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Septiembre llegó con lluvia.Golpeaba el cristal del compartimento en rachas irregulares, como si alguien de fuera tirara puñados de gravilla contra la ventana, y el paisaje se deshacía al otro lado en manchas verdes y grises que no terminaban nunca de ser colinas. Dentro olía a cuero viejo, a la humedad de las túnicas recién sacadas del baúl y al azúcar de las ranas de chocolate que Goyle abría una detrás de otra, sin levantar la vista, con un crujido de papel que a Dracia ya empezaba a crisparle los nervios.Pansy Parkinson llevaba diez minutos hablando del verano sin tomar aire. Se había sentado enfrente con la espalda muy recta, las rodillas juntas y las manos sobre ellas, como si el asiento desgastado del Expreso de Hogwarts fuera un trono y ella estuviera recibiendo en audiencia. Dracia la oía a medias. Las vacaciones en la costa, una prima que se había comprometido con alguien de quien nadie había oído hablar, una túnica de gala que su madre había mandado arreglar tres veces. El tren se mecía y la voz de Pansy se mecía con él.—...y mi madre dice que nadie en el palco de invitados se movió de su sitio cuando empezaron los gritos. Que fue una vergüenza que el Ministerio no controlara a la gente. —Bajó la voz de pronto y se inclinó hacia delante, con los ojos brillantes de una curiosidad que no se molestaba en esconder—. Tu padre estaba allí, ¿verdad? Ella lo vio hablando con el ministro antes del partido. ¿Es cierto que se fue de repente cuando empezó todo?Crabbe levantó la cabeza un segundo. Miró a Pansy, luego a Dracia, y volvió a sus dulces como quien decide que aquello no le incumbe y que no quiere que le incumba.Dracia no contestó enseguida.Había cosas de aquel verano que no se contaban en un compartimento de tren, con la lluvia contra el cristal y Goyle masticando al lado. Había cosas que no se contaban en ningún sitio. La pregunta de Pansy se le quedó dentro un momento, como una piedrecita en el zapato, y notó que algo se le tensaba en la espalda, a la altura de los omóplatos.El tren dio una sacudida al tomar una curva. En el pasillo, al otro lado de la puerta, se oyeron risas y el roce de pasos que se acercaban. Alguien discutía en voz baja, y entre las demás voces Dracia reconoció una que le resultaba demasiado familiar. El cristal de la puerta tembló con el vaivén.Giró la cabeza hacia Pansy y frunció el ceño.—¿Qué estás insinuando?Pansy parpadeó y se echó hacia atrás un par de centímetros, lo justo para dejar claro que había notado el filo.—Nada, yo no insinúo nada. —Se alisó la falda sobre las rodillas, y el gesto le salió más rápido de lo que pretendía—. Solo digo lo que se comentaba. Había gente que decía que los de la tribuna alta fueron los primeros en desaparecer, y yo lo que quería era...Se interrumpió. Tragó saliva y buscó a Crabbe con la mirada, como si él pudiera rescatarla. Crabbe masticaba con muchísima atención.Goyle, sin dejar de rebuscar en la bolsa, murmuró con la boca llena:—Mi padre dijo que fue un ataque de unos fanáticos. Que el Ministerio debería haberlo previsto.Nadie le contestó. El traqueteo del tren llenó el silencio, y Dracia dejó que lo llenara. No miró a Pansy, sino a la puerta.Las voces del pasillo se habían detenido justo delante del compartimento. Tras el cristal empañado se recortaban dos siluetas: una alta y desgarbada, otra más baja, con un pelo que parecía una maraña. La voz grave del chico llegó con claridad, aunque no le hablaba a ella:—...y te digo que su padre estaba metido en el lío. Seguro que era uno de los de las máscaras, Hermione.La silueta más baja respondió algo que no se entendió. Una mano se apoyó un instante en el cristal para no perder el equilibrio."Su padre."Dracia se levantó de golpe. El asiento crujió a su espalda y Goyle dejó de masticar. En dos pasos estaba en la puerta y la deslizó de un tirón seco, sin mirar siquiera quién había fuera, porque no le hacía falta. Corrió en su riel con un chasquido, y el aire del pasillo, más frío, con olor a lluvia y a carbón de la locomotora, le dio en la cara. Se cruzó de brazos y alzó la barbilla, como la había alzado siempre delante de esa gente, desde los once años.—Mirad a quién tenemos aquí.Ron Weasley se quedó con la boca a medio abrir y la frase atascada en algún punto entre el pecho y la lengua. Las orejas le empezaron a enrojecer, pero no bajó la vista. Detrás de él, Hermione Granger abrazaba una pila de libros y apretó los labios al verla. Sus ojos pasaron de Dracia a Weasley en un segundo, y Dracia vio exactamente lo que estaba calculando: cuánto de lo que acababa de decirse había llegado hasta el compartimento.Todo, Granger. Había llegado todo.—Genial —murmuró Weasley, sin molestarse en disimular el fastidio—. Justo lo que faltaba.—Ron. —Granger le tiró de la manga sin mirarlo, en voz baja—. Vámonos. Harry nos está esperando en el otro vagón.—No tenemos por qué irnos a ningún sitio. —Weasley enderezó la espalda, y al hacerlo le sacó a Dracia más de una cabeza—. Estábamos pasando por el pasillo. Es un tren público, Malfoy, por si no lo sabías.A su espalda, Dracia oyó el crujido de los asientos: Pansy se había levantado para asomarse por encima de su hombro, y no le hacía falta verla para saber la sonrisa que traía, la de quien acaba de encontrar un espectáculo mejor que cualquier conversación. Crabbe y Goyle también se habían puesto de pie. El compartimento, de repente, parecía más pequeño, y el pasillo más estrecho.Al fondo del pasillo, una puerta se abrió y se cerró. Un pelo negro revuelto, el destello de unas gafas redondas: Potter. Se quedó allí, a unos metros, sin decidirse a acercarse.Dracia tomó nota y lo ignoró. A Weasley le dedicó toda su atención: lo repasó con la mirada, despacio, como se revisa una mercancía defectuosa. La túnica, los zapatos, el puño de la manga. Y vuelta a subir.—Weasley, sé que es mucho pedir que moderes el tono, con la educación que tienes.Cambió el peso de un pie al otro, sin prisa.—Pero al menos podrías decirle a tu padre que te compre una túnica nueva. ¿Por cuántos Weasley ha pasado ya esa?Pansy soltó una risita corta, mal contenida, que rebotó contra las paredes del compartimento. Goyle se rió un segundo más tarde, sin saber muy bien de qué.De repente, a Weasley se le subió el color del cuello a la raíz del pelo, como si alguien le hubiera encendido una vela debajo de la piel. Bajó la vista un instante hacia su túnica, hacia el puño deshilachado de la manga, y la subió otra vez con la mandíbula tan apretada que se le marcaba un músculo en la mejilla.A Dracia no se le escapó el gesto, y lo saboreó como una pequeña victoria.—Repítelo. —La voz de Weasley salió más baja de lo que Dracia esperaba. Su mano bajaba, despacio, hacia el bolsillo de la túnica—. Repite eso de mi familia, anda.—Ron, no. —Granger se metió casi entre los dos, con los libros por delante como un escudo absurdo. La voz le salía tensa, pero firme—. No merece la pena. Sabes perfectamente que lo hace para provocarte.Luego se volvió hacia Dracia. No había miedo en su expresión, y eso fue lo que más le molestó.—Qué original, Malfoy —dijo, seca—. Tres años y sigues con el mismo repertorio. Casi me da pena."Pena." Una sangre sucia con el pelo como un nido, abrazada a sus libros como si fueran a protegerla de algo, y le tenía pena. A Dracia se le estrecharon los ojos.Unos pasos sonaron en el pasillo y Harry Potter llegó por fin hasta ellos. Se detuvo junto a Weasley y evaluó la escena de un vistazo: el brazo de Weasley a medio camino del bolsillo, Pansy asomada por encima del hombro de Dracia, la postura de Dracia. No dijo nada todavía. Solo se acercó un poco más, hasta que su hombro rozó el de su amigo.—¿Algún problema? —preguntó al fin. Lo dijo con calma, pero tenía la mandíbula apretada.Weasley no había apartado los ojos de ella. Tenía la mano quieta, los dedos rozando la tela del bolsillo, esperando.El tren entró en un túnel. Durante unos segundos el pasillo se quedó en penumbra y el rugido del metal lo llenó todo, y en esa oscuridad Dracia solo distinguió el brillo de las gafas de Potter, dos círculos pálidos que no se movían.Cuando volvió la luz, giró el cuerpo hacia él, apenas. Lo justo para que quedara claro a quién le hablaba ahora.—Ninguno, Potter.Golpeó el suelo varias veces con la punta del pie, un tamborileo impaciente contra las tablas del pasillo.—Pero apuesto a que tú te vas a buscar unos cuantos este año también.Dio un paso hacia él y lo señaló con la barbilla.—Cuánto afán de protagonismo traes, ¿eh? No te basta con ser el gran Harry Potter. —Abrió las manos a los lados al decirlo, como si lo presentara en un escenario, y las dejó caer—. Cada año tienes que buscarte un problema para que sigan hablando de ti.Potter no retrocedió. Cuando ella dio el paso, quedaron a una distancia que en otras circunstancias habría sido incómoda, y él le sostuvo la mirada sin parpadear. De cerca, Dracia notó que había algo distinto en él ese año. Unas ojeras tenues bajo las gafas. La piel más pálida de lo que recordaba, la de alguien que llevaba semanas durmiendo mal. No lo pensó más que un instante. Lo registró, como registraba siempre las cosas, y lo guardó.—¿Protagonismo? —La voz de Potter era baja, casi cansada—. Llevo tres cursos sin pedir ni uno solo de esos problemas, Malfoy. Si quieres hablar de quién disfruta con que hablen de ella, mira a tu alrededor.Su mirada se deslizó un instante hacia Pansy, hacia Crabbe y Goyle, hacia la puerta abierta del compartimento, y volvió a ella.—Yo que tú no me quejaría de que la gente hable. Después del Mundial, tu apellido sale en muchas conversaciones.Detrás de él, Weasley soltó el aire por la nariz, a medio camino entre risa y bufido. Granger cerró los ojos un instante, como si viera venir lo inevitable.Pansy ya no sonreía. Seguía pegada a su espalda y, por el rabillo del ojo, Dracia notó que no miraba a Potter, sino a ella. Esperaba a ver qué hacía con eso."Tu apellido." Dicho así, en el pasillo de un tren, delante de todos, como quien señala una mancha.Unos metros más allá, dos alumnos de primero que iban delante de un carrito de dulces se habían detenido, con los ojos muy abiertos. La bruja del carrito, que avanzaba tras ellos, frunció el ceño y empezó a abrirse paso con un tintineo de campanillas.—Apartaos, apartaos, que no se puede bloquear el pasillo —dijo con voz cansada—. A ver, ¿qué pasa aquí?Potter no se movió. Weasley mantenía la mano en el bolsillo. Granger, con los libros apretados contra sí, miraba alternativamente a Dracia y a Potter.Dracia apretó los labios. Sin pensarlo, metió la mano derecha en la túnica y sus dedos encontraron la varita: la madera lisa, tibia del calor del cuerpo, el peso conocido. Se quedaron ahí, cerrados alrededor de ella. Notó el pulso en la yema de los dedos, contra la madera.Los ojos grises siguieron en Potter unos segundos. Los de él no bajaron hacia la mano ni un momento.Soltó la varita.—Nada interesante —le dijo a la bruja, sin mirarla.Se giró hacia el compartimento y dio un paso. Luego, a medio camino, volvió la cabeza hacia Potter, lo justo para que sus ojos se encontraran por encima del hombro.—Ten cuidado este año, Potter. No tienes muy buen aspecto, y los accidentes ocurren.Torció la comisura derecha, rápida, casi un tic, y cerró de un golpe seco que hizo vibrar el cristal en el marco.Durante un instante el ruido del tren se volvió más nítido: el traqueteo, la lluvia, el tintineo lejano del carrito. Dracia permaneció de espaldas a la puerta, con los dedos todavía en el tirador, y notó que el corazón le iba un poco más deprisa de lo que le habría gustado.Fuera, la voz de la bruja de los dulces se alzó por encima del resto.—¿Alguien va a comprar algo o pensáis quedaros ahí plantados toda la tarde?Tras el cristal empañado, las siluetas apenas se movían. Distinguió la de Weasley, inclinada hacia Potter, y su murmullo llegó a medias, amortiguado por la puerta:—...¿has oído eso? ¿«Accidentes»? Debería haberle...—Déjalo, Ron. —La voz de Potter era más baja, y no sonaba enfadada, sino cansada, como si ya no le quedaran ganas ni de eso—. Vámonos.Las siluetas se desplazaron y se perdieron pasillo abajo. El carrito reanudó la marcha con su campanilla.Dentro, el silencio se alargó unos segundos. Pansy fue la primera en moverse. Se sentó despacio, con las manos sobre las rodillas, y observó a Dracia con una mezcla de admiración y cálculo que Dracia no le había visto antes.—Has estado... —buscó la palabra y, al no encontrar una mejor, sonrió— muy bien. Aunque no sé si era buena idea decir lo del accidente delante de la mujer del carrito.Goyle volvió a hundir la mano en la bolsa de dulces, pero con menos entusiasmo. Crabbe había cogido una rana de chocolate y la sostenía sin abrirla, con la vista en la puerta cerrada, esperando a que se abriera de nuevo.Por la ventana, la lluvia había arreciado. Al fondo del paisaje, entre jirones de niebla, empezaban a verse las primeras colinas oscuras de Escocia, y, más adelante, la locomotora soltó un silbido largo y grave.Pansy se inclinó hacia ella otra vez, bajando la voz.—Y lo de tu padre... no tienes que contármelo si no quieres. Solo que, si alguien más pregunta, mejor que tengas preparada una respuesta.Dracia no le contestó. Se sentó junto a la ventana y giró la cabeza hacia el cristal, hacia lo que había fuera, que era casi nada: agua, verde, gris.—Maldito Potter. No lo aguanto.Cruzó las piernas a la vez que los brazos y se quedó así, encajada en el rincón, con el hombro contra la pared fría del vagón.Pansy no insistió con lo de su padre. Se acomodó en el asiento de enfrente con un gesto ligero, con aire de no haberlo mencionado nunca, aunque se enroscaba un mechón de pelo oscuro en el dedo, algo que solo hacía cuando estaba nerviosa.—Es insoportable —coincidió, con demasiada rapidez—. Siempre con esa cara de mártir. Mi madre dice que es de esa gente que disfruta sintiéndose perseguida.Nadie le dio la razón en voz alta. Goyle asintió con la boca llena.La lluvia resbalaba por el cristal en regueros torcidos, y el reflejo de Dracia flotaba encima del paisaje: la barbilla todavía algo alta, la mandíbula tensa, el pelo casi blanco recogido sobre un hombro. Se miró sin querer mirarse. "No tienes muy buen aspecto." Lo había dicho ella, y era verdad, y no sabía por qué se había fijado. Más allá de su propia cara, las colinas se iban volviendo negras a medida que la tarde se apagaba. En el compartimento de al lado alguien se rió a carcajadas, y el sonido se cortó en seco.Pasaron los minutos. Crabbe terminó por abrir su rana de chocolate, que se escapó de un salto y rebotó contra la ventana, a un palmo del rostro de Dracia, antes de que Goyle la atrapara con una torpeza casi admirable. Dracia ni se movió. Pansy puso los ojos en blanco y sacó un espejito de mano para retocarse el flequillo, aunque de vez en cuando su mirada se desviaba hacia Dracia, discreta, midiendo si era buen momento para volver a hablar.No lo era. Pansy pareció entenderlo.El tren empezó a aminorar la marcha. El chirrido de los frenos recorrió los vagones y el traqueteo se volvió lento y desigual. En el pasillo se oyeron pasos apresurados, puertas que se abrían, voces que gritaban que ya llegaban. Al otro lado del cristal aparecieron las luces del andén de Hogsmeade, borrosas por la lluvia, y una figura enorme con una linterna que se alzaba muy por encima de la multitud de alumnos.—¡Los de primero, por aquí! ¡Los de primero conmigo!Pansy guardó el espejo y se levantó, alisándose la túnica. Crabbe y Goyle se pusieron en pie con un gruñido, sacudiéndose las migas de chocolate.—¿Vamos? —Pansy ya tenía la mano en la puerta—. Con este tiempo, los carruajes se llenarán enseguida.Dracia se levantó. Se estaba alisando la túnica con las dos manos y ya abría la boca para decir "vamos" cuando el tren dio un último tirón y el chirrido del metal se le metió en los dientes. Se tambaleó, y la palabra quedó enterrada bajo el estruendo.Pansy abrió la puerta de un empujón y el pasillo se les vino encima.