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#5

Domando Su Corazón — booknet.com · All chapters

#5

Tombstone, Arizona.

RHETT CLARK

El impacto me hace retroceder dos pasos, no porque me haya asustado, sino porque su actitud me lo confirma. La encontré.

Ese portazo me devuelve a esa mañana y a las líneas del diario. Iba a decirme algo importante.

Ahora ese algo no solo tiene sentido, tiene un pequeño y precioso rostro, pecas y mechones blancos que me hacen recordar a la niña a la que le hice tantas promesas. Se me corta la respiración. Llevo una mano al pecho y trago saliva antes de poder volver a respirar con normalidad.

Cierro el puño y me doy suaves golpes en el pecho, hasta que el ardor de la libélula en la espalda me devuelve a esta puerta, a la niña y a la mujer que cerró al oír su nombre.

Avanzo los dos pasos que había retrocedido. Las piernas me pesan como si la acera se hubiera vuelto lodo.

Mi mano queda suspendida a milímetros de la madera. Intento cerrar el puño para golpear, pero los dedos no responden. Y quizás es lo mejor, porque si golpeo ahora voy a hacerlo como el hombre que la hizo llorar de rodillas, no como el que viene a devolverle lo que le quitó e intentar reparar sus errores.

Es mi hija. Lo sé por la edad que puedo jurar que tiene, por el color de los ojos que compartimos y, sobre todo, porque ese algo importante que quería decirme por fin cobra sentido.

Se me escapa una risa que no es de dicha ni de burla. Le dirijo otra mirada a la puerta. Es la madre de mi hija y nada me alegra más, pero también me rompe saber que la dejé sola cuando no debía, cuatro años sin buscarla, y ahora sé que no era tan difícil encontrarla. Dejé que mi maldito orgullo me quitara lo precioso de estar a su lado durante esas etapas.

Bajo la cabeza.

Me perdí los primeros pasos de mi hija. Su primera palabra. Su nacimiento. Cuatro años que no puedo recuperar.

Me la imagino sola con nuestra hija en brazos. Trago saliva, pero la garganta se me cierra. Intento tomar aire una y otra vez.

Me pesan más que nunca todas las veces que ignoré la intuición intentando convencerme de mi error.

Se me escapa otra sonrisa, pero desaparece antes de terminar de formarse. Esto nos une para siempre y, aun así, no puedo celebrarlo, porque en el fondo sé que, con lo que hice, probablemente me cavé la tumba en su corazón.

Estoy tan cerca de ella que casi puedo sentir su aroma, pero esa puerta parece imposible de atravesar.

Dejo caer la mano. No puedo ignorar que existe el fruto de lo que hubo entre nosotros, aunque todavía no sé si ella me permitirá asumir el lugar que me corresponde en la vida de nuestra hija.

—Lo escuchaste —me digo, y la voz me sale ronca—. Dijo que mami no está. Eso es. La esperaré. Debe llegar en cualquier momento.

Me alejo lo justo para no pegarme al porche, aunque alcanzo a ver la cortina del balcón moverse. Puedo imaginar su reacción cuando la mujer le dijo que había un hombre buscándola.

¿Será eso motivo para que vuelva antes? O quizás decida no venir.

Me niego a aceptar esta última. Nuestra hija está aquí. Si mi presencia no es suficiente, conservo la esperanza de que ella la haga venir.

—Voy a esperarte, Rousse. No importa cuánto te tardes, esperaré.

Decido no marcharme. No puedo permitirme perderla de vista de nuevo.

Mientras espero, repaso las palabras en mi cabeza: la verdad sobre nuestros padres, el plan, las evidencias, pedirle perdón y hablar de nuestra hija. Las repito hasta que aparece Leadhy, después Soel, y el orden se me cae como forraje mal atado.

Camino a una distancia prudente, la suficiente para dar la impresión de que me voy, pero no tanta como para no verla llegar.

Desde ahí mantengo la mirada fija. Recuerdo que no avisé al abogado que salí; cuando se supone debo encontrar las evidencias para que Belice pague por lo que hizo, y la rabia crece con la vergüenza de llegar a Rousse con las manos vacías y excusas.

Porque, en mi defensa, solo eso tengo: excusas.

Todo pende de que quiera tratar los temas legales de la herencia que mi padre le dejó. Aunque, para eso, necesito que ella sepa antes toda la verdad.

No aparto la mirada cuando me muevo un poco. La puerta no se abre. La cortina sí se mueve un par de veces, y cada movimiento me confirma que fue puesta en aviso.

Me froto las manos para calentarlas. Repaso otra vez lo que tendré que decirle, pero esta vez intento dejar de ordenar las palabras y concentrarme en no olvidar nada.

Sé que Leadhy tiene razón, sé la posición en la que me deja lo que le permití hacer y decir. Solo espero que me permita explicárselo.

Recuerdo entonces la prueba que necesito hacer. Si Soel resulta ser mi hijo, tendré que enfrentar también el daño que eso causará, y esa idea me deja una sensación peor que la que llevo desde que leí el diario.

La imagen vuelve: el rostro de la pequeña, tan idéntica a ella de niña. Mis dedos se cierran. Quiero golpear la puerta, entrar, tomarla en brazos y decirle que soy su padre. Me quedo quieto.

El frío cala más fuerte con el paso de las horas. Aparto la mirada un par de veces, nunca lo suficiente. Miro el móvil.

Pasan diez minutos. Luego otros veinte.

Vuelvo a mirar la casa. Nada.

Aun así, no me levanto del todo, porque irme sería repetir la misma cobardía.

Cuento las horas. Me levanto y camino bajo la mirada de los transeúntes, que cada vez son menos en esta calle, de las puertas cerradas y de la gente que mira a través de las ventanas como si yo fuera el forastero que no debió llegar.

Los ojos me pesan, el estómago protesta, pero no me muevo. No pienso hacerlo. Si me duermo de pie, que sea aquí, donde ella tenga que pasar por encima de mí para entrar a su casa.

Saco el celular para espantar el sueño y veo las llamadas de Idris, las de Leadhy, las de Erna. El teléfono vuelve a vibrar. Lo miro. Desbloqueo la pantalla, pero no abro ninguno de los mensajes. Vuelvo a guardarlo.

Pienso que con mi ausencia algo pasó en la hacienda y, aun así, no quiero apartarme de aquí para confirmarlo.

No voy a permitir que nada se interponga entre la verdad, Rousse y yo.

Aprieto el aparato al pensar de nuevo en la actitud de Soel. Fui rudo, lo sé, pero no podía dejar que el juego de su madre me arrastrara a los mismos errores, sé que fue obra suya el niño pegado a mi pierna con un berrinche típico de un adulto manipulador, eso deja un sabor amargo.

Dejo el sombrero sobre la rodilla y vuelvo a mirar la casa.

El frío me recuerda al problema con el tatuaje. Fue absurdo someterme a horas de un trabajo que debió hacerse por secciones. Quería tenerlo y lo conseguí. Le cumplí, aunque tarde, la promesa, y ahora solo quiero que ella lo vea, aunque sea para reírse.

Se me escapa una sonrisa al recordar cómo me miró mi hija, cómo me llamó "hombre feo y grande", muy de su madre cuando mi padre la acogió y a mí me costó aceptarla.

La sonrisa se me borra. Imagino a otro hombre en mi lugar, a mi hija llamando "papá" a ese otro tipo.

Cuando el sueño parece ganarme, me veo en la necesidad de dar un paseo hasta la esquina para que el cuerpo entre en calor, espantar el sueño y no pensar en el hambre que hace que el estómago ruja.

Al volver busco el banco fuera de una pequeña tienda. Froto las manos sobre el pantalón. La respiración se me sale densa y fría. Me relamo los labios y compruebo la hora.

Suspiro. Miro hacia la casa. Son las dos de la mañana y ya decidí que esperaré hasta que amanezca.

Decido ir hacia la puerta. No creo que sea la mejor idea, pero debo asegurarme de que me verá al regresar, aunque me vea hecho un despojo en su acera.

No tengo cómo cubrirme y pasar las horas sobre la acera fría empieza a pasarme factura con una tos que apenas puedo disimular.

Empiezo a tararear su canción favorita, pero no es suficiente. El sueño termina por vencerme y me deja con la cabeza caída y el nombre de ella todavía en la boca.

No puedo decir a ciencia cierta qué tan profundo me dormí, pero las voces que escucho y el sol que calienta me hacen despertar de golpe.

—Gracias, Eisy, no tienes que cuidarla hoy, yo me haré cargo —escucho mientras intento ponerme de pie, porque es la mujer que amo y, a la vez, no parece la que me gritaba que me amaba.

Me quedo quieto al verla. No le veo la cara hasta que me mira por encima del hombro y actúa como si no me conociera, como si yo fuera polvo de corral y no el hombre al que amó.

Me pongo en pie rápido. Me limpio el rostro con el brazo. El sombrero no está; la vergüenza ocupa su lugar.

—Ro… Rousse —pronuncio, y me sale demasiado bajo, pero audible, sobre todo a su distancia.

No hay reacción de su parte. Ese silencio me obliga a tragar saliva.

La mujer, que parece ser la niñera de nuestra hija, a quien al parecer dejaron en algún lugar por lo que le escucho decir, se marcha.

Ella se gira con la aparente intención de entrar a su casa.

Sin pensarlo, le sujeto el brazo, pero se sacude con repudio y se limpia como si mi mano la hubiera ensuciado. Cuando intento acercarme, levanta la fusta y la impone frente a mí. El gesto me devuelve a la hacienda, mis excusas, lo cobarde que fui al no enfrentarla.

—¡No me toques! —farfulla con desdén.

Su tono no solo refleja fastidio. Me habla como si fuera su enemigo, un desconocido, y la forma en que me mira deja claro que ya no es la mujer que conocí y que alguna vez creyó que yo podía protegerla.

—Rou…

El portazo me deja con la mano suspendida. Bajo lentamente el brazo y me quedo mirando la madera, asimilando que es ella, aunque aparentemente no parezca la misma.

Ya no es la chica delgada que solía ser. Todo en ella parece haber crecido, incluso su cabello rizado y salvaje, pero es su mirada sombría la que más me desconcierta.

Recojo el sombrero que debió caérseme mientras dormía. Debí estar profundamente dormido para no sentirla llegar ni llevarse a nuestra hija, y eso vuelve a hacerme sentir como el mismo idiota que la hirió.

Me acerco a la puerta para llamar, pero en ese preciso momento la puerta se abre y mi mano queda levantada al nivel de su rostro.

Bajo la mano y nuestras miradas se encuentran, pero ella aparta la suya sin un ápice de emoción.

—Rousse —digo, intentando no quedarme en la sorpresa de su cambio—, ¿crees que podríamos hablar?

Actúa como si fuese una pared invisible. Pasa a mi lado no solo ignorando mis palabras, sino evitando el mínimo roce entre nosotros.

Mierda. Me siento patético siguiéndola, hablando, mientras ella camina como si yo no existiera, con ese contorneo de caderas del que no puedo apartar la vista, ya no es el mismo cuerpo que tuve en mis manos y que ahora parece haberse transformado para borrar de él cualquier rastro de lo que fue mío.

—Rousse, por favor, tienes que escucharme —estiro la mano buscando alcanzar su brazo, pero el simple roce basta para sentir el latigazo de la fusta sobre mi brazo, justo sobre la libélula. El ardor es inmediato.

Ella baja la mirada hacia mi brazo y vuelve a mirarme a los ojos.

—Señor Clark —dice finalmente—, creo haber dejado claro que no estoy dispuesta a respirar el mismo aire que usted.

Bajo la mirada.

—Lo sé, pero… tenemos que hablar.

—Lo que tengo es que morirme. Tal vez así pueda escuchar lo que tenga que decir el hombre al que enterré hace años, porque yo no hablo con muertos.

Escupe a mis pies, y esta vez no veo la rabia de aquella vez, sino el desprecio que prometió sentir.

Entonces se gira y retoma su marcha sin concederme otra mirada.

—Rousse —murmuro.

Doy un paso hacia ella, pero me detengo. Aprieto los puños y la veo alejarse sin saber qué decir para hacerla volver.