LNCrawler

#4

Domando Su Corazón — booknet.com · All chapters

#4

Wickenburg / Tombstone, Arizona.

RHETT CLARK

Pensé que ignorar su drama ayudaría a que lo entendiera. No pienso permitir que nada ni nadie se interponga en mi objetivo de encontrar a Rousse, mucho menos ahora que tengo una pista de su paradero.

Llevo el caballo al establo al llegar a la hacienda y alisto la camioneta; si me doy prisa, llegaré con tiempo para buscarla un par de horas antes de que la noche se acentúe.

Siento el estómago protestar, pero eso puede esperar. Saludo o creo responder al saludo de los trabajadores que finalizan la jornada; recorro la casa esperando encontrar a Soel en el único rincón de la hacienda donde le gusta estar.

—Patrón —la voz de Erna llega igual de preocupada que desde que se convirtió en la niñera de Soel.

Me detengo y le permito alcanzarme.

—¿Qué hizo esta vez? —pregunto ya sin la habitual preocupación.

—No ha querido comer, se encerró, llorando pide que su madre venga. Antes de encerrarse, tiró todo y gritó que usted no es su padre. Intenté de todo, pero no me abre, patrón.

—Yo me ocupo, Erna. Sé que le pido mucho, pero voy a necesitar que me lo cuide unas horas o quizás días.

Ella baja la mirada y comprendo que va a ser difícil.

—Erna, por favor, yo… necesito ir al sur de manera urgente, le prometo que intentaré no demorarme.

—Joven, usted sabe que encantada le hago cualquier favor, pero es que el jovencito Soel no nos quiere, mucho menos ahora que su abuela y su madre no están aquí. Si usted se va, ¿cómo podré yo controlar la situación?

—Le pediré a Idris que me eche una mano.

—¿Es en serio, Rhett? —la voz de Leadhy llega desde atrás—. ¿Vas a dejar a tu hijo por ir detrás de esa mujer? Por favor, ¿cómo quieres que Soel te quiera si nunca has sabido ser un padre para él?

Me acerco y la sujeto por el brazo, viendo lo bien que fingió; llegó muy rápido hasta aquí para estar tan mal como la hacen ver las prendas todavía rasgadas y el maquillaje corrido a propósito.

—¿Qué rayos crees que haces aquí? Te dije que no eres bienvenida.

—Soy su madre y no puedes impedirme darle la atención que tú no le das, lo estás dejando al cuidado de esta gentuza para irte tras de esa…

Le sujeto el mentón y recorto la cercanía entre nosotros, lo bastante para que el aliento le choque en la cara y no le quede teatro.

—Maldigo esa noche, Leadhy, maldigo el momento en que te conocí. ¿Por qué no lo entiendes? Vete. Regresa a tu país.

Forcejea, pero no la suelto. La arrastro hacia afuera, cierro el portón y, aun así, empieza a gritarle a Soel.

Sabe lo que hace, sabe que, si el niño la ve, no querrá que se vaya, como también sé que usará su estado para ponerlo en mi contra.

—Qué patético eres, Rhett —empieza a reírse—. ¿De verdad crees que haciéndote el hombre que no fuiste al regresar con ese plan va a hacer que esa campesina olvide lo que le hiciste? —se acomoda las prendas como si ya no necesitara fingir—. ¿De qué crees que te servirá encontrarla? Muero de ganas por ver qué pensará de que tengas un hijo con la mujer con la que le hiciste creer que era solo una amiga. ¿Cómo vas a explicarle cómo te revolcabas conmigo mientras ella te esperaba?

—Cállate. Tú y yo no dormimos antes de esa maldita noche y lo sabes bien; siempre tenías una excusa: que tu cuerpo, que la línea, que querías esperar hasta el matrimonio, y te creí. Ahora sé que solo fingías, que solo buscabas mi dinero.

Suelta una carcajada sin importar lo fuerte que le sujeto el mentón.

—¿Y crees que con lo que me permitiste decir y hacer esa tarde ella va a creerte? Tenemos un hijo y, mientras yo sea la madre de tu hijo, tú también serás mío, ¿lo entiendes? ¡Soel, hijo, Soel, ayuda a mami!

Grita tan fuerte que cubrirle la boca no basta. Cuando intento sacarla, Soel se pega a mi pantalón con esas manitas que nunca se quedan en mi cuello cuando intento abrazarlo.

—Mami, mami, baja a mami —tira de mi pantalón—. Eles malo, malo, no te quiero, quiero a mami.

La bajo del hombro e intento hablar con él, pero se sacude, me pasa al lado y se lanza sobre ella.

Me quedo mirando cómo la abraza, cómo limpia las lágrimas que Leadhy deja caer. Me acerco a ambos.

—¿Así que quieres estar con tu madre? —Llevo la mano al bolsillo, ignorando el dolor por el roce de los nudillos heridos con la tela, saco los dólares suficientes y me acerco—. Cuando regrese, no los quiero ver aquí.

Arrojo los dólares ignorando dónde caen e intento salir a por la camioneta, pero Leadhy me alcanza.

—Rhett, no, no puedes hacernos esto. Soel es tu hijo, es un niño, no puedes abandonarlo por esa mujer.

No pensaba detenerme, pero su énfasis en la última palabra me obliga.

—Rousse. Su nombre es Rousse. Y sí, si tanto quieres a tu hijo contigo, llévatelo, y que te quede algo bien claro: jamás voy a volver a cometer el error de poner a nadie por encima de ella.

—¿Qué significa eso, Rhett?

—Que en cuanto la encuentre voy a devolverle todo lo que le pertenece, que no descansaré hasta que le hayamos pagado todo lo que le debemos —señalo la hacienda y sus alrededores, el corral, los potreros y toda la extensión—. Todo le pertenece y todo volverá a sus manos. ¿Lo ves? No tengo nada. Ese dinero por el cual me seguiste, mentiste y finges quererme nunca ha sido mío…

—No, no —comienza a golpearme los hombros—. No lo permitiré, tú no vas a perderlo todo por esa mujer, no lo permitiré, antes acabaré con ella, con…

Sujeto su mentón, conteniéndome de cometer una locura.

—Si eres una mujer lista, vete ahora.

La empujo e intento seguir mi camino, pero antes de entrar pasa algo que en tres años no he visto: Soel se pega a mi pierna, llora suplicando.

—Papi, papito, por favor, papá, no quiero que nos dejes, ¿no me quieres, papá?

Se limpia las lágrimas, aunque no ha caído ninguna.

Bajo la mirada y creo entenderlo por primera vez. No siento ese algo que me genere pesar; el sentimiento es distinto, igual al rechazo que me ha generado su madre en los últimos años.

Lo aparto. Antes me hubiera rendido ante su acto, pero sujeto su mano y lo devuelvo ante su madre, aprovechando el momento para revolverle el cabello y tomar lo que necesito.

—Ve con tu madre —le digo al ver que no sintió el tirón—. Vas a estar mejor con ella. No voy a estar y daría igual; cuando estoy, es como si no estuviera para ti. Papá siempre ha sido papá cuando necesitas un juguete nuevo o tienes un capricho. Los padres también tenemos caprichos y, ¿sabes qué?, ahora mismo lo único que deseo es encontrar a la persona más importante para mí.

Se me lanza encima, me llora, pero lo aparto sin remordimiento. Al ver a Chad y a otros empleados, me acerco.

—Asegúrate de que, al igual que Belice, ellos tampoco regresen mientras yo no esté. Erna, por favor, recoja las cosas del jovencito y entrégueselas a su madre —me saco la cartera—. Compre lo necesario y hágaselo llegar. Dejaré razón con Idris para que se asegure de su bienestar.

Ella asiente. Cuando intento irme de nuevo, me alcanza.

—Joven, perdone que me meta. ¿Es cierto que la señorita Rousse va a regresar?

La miro por encima del hombro.

—Deséeme suerte, Erna, para que pueda encontrarla y eso pueda ser posible.

No dice nada y, aunque lo hubiera dicho, la insistencia de Leadhy y Soel no me hubiera permitido escuchar.

Vuelvo a ignorarlos, recojo lo que necesito —el diario, la foto a medias, una muda limpia, el sombrero, botas limpias— y vuelvo para abordar la camioneta.

Comienzo a conducir un poco retrasado, pero eso no quita mi intención. Me saco la foto y la acomodo donde puedo verla, contra el tablero, con el medio rostro de ella mirándome de lado, como si todavía esperara que llegara a cenar.

Quiero a Soel, he estado desde su nacimiento, pero no puedo mentir: ahora albergo más que nunca la esperanza de que no sea mío.

Miro la foto. Me hace compañía la primera hora en una conversación como las que solíamos tener recostados bajo los árboles, mientras mirábamos las libélulas volar libres o los atardeceres.

Miro la libélula del antebrazo, siento el ardor de la de la espalda contra el respaldo y me pregunto si le gustará. No me cambié, no traté la cicatrización. Repaso la dirección, el nombre de su tío y la esperanza crece hasta que recuerdo que aún no tengo idea por dónde empezar ni cómo explicarle mi actuar.

El alivio desde que supe que no fue la mujer de mi padre me permite respirar, ¿pero a qué costo?

Dejo Wickenburg atrás cuando las luces del pueblo ya son pocas y piso el acelerador con la foto en el tablero. No bajo la velocidad. Si paro, pienso, y no quiero pensar, porque hacerlo me lleva al mismo lugar, la perdí y no pienso aceptarlo.

Durante el resto del camino pongo su playlist favorita y me dejo llevar. Hablo con la foto como hablábamos recostados bajo los árboles. Llego de noche a Tombstone y me hospedo en el viejo hotel en el que solía quedarme con mi padre; en otros lugares no soy bienvenido por ciertas cuestiones de las competencias de rodeo en las que no llegué a sobresalir.

Hasta hace poco creí que por eso mi padre me había enviado a Australia, pero ahora sé la razón y, como un imbécil, regresé y lo arruiné todo.

Pago el hospedaje y me doy una ducha rápida. El agua reaviva el ardor de la tinta en la espalda, corre por la libélula del brazo y se lleva un poco el desespero, pero no me detengo en eso. Me pongo los vaqueros limpios, la camisa que ella misma me tejió, el cinturón que me regaló al día siguiente de nuestra boda; me alegra no haberme deshecho de estos detalles; las botas y el sombrero que compramos un día después de mi regreso. Me miro: no me he bajado la barba ni recortado el cabello.

Bajo la mirada y salgo, guiándome por las indicaciones que me dieron en recepción.

Me envían de un lado a otro con evasivas, de una calle de tablones a otra, de un salón que ya no sirve más que para souvenirs a una casa que no es la suya. Hasta que me detengo frente a una distinta: la dirección me deja ahí.

No es el rancho ni la hacienda. Es una casa de madera, pintada de colores vivos que en este pueblo parecen un desafío, con macetas desbordadas en el porche, enredaderas buscando la baranda, artesanías colgadas del alero —corazones de hojalata, otras artesanías, un caballito de palo olvidado contra la pared— y el olor que me cala y me recuerda a esa sonrisa. Sonrío. Solo le faltan las libélulas de artesanía para asegurar que aquí vive ella.

Levantar el pie para dar el paso que me deje lo necesariamente cerca para llamar me cuesta, pesa tanto como levantar la mano que uso para acomodarme el sombrero antes de llamar.

Repito en mi mente las explicaciones que le debo, las disculpas, pero sobre todo pienso en cómo se ve ahora. ¿Habrá teñido su cabello? ¿Qué habrá sido de su vida en estos años?

De nuevo sacudo la cabeza cuando la idea de ella con una familia, enamorada de otro, me deja una desagradable sensación que me lleva a golpear tres veces sin detenerme.

Es tarde, las nueve y media. Espero no ser inoportuno.

Escucho una risa infantil que me encoge el corazón, luego una adulta y, por los tonos, podría asegurar que compiten para abrir la puerta.

—Mami… ma…

Se interrumpe a sí misma y yo retrocedo con el corazón acelerado. Es una niña hermosa, pero lo que me deja en shock es su parecido con mi Rousse.

Ella se me queda mirando unos segundos y luego aparta la mirada, desinteresada, y yo, aunque intento hablar, me quedo pasmado viendo el cabello rizado, largo y rojizo caer sobre sus pequeños hombros, bañándola y cubriéndola, sus pecas diminutas y esos mechones blancos que hacen pensar que es más que casualidad.

No. No puede ser una coincidencia.

Lleva un vestidito sencillo, de esos que ella amaba usar y luchaba contra los vientos, los pies descalzos sobre la madera del umbral, la costumbre que yo recuerdo demasiado bien.

—No es mami, es un señor muy feo y grande —se cruza de brazos y deja que la adulta pase—. Me comeré mi pizza mientras espero a mami, tía.

—¡Rousse! —suelto, intentando conocer su reacción.

La niña se gira, pero la mujer que parece tener mi misma edad me empuja afuera y cierra la puerta de un tirón.

—¿Quién es usted? —pregunta tratando de analizarme, asumo por el rápido escaneo antes de detenerse en mis ojos.

Me retiro el sombrero con la esperanza ya instalada e ideas tontas rondando mi mente, esa niña, esos ojos azules.

—Soy Oliver Klinger —miento, por si llegara a reconocer mi nombre—. Estoy buscando a Rousse Calloway. Me dijeron que puedo encontrarla aquí.

No dejo de mirar hacia la puerta, esperando que la niña vuelva a salir, que ese pelo rojo, esos mechones blancos y esos ojos azules me desmientan o me condenen.

—¿La conoce?

—Está equivocado, señor —la puerta se me cierra en la cara, con un portazo que me hace reaccionar.