LNCrawler

#3

Domando Su Corazón — booknet.com · All chapters

#3

Wickenburg, Arizona.

RHETT CLARK

Han pasado cuatro días y, tras la intervención de los abogados que contraté, el juez determinó que no había pruebas suficientes para mantener a Belice bajo custodia. El alguacil tuvo que acatar la orden y ponerla en libertad.

Todo lo que encontré en esa caja fueron evidencias de que mintió, de que sabía del crimen, pero no hay nada que demuestre su culpabilidad. Si existió alguna prueba, es evidente que se deshizo de ella.

No importan las mentiras que me dijo, la ambición con la que planeó todo, los amantes que ha tenido, su manipulación; nada de eso es suficiente para que pague, al igual que tendré que hacerlo yo en algún momento.

Me froto la barbilla, pensativo, observando todas las evidencias esparcidas sobre la mesa de roble.

Cierro los ojos y me froto las sienes. El dolor de cabeza, esta migraña de cuatro días sin dormir, está matándome.

No es solo la culpa. No he podido pegar ojo, dividido entre buscar a Rousse, intentar llevar a Belice a prisión y lidiar con los caprichos de Soel. Desde que saqué a Leadhy de la hacienda, se ha vuelto mucho más caprichoso y grosero conmigo, y ni hablar de ella y sus shows. No puedo entender cómo no me di cuenta del tipo de mujer que es.

Me tiene al borde de la locura con sus acciones y su negativa a regresar a su país.

El intentar ganarme el cariño de Soel ha resultado peor que los últimos años. Aún no puedo aceptar que mi propio hijo me gritara que me odia. A su edad no esperaba algo así.

Frunzo el ceño porque cada esfuerzo hace que las punzadas sean más dolorosas. Incluso pensar hace que sienta que la cabeza me va a estallar.

Sin darme cuenta, termino recostándome al respaldo de la silla y me aparto de inmediato porque la libélula que me hice en la espalda, cubriéndola toda, y que no ha sanado bien porque no me he cuidado, me pincha y duele como hierro caliente contra la carne.

La que me hice en el antebrazo ya sanó. Me quedo mirándola; es el lugar perfecto para que ella la note, justo donde una manga arremangada la dejaría a la vista.

Apenas puedo sonreír, pero lo intento al recordar cuánto las ama, cómo las cuidaba y corría detrás imitando su libertad.

Siento la necesidad de buscar el diario. No he descansado de buscarla, pero no sé nada de ella; debo descubrir si hay alguna pista aquí.

Nadie parece saber adónde fue. Abro en la última página que leí; no me he atrevido a avanzar.

No después de leer cómo ignoré la que debía ser nuestra mejor noche.

No ha pasado ni un solo minuto en que no tenga esta sensación: me duele el pecho e incluso respirar con normalidad.

Me recibe la única foto que logré encontrar. Solo puedo apreciar medio rostro. Rozo el papel quemado con la yema de los dedos, donde el fuego se comió la otra mitad y dejó el borde negro como una herradura mal marcada.

—¿Dónde estás?

No pierdo la esperanza, pero estoy desesperado, tanto como nunca imaginé estarlo por encontrarla, por devolverle lo que le pertenece y tratar de enmendar mis errores.

He buscado en los hospitales, en los refugios y en cada rincón de Wickenburg, pero nadie me dice nada. Ni una pista en la fonda, ni en la estación, ni entre los que pasan ganado entre cercas, ese trajín de reses y polvo que a ella le gustaba mirar apoyada en el alambre, callada, como si el rodeo de las vacas le bastara para ser feliz.

—Yo… te amo. No te lo dije antes, no así, pero te amo, Rousse. Y sé que no soy digno siquiera de decirlo, pero… ¿me creerías si te digo que…?

La puerta se abre y me guardo el diario.

—¿Interrumpo? —Idris se retira el sombrero.

—No, te estaba esperando. ¿Tienes algo?

—Nada, lo siento, amigo. Nadie da razones de Rousse. ¿Y qué me dices de tu encuentro con el abogado?

Niego, decepcionado, y señalo las evidencias.

—Nada de eso sirve. Dicen que sus mentiras y manipulaciones no constituyen un delito por sí solas. La denuncié por varios cargos y, ¿sabes qué? Necesito evidencias, al menos para demostrar que encubrió el crimen para su conveniencia, que así chantajeaba a mi padre para que no la dejara.

—Pero Ebert fue listo. Le dejó todo a Rousse porque sabía de los alcances de Belice.

Estampo el puño contra el roble.

Los nudillos se me lastiman, la piel se abre contra la veta, pero el dolor no es mayor que el que surge en el pecho al recordar que la perdí.

—¿De qué sirvió? Fui un imbécil, un títere. Lo arruiné.

Idris guarda silencio unos segundos antes de decir:

—No debe ser una situación fácil, pero anímate. Llevas días sin dormir. Tu hijo te necesita.

—Mi hijo… —río con ironía—. ¿Estuviste con él hoy?

—Sí, le enseñé algunos acordes y melodías.

Me dejo caer con desgano. Luego lo miro.

—Incluso a ti te trata mejor que a mí. A veces pienso que Leadhy lo envenenó en mi contra. ¿Cómo más explicarías que, siendo mi hijo, no demuestre el más mínimo cariño?

—Tal vez si te interesas un poco por las cosas que le gustan. La guitarra, por ejemplo.

—Por favor, Idris, sabes mejor que nadie que lo he intentado todo en estos años, desde que era un bebé su rechazo ha sido el mismo. No soy tú, un campeón de rodeo y el que mejor se entiende con una guitarra, pero he hecho lo mejor que puedo.

—¿Entonces qué vas a hacer? ¿Cederás a que su madre regrese?

—No. Estaba pensando en repetir la prueba de ADN.

—¡Qué! ¿No confías en mi hermano? Sabes que se encargó personalmente de hacer esa prueba para tu tranquilidad.

—Confío en Judson, pero entiende, no hay otra explicación. ¿Por qué mi propio hijo me rechaza?

—¿Quieres que se lo pida a Judson de nuevo?

Me quedo pensando.

—Vamos, amigo, es mi hermano, solo quiero ayudar. Aunque si no quieres, no insisto.

—Te avisaré. Por favor, sigue investigando y, si sabes algo de Rousse, por más tonto que sea, avísame.

—Claro. ¿Necesitas que entretenga a Soel? Tengo tiempo libre y puedo entretenerlo con la guitarra, intentar hablar de la relación que deben tener como padre e hijo.

—Te lo agradecería.

Idris se marcha y me quedo mirando mis nudillos lastimados, la sangre ya oscura contra la madera.

Luego saco la foto y me quedo contemplándola. Desearía que no estuviera quemada a la mitad.

La presiono contra el pecho.

Cuatro años sintiéndome mal, recordando su rostro, intentando deshacerme de ese algo que me decía que me había equivocado, y ahora estoy aquí, con una verdad que me pesa tanto que me impide dormir.

¿Qué voy a decirte cuando te encuentre?

—Tengo un hijo, Rousse, y no eres su madre —una gruesa lágrima se me escapa sin permiso y cae sobre la foto. La limpio rápido con el dorso de la mano y siento que hasta eso es un insulto, que ni mis lágrimas son dignas de tocarla.

Me río de mi propia situación. Yo la herí, me burlé de ella, aún sigo intentando descubrir cómo le digo que me casé con ella para quitarle lo que mi padre, por culpa, le dejó.

Golpeo de nuevo la madera.

—Perdón, perdóname, Rousse, lo siento, hermosa. Lo siento.

Los nudillos heridos me sangran, pero no me permito sentir dolor.

No por mi causa. No he podido sacarme de la cabeza cómo la ha pasado ella en estos cuatro años.

¿Come? ¿Tiene dónde dormir? ¿Encontró un buen lugar o está tirada en algún corral ajeno, pasando necesidades a las que yo la condené?

Miro de nuevo el diario y decido dejar de ser el cobarde que he sido.

Leerlo para descubrir una pista de adónde fue, saber si dice ese algo importante.

Este pequeño y maltratado diario es mi martirio, pero también un tesoro más de lo único que ahora tengo de ella.

—¿A dónde te fuiste, eh? ¿Por qué no puedo encontrarte?

Abro y releo. Cada hoja que avanzo es como un latigazo directo a la herida; no me atrevo a pasar esas últimas páginas.

—Tengo que saberlo —me animo, quiero conocer eso importante que tenía que decirme.

Paso la página como si la hoja roída y manchada pesara más que mi conciencia.

Aprieto los dientes con cada nueva línea que leo.

Es como revivir el romperla de nuevo, pero con el dolor de saber la verdad incluido.

Intento dejarlo al leer sus líneas sobre mi trato injusto, sobre lo que ella asumía eran mis razones.

Intento retener las lágrimas al releer sus ilusiones, lo importante que siempre fui y cómo me amó. Duele entender que la única persona a la que le importé de verdad posiblemente me odie.

—No —balbuceo, repitiéndolo hasta que dejo de escucharme y lo repito en pensamiento al leer sobre esa segunda noche, que la hice mía. Las manos me tiemblan de ira.

Quiero cerrarlo, pero no me lo permito.

Llego al final y me quedo peor. Cuando leo sobre la cena a la que me invitaba esa noche.

No menciona una razón, pero habla de una fecha especial, luego deja una pregunta abierta y varias respuestas, pero ninguna seleccionada.

¿Cuál será su reacción?

Decepcionado.

Muy feliz.

Molesto.

Confundido.

Más enamorado.

Llevo el dedo sobre dos de las respuestas.

—Más enamorado y muy feliz —murmuro intentando adivinar la situación, ese algo importante.

La migraña se intensifica. Descarto el embarazo, aunque me encantaría que fuera la madre de mis hijos; también fui un cobarde en ese sentido.

Incluso en eso pensó Belice, y yo… yo solo ignoré que pensara en anticonceptivos para evitar errores en sus planes.

Suelto el diario y barro de un tirón todo lo que hay sobre el escritorio, tirándolo al piso.

Golpeo una y otra vez la mesa.

Si me hubiera dado un hijo, aunque ahora me odiara, tendría una oportunidad para acercarme, habría una manera de permanecer cerca, suplicando cualquier lugar que quiera permitirme en su vida, pero incluso eso lo arruiné.

Me levanto y sobo impaciente las sienes; el dolor no disminuye.

—¿Qué era, Rousse? ¿Qué ibas a decirme, hermosa?

Tomo el pedazo de su foto y acaricio su mejilla; bajar la mirada me permite ver entre las evidencias un documento con información sobre su padre.

Leo la información que me deja como destino el sur de Arizona.

Golpeo suavemente el papel.

Un tío. Tienes un tío en Tombstone. Imaginarla ahí me pone en alerta. No es un lugar para ella, una mujer sola, con su inocencia y su fragilidad. No soy bienvenido en el lugar, pero no me importa.

Recojo todo y lo guardo, al igual que el diario, en un lugar seguro.

Es tarde, pero si me marcho ahora podré llegar a tiempo para buscarla; necesito encontrarla antes de la competencia de rodeo.

—Te voy a encontrar, mi amor, lo haré.

Me pongo el sombrero, guardo el papel en el bolsillo y me dirijo a la puerta.

En cuanto abro, aparece ante mí Leadhy, sujeta por Idris, con el rostro lastimado, las prendas rasgadas y casi inconsciente.

—Rhett, tu esposa te necesita. La encontré en el camino a la hacienda; no quiso que la llevaran con el doctor.