos y un sobre que levanto con el más tétrico cuidado.

Las manos me tiemblan. No quiero descubrir que es peor de lo que ya es. No quiero saber cuánto más le debo.

Golpeo con el puño cerrado sobre la tapa de la cajita.

¿Por qué demonios no le pregunté? Si la conocía tanto, ¿por qué no le di el beneficio de la duda?

—Oliver, mi amor, Soel no puede verte así, pronto llegará de su práctica de guitarra.

Me levanto y la sujeto con rudeza por los hombros.

—¿Desde cuándo lo sabías? —me dejo llevar por la ira—. ¿Desde cuándo sabías que Rousse es inocente?

—Qué importa eso, amor, recuperaste la herencia, lo que debe importarte es…

La sacudo, cegado por la ira; me importa muy poco la maldita herencia.

—Dame una respuesta, Leadhy. ¿Desde cuándo sabías la verdad?

Me empuja, pero no consigue liberarse.

—Ya deja de actuar como si mi respuesta cambiara los hechos. No cambiará nada.

Aprieto el puño frente a su rostro.

—¿Desde cuándo? —le tomo el mentón y aprieto—. ¿Lo sabías cuando la viste firmar el divorcio?

—Sí, lo supe esa misma mañana.

—Eres una… —comienzo, pero estalla en una carcajada que me contiene.

—Sé lo que soy, Rhett. ¿Y tú? ¿De verdad vas a culparme? No tenía ningún deber con ella, pero tú sí, eras su mejor amigo. ¿No debió ser eso suficiente? Lee y entérate, Rhett Clark —se hace a un lado y recoge el sobre—. No importa que me culpes, no era mi responsabilidad. Tú fuiste quien le dijiste que yo era una amiga, ocultaste lo que había habido entre nosotros.

Rompe el sobre y me extiende su contenido.

No es falta de valor el no reclamarle, es que sé que tiene la razón. Soy el único responsable.

—¿Sabes qué era eso importante que quería decirme? —pregunto con la esperanza de que también sepa eso.

—Descubrí la verdad por casualidad. No sé nada de esa campesina…

—En tu vida vuelvas a llamarla así.

Sacudo su mentón, haciendo que retroceda.

No necesito sus mentiras. Yo debí creerle. No puedo justificarme en las evidencias que me ocultaron, todo pendía de mis acciones y de mis decisiones.

Miro la carta y reconozco la letra de mi padre.

Comienzo a leer y las lágrimas caen.

Me envió lejos para que ella no se enamorara aún más del hijo del asesino de su padre. Me explica las razones de su trato hacia ella.

«Hijo, cuando leas esta carta será tarde para mí. Conservo la esperanza de que la protegerás, de que honrarás mi memoria. No quise quitarle la vida a su padre, fue un accidente, hice lo mejor que pude. El resto te lo encargo a ti. Rousse es buena y te dará cuanto corresponde. Debes saber que si decido que sea la única heredera es porque Belice puede manipularte. Hijo, en memoria de tu padre, compensa a Rousse por el daño que le causé. Protégela siempre.

Perdóname por no decirte antes esta tragedia, por enviarte lejos, quería evitar que el sentimiento entre ustedes creciera. No quería verlos sufrir. Hijo, ojalá un día ambos puedan perdonarme.»

Suelto la carta y recojo otra, sin sobre, donde explica que mi madre falleció al tenerme y que contrató a Belice como niñera, que las cosas entre ellos se dieron. Me explica cómo nunca lo respetó e insiste en que fue un accidente lo del padre de Rousse, que no era el amante, sino otro capataz.

—Oliver, recomponte. Recogeré a Soel de su práctica. ¿Quieres que nuestro hijo te vea así?

Me levanto y sujeto su muñeca.

La miro con desprecio, como si en eso pudiera encontrar una grieta para sentirme menos miserable.

—Rousse. Ella es la única víctima y voy a hacerle justicia.

—¿Y qué hay del bienestar de tu hijo? ¿Acaso no te importa?

—No me reclames algo que nunca te ha importado ni a ti ni a él. Es un niño y ya demuestra que le importa más el dinero que pasar tiempo con su padre. Detesta el campo, como pasar tiempo conmigo.

—No digas eso, Rhett, es solo que no se acostumbra a esta vida aún.

—Aquí nació, aquí está su familia, a menos, claro, de que no sea mi hijo y…

Me suelta una bofetada. Le sujeto las manos con fuerza.

—Tú me buscaste esa noche, Rhett, fui yo quien estuvo para ti, quien te sirvió de consuelo. No me trates como una cínica. Recuerda, éramos felices en Australia.

Río y luego escupo a sus pies. Desearía poder recordar esa noche. La empujo y me vuelvo para recoger todas las evidencias.

—Quiero que recojas tus cosas y te largues —le señalo la puerta.

—¿Qué? No, no me puedes hacer esto, soy la madre de tu hijo.

—Soel se queda conmigo. Nunca me has amado, amas el dinero, amas lo que te doy, no eres más que una interesada. Si de verdad me amaras, no te habrías callado algo así. Quiero que te largues.

—No. No me puedes hacer esto, no tengo a dónde ir, soy la madre de tu hijo. No puedes separarme de él, tú lo dijiste, no le gusta pasar tiempo contigo, sabes que no tengo a nadie más que a ti aquí.

—Te marchas a Australia.

Lo suelto con impotencia mientras termino de recoger.

—Rhett, no puedes irte. No puedes dejarme así. Rhett, no puedes… Si me echas de tu vida, jamás volverás a ver a nuestro hijo…

—Cuando regrese no quiero verte aquí.

Salgo de ahí, monto al caballo y galopo a toda prisa hacia el rancho, a ese que sellé y en cuatro años me negué a entrar.

Ato el caballo, abrumado por los recuerdos y con el corazón encogido por el peso de esta verdad, abro el candado que sostiene la cadena.

El hedor a putrefacción es insoportable, así que espero unos segundos a que la brisa se arrastre consigo parte del mal olor.

Cuando por fin siento que puedo seguir, entro. La madera cruje bajo mis pasos pesados y controlados.

Comienzo a observar: todo tirado, destruido. Lo que hay en la pequeña sala no me importa tanto como ir a su habitación.

Aquí el olor es mucho peor. Entonces lo veo: me recibe ese vestido blanco que vistió para mí aquella tarde, desgarrado.

Con el corazón agitado, me acerco y lo levanto entre mis manos. Está manchado, cubierto de moho y completamente inservible.

Las manos me tiemblan, pero no me quedo ahí. Dirijo la mirada hacia los rastros de ceniza.

Fotos quemadas, cartas y detalles que durante nuestra infancia le di: la pulsera que no recordaba, las piedras que, sin intención y mientras jugábamos, solía regalarle.

Ella lo atesoró todo y, antes de marcharse, lo destruyó. Ahora, cuatro años después, solo quedan los restos de aquellas promesas que alguna vez compartimos. Entre las cenizas y la suciedad, apenas puedo rescatar las piedras, cubiertas de polvo.

—¿Qué hice contigo, Rousse? —Mis ojos dejan de contener las lágrimas al recordar su gesto.

Y me dejo caer, con los recuerdos pasando uno tras otro, aceptando lo que me negué a aceptar: me enamoré de ella. O tal vez siempre la amé. ¿De qué me sirve saberlo ahora?

Levanto y miro la piedra que le regalé esa tarde en que le dije que me iría.

Entonces lo recuerdo. Le prometí tatuarme una libélula, pero no lo hice. No cumplí ni una sola de mis promesas.

—Lo haré ahora, mi amor —aprieto la piedra en la mano y luego la dejo en el bolsillo—. ¿Dónde estás? ¿A dónde fuiste? Tenemos mucho de qué hablar.

Mi mente vuelve de nuevo a esa mañana. Tenía algo importante que decirme.

Una sonrisa miserable se me escapa al recordar sus palabras, gritando que me amaba cada mañana, verla corriendo sobre la grava con sus táperes que fingía olvidar, el modo en que solía esperarme y recibirme incluso cuando pasaba el día fuera para evitarla, ella me esperaba y saltaba sobre mí.

Me inclino para recoger los restos de la que solía ser su camisa favorita. Ahora recuerdo que le dije que me gustaba que la usara. Ahora tiene sentido que la cuidara y la usara en ocasiones especiales a pesar de ser solo una prenda más.

Al levantarla, algo cae, un libro, eso creía hasta que lo cojo.

Un diario. Su diario. Suelto todo y me acomodo, abriendo las páginas maltratadas, húmedas y con moho.

Aun así, consigo entender. Su vida, su agradecimiento por ser parte de mi familia, su admiración por mi padre.

Su amor por mí. Me amó desde siempre. Yo la hacía sentir protegida.

Sus celos. Sonrío por leer sobre los motivos de sus celos, su ternura al justificarse. Sus días más felices. El mejor día de su vida.

Me rompe el corazón la descripción de nuestra unión, un día perfecto para ella, uno agrio para mí.

Me hace sentir cobarde leer su preocupación por mi trato indiferente, por mi cambio, su miedo.

Maldigo leer esas líneas. Ella creía que era su culpa, que me avergonzaba de que no tuviera estudios.

Pero nada me rompe más que llegar a esa parte, esa noche.

—No… —aprieto con fuerza las páginas—. No…

Maldición. La lastimé. En nuestra noche de bodas ignoré su primera vez. Me hago añicos al leer que sí, fui yo, fui el primero y no lo noté.

Incapaz de seguir leyendo, cierro el diario, me levanto, me lo guardo y comienzo a limpiar.

Quito el moho, rescato lo que se puede conservar, mi mente no deja de castigarme, los pensamientos de atormentarme, pero no paro, no hasta no tenerlo todo en orden.

Lavo, limpio, salgo y quito la maleza alrededor.

—Cambiaré algunas cosas —digo mientras miro el mal estado de la cama—, sí, eso haré.

Intento sonreír, pero no me sale. Las lágrimas vuelven a empañar mis ojos mientras intento mantener la imagen de ella aquí, en lo único que tenía.

—Vas a volver a estas tierras, Rousse, todo aquí te pertenece —llevo la mano al pecho, al lado del corazón—. Todo, mi amor.

Miro todo de nuevo. Debo hacer un gran trabajo para recuperar este lugar, pero ahora debo enfocar mis esfuerzos en encontrarla.

Me cuesta dejar el lugar, pero el impulso me gana, debo comenzar a buscarla, debo encontrarla cuanto antes, voy a devolverle todo lo que le pertenece y voy a decirle lo que significa para mí.

Voy a recuperar su amor, incluso si hacerlo me lleva años.

Ahora sé que no debo luchar contra lo que siento.

—Voy a encontrarte, Rousse Calloway, y volverás a ser mi esposa, mi mejor amiga, la madre de mis hijos.

Obligo al caballo a detenerse y sacudo la cabeza.

—¡Hijos! —repito y la sonrisa se me borra.

Me quito el sombrero y lo llevo al pecho al recordar que tengo un hijo de casi cuatro años, el hijo de la mujer que le dije que era una amiga, mentira que comprendió de la manera más cruel.

Ahora no tengo ningún motivo para negarme a aceptar este sentimiento.

—Ninguno —balbuceo con amargura.

Soy el hijo del asesino de su padre, el mejor amigo que la traicionó, soy el esposo que la usó y el hombre que rompió su corazón, pero sobre todo soy un hombre con un hijo del cual no sabré cómo justificar su existencia.

—Rousse —pronuncio intentando recordar la noche en que llegué ebrio y la hice mía. Mis ojos se humedecen al recordar cómo la traté al día siguiente y después durante cada día, al imaginarla entregándose a mi padre—. Lo siento, hermosa, de verdad lo siento.

Aprieto los dientes, sabiendo que si la encontrara ahora mismo no sabría qué decirle, por dónde empezar.

Necesito encontrarla, saber si me odia tanto como prometió hacerlo.

—¡No! —digo ante la idea de que me haya olvidado.

Que me odie, lo entenderé, pero si me olvidó, si hizo su vida, me volveré loco.

Vuelvo a azotar al caballo con la fusta y este arranca al galope, dirigiéndose a toda velocidad hacia la oficina del alguacil. Voy a encontrar a Rousse, aunque no tenga idea de cómo voy a mirarla a los ojos. Haré todo por recuperar su amor.