II. La Estación
II. La Estación
El pasillo era un torrente de túnicas negras, codos que chocaban en las esquinas y voces que se pisaban unas a otras. Un búho ululó indignado dentro de su jaula en algún punto a la izquierda. Un chico de tercero de Hufflepuff pasó de lado con la cara hundida en una bufanda y casi le rozó el hombro a Dracia antes de murmurar una disculpa sin mirarla a la cara. Ella se apartó lo justo para que la tela de su túnica no tocara la de él.Crabbe y Goyle salieron primero, abriendo camino a codazos sin el menor esfuerzo, y la corriente de alumnos se apartaba a su alrededor sin que nadie se quejara.—Pegada a mí —le dijo Pansy por encima del hombro, alzando la voz para que llegara—. Si nos separamos, acabaremos con los de Gryffindor en el último carruaje.Abajo, en el andén, la lluvia caía fría y sesgada, y olía a hierro mojado y a humo de locomotora. La linterna de Hagrid se balanceaba por encima de las cabezas como un faro pequeño, y su voz retumbaba sobre todo lo demás:—¡Primer año! ¡Todos los de primer año, aquí!Más allá, en el camino embarrado que salía de la estación, esperaban los carruajes negros, alineados bajo los árboles. Nada tiraba de ellos, o eso parecía: solo se veía cómo los arneses se tensaban y el barro chapoteaba como si alguien invisible diera un paso. Nunca le había gustado mirar demasiado ese hueco entre las varas.Pansy se detuvo al pie de la escalerilla del vagón, con el pelo ya salpicado de gotas, y se volvió hacia ella, esperando.Dracia bajó y dio un paso largo, y otro, para ponerse delante. Pansy ya se estaba apartando hacia un lado con un «claro, claro» ahogado por el ruido, cuando la corriente de alumnos pequeños se cruzó en su camino. Hagrid los estaba reuniendo con la linterna en alto y media docena de niños de primero avanzaba a empujones, con las túnicas sobrándoles por todas partes y los ojos fijos en aquel gigante.Uno de ellos, un chico menudo con el pelo pegado a la frente por la lluvia, no miraba por dónde iba. Tropezó con el bordillo del andén, trastabilló dos pasos hacia delante, y su hombro chocó de lleno contra el de Dracia justo cuando ella estaba a punto de adelantar a Pansy.El golpe no le dolió. Lo que le molestó fue que la hubiera tocado: un hombro mojado contra el suyo, una mancha de agua en la túnica.—¡Ay! Lo... lo siento, yo...El niño se quedó congelado. Alzó la vista, reconoció el verde y plata en la túnica de Dracia, luego su cara, y se le fue el color de golpe. Detrás de él, otros dos niños de primero habían frenado en seco y miraban con la boca ligeramente abierta.—¿Qué ocurre ahí? —La voz de Hagrid llegó desde arriba, grave y todavía lejos, con la linterna girando hacia ellos—. ¡No os paréis, que los botes no esperan!Pansy dio un paso hacia el niño, con una ceja alzada y una sonrisita expectante.—Bonita forma de empezar el curso —murmuró, lo bastante alto para que el niño la oyera.El chico tragó saliva. La lluvia le goteaba por la barbilla y no se atrevía a moverse.Dracia lo examinó unos segundos. Los zapatos, que eran nuevos y ya estaban llenos de barro. La túnica, que le quedaba grande. Las manos, apretadas a los lados. Levantó una ceja.—Mira por dónde vas.No había terminado de decirlo cuando el niño ya estaba asintiendo con tanta fuerza que se le sacudía el pelo mojado.—Sí, sí, perdón, perdón, yo...Sin esperar a más, dobló medio cuerpo en una reverencia torpe, retrocedió a ciegas y le pisó el pie a otro de primero, que soltó un quejido. Ninguno de los dos se atrevió a mirarla otra vez.—Qué ojo tienes, ¿eh? —le soltó Pansy al niño, con una risita que murió antes de terminar, porque la sombra de Hagrid ya caía sobre el grupo.La linterna osciló y su luz amarilla le pasó a Dracia por la cara un segundo, lo bastante para que entornara los ojos, y luego se posó en el niño.—¿Todo bien por aquí? —Hagrid se agachó un poco, con las manos enormes apoyadas en las rodillas, y miró de reojo la túnica verde y plata, luego a ella. El tono era amable, pero más contenido que el que usaba con los pequeños. Se volvió hacia ellos—. Vamos, vosotros, a los botes. Rápido, que se os va a mojar hasta el alma.Los de primero se dispersaron hacia el lago como una bandada asustada, y el chico del hombro mojado se perdió entre ellos sin volver la cabeza.Hagrid aguardó un momento. La observó desde arriba, con la barba goteando y la linterna en alto, y luego se enderezó y siguió tras los niños.Dracia suspiró. El vaho se le escapó blanco por delante del rostro y se mezcló con la lluvia. Echó a andar.—Los nuevos cada vez tienen menos respeto. Y menos educación.Pansy se puso a su altura enseguida, con el paso corto y rápido de quien intenta no pisar los charcos.—Es lo que digo yo, no les enseñan nada en casa. —Se sacudió una gota del hombro con dos dedos, como si fuera polvo—. Antes, al menos, sabían apartarse.Crabbe y Goyle las esperaban junto a los carruajes, chorreando. Goyle aún llevaba un resto de chocolate en la comisura.Vistos de cerca, los carruajes parecían más altos que el año anterior, negros, con los cristales empañados y las ruedas hundidas en el barro. No había nadie al frente. Solo los arneses tensos y un crujido de cuero que no venía de ninguna parte. Pansy observó el hueco vacío entre las varas con un poco de aprensión, y enseguida levantó la barbilla, como si no lo hubiera hecho.Una de las puertas se abrió desde dentro con un chasquido.—Dracia. —Blaise Zabini asomó medio cuerpo, con la capa mojada echada hacia atrás y una media sonrisa que parecía costarle muy poco—. Pensaba que os habíais quedado a vivir en el tren. Hay sitio para dos, si a Crabbe y a Goyle no les importa ir en el de atrás.Dentro, a su lado, Theodore Nott estaba recostado, con un libro abierto sobre las rodillas. Alzó la vista un instante, le dedicó un asentimiento seco y la volvió a bajar.Crabbe y Goyle se miraron entre sí, sin saber si la frase iba en serio.Dracia apoyó el pie en el estribo y el carruaje se hundió un poco bajo su peso, con un quejido de muelles viejos. El asiento de cuero estaba frío y ligeramente húmedo, y lo notó a través de la falda al sentarse.—¿En ese tren cochambroso? —Soltó un pequeño bufido—. No entiendo cómo no lo cuidan más.Blaise resopló, divertido.—¿Cochambroso? Si lo oye Dumbledore, te manda a limpiarlo con un cepillo de dientes. —Se echó hacia atrás, con un brazo apoyado en el borde de la ventanilla—. Pero no te falta razón. Según mi madre, hace años que no renuevan nada de esto, y...—Cuidado con la puerta —cortó Theodore, sin levantar los ojos del libro.Pansy ya estaba subiendo con la falda recogida en una mano, y el carruaje cabeceó otra vez. Se dejó caer al lado de Dracia y tiró de la puerta con las dos manos hasta que cerró con un golpe sordo. Fuera, Crabbe y Goyle se encaramaban al carruaje de atrás, que se tambaleó de una forma poco prometedora.—¿Qué es lo que tira de esto? —preguntó Pansy, pegando la nariz al cristal empañado—. No veo nada.—Nada —respondió Theodore, y pasó una página—. O eso dicen.Blaise lo miró de reojo, pero no añadió nada.El carruaje dio una sacudida y empezó a rodar, con las ruedas chapoteando en el barro. Las luces de Hogsmeade se alejaron en el cristal, y a ambos lados del camino los árboles oscuros pasaban despacio, goteando. Dentro, el olor a lluvia y a cuero mojado se mezclaba con el de la tinta del libro de Theodore, y el vaivén empujaba a Dracia suavemente contra el respaldo, una y otra vez, con un ritmo de mecedora.Tenía la vista puesta en el camino. Las manchas de negro y verde oscuro se deslizaban al otro lado del cristal, las gotas se juntaban en el borde de la ventana y bajaban en hilos torcidos. No pensaba en nada concreto. O pensaba en muchas cosas a la vez y ninguna se quedaba lo bastante como para tener nombre: el palco, la voz de Weasley en el pasillo, los ojos de Potter en el túnel, el peso de la varita contra los dedos.Pansy había retomado el monólogo, ahora con Blaise de público: quién había crecido, quién se había cambiado de peinado, qué familia no había ido al Mundial. Blaise contestaba con monosílabos y alguna ceja. Theodore pasaba páginas.Poco a poco el parloteo se fue apagando. Dracia notó, más que vio, que Blaise había dejado de atender a Pansy y la miraba a ella, a su perfil contra la ventana. No se giró. Él la apartó con la misma naturalidad con la que la había posado. Pansy siguió un par de frases más antes de notar que nadie la escuchaba, y se calló, mordiéndose el interior del labio.El carruaje redujo la marcha. Delante, entre la niebla, aparecieron las verjas de hierro de los terrenos, flanqueadas por los jabalíes alados de piedra, mojados y brillantes. Se abrieron sin que nadie las tocara, con un chirrido largo que reverberó en la noche, y las ruedas crujieron sobre la grava.Más allá, las ventanas de Hogwarts se multiplicaban, cálidas, amarillas, y del castillo llegaba apenas el rumor de cientos de voces.—Ya casi —murmuró Theodore, cerrando el libro con un chasquido suave—. Prepárate para el discurso.Dracia parpadeó un par de veces, como si volviera de lejos.—Estoy harta del discurso.—Todos lo estamos —dijo Blaise, y torció la comisura de la boca—. Pero a mí lo que me preocupa es que nos hagan esperar a que terminen con la Selección. Con el hambre que traigo...El carruaje se detuvo con una última sacudida y el cuero crujió bajo ellos. Theodore fue el primero en bajar, con el libro bajo el brazo, y se perdió sin volverse entre la marea de túnicas negras que subía la escalinata de piedra. Pansy salió detrás, recogiéndose la falda y mirando el suelo con desconfianza, como si los charcos le hubieran hecho algo personal.Fuera, el aire olía a piedra mojada y a humo de chimenea. La lluvia seguía cayendo, y sobre el lago retumbó el primer trueno. Arriba, las puertas del castillo estaban abiertas de par en par y de ellas salía un resplandor dorado, junto con el murmullo de cientos de conversaciones y el choque lejano de cubiertos y copas.Crabbe y Goyle bajaron del carruaje de atrás con la torpeza de siempre y se colocaron detrás de Dracia sin que nadie se lo pidiera. Goyle miraba hacia la puerta con expresión de quien ya huele el banquete.En lo alto de la escalinata, la profesora McGonagall, con el sombrero puntiagudo y el gesto severo, vigilaba la entrada con los brazos cruzados. Sus ojos barrieron la multitud y se detuvieron un instante en Dracia, en su postura, en su túnica salpicada de agua. Siguieron adelante. Dracia se enderezó un poco más de todos modos.—Avancen, avancen. No se queden en la escalera —ordenó McGonagall sin alzar la voz, y la corriente de alumnos obedeció al instante.